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Volverse Caliban

Laudatio pronunciada en ocasión del otorgamiento del título de Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Tres de Febrero a Roberto Fernández Retamar.

José Lezama Lima, cuando se refirió, con su prosa soberbia, a la “Imagen de América Latina”, asoció la imagen con la fiebre (“fiebre de la imago”) y sostuvo una distancia entre culturas e imágenes: “Las culturas van hacia su ruina, pero después de la ruina vuelven a vivir por la imagen”. Es por eso que la imaginación funciona como “principio de reconocimiento” y necesita, al mismo tiempo del tacto (la imagen es táctil) como punto de producción de diferencias.

Como hemos recordado antes, desde que América Latina existe como unidad imaginaria ha constituido el campo de batalla de los centuriones de la modernidad capitalista. La doctrina Monroe, en verdad ideada por el oscuro John Quincy Adams, y su Corolario Roosevelt (1904), justificaron, a partir del lema “América, para los americanos” las sucesivas y cada vez menos elegantes intervenciones norteamericanas en su área de influencia y, al mismo tiempo, el vago ideario del “panamericanismo” que, aunque hoy ya no se pronuncie, sigue operando en diferentes niveles de la geopolítica continental.

En plena guerra entre Estados Unidos y España, Rubén Darío se pronunció, en un texto titulado “El triunfo de Caliban” contra la doctrina Monroe, contra “los búfalos de dientes de plata” y “los aborrecedores de la sangre latina”, a los que llama calibanes. Caliban, como se sabe, es un personaje en La tempestad de Shakespeare. Grosero, primitivo, salvaje, Caliban está esclavizado por Próspero, cuyo otro sirviente, Ariel, se identifica más con lo espiritual y lo estético.

Darío identifica a los Estados Unidos con el monstruo americano (“Caliban” viene de “caníbal”, que a su vez viene de “caribe”: malas audiciones que la historia nos devuelve) y sentencia: “no puedo estar por el triunfo de Caliban”. Entre los Estados Unidos y España (que “no es el fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz, desdeñoso de la América que no conoce”), se queda con España (“la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América”). Contra la doctrina Monroe, Darío enarbola la doctrina Sáenz-Peña, “el argentino cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza continental”. “Sea la América para la humanidad”, propuso Roque Sáenz Peña en la Conferencia Internacional Americana de 1890.

Fernández Retamar se ha detenido con persistencia en la misma imagen y ha señalado que no vivimos en épocas de fundación (no vivimos el tiempo de Darío, ni el de Groussac, ni el de Rodó), sino en épocas de integración operativa de lo disponible.

En contra de aquella identificación del bruto Caliban con la potencia de la máquina capitalista, él ha propuesto que:

Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Caliban. Esto es algo que vemos con particular nitidez los mestizos que habitamos estas mismas islas donde vivió Caliban: Próspero invadió las islas, mató a nuestros ancestros, esclavizó a Caliban y le enseñó su idioma para entenderse con él. ¿Qué otra cosa puede hacer Caliban sino utilizar ese mismo idioma para maldecir, para desear que caiga sobre él la “roja plaga”?

“No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad”, concluye Roberto Fernández Retamar, y se pregunta: “¿Qué es nuestra historia, qué es nuestra cultura, sino la historia, sino la cultura de Caliban?”.

Debemos encarnizarnos en llegar a ser negros, indios, chinos, calibanes y no en descubrir que lo somos, abrazando su causa, haciendo pueblo con su mal-dicción (que es correlativa de una mala audición primera). Esto, que Roberto ha explorado en sus textos teóricos y críticos, en su incansable labor cultural, es también algo que alimenta su poesía. Por eso, entre otras cosas, lo reconocemos como nuestro maestro.

 

* Laudatio pronunciada en ocasión del otorgamiento del título de Profesor Honorario de la Universidad Nacional de Tres de Febrero a Roberto Fernández Retamar, el 3 de mayo de 2012.

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