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Un bosque oscuro de pintura y de tinta

Dos capítulos de La luz de una estrella muerta (Mansalva, 2021), de Paula Klein, novela atravesada por la obsesión en torno a la vida-obra del artista argentino Alberto Greco.

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Dash Snow 

 

 

Filtro de amor

 

Él, y no yo, vio su cuerpo sacudido por el rayo del amor. Él, y no yo, dejó de respirar para escuchar mejor el crepitar de la carne negra de tinta. Yo, y no él, quisiera ser presa de ese calor abrazador, ser demolida y que levanten con escoba y palita mis escombros. Cualquier cosa antes de tener que cargar para todos lados la fisura que se insinúa en mí. Soy un cacharro viejo con pretensiones de porcelana, una loca pidiendo a gritos ser manipulada con cuidado. Soy cobarde y estoy agotada, pero estoy viva. Yo, y no él.

¿Hay vida después del rayo fulminante del amor? ¿Crecen pastos y yerbas malas entre los escombros? Quisiera ser la arqueóloga de un amor así. Exhumar sus restos, apilar los huesitos hasta encontrar la poción mágica cuyos efectos perduran a pesar de los años, erosionando todo lo que lo rodea. Quizás las más bellas historias de amor se producen por error o por inoperancia. Cuántos artistas han agotado sus mejores recursos para contarnos historias que comienzan cuando los querubines se equivocan de objetivo y envían la flecha en la dirección equivocada, cuando los pajes inescrupulosos dan de beber la pócima del amor a la última persona que debería probarla.

Qué tranquilizador pensar que no es nuestra culpa. El relámpago cayó ahí por azar y ahora hay que apañárselas instalando pararrayos si queremos evitar que el castillo se nos venga abajo. Me gusta pensar que Greco tomó la poción por error y, goloso, se olvidó de dejar un poco para su cavalier. El encanto de Tristán e Isolda estaba irremediablemente roto. Sólo uno bebería el filtro, sólo uno viviría la pena del amor no correspondido y pasaría, tal vez, el resto de su vida intentando endulzar los oídos indiferentes del otro. No habría gruta del amor sino una serie de cuartos y de camas anónimas, un bosque oscuro de pintura y de tinta en el cual extraviarse y poder gritar a los cuatro vientos, sin peligro de ser oído. Cartas con manchas y garabatos e innumerables viajes para convencerse de que es la distancia la que retarda el momento del encuentro.

Si pudiera rebobinar el cassette y parar en el momento preciso de la canción, dejaría el miedo de lado y me atrevería a vivir esa historia. La historia de un amor no correspondido y perfecto en su asimetría, sin riesgos de desengaño ni de envejecimiento, inmortal y meteórico.

 

 

greco

 

 

“Son portrait et l’amour ne Font plus qu’une image”

 

No conocía nada de ella y sin embargo la veía, inventé su nombre y escuché su voz, dibujé su cuerpo y pinté su cara”. Extasiado ante la mujer desconocida de su retrato, el joven Maxence recita estas palabras y sus ecos se expanden por el pueblito en tonos pasteles de Rochefort. Greco también se aferra a un cliché similar hasta volverlo una de sus anécdota preferidas. “Lo conocía antes de verlo”, escribe en Besos Brujos, soportando la ausencia tan cercana que Claudio le inflige en Ibiza. Los recuerdos y el presente empiezan a mezclarse en esas hojas que empiezan como un diario íntimo y se van ramificando en un policial psicótico.

En la anécdota, que Greco repite como un disco rayado a sus amigos, se había propuesto pintar una serie de retratos pero, una y otra vez, la imagen en la tela se alejaba de la del modelo. Pintaba, sin saberlo, el rostro de su ángel exterminador, un joven al que nunca había visto y que lo condenaría a buscarlo de ciudad en ciudad, tal vez de país en país, sin garantías, para siempre. Pienso que, de haber conocido las palabras de Maxence, Greco no hubiera dudado en atribuírselas a Claudio: “la mirada inocente de un Botticelli, el perfil de las vírgenes místicas que se nos aparecen en los museos y en los adolescentes”.

Es curioso cómo alguien que en un primer momento nos resulta indiferente puede volvérsenos imprescindible. Al principio, no es más que un ligero vértigo que se desprende de un gesto que nos resulta ajeno a la persona que creemos conocer. Es algo similar a los segundos que preceden al reconocimiento de una vieja canción que cantábamos de adolescentes o de un rostro conocido en las tapas de una revista. Greco se enamora menos de Claudio que del parecido con su retrato, creyendo descubrir en esa improbable semejanza una señal del destino.

Un amor así deben haber experimentado los creadores por sus golems o Galateas, Frankensteins u Olympias, salidos de la tierra o de la arcilla, muñecos creados a partir de retazos mal zurcidos. Como un padre que observa el curso desastrosamente predecible de la vida de sus hijos sin poder modificarlo, el demiurgo reconoce en su obra la chispa de su genio pero también sus imperfecciones. Este tipo de amor, vanidoso y estéril, termina expiando su culpa en los cuerpos de los amantes como una mancha de nacimiento o un cáncer que, poco a poco, va carcomiendo las dos partes.

Pero, por ahora, los futuros amantes están a salvo de estas reflexiones; se miran y se estremecen con el deseo del otro.

 

 

 

 

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