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Carlos Astrada revisitado

Compartimos, a modo de adelanto, el prólogo de Guillermo David a la compilación a cargo de Martín Prestía de Escritos escogidos del filósofo argentino Carlos Astrada (Caterva-Meridión, 2021).

 

 

¿Cuántas vidas tiene un hombre? O: ¿cuántas versiones de una vida resultan admisibles? Borges señaló —y ha sido citado hasta el hartazgo— la situación aporética de toda biografía: “Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”. Esta resignada vindicación coloca en un estatuto ficcional indecidible al relato de una vida. Que nunca es una. Life is as tedious as a twice-told tale / Vexing the dull ear of a drowsy man: “La vida es tan tediosa como un cuento contado dos veces” decía Shakespeare en The Life and Death of King John. Pero, advertía, vuelta a narrar resultaría un “fastidio para el oído hastiado del hombre somnoliento”. Sin embargo la historia puede ser pensada no como otra cosa que la continua re-narración de vidas. Pues, como decía Carlyle, “en rigor, no hay historia, solo hay biografía”. Y, reitero, una biografía nunca es una: es las versiones que permita.

Si aceptamos esa fatalidad, podría decirse que la historia está tramada en sus interpretaciones bajo la forma de ciertos tópicos recurrentes que atraviesan las épocas. Sujetos a las múltiples variaciones que —pequeño solaz del biógrafo—, le infligimos, gozosos, a las vidas de nuestros personajes, a los que manipulamos como marionetas con una cierta libertad más o menos irresponsable, ciertos elementos coronan con pertinacia en formatos, conceptos o tipos ideales que, como toda reducción, nos permite pensarlos en cotejo con la serie histórica o literaria. Vale decir, al facultar ser condensados, habilitan el olvido de no pocos de sus elementos constitutivos: actos, gestos, textos, que caen en el cesto de los deshechos históricos. Inevitable. Por lo demás, en su especificidad, es obvio que la historia intelectual, que suele ufanarse de prescindir de la biografía, no elude estas aporías; más bien se podría decir que apenas las disimula.

Hace tres lustros di a luz un libro —Carlos Astrada. La filosofía argentina— fruto de dos décadas de investigación en una Argentina que ciertamente difería, pese a las consabidas invariantes históricas que basculan entre la ventura y la desdicha, de la actual. En aquel trabajo hice un racconto cronológico de las peripecias vital e intelectual del gran filósofo argentino bajo la sospecha de que era la única forma de dar cuenta de cada una de las claves de su deriva, que va del juvenilismo insurgente de la Reforma universitaria a su humanismo de la libertad final, con las etapas previas: estancia existencialista alemana, nacionalismo, peronismo, marxismo, maoísmo, con los matices diferenciales de cada situación. Astrada era, así, la caja negra de la historia del medio siglo en el que se decidieron los destinos nacionales. Su pensamiento brindaba los ejes sobre los cuales discurrían las opciones emancipatorias, en diálogo con la cultura universal y una atenta mirada sobre el devenir histórico por el cual siempre se sintió interpelado. Su filosofía es, siempre, incluso allí donde aparenta ser mera disquisición académica, política.

En mi relato tomé como base los libros que el propio Astrada hizo editar, a los que di preeminencia. Y en segundo lugar, en lo que tienen de singular o explican algunos de los momentos de su vida, los artículos, conferencias y declaraciones públicas, además de la dimensión íntima, privada, que se muestra en la correspondencia y en los testimonios sobre él. Pero sucede que muchos de los libros de Astrada son compilaciones de artículos no pocas veces reformulados, y, lo que es más importante, una gran cantidad de textos quedaron fuera del formato encuadernado y no pocas veces, como decía Marx, fueron abandonados a la crítica roedora de los ratones.

Digámoslo: una es la vida de un escritor, máxime tratándose de un filósofo, como en este caso, si consideramos sus libros. Y otra muy distinta es si recorremos, como Martín Prestía, el camino paso a paso de cada uno de sus textos. Y es que el libro, para un pensador, tiene el carácter de algo acabado, definitivo, en tanto el artículo o el ensayo de ocasión, destinado a la intervención en no pocos asuntos ceñidos a la coyuntura —pero ¿cuál no lo es?— suelen ser desestimados hasta por el propio autor en su visión posterior, a la hora de dar a conocer en formato encuadernado el fruto de su reflexión. El prestigio del libro, en lo que tiene de perenne, al menos en sus pretensiones, oculta la minucia del artículo e incluso del ensayo académico, destinado a un público específico.

