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El artista o el monstruo

La reedición de Su turno (Mansalva, 2010), se presenta como la ocasión perfecta para ingresar al universo del “realismo delirante” de Alberto Laiseca.

      Su Turno
      Alberto Laiseca
      Mansalva, 2010
      128 páginas

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado inicialmente en 1976, antes de desaparecer de los anaqueles hasta que la editorial independiente Mansalva decidió rescatarlo en 2010, Su Turno, primera novela del original escritor Alberto Laiseca, es de esos libros que aún siendo cortos en tamaño (en este caso, apenas 120 paginas) acaban, no obstante, por convertirse en unos inagotables mil-hojas.

La obra de Laiseca, que él mismo definió como “realismo delirante”, es un recorrido hilarante y espantoso, indudablemente barroco, dentro de un territorio a la vez estrecho y extenso en el que se atan y confrontan violencia, sexo, política, luchas de poder: un universo narrativo obsesivo, para no decir compulsivo, lúdico y parodico, paranoico y exhaustivo, intelectual y humorístico. Es la lengua la que impera aquí en todos los planos, un idioma plagado de aliteraciones y juegos de palabras, haciendo lucir tanto los registros del lunfardo más despiadado como las transparencias claras del Zen, un idioma que nunca le tiene miedo al neologismo sin perder de vista la precisión –una precisión a veces enloquecida por el exceso–, una lengua que siempre permanece legible, divertida en un sentido noble, jamás demostrativa, sin necesidad alguna de “asombrar” con artificios a su lector. Laiseca demuestra con gran talento que, aún desde el alboroto y el exceso, se puede escribir con sorprendente fluidez.

La intriga de Su Turno, desgreñada, recorre una Norteamérica en plena Ley Seca, construida desde unas imágenes hollywoodenses consideradas como cromos –es decir, como estereotipos–, un universo de novela negra magnificado por el delirio y el desborde (no hay ningún sueño norteamericano que valga, lo que a Laiseca le interesa es el gran poder mediático norteamericano, su capacidad para auto-caricaturizarse, y así venderse mejor y exportarse). El libro desarrolla el enfrentamiento entre dos figuras-cliché, dos figuras-arquetipo: por un lado, el policía influyente y corrompido y, por otro, el mafioso en lucha contra su clan. El comisario delirante John Craguin y el truhán en ruptura Earl “Polígono de tiro” O’Connor, italiano definitivamente falso, aunque un verdadero maniático con ambiciones desmesuradas. Esas dos fuertes personalidades se revelarán como las dos caras de una misma moneda, la de una América espantosa por su violencia exacerbada, por su miseria social y su iniquidad. Una América del poder y del dinero. Del poder visible y del poder escondido, de la brutalidad refinada que desde los dos lados lidera la danza. Una América de serie negra, de comics, de pesadillas hilarantes en una ciudad hundida en su perdición. Una América, claro, hecha caricatura pura, ya que en el libro la caricatura parece afirmarse como el eje, la mejor plataforma desde la cual desarrollar una novela de humor perverso, en la que las violencias y las torturas descritas con lujo de detalles podrían también ser leídas como metáfora de la situación política argentina cuando el libro se publicó originalmente, es decir, como hemos señalado, en 1976. Pero la acción es veloz; el humor, permanente; el idioma, versátil; el sexo, sádico; y los muertos van acumulándose sin parar –cayendo en racimos a lo largo de rocambolescas matanzas que ostentan la belleza de su perfección–. Y, si bien el libro corresponde a la época que hemos señalado, no lleva, sin embargo, lo que resulta un alivio, la marca evidente de la misma. Ningún atisbo aquí de cierta pesadez que podría inmiscuirse y entorpecer el texto, en el caso que éste hubiera tenido el siempre dudoso afán de testimoniar. Laiseca, ya lo hemos dicho, se encuentra a gusto con las metáforas exacerbadas, las parodias tanto disparatadas como truculentas. Su libro es todo menos un testimonio o el mero fruto de un momento histórico particular. Se trata más bien de un texto que simplemente no puede no llevar la huella de ciertos acontecimientos deletéreos.

