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José Lezama Lima y su visión calibanesca de la cultura

El destacado ensayista y poeta cubano reflexiona con agudeza sobre la obra de José Lezama Lima desde la imagen-concepto de Calibán.

Se atribuye a André Malraux haber dicho que los grandes autores son campos de batalla. A ninguno de nuestros grandes autores del siglo pasado le es tan aplicable la sentencia como a José Lezama Lima. Esa condición lo acompañó casi desde sus inicios como escritor hasta sus últimos instantes. En ese campo de batalla que es su obra hubo quienes, sencillamente, no lo comprendieron, quienes lo envidiaron, quienes lo impugnaron en atención a sectarismos de diverso signo, y quienes pasaron de un bando a otro. Por fortuna, hace años que su grandeza es ampliamente admitida, y no ha habido que esperar a su siglo para que ello ocurriera, aunque de seguro su primera secularidad implicará nuevas iluminaciones sobre él. Hoy por hoy, en Cuba, puede decirse que si Lezama no es un autor popular, sí es un autor popularizado. Abundan los escritores nuestros que, habiéndolo leído o no, se sienten obligados a citar sintagmas procedentes del arsenal lezamiano, como “azar concurrente”, “vivencia oblicua”, “espacio gnóstico”, “imago“, “poiesis“, “potens“. Y el deseo expresado por Julio Cortázar en su memorable texto de 1967 “Para llegar a Lezama Lima”, según el cual la obra de Lezama merecía ser reconocida como las de Jorge Luis Borges y Octavio Paz (1), hace tiempo es una realidad. El mexicano dio a conocer más de una vez el alto aprecio que sentía por la creación lezamiana. Borges, sin embargo, pareció ignorarla del todo (también ignoró la de Martí), mientras Lezama conocía y admiraba la del argentino. En su polémica de 1949 con Jorge Mañach, Lezama esgrimió el nombre de Borges, junto con los de Alfonso Reyes y Ezequiel Martínez Estrada, como ejemplos de escritores hispanoamericanos “rendidos al fervor de una Obra”(2).

Por otra parte, a veces se ha comparado a Lezama con Borges, no obstante sus marcadas diferencias, tomándose en cuenta las complejidades de sus faenas e incluso la devoción a las madres y las Baldomeras/Baldovinas respectivas. Yo mismo los acerqué en carta de agosto de 1953 en que le comenté a Lezama su Analecta del reloj:

Junto a la primera lectura de su libro [le dije entonces], hice la del de Borges [Otras inquisiciones, 1952] en que también reúne trabajos de quince años. Sobre muchas y utilísimas divergencias, gustábase en ambos […] el anhelo de una mirada que de algún modo nos perteneciera: más maliciada y equívoca –y hasta sofisticada– en el maestro argentino; más opulenta e impetuosa en Ud. Pero ávida, necesaria, siempre (3).

Sobre los versos de Lezama escribí con cierta extensión en La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953), que Lezama tuvo la amabilidad de pedirme que apareciera en las Ediciones Orígenes, donde lo hizo en 1954. Y en 1967, al frente de mi libro Ensayo de otro mundo, añadí:

me gustaría volver a considerar la poesía cubana anterior, como hice hace quince años, pero con la nueva óptica [la de la conciencia del tercer mundo que anima a aquel libro]. Pienso, por ejemplo, en lo que podría ser un estudio sobre Lezama Lima, no con el instrumental estilístico de que me valí entonces (o no solo con él), y desde la nueva perspectiva, como lo anunció ya, por ejemplo, Julio Cortázar en un admirable artículo (4).

Para entonces, ya había dedicado a Lezama mi poema de 1965 “Lezama persona”(5). Pero lo que a continuación escribí sobre él no fue el estudio mencionado, sino el texto “Un cuarto de siglo con Lezama” (6), en que evoqué nuestra amistad desde que lo conocí personalmente, en 1951, hasta el día de su muerte en 1976. Ojalá estas escuetas líneas de ahora, al mismo tiempo que referirse al conjunto de su labor, puedan ser al menos el boceto de aquel estudio.

