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De Asesinato en el centro cultural: La divina comedia

Tras la repercusión que tuvo su primer libro, Un publicista en apuros (Mondadori, 2012), Natalia Moret nos adelanta un capítulo inédito de su nueva novela: Asesinato en el centro cultural.

¿Llueve? No. El universo sigue sin dar señales de ningún tipo. El taxi la dejó en la puerta de la fábrica recuperada, a Florencia Derrone, heroína, con su libretita negra y su tormento. Pero no llueve. Nuestra heroína arregla su cabello en el reflejo de una ventana. Sí, Florencia. Esa sos vos. Trabajás en la sección Cultura de la revista Féminis. Estás por entrar a una lectura de poesía en una fábrica recuperada de Parque Chas donde va a leer la sobrina poeta de tu jefa. Mañana te toca escribir la crónica, una crónica más, otra crónica sobre poesía en una revista cuyas lectoras jamás oyeron hablar de Eliot, ni de Pizarnik, ni de Viel Temperley. ¿Por qué se preocupan las lectoras de Féminis? ¿Por cosas que importan? Tal vez. Cómo ser más sexy. Cómo ganar más plata. Cómo educar a nuestros hijos. Cómo ser más sexy para ganar más plata. Y sigue sin llover. Ni Agustín ni el clima te acompañan en tu desdicha, Florencia, aunque Agustín esté a punto de llegar. Al parecer hay algo de gente adentro, en la lectura. En la vereda, atadas, las bicis de los románticos. En la calle, estacionados, los autos de los cínicos. De los taxis bajan las chicas, de a dos o de a tres. Se quieren. Y a pie llegan todos los demás: los realistas, los desencantados, los irónicos, los minimalistas, los objetivistas, los estudiantes de carreras afines, los neobarrocos, los agónicos, los liberales, los que trabajan en cualquier cosa para subsistir y usan el resto del tiempo para su verdadera vocación. Y todos son progresistas. Y todos apoyan al gobierno. Y todos se ríen moderadamente de todo. Florencia también. Prende el quinto cigarrillo del día, y espera. Si su novio Agustín llega antes de que ella dé la última pitada, dirá que estaba esperándolo a él. Pero no es cierto. Mira sus pies. Sus pies están en Parque Chas, y su corazón bajo sus pies. Poesía robada en los jardines de Saint Louis. Mira hacia el cielo, pero no hacia el infinito. Porque así es la sensibilidad. Así es ser sensible. Pasar de creer que el universo nos habla a sentir que nada significa nada, que nada tiene ningún sentido. Florencia mira hacia el cielo de las cosas, las cosas, lo único que existe. Un recorte gris anaranjado que se extiende encima del techo de la fábrica. Y todo lo demás no tiene sentido. Sobre el muro, el nombre del ingeniero que construyó la fábrica y la fecha en que lo hizo. Una fábrica que cuarenta años atrás producía una parte de las cosas del mundo, que cerró en los años noventa, y que hoy fue recuperada para producir una parte del arte de la nada del mundo. Recuperada no, piensa. Saqueada, piensa. Por nosotros, nosotros… Alguien colgó un cartel con el nombre del ciclo donde jóvenes finos poetas se preparan para declamar. El cartel dice: “DENSE PRISA POR FAVOR QUE SE VA A CERRAR. DENSE PRISA POR FAVOR QUE SE VA A CERRAR”. Poesía robada en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras. Pobre Eliot, que está muerto. Pobre poesía, que sigue viva. Pobre Florencia, que sabe de memoria The waste land. ¿Para qué? ¿Para qué estudió esto? ¿Por qué cualquiera publica pero nadie quiere publicar su novela, “Narcisismo total”? ¿Para qué quiere ser novelista? ¿Para qué quiere que el mundo sepa que ella también tiene una mirada del mundo? Obsérvennos, piensa. Somos angustia, angustia, angustia, y ansiedad. Somos los hijos de psicólogas. Las hijas de arquitectos. Nuestros padres fuman marihuana. Nuestras madres nos piden prestadas las botas. Nosotros, los artistas. Se acercan dos artistas conversando y Florencia no puede no oírlos.

– La ley de medios funciona. Punto. Funciona. –dice el artista 1 al artista 2– Desde que la promulgaron se abrieron no sé cuántos canales nuevos de televisión, revistas, subsidios, laburo, todo cultural…

El artista 2 lo escucha con la mirada oscura en el piso, el pensamiento en el infierno de Rimbaud, las manos en los bolsillos de su Montgomery azul.

