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Piscicl

El joven narrador comparte con nosotros un fragmento del capítulo 10 de la inédita El spleen de los muertos, tercera novela de la saga que será publicada este año. Las novelas que la preceden son El síndrome de Rasputín y Los bailarines del fin del mundo.

10. Piscicl

Todo empezó con un cochecito para bebés en oferta. El abuelo de Lucía era anticuario, más bien un vendedor de muebles y de todo tipo de objetos usados de dudoso valor y utilidad, asiduo asistente a remates y subastas, y para cuando los padres de Lucía supieron que ella iba a nacer, él les consiguió una ganga. Un cochecito de bebés muy barato. Un cochecito de bebés para mellizos. El padre de Lucía, el hijo del anticuario, expresó sus dudas. La madre estaba demasiado preocupada tratando de mantener el equilibrio con la panza como para opinar.

– Pero si es mejor, hijo. Va a tener más espacio para moverse.

Eso era exactamente lo que le habían dicho quienes se lo habían vendido. El abuelo de Lucía era un gran vendedor y, como todo gran vendedor, era un comprador crédulo y entusiasta. Su negocio se mantenía en ese embrujado equilibrio: él compraba cualquier cachivache que le pusieran delante y era capaz de vender el trasto más insólito. Así que lo compraron. Lucía nació y durante un año la pasearon de un lado para otro en el cochecito doble, ella en el lado derecho y el lado izquierdo vacío. Hasta que juntaron plata como para comprar uno nuevo. Pero cuando lo compraron y quisieron meter a Lucía en la flamante adquisición, ella lloró como nunca lo había hecho. Lloró y lloró hasta que la devolvieron al cochecito doble.

– Esta es siempre la parte difícil de explicar. Piscicl no es ni un fantasma ni un amigo invisible ni nada de eso.

Muishkin, nuevamente acostado en la cama, intentaba escuchar el relato de Lucía. Escuchaba y conjugaba. Yo luzco, tú luces, ella luce: ella, Lucía. La muchacha de la terraza, Lucía, ahora ocupaba el lugar del viejo en la silla junto a él. Más erguida y alta que su abuelo, la luz caía sobre su cabeza de manera distinta, recortaba su figura con una nitidez casi dolorosa. Era la muchacha de la terraza, la que había espiado por meses, y a la que ahora podía espiar muy de cerca. Incluso, si estiraba el brazo, podía tocarle la rodilla. Ella estaba ahí, al alcance de su mano, pero también estaba muy lejos, porque Muishkin todavía no era capaz de aceptar que continuaba vivo. A pesar de poder ver su cara, sus rasgos ensombrecidos por el contraluz del foco que colgaba del techo, cuando cerraba los ojos era incapaz de recordarla. En cambio, sí podía verla a ella siendo un bebé, feliz en su cochecito doble, empezando a mirar el mundo junto a un espacio vacío. Muishkin escuchaba el relato de la muchacha de la terraza y conjugaba verbos: eso era algo que también un muerto podía hacer.

– Por supuesto que de chica jugué con él. Y por supuesto que nadie lo ve. Pero yo sé que Piscicl no existe. Existe pero no existe –molesta con el trabalenguas de su explicación, Lucía se revolvió bajo la luz del foco. Calló un rato y, como su abuelo, movió la cabeza negando–: No sé si me explico. El primer recuerdo que tengo es el de ese silloncito vacío. No es un recuerdo triste ni nada de eso. ¿Cómo un bebé va a sentir que en ese lugar hay una ausencia? ¿A quién va a extrañar? Porque eso es lo que me quisieron hacer creer, que era una ausencia y que yo había quedado traumada, pero no es así. Tampoco es lo que una tarotista le dijo a mi mamá, que se trataba de uno de los mellizos que habían usado el cochecito antes que yo, que se había muerto. Pero eso es mentira, porque yo después los busqué y los dos estaban vivos.

Muishkin se sintió tentado. Quería contarle que él conocía a dos mellizos, dos gemelos que sí estaban muertos. Quería decirle, también, que nadie los podía ver, ni siquiera él, ahora que estaba vivo. Le herida en el pecho le latía. Y cada latido era como un teléfono sonando en un departamento vacío. No podía haber nada peor a ese latido en su pecho, no había nada más terrible que la posibilidad de que nadie lo atendiera cuando llamara a sus amigos.

– No –dijo Lucía. Y por unos largos segundos se quedó callada, moviendo la cabeza–. Piscicl no es nada de eso. Tampoco es un espacio vacío que alguien tiene que llenar. Es otra cosa. No sé muy bien cómo contarlo. Lo que sé es que si no hay lugar para él, yo siento que me asfixio. No tiene que ser un lugar muy grande, me alcanza con que haya lugar para él. Como con estas cuchetas. La cama de arriba es la de Piscicl.

– ¿Ahora está ahí?

Muishkin alcanzó a percibir el reproche antes de escucharlo.

– ¿Pero vos me estás escuchando? ¿Cómo va a estar si no existe? O mejor dicho, ¿cómo no va a estar si no existe? Él está siempre –dijo Lucía con suavidad–.

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