La relación que une a los dos personajes es de admiración-rechazo, de mutuo respeto y de puntilloso honor mantenido hasta el límite, poniendo en juego así el viejo tópico de la permeabilidad entre el hampa y la policía. De los dos emana esta forma de absoluta excentricidad sin limites, que los emparenta con la imagen del artista, del creador demiurgo, genial o infame hasta el desvarío. Las múltiples descripciones de procedimientos tan estrambóticos como ingeniosos, desarrollados durante sus sesiones de tortura y sus interrogatorios por el comisario Craguin –que no vacila en interrogar hasta a los cadáveres– o la detallada muestra de las exacciones, manipulaciones y tácticas diversas y fascinantes del mafioso O’Connor para tomar el poder definitivo sobre toda la mafia de América, podrían evocarnos en cierto grado una versión sucia, borderline, de la visita al jardín de alucinantes maquinas de Martial Canterel, en el Locus Solus de Raymond Roussel. Los dos personajes de Laiseca se encuentran hechizados en igual mesura por una compartida búsqueda del absoluto, ambos expertos en orfebrería del delirio. El afrontamiento, indudablemente, será sangriento. Así, Su Turno es tanto un libro sobre el mal como uno sobre la belleza, un texto que nos narra el ingenio que permite acceder al uno y al otro, pero, eso sí, siempre convulsivamente. Un libro también romántico, y un poco trágico: el destino de esos dos monstruos padecen cierta pizca shakesperiana.

Lo que impera en este libro es una suerte de anti-lirismo extremadamente exacerbado. Sólo que cuando hablo de lirismo no lo digo en el sentido de una mirada compungida que, encaramada en los altos del monte Miseria, contemplaría desde su puesto privilegiado las imperfecciones de la sociedad humana con desdeño y aflicción. No, faltaría más: hablo más bien de la potencia del idioma laisecano, de su capacidad para convocar en un mismo ademán la violencia insoportable y las naderías cotidianas, un ademán para nada grandilocuente sino preciso, nítido y grandioso como unas valkirias wagnerianas. Y, ya que estamos, la figura de Wagner se ve regularmente convocada aquí, nueva metáfora ambigua de la figura del artista. Wagner o el símbolo del artista como exceso, fascinante a la par que infame, como el comisario John Craguin cuando, durante la detención de criminal prófugo en lo alto de un inmueble, hace sonar a todo volumen los aires del gran compositor al compás de las luces de unos deslumbrantes reflectores. Una detención como pura puesta en escena, el cine de una realidad que se excederá, una detención que es testigo de la loca y desmesurada ambición de un comisario en la plena sociedad del espectáculo. Pero Wagner también es, como decía, el artista como absoluto, como fuerza de resistencia frente a todos los “anti-Mozart” –para aludir a una formula o leitmotiv típica de Laiseca– ya que en el texto se ve definido por este extraño aforismo: Wagner es el Mozart de la música, subrayando así otra vez la grotesca duplicidad del creador, alma sensible preñada de belleza, de maravilla, y monstruo intratable, inaccesible, insoportable. Puesto que, si de repente se vuelve necesario subrayar que Wagner es un Mozart, es que acaso bien podría ser éste otra cosa. ¿Pero qué? ¿Y, por otra parte, el mismísimo Laiseca no ha sido apodado el monstruo por sus seguidores? Un monstruo acaso “apacible”, si consideramos la generosidad, la amenidad (exacerbada, cierto), vale decir, la felicidad de escribir que parece emanar de cada uno de sus textos. Pero, un monstruo que no obstante sabe morder, y mucho: basta considerar desde este punto de vista el gusto del escritor para investigar una y otra vez el sexo sucio, depravado y torcido, la tortura y la violencia como procedimientos alocados, conformando así una perpetua maximización de una realidad bajo modales de feria grand guignol. Es, al fin y al cabo, un aliento indudablemente wagneriano el que hechiza al lector de Laiseca y que marca el pulso de su ficción. Un aliento con doble cara. Y no resulta menor, entre sus méritos, el de saber poner en escena, dentro de sus textos, este mismo aliento.