– Gracias a la ley de medios, por ejemplo, yo viajé hace poco a Formosa, para formar guionistas, porque no hay guionistas y allá necesitan guionistas –dice el artista 1 al artista 2–. Funciona. Es muy necio criticarle los agujeros en lugar de valorar las cosas buenas que trae.

Artista 1 y artista 2 entran a la fábrica recuperada. Florencia Derrone sabe que la pitada que está a punto de dar a su cigarrillo tendrá un sabor desagradable. También sabe que el filtro va a quemarle la boca. Y lo acepta todo: el asco, el ardor. En los años noventa cerraron las fábricas y llegaron los guionistas. En los años noventa mandaban los feos, sucios y malos amigos del capital. Pero en los dos mil, piensa… Nosotros, piensa… Y busca su libretita negra:

Somos la generación cero cero.

Anota. Y nos tocó tener veinte en los cero cero, piensa. Nos tocó tener veinte bajo el ala de un gobierno nacional, popular, progresista, protector. ¿De qué hay que disfrazarse después de toda la literatura? ¿De qué hay que disfrazarse después de un gobierno protector? El gobierno siempre nos protegió, porque las leyes son nuestras, las hicieron nuestros padres. Pero ahora el gobierno también protege a los desprotegidos. El poder siempre nos representó, piensa, porque somos los hijos de los dueños de todo, los nietos de los fundadores de todo, pero ahora…

¿Dónde se esconde nuestro enemigo digno, nuestro asesino burdo, nuestro torturador adepto a religiones pasadas de moda? Esta es la clandestinidad que nos dejaron nuestros padres: leemos poemas en locales sin habilitación y hacemos la revolución improductiva. Generación propaganda. Generación cero cero. ¡Anulados matemáticamente! Somos la generación muerta.

¡Cuánto más fácil, piensa, cuánto más fácil era ser artista antes, cuando estar en contra del poder y a favor de los perdedores parecía ser lo mismo! Y ahora, ahora… había una vez un país muy chiquito y muy lejano donde toooodos los artistas amaban a sus gobernantes y… ¡ay! ¡Qué difícil era ser artista en la generación cero cero!
.

Qué lindo es escribir poesía. Qué lindo

ser poeta. Qué lindo sería mi barrio si en las callecitas

los pibes jugaran a la pelota, si las callecitas

que soñaba, Eva,

que resistirían,

resistieran, en mi barrio,

las calles que soñaba Juan Domingo

las calles que mis pibes,

mañana, o dentro de diez años

van a ver llover.

.
Y así, anotó Florencia, termina de leer el primero de los poetas, Fordillo, un chico nacido y criado en Barrio Norte que sueña con ser de los suburbios y con tener una personalidad. Pobre Florencia, sufriendo tanto por qué. Por la poética de la medianía. Por el calor que hace adentro de la fábrica. Por los poemas malos. Por su novio bueno. Sus pies… sus pies sí que están muy ocupados, intentando replegar los diez dedos sobre sí mismos. Una actividad que le hace sentir que tiene garras. Que tiene cosas salvajes adentro, cosas para soltar. Para desenterrar con las uñas. Algo que la hace sentirse presa de su ropa de segunda mano y sus zapatillas con la estrella comunista seriada en el talón. Presa. Algo que la hace sentirse presa, sí… Ja, ja. Presa de la sociedad.

– Escribo… ¿qué escribo? Es medio inclasificable. Narrativa poética vendría a ser… Nada lírico. Muy descriptivo, literal. Con acción. Tomá –le dice a Agustín este conocido de un conocido suyo–, mi primer poemario –y saca del bolso un montoncito de fotocopias abrochadas–. Ya no lo siento muy mío, pasaron tres años desde que lo publiqué. Pero si lo leés, buenísimo. Después me decís qué te pareció. ¿Vos tenés algo tuyo acá?

Así eran los poetas. Llevaban sus poemarios en el morral y los regalaban entre amigos y conocidos que, a su vez, también eran poetas y también tenían sus poemarios en el morral. Era fascinante. Primero publicar, después escribir. Fascinante. Abajo de cada baldosa había un artista con obra. ¿No hay editorial? Yo me editaré. ¿No hay lectores? Mis amigos me leerán. ¿No hay subsidios? Mis padres me financiarán. Artistas con obra. Todos los chicos sensibles. Que eran todos chicos con recursos. Qué cosa más burguesa, piensa Florencia, la sensibilidad. Fascinante. Era fascinante. Y era fascinante que ella todavía creyera en las novelas largas, bien largas, de largo aliento… Que todavía creyera que una editorial tenía que pagarle por su arte. Que los lectores un día iban a hacer largas filas para comprar su arte. Que nadie…

– ¿Qué pensás?–dijo Agustín–.