Lezama fue, por encima de todo, poeta, un poeta enorme, tanto en sus versos como en sus ensayos, sus narraciones, su epistolario o su fabulosa conversación. Tocante a esta última, quienes tuvimos el privilegio de disfrutar de ella podemos dar fe de lo certero del juicio de Virgilio Piñera cuando en 1970 afirmó: “Lezama era (sigue siéndolo) el conversador más brillante de Cuba” (7). Lo que permitió a Reynaldo González considerarlo un poeta conversacional, pero no referido a una conversación banal, sino a la suya feérica (8). Hablaba como escribía, y escribía, según apuntó Juan Ramón Jiménez en el “Coloquio” (1937) entre ambos, “con su pletórica pluma”, “aunque no entendamos a veces su abundante noción ni su expresión borbotante” (9). Era un poeta de tiempo completo, un poeta absoluto, como lo llamé en una ocasión, del linaje de José Martí. Y no un poeta cualquiera. Tuvo razón Oscar Hurtado (10) cuando lo emparentó con los poetas filósofos, como Lucrecio, Dante y el Goethe de Fausto, a quienes dedicó un notable libro George Santayana (11). No en balde Lezama se describió como “un criollo que quiere ser bueno y poeta, es decir, poeta bueno […] un hombre alucinado por la sed fáustica del conocimiento y por el deseo de esclarecer nuestra expresión y nuestro pueblo” (12). Ese poeta bueno, en verdad extraordinario, vivió alucinado por la sed fáustica del conocimiento, lo que no es propio de cualquier poeta, sino de los poetas filósofos. Véase al respecto la interesantísima correspondencia entre Lezama y la filósofa española María Zambrano (13), quien dijo que Lezama se declaró “católico órfico” y llegó a escribir que en la fundación de la revista Orígenes ella, María, tuvo “parte anónima y decisivamente” (14).

En 1967, en el centenario del nacimiento de Rubén Darío, Lezama apuntó que “su prodigioso dominio de la métrica ha dejado de interesarnos, pues el verso libre de las teogonías, de las profecías y de las grandes lamentaciones se ha impuesto totalmente” (15). Como es de suponer, Lezama pensaba en su propio verso libre, que para él era el de las teogonías, las profecías y las grandes lamentaciones. Junto a dicho verso, Lezama se valió también, ocasionalmente, de sonetos y décimas infieles o irregulares. Pero sin duda fue el anterior el predominante en sus mejores piezas en verso.

En sus ensayos ejerció con pasión y agudeza su deseo de esclarecer nuestra expresión y nuestro pueblo. Tales ensayos también fueron invadidos por su poesía. Ya he contado (16) que al recibir su texto sobre la poesía y la pintura cubanas de los siglos XVIII y XIX para ser publicado en la revista Casa de las Américas, dudé entre incluirlo en la sección “Hechos/Ideas”, de ensayos, o en la sección “Letras”, dado su carácter poemático. Al fin decidí crear para él la sección “Paralelos”, solución que a Lezama pareció complacerle, pues en lo adelante se valió de ese vocablo, “Paralelos”, para encabezar el título de su ensayo. Y en verdad sus versos conocieron vida paralela a la de sus ensayos. Incluso la poesía en conjunto fue el tema central de muchos de estos últimos. Tales fueron los casos, entre otros, de “Las imágenes posibles”, en Analecta del reloj (1953); “Introducción a un sistema poético” y “La dignidad de la poesía” en Tratados en La Habana (1958), “A partir de la poesía” en La cantidad hechizada (1970), o “Sobre poesía” en Imagen y posibilidad (1981), además de numerosos textos referidos a escritores y pintores. Me referiré más tarde a su libro orgánico La expresión americana (1957). Las narraciones de Lezama fueron también manifestaciones de su poesía. Varios de sus relatos aparecieron en libros suyos de versos, lo que es elocuente; y su obra mayor en este orden, Paradiso (1966), es reconocida como una novela poemática, o como un vasto poema novelado.