La figura del artista, o más bien la figura del arte, en tanto que dentro o más-allá del arte, a medio camino entre afirmación pura y parodia de sí misma, se vuelve así omnipresente en el desbordante universo mitológico de Laiseca, una propuesta literaria que parece querer empujar hasta sus últimos limites esta vida que imita al arte, tan querida por Oscar Wilde (uno de los maestros reivindicados por Laiseca, junto con Poe). Y de ahí viene una posible definición para el “realismo delirante”, este modus operandi laisequiano: lograr una descripción extremista de lo real hasta hacerse dueño de la parodia implícita por este mismo real, una realidad que obviamente no es solo la de lo cotidiano –incluso cuando lo cotidiano deviene trágico como durante los 70–, sino también la de un exotismo subrayado una y otra vez hasta el exceso. En Su Turno, una América vista desde las películas negras de Hollywood; en La mujer en la muralla, una China de incomprensibles paradojas filosóficas, de leyendas milenarias y torturas refinadas; en otros libros, el Egipto de los faraones o las historias de vampiros. Un exotismo nutrido por los folletines, las historias que dan miedo, los viejos y caducos filmes históricos, por la basura como por los grandes hitos de la literatura, pero también dueño de una gran erudición –tanto real como apócrifa–. Nuestro autor no elige nunca jerarquizar entre la invención y lo fáctico, la citación culta y el aparente sinsentido, dejándonos a la intemperie con unos escritos que, en tanto que lectores, no tenemos otro remedio que aceptar sin más. Y es precisamente desde esta aceptación que nace el júbilo del lector de Laiseca. El barroquismo de Laiseca es sin duda más cercano a una regocijante disponibilidad para la saturación que al texto con clave. Un barroquismo que se asienta en una poética potente, un estilo y una lengua inmediatamente reconocible, que nos embauca sin necesitad de imponerse, dada la fuerza del humor y la inspiración que ahí reinan, ambas moldeadas por una oralidad más rotunda en tanto se asume como creación puramente ficticia. De modo que la oralidad, imposibilidad literaria si las hay, encuentra en Laiseca uno de sus mejores orfebres, capacitado para armar simulacros idiomáticos imposibles aunque indudablemente creíbles, a partir de elementos sueltos e irreconciliables. El mundo coloquial de Laiseca no pretende para nada la fidelidad (por otra parte, ¿fidelidad a qué?, nada más escurridizo que el idioma hablado, siempre en movimiento…) sino a un más allá del lenguaje mucho más real (o interesante) que la pobre realidad en la que vivimos (y hablamos). La oralidad laisequiana, a fin de cuentas, no es otra cosa que el signo mismo de su propio mito (“el mito del escritor”, según César Aira): Alberto Laiseca como narrador nato e incansable, dueño de un lenguaje absolutamente propio. Alberto Laiseca, el que siempre pertrecha infinitas anécdotas dentro de otras anécdotas, como si narrar fuera lo mas fácil o evidente del mundo. Alberto Laiseca, en tales condiciones, el inevitable autor del libro más largo de la literatura argentina –Los Sorias, o el mil-hojas hecho realidad tangible–. Alberto Laiseca, el escritor que definió su mundo narrativo con tal precisión que no puede así no volverse infinito.

Su Turno, novela indudablemente corta si la comparamos con el promedio de sus producciones, se nos presenta entonces como el lugar de ingreso perfecto a su mundo de rara genialidad, un texto brillante de un escritor genial que, escribiendo, nos dice o, mejor, nos insta: léanme y léanme más, léanme una y otra vez, léanme siempre. ¿Cómo resistir, entonces? Laiseca o una definición posible del genio literario: el autor que leemos por ninguna otra razón que continuar leyéndolo…

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