– Nada.

Y era verdad. Estaba pensando en literatura. Estaba pensando que nadie había escrito, todavía, la novela de su generación. Estaba pensando que nadie iba a escribirla nunca, porque eran la generación muerta.

– Voy al baño.

Miró a su novio alejarse hacia el fondo de la fábrica. Estaban en el primer intervalo. Después de Fordillo le tocaba leer a un barrabrava de Huracán que Fordillo había conocido en un bar de Constitución y que tenía, aparentemente, un gran talento para la poesía de los márgenes. Un barrabrava, una olla popular, cerveza servida en frascos reciclados: ese mínimo pero imprescindible componente popular que hace que una lectura de poesía sea una lectura de poesía. Que hace que todo lo demás se tiña, automáticamente, del sutil brillo de la distinción. Y después del exotismo venía Helena Lagos, la sobrina poeta de María Lagos, jefa de nuestra heroína. Ahí otro intervalo, con música de “Luqui y los carpinteros”, y para el final lo único bueno que, sentía Florencia, iba a depararle la larga noche de su descontento. El invitado estrella: Lorenzo Turbio. Un fino poeta, de verdad. Era lo que hacían en el ciclo. Juntar público entre amigos y todos los que pudieran arrastrar gracias al invitado con cierto renombre. En todas las antologías, en todas las lecturas, en todas las presentaciones, siempre había uno de estos. Famosos accesibles. Eran los que traccionaban el mercado (el pequeñísimo, minusválido e intrascendente mercado) de Las Letras. Así y todo, esa noche, en la ciudad irreal, bajo la niebla parda de un atardecer de otoño… eran pocos, muy pocos. Contarlos, para Florencia, fue fácil. Porque los literatos no se mueven mucho. Al llegar se instalan en el rincón elegido, con su vaso de cerveza, o su whisky, y ahí se quedan, junto a los otros tres literatos entre los que se alabarán mutuamente y menospreciarán conjuntamente a todos los literatos que no están en el rincón con ellos. Ahí se quedan, los literatos, observando el mundo, esa contingencia alucinante. Treinta y cinco, máximo. Más Turbio, que ahora no estaba a la vista pero que hasta un momento antes andaba –borracho, como de costumbre, como debe ser– recibiendo elogios de todos sus aspirantes a colegas. Más un par que andaban por el patio, escaleras, baño: cuarenta y cinco almas sensibles llegó nuestra cronista a vislumbrar.

– Nos queda Lio. Messi. El último genio. El único autor contemporáneo que vale la pena leer…

Le dijo un chico a una chica, y la chica lo admiraba. Y después él explicó, comiéndose calculadamente algunas eses para darle un cierto glam peronista a su erudición, por qué, en nuestro siglo, el autor estaba muerto. Ya nadie compra libros. Todo se fotocopia. Todo se plagia. Todo circula gratis en Internet. Todo termina, Florencia, se dijo; esta lectura también terminará. Tranquila. Su novio la sorprendió por la espalda y le dio un beso en el cuello, cerca de la oreja. Todo termina. Tranquila. Su novio tiró suavemente del pelo de Florencia hacia atrás, y la mordió. Ella movió la cabeza hacia el costado del que él estaba tironeándola, para liberar del todo la nuca y que él pudiera morderla mejor. Él lo hizo.

– Sacame sangre. Que algo me saque sangre esta noche… –dijo ella–. El mundo está mal, mal, muy mal… Todos quieren ser poetas pero nadie quiere ser vampiro… –él rió.

Fordillo, flaco y alto y con el pelo cuidadosamente despeinado, pidió silencio. Era el turno de Hernán, el barrabrava. Antes de empezar a leer, contó que le gustaba filmarse en la cancha mientras agredía a otros hinchas y a la policía, que había contratado un camarógrafo que lo seguía continuamente, y que estaba preparando un documental llamado Mi violencia y el fútbol. El público aplaudió tímidamente: lo de pegarle a la policía estaba muy bien, por supuesto, pero lo de agredir a otros hinchas habría que verlo caso por caso… Después, leyó su poema. Florencia tomó nota de estos versos, que le gustaron, porque tenían un no sé qué honesto y otro no sé qué rítmico:

Yo la banco a mi presidenta.

Yo no soy poeta.

Yo no leí nada porque en mi casa no había libros

y en mi pieza no había calefacción.

Yo soy de Huracán, del corazón.