En ciertas ocasiones, puesto que todos tenemos problemas con aspectos de nuestra biografía, el ocultamiento de algunos vectores de la experiencia es deliberado. Hay tramos que entregaríamos a un olvido piadoso y merecido por pudor o vergüenza, por la mera dificultad de asumir su error, o por considerarlos apenas los pródromos de un momento que aparecería mejor expresado en formatos ulteriores, o, lo cual es más común, simples opiniones vertidas por entusiasmos de la hora que rápidamente se apagaron o ameritaron su clausura. Carlos Astrada no escapa a ese artilugio. Al proponer una secuencia restitutiva de la cronología de los trabajos en los que se ha operado el desglose de lo circunstancial para formar parte de formatos mayores, Prestía muestra pliegues y dimensiones que habían permanecido inadvertidas para la crítica. El minucioso trabajo de Martín Prestía opera un reordenamiento de la evolución del pensamiento de Carlos Astrada que alumbra con mayor precisión cada etapa de su compleja trayectoria. Su re-narración, a diferencia de gran cantidad de trabajos que apenas transliteran fragmentos de investigaciones pre-existentes, consigue dar nuevas perspectivas, que el propio Prestía se encarga de establecer con puntillosidad en su estudio introductorio, a un pensamiento que sigue siendo de una potencialidad crítica sin igual.

Pero la novedad radical que aporta su compilación no se reduce a la recolocación de los textos sino, y sobre todo, estriba en los hallazgos sustanciales que realizó en su investigación, de una exhaustividad a toda prueba. La primera cuestión que, puesta en serie, texto a texto, ilumina una zona considerada un tanto rápidamente en mi libro y, en general, en los estudiosos del pensamiento astradiano, es la del anaquismo juvenil del filósofo que aún no había abandonado la ciudad de Córdoba y que tomaba la opción ácrata como marco conceptual para sus intervenciones públicas en las que se perfila un estilo polémico que signará —y algunas veces malogrará— sus textos. Prestía reconstruye con gran pericia esa deriva, así como colige sus implicancias en su obra ulterior, que obliga a cuidadosas relecturas de algunos lugares comunes ya establecidos —entre otros, por mí, que descuidé lo que consideraba un mero alarde juvenil— sobre el pensamiento astradiano. Ese anarquismo raigal opera como el suelo desde el cual se postula una libertad de criterios ante cada situación que Astrada ya no abandonará jamás. E inficiona como una nervadura interna todo su pensamiento.

Otro momento crítico ofrecido por Prestía es su resonante hallazgo de los artículos en los cuales Astrada, en el año 34, en Rosario, hace la apología del régimen nacionalsocialista, emulando en sus conceptos a su maestro Martin Heidegger, a quien ya considera un par. La glosa del Discurso del Rectorado —que el propio Heidegger le enviara: tuve el ejemplar dedicado en mis manos en casa de su hijo Rainer Horacio Astrada— permite reflexionar sobre las emulaciones discipulares y los complejos compromisos heredados por reflejo que la condición subalterna, de mentalidad dependiente, produce. Incluso en quienes, como Astrada, más radicalizaron la pregunta por la erección de una voz propia en diálogo con la cultura universal. Momento menor de su pensamiento, cuidadosamente dejado al margen en décadas siguientes, es preciso leerlo en contrapunto no solo con la época, el contexto argentino, sino con la deriva de las operaciones que sobre el propio pensamiento de Heidegger Astrada efectuaría. Puesto que, como sugerí en mi libro y esta compilación muestra paso a paso, es la veta crítica del capitalismo y de los modos de dominación del heideggerianismo lo que a Astrada, como a no pocos miembros de su generación con los que tendrá diálogo permanente, lo instiga. No la legitimación de un régimen totalitario. Su libro La revolución existencialista así como su Martin Heidegger final, así lo corroboran.

Menciono esos dos descubrimientos —su anarquismo, su fugaz nacionalsocialismo, aunque podría abundar sobre la novedad del vínculo complejo que Astrada sostuvo con Ortega, o sobre su adscripción crítica al nacionalismo, que Prestía ofrece a la consideración— para indicar que no se trata solo de un compilado sino, y sobre todo, de una fuerte intervención en la lectura de un pensamiento y, más en general, de la tradición intelectual argentina, que requiere conmover sus lugares comunes establecidos. La edición de este trabajo augura la reposición y relectura del pensamiento de uno de los filósofos que, en épocas de desasosiego y fervor crítico, reclama la realización de operaciones donde el vislumbre de un pensamiento soberano indique el camino de la emancipación. Y augura en Martín Prestía, con su inteligencia y formidable capacidad de investigación, un gran intelectual que recoge la posta de un pensamiento que amerita nuevas actualizaciones. Es un verdadero orgullo para mí haber inspirado su labor.

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