Quisiera detenerme ahora en el tema principal de esta charla. Cuando en el número 68 (septiembre-octubre de 1971) de la revista Casa de las Américas publiqué mi ensayo “Caliban” (que ahora escribo como palabra llana, pues es anagrama de “caníbal”: “Calibán” es un galicismo), le hice llegar a Lezama uno de los sobretiros de aquel con esta dedicatoria: “Para mi muy querido José Lezama Lima, perpetuo gerifalte, escándalo bizarro”. Tal dedicatoria aludía, por supuesto, a un verso de Góngora, pero sobre todo a un ataque absurdo que se le había hecho poco antes al maestro de Trocadero y contribuyó a ensombrecer sus últimos años. En “Un cuarto de siglo con Lezama”, al mencionar el envío de aquel sobretiro, dije: “Desde luego, en mi concepción de ese término, Lezama es un escritor indudablemente calibanesco” (17). Y en ediciones posteriores de mi ensayo añadí el nombre de Lezama entre quienes encarnaban la cultura de Caliban. Me resulta curioso que en una encuesta hecha a Lezama en 1960 (18) sobre los diez libros que trataría de salvar, él mencionara dos obras de Shakespeare: La tempestad y Sueño de una noche de verano. Lamento que, entre las muchas cosas de que hablamos, no se encontrara este tema de La tempestad, donde, como bien se sabe, aparece el personaje Caliban. Aunque sí me mencionó el valor de lo carnavalesco y lo paródico cuando aún no se había difundido la obra de Mijaíl Mijáilovich Bajtín. A raíz de ser publicado mi ensayo “Caliban”, el crítico mexicano Jorge Alberto Manrique, en una reseña cordial del ensayo, escribió con razón, a propósito de unas ríspidas líneas mías sobre Borges:

Cabe recordar, según el mismo Borges lo ha dicho, que él asume, frente a […] [la] lectura de Europa, una actitud socarrona de francotirador “desde fuera”: de eso está hecho lo mejor de su obra; y en eso podría reconocerse una actitud de Caliban. Que cada cual tiene sus respuestas, y vale la pena tratar de entenderlas (19).

Con cuánta más razón puede (o debe) decirse esto de Lezama.

Según lo que sé, quien más se ha ocupado de la relación entre la obra de Lezama y caníbal/Caliban es la estudiosa brasileña Irlemar Chiampi, quien abordó esa relación en su ensayo de 1985 “La expresión americana de José Lezama Lima: la dificultad y el diabolismo del caníbal” (20) y en el prólogo a la edición crítica de aquel libro que publicara en español en 1993 (21). En el primero de dichos textos afirmó:

La obra en verso o en prosa de J[osé] Lezama Lima ha recuperado y operado en grado máximo las virtualidades del canibalismo original como un genuino hecho americano. En el poema construido con el reelaborado barroquismo metafórico que extraña [sic] los códigos retóricos más persistentes de la tradición poética; en la narrativa figurada, elíptica, que enreda la lectura en verdaderos criptogramas de sentido; en el ensayo atestado de referencias culturales indescifrables, figuraciones conceptuales, faltas gramaticales, citas erróneas y erráticas en cualquiera de esas modalidades, Lezama Lima no ha cesado de suscitar nuestro asombro y desconcierto. Su obra ha reinventado el más fino ademán del caníbal auténtico: devoración y parodia del patrimonio de las grandes culturas, antiguas y modernas, apropiación y extrañamiento del lenguaje, por la ruina de sus constricciones [¿construcciones?] y convenciones más consagradas; ejercicio parricida de conspiración permanente contra la autoridad y la compostura del discurso. En suma: rebelión productora de la diferencia en la dificultad. Lezama es bien aquella thing of darkness que Próspero atribuyó a Caliban, y por ello mismo sus textos nos han abierto una nueva y revolucionaria experiencia estética, en el ámbito de nuestra modernidad literaria [pp. 106-107].

Y más adelante:

A pesar de que Lezama jamás emplea el término “antropofagia” o “canibalismo”, sus metáforas son análogas [sic] a las que Oswald de Andrade usó en su “Manifiesto antropófago” (1928), para reivindicar la devoración de lo extranjero como hecho legítimo del comportamiento cultural del brasileño […] Pero aun siendo menos atrevido [sic] que las formulaciones oswaldianas, el “espacio gnóstico” lezamiano –espacio de conocimiento, abierto a la “fecundación”, o a la “recepción de los corpúsculos generatrices” […]– tiene el mismo sentido de incorporación orgánica [p. 115].

En el prólogo a la mencionada edición crítica de La expresión americana, Chiampi añadió:

Lezama pinta su americano como una suerte de Caliban: irreverente, rebelde y devorador (y en esto más próximo al antropófago de Oswald de Andrade para metaforizar el modo de ser brasileño). En el Caliban demoniaco de Lezama prevalecen, a pesar de las tempestades de la historia, el deseo de conocimiento ígneo y la libertad absoluta [p. 24].