Pero hinchar por Huracán es también mi trabajo.

Así que soy dichoso.

Y estoy agradecido.

Porque trabajo desde el corazón.

La gente aplaudió, ahora sí, con vehemencia. El barrabrava, emocionado, agradeció que se le diera un lugar a su poesía. Un lugar en un país no tan lejano, la República Alternativa, cuna de los adoradores del arte menor… Y después llegó Helena Lagos enfundada en una boa violeta. Y así como llegó, pasó, y al terminar de leer se fue apurada del escenario. Su poética, pensó nuestra heroína, duraba en el tiempo lo mismo que duraba su acto de leer, y después se iba sin dejarle nada a su público. El poema que leyó hablaba de Hiroshima, de Auschwitz, de la ESMA, y de amor. Un collage más o menos bien articulado de referencias sin ningún trasfondo. Ni sensible. Ni sublime. Ni sentimental. Nada. Florencia tomó nota de algunos de sus versos. Hubiese preferido olvidarlos, pero tomó nota. Porque mañana, en la crónica, si no escapaba el bulto citándola y listo, ¿qué iba a decir? “Un sutil desplazamiento que nos sugiere su prosa llana y límpida…”. No. “En la inclinación a lo antipoético…”. No… “Bajo el dictamen de la guerra, la poeta…”. ¡Ay! Reseñar malos libros es malo, malísimo para el carácter, sí… ¡Pero si al menos Florencia pudiera decir lo malos, malísimos que le parecían los poemas de la sobrina poeta…! Pero no podía. Ni siquiera eso podía, porque así es la dura vida del artista que tiene un trabajo que conservar. Y entonces escuchó el grito. El mismo chico de antes, el intelectual peronista, apareció corriendo desde el fondo. Gritaba que estaba muerto. Que Turbio estaba muerto, degollado, en el baño. Que el autor estaba muerto.

¿Qué cosas pasaron por la mente de nuestra heroína durante los quince minutos que duró la conmoción general? Seamos justos con ella. Aunque sus sentimientos y emociones recorrieron un arco complejo, contradictorio, y de a ratos inconfesable, la emoción que primaba era el espanto. Sí, la reacción humana más noble frente a lo que es, a la vez, tan difícil y tan fácil de hacer: suprimir una vida. Florencia Derrone se sentía, entonces, y grosso modo, espantada. ¿Por qué? Por sospechar que también su vida, tan especial como todas las demás, era frágil, estaba más o menos indefensa, y podía terminar de un segundo a otro. Y porque Lorenzo Turbio estaba muerto. ¿Se habría suicidado, el poeta, en una lectura de poesía? ¿Era ese su último y más feroz poema romántico? ¿Quedaban idealistas? ¿O se habría suicidado porque ya no podía seguir tolerando que la poesía fuera tomada por asalto por una banda de chicos educados, sin talento, y sin amor? Suicidio por asco. Sí. Debía haber muchos suicidios por asco en el mundo, pensó. De hecho, casi todos los suicidios debían ser por asco, el asco que provoca la desesperación, el autoasco que provoca saberse desesperado. Pero el chico, el intelectual peronista, el chico había gritado: “degollado”. ¿Se habría autodegollado, el poeta? Difícil, pero no imposible. ¿De qué forma se suicida un poeta? Definitivamente, un tiro no. Demasiado pragmático para alguien preocupado por las metáforas y las alegorías. El suicidio con arma de fuego es el suicidio de alguien que no quiere fallar, porque valora el tiempo, porque sabe que el tiempo vale dinero, porque hizo (o no pudo hacer) dinero con su tiempo. Algo que, sabe todo el mundo, no le pasa jamás a un poeta. ¿Ahogado en su vómito? Sí, este era un modus operandi que tranquilamente podía utilizar un poeta. El mundo estaba lleno de poetas que querían ser estrellas de rock. Jamás llegaban a tener su dinero, jamás su fama, mucho menos sus chicas. Pero su muerte sí que la podían tener… ¿Entregándose a la fuerza de alguno de los cuatro elementos? Aire, fuego, tierra, agua… Tal vez. Pero Lorenzo Turbio era un hombre, y el suicidio por entrega a una fuerza superior de la naturaleza era más femenino. La debilidad de la mujer, la fragilidad de la frágil mujer, abrazada, por última vez, por el hermoso monstruo de la naturaleza. Volver al seno de la tierra. Volverse una con la madre naturaleza, la mujer, madre a su vez, una mamuschka de oscuridad. Allá va Alfonsina… ¿Veneno? Definitivamente. Este era el suicidio natural para un poeta. Nos lo habían enseñado dos de los sujetos que más habían influenciado la historia del arte: Shakespeare y Marilyn Monroe. ¿Entonces? ¿Era posible, Florencia, que Lorenzo Turbio no se hubiera suicidado? ¿Era posible, Florencia, que pasara lo que estaba pasando? ¿Asesinato en el centro cultural? Una parte de nuestra heroína visualizó, entre luces de neón y fuegos artificiales, el título de la crónica que iba a poder escribir al día siguiente: “Asesinato en el centro cultural”… Brutal asesinato en un centro cultural… La otra parte de nuestra heroína (todavía, para ser justos con ella, aclaremos que todavía esta parte de ella era mucho más grande que la otra)… su otra parte se ocupó de callar inmediatamente a su costado más de temer, el que sólo se preocupa por el beneficio personal, nuestro costado naturalmente desconsiderado… ¡Ay! La muerte de alguien cercano puede o no ser un hecho contundente en nuestra vida, pero un asesinato brutal cerca nuestro siempre lo es. ¿Y quién lo había asesinado? El asesino está entre nosotros, pensó. Somos la generación muerta, se dijo, pero así y todo quieren darnos el navajazo de gracia.

