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Ambigüedad de la filosofía

La filosofía se caracteriza por una posición ambivalente ante la masividad del poder, mimetizándose con éste o acentuando su capacidad de resistencia frente a él.

La filosofía nos enfrenta a la radicalidad de las preguntas. Detrás de todas ellas se reencuentra la cuestión más básica: la del principio o fundamento. Pero esta cuestión recién se deja sentir masivamente en nuestra vida cuando se traduce en términos matemáticos, psicológicos y, a fortiori, en los del tiempo y el espacio, esto es, los de nuestra sensibilidad. En lenguaje matemático, el problema es la cuestión de lo uno y lo múltiple; en el registro psicológico, el de la conciencia; en relación al tiempo, el del comienzo y en relación al espacio el del límite. En última instancia, todo ello se resume en lo siguiente: cuando uno mismo, quien interroga, se aloja en la diferencia que interrumpe el continuo, la filosofía ha comenzado.

A partir de allí hay que decidir si el principio activo de esa diferencia será puesto al servicio del continuo o si se lo retendrá como reserva, resistencia o desvío. La imagen mítica del continuo es la del poder. En efecto, continuo es lo que está en curso en el interior de la propia vida, hacia la posesión, la devoración y la muerte, pero también hacia la repetición del ciclo. Y lo que rige la vida animal no cesa con su transfiguración humana, sea en las matanzas, las guerras, el gobierno del mercado o la contienda electoral.

A la largo de su historia, la filosofía ha mostrado su permanente ambigüedad frente a la alternativa básica de ponerse al servicio del poder o de dar cuerpo y hacer tradición de las distintas modalidades de ese otro poder, el de decir que no y retener para sí algo de la acción del continuo pero con otros fines: los del conocimiento, los de las artes y los de la sabiduría.

La historia exhibe tanto ejemplos de filósofos consejeros de los poderosos, desde Séneca, por caso, a Bernard Henri-Lévy, como también la obra de aquellos otros que establecieron las fuentes de la resistencia, las que lograron nutrir así una tradición llamada precisamente “filosofía”. Pero justo es reconocer que ambas tendencias convivieron en la mayoría, ya desde los siete sabios de Grecia, y claramente en los pilares de la tradición, como fueron Platón y Aristóteles, quienes realizaron el esfuerzo de integrar, de un modo superador, saber y poder, con la esperanza, inevitablemente frustrada, de someter éste a aquél.

Debemos asumir que, más allá de la historia, nuestro tiempo es el de la derrota de la filosofía a manos del poder en sus múltiples formas y alianzas. A su derrota ha contribuido ella misma, al perder contacto con los regímenes semióticos que en otros tiempos fue capaz de instituir, como los de la ciencia en particular, y la ampliación secular de la cultura en general.

El divorcio entre la filosofía y todos esos órdenes nos pone en riesgo porque sin filosofía, el poder captura para sí las fuerzas del conocimiento, de la belleza y de la redención. No sugiero con esto que la filosofía debería tutelar la investigación y la creación, sino que lo que le da su sentido y su singularidad, esto es, su capacidad de moverse libremente a través de los conceptos que brotan de la ruptura originaria del continuo, ha de conservarse como una potencialidad permanente para toda semiosis, sea esta científica, artística, ética o política, a fin de que las mismas no se sometan al poder, sea en la forma gubernamental o mercantil.

De cara a valorarla, lo que constituye la gloria de la filosofía constituye su miseria. No es capaz de brindarnos ningún saber positivo, ninguna teoría corroborable, como tampoco consuelo final o salvación. En cambio, está allí para recordarnos lo provisorio y arbitrario de cualquier institución, incluso respecto del lenguaje, la institución más básica de todas. Abre así la experiencia de los límites, al punto que toda su industria parece comprometida en trazar límites, los de la razón, los de la experiencia o del sentido, pero también los de lo que es y no es filosofía, los de lo que debe y no debe ser. Y como todo límite es un corte y todo corte se ejerce sobre algún cuerpo o superficie, a falta de un territorio, dado su rechazo de cualquier determinación externa, debe practicar sus operaciones sobre su propio cuerpo, arrancando cada vez de sí misma algún otro que le haga límite para poder funcionar. Es la función que cumplen figuras como el sentido común, el lenguaje natural, la experiencia, etc, pero también su propia historia o alguna tradición dentro de ella.

La filosofía se representa, entonces, como esa peculiar actividad que describe círculos cada vez más amplios a través de los cuales un punto de vista singular busca su comprensión autoinclusiva, siempre provisoria, incompleta y fallida. La medida de grandeza de una obra filosófica está dada por su capacidad para tejer amplias redes conceptuales en las que una multiplicidad anónima e indefinida de sujetos pueda reconocerse.  Los problemas filosóficos son los puntos de concentración, los nudos que dan consistencia a la trama.

Apostar nuevamente por la filosofía, ejercerla en uno y fuera de uno, aunque sea hoy la menos prometedora y exitosa de las apuestas, podría concluir en la lenta recuperación de la libertad de pensamiento, que implica no detener el movimiento de la diferencia que limita y corroe interiormente al poder. Es a partir de esta libertad que lograremos parasitar al poder para extraerle las energías con las que hacemos y habitamos esas formas-de-vida en las que caben desde el amor hasta el conocimiento, desde las invenciones de la cultura hasta la redención de y por la política. No se trata solamente de la inflexión impolítica sino de sobreponernos a la alienación que implica el efecto delirante propio de la masividad del poder, para construir, por la vía de una lucidez recuperada, la conexión siempre frágil y esquiva hacia el corazón de lo real.

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