Aunque no suscribamos todos los criterios de Chiampi, es justo tomarlos en cuenta. Por su parte, Abel Prieto, quien en su prólogo a la antología de ensayos de Lezama que llamó Confluencias (1988) insistió en el carácter descolonizador de tales ensayos, escribió:

No hay duda de que Lezama somete a una digestión [énfasis de A. P.] particular a los autores que nutren su cultura y los restituye luego, en sus textos, radicalmente transfigurados: si en definitiva –como señala agudamente un crítico borinqueño [Efraín Barradas] (22)– “el Chesterton de Lezama es muy distinto a cualquier otro Chesterton que nos ofrece la crítica, porque el Chesterton de Lezama es Lezama mismo”, […] algo similar pasa con Claudel y con Pascal y con tantas otras fuentes de su reflexión (23).

A estas observaciones canibalescas/calibanescas cabe añadir que Lezama, como es propio de todo autor, fue evolucionando a lo largo de su vida, y los rasgos mencionados por Chiampi y Prieto se fueron haciendo cada vez más visibles a medida que Lezama alcanzaba su soberana madurez. Sobre esto ha llamado la atención Cintio Vitier(24) a propósito de lo que Lezama expresara a Juan Ramón Jiménez en su «Coloquio»: «nosotros los cubanos», dijo en esa ocasión Lezama, «nunca hemos hecho mucho caso de la tesis del hispanoamericanismo, y ello señala que no nos sentimos muy obligados con la problemática de una sensibilidad continental». («Coloquio», p. 46). Vitier menciona en otro texto(25) el rechazo por el Lezama de entonces de «una expresión mestiza [que es] intentar un eclecticismo sanguinoso» («Coloquio», p. 53). Vitier atribuye el abandono de tales criterios de Lezama a la presencia en su obra de Martí, que era escasa en la época del «Coloquio». Tal presencia, según el autor de Ese sol del mundo moral, se hace visible en Lezama a partir de su ensayo «Las imágenes posibles» (1948). También se preguntó Vitier a propósito de Lezama: «¿demasiada Europa en los intentos iniciales?»(26) A lo que podría responderse afirmativamente. Por ejemplo, los primeros números, trimestrales siempre, de Orígenes, se nombraban como las cuatro estaciones, inexistentes en Cuba. En relación con ese punto es útil recordar que la evolución de Borges lo llevó de su momento nativista inicial, que rechazó luego, a una etapa más abierta al mundo, así fuera de la manera calibanesca apuntada; mientras Lezama comenzó rechazando el nativismo («Con lo del Sol del Trópico nos quedamos a la Luna de Valencia», escribió en 1941 al frente del primer numero de Espuela de Plata), y se movió luego hacia un apoderamiento de lo más cercano. Ello se ve en La expresión americana, en «Sucesivas o las coordenadas habaneras», de Tratados en La Habana (título que no dejar lugar a la duda, como le comenté en carta), en los tres tomos de su Antología de la poesía cubana (1965), en muchos textos de La cantidad hechizada e Imagen y posibilidad, y también en poemas suyos como «Pensamientos en La Habana» o «El arco invisible de Viñales».

Es significativo que un aspecto tan importante de su obra como el de las «eras imaginarias», en las cuales Lezama conjeturó la existencia de conjuntos históricos regidos por la imago, distintos de las «culturas» de Spengler o las «sociedades» de Toynbee, él las haya hecho culminar en José Martí, a raíz del triunfo de la Revolución Cubana. Todavía recuerdo la emoción con que le oí, en los primeros meses de 1959, su lectura en la Operación cultura que organizara la Federación Estudiantil Universitaria. «Ningún honor yo prefiero», dijo entonces Lezama, «al que me gané para siempre en la mañana del 30 de septiembre de 1930.»(27) Se refería a su participación en la manifestación estudiantil de aquel día contra la dictadura de Gerardo Machado. (Su importancia en la vida de Lezama lo prueba el hecho de que la haya aludido, por supuesto transfigurada, en Paradiso.) Refiriéndose a la escalinata central de la Universidad, habló del «gran río que descendió por la escalera de piedra y llegó hasta la [Sierra ] Maestra» (p. 79); habló de «el espacio gnóstico americano» (pp. 81-83), que sería concepto fundamental, años después, de La expresión americana, y de «[c]ómo lo imposible […] ha obrado sobre lo posible, organizando el reino de la posibilidad en la infinitud» (p. 82); de Martí, quien «tocó la tierra, la besó, creó una nueva causalidad, como todos los grandes poetas. Y fue el preludio de la era poética entre nosotros, que ahora nuestro pueblo comienza a vivir, era inmensamente afirmativa, cenital, creadora» (p. 83); de que hay en la nueva Cuba «la mayor cantidad de luz que puede, hoy por hoy, mostrar un pueblo en la tierra» (p. 88); de que «[y]a la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros» (p. 89).