Miró a su alrededor. Por primera vez desde que había empezado la lectura, tenía interés –real– en esa gente que la rodeaba. ¿Estaba rodeada? El intelectual peronista temblaba en una esquina, como si hubiera contraído parkinson, con la mirada fija en el recuerdo del cuello sangrante del poeta; una imagen, pensó Florencia, que iba a costarle muchos pesos de psicoanálisis borrar de su memoria. Lo custodiaban dos amigos y la chica, que ahora parecía admirarlo menos que antes. Fordillo se agarraba de la cabeza. De pie al lado de Florencia, Agustín le acariciaba el pelo para tranquilizarla. Pero Florencia no terminaba de estar intranquila. No terminaba, todavía, de salir de su espanto. La encargada del centro cultural llamaba por teléfono, probablemente a la policía, a los bomberos, a la ambulancia. Nadie podía salir, pensó Florencia, así es como debería ser en la escena de un crimen, ¿no? Pero las puertas de esta fábrica recuperada estaban abiertas para todos. Nadie había tenido la delicadeza de apagar la música que habían prendido después de que leyera Helena Lagos, que ahora lloraba tirada en un sillón, secándose las lágrimas con su boa violeta. Una gran parte del público se había retirado o escapado. Los que quedaban: o lloraban (casi todas mujeres), o fumaban (mujeres y varones), o abrazaban a alguna de las mujeres que lloraba (casi todos varones). El barrabrava poeta fumaba con total tranquilidad en una silla apartada. Café Tacuba, de fondo, decía que el amor es bailar.

– ¿Hay algún médico? ¿HAY ALGÚN MÉDICO?

El que gritaba era Fordillo. Y no, claro que no. No había ningún médico. ¿Qué haría un médico, en su sano juicio, en una lectura de poesía en una fábrica recuperada en Parque Chas? Ahí estábamos, pensó Florencia. Esos éramos, pensó Florencia. Ahí pululábamos los artistas, con nuestras carreras afines, revoloteando como moscas drogadas alrededor de un pedazo de carne podrida. ¿Y vos qué estudiaste?, nos preguntaba la sociedad. Y respondíamos: esto, esto, lo otro. ¿Y eso para qué sirve?, nos preguntaba la sociedad, curiosa. Y decíamos: bueno, te da un marco. ¿Un marco para qué?, nos preguntaba la sociedad, impaciente, preguntándose a sí misma si era tan buena idea seguir pagándonos las fotocopias de Derrida y de Foucault a fin de mes. Y bueno, decíamos, te da un marco para la vida. ¿Lo ven?, pensó Florencia. ¡Somos los que estudiamos en la universidad pública y gratuita, siempre por principios, jamás por necesidad! ¡Somos los que estudiamos cosas que nos sirven para la vida! ¿Para qué? ¡Para la vida! La muerte no. La muerte, no. ¡La inmortalidad! Y que con la muerte lidien los médicos, esos… esos… esos útiles de la sociedad. Ja ja, se rió Florencia, ja ja. Pero no se dejen engañar. Por afuera, Florencía reía. Pero adentro suyo (aunque ella hiciera esfuerzos por no escucharlo) algo le decía que no. Siempre se lo había dicho, pero en ese momento se lo decía con énfasis: nada bueno iba a salir de ese centro cultural.

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