En textos ulteriores, Lezama añadiría: «El poeta se sacraliza en las eras imaginarias, cuya raíz es la revolución.»(28) Y también:

En vísperas de la Revolución yo escribía incesantemente sobre las infinitas posibilidades de la imagen en la historia. Entre las sorpresas que ofrece la poesía está la aterradora verificación del antiguo es cierto porque es imposible. Comprobaba por el mundo hipertélico –lo que va más allá de su finalidad– de la poesía, que la médula rige al cuerpo, como la intensidad se impone en lo histórico a lo extenso. En una palabra, cómo los países pequeños pueden tener historia, cómo la actuación de la imagen no depende de ninguna extensión. Inauditas sorpresas, rupturas de la causalidad, extraños recomienzos ofrecía la imagen actuando en lo histórico. Y de pronto se verifica el hecho de la Revolución. Nuestra historia se vuelve en sí una inmensa afirmación, el potens nuestro comienza a actuar en la infinitud. // La Revolución es en mí algo muy superior a un cambio, fue una integración, una profundización. Nos enseñó a todos la trascendencia de la persona, la dimensión universal que es innata al hombre. Nos dijo a todos que el sufrimiento tiene que ser compartido y la alegría tiene que ser participada. Eso es para mí su lección fundamental.(29)

En «A partir de la poesía», aparecido en 1970 en La cantidad hechizada, aunque hecho años antes, retomó varias páginas de su «Lectura» de 1959, y escribió:

La última era imaginaria, a la cual voy a aludir en esta ocasión, es la posibilidad infinita, que entre nosotros la acompaña José Martí. Entre las mejores cosas de la Revolución cubana, reaccionando contra la era de la locura que fue la etapa de la disipación, de la falsa riqueza, está el haber traído de nuevo el espíritu de la pobreza irradiante, del pobre sobreabundante por los dones del espíritu.

Y de nuevo: «Mostramos la mayor cantidad de luz que puede, hoy por hoy, mostrar un pueblo en la tierra.»(30)

Tales palabras centelleantes, y otros textos como «Che Guevara, comandante nuestro» y «El 26 de Julio: imagen y posibilidad»,(31) dan fe de la hermosa relación mantenida entre Lezama y las fuerzas emergentes tras la victoria de 1959, con la excepción de los ataques que al principio se le hicieron desde Lunes de Revolución. Ya mencioné su lectura en la Universidad de La Habana, en los primeros meses de aquel año. Como a Alejo Carpentier, la eclosión revolucionaria le hizo reverdecer su combativa juventud. Con toda razón pudo decir, en entrevista que le hiciera Ciro Bianchi Ross : «Yo creo que siempre he sido un escritor revolucionario, porque mis valores son revolucionarios. Y en la raíz de mi vida y de mi obra está mi participación en aquella manifestación del 30 de septiembre y el orgullo de haber sido un luchador antimachadista.»(32)

En atención a esa actitud suya (y, desde luego, reconociéndosele su condición de gran animador cultural, como se había visto en sus admirables revistas), en el propio 1959 fue nombrado Director de Literatura y Publicaciones de la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación, cargo desde el que hizo editar clásicos de nuestra literatura, y organizó ciclos de conferencias como el llamado La poesía en los poetas de la nueva generación.(33) Pasó luego a ser asesor en el Instituto de Literatura y Lingüística, donde dio a conocer su Antología de la poesía cubana. Y en sus últimos años estuvo en la plantilla de la Casa de las Américas, siendo su tarea allí proseguir su obra excepcional. Cuando en 1961 se creó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, bajo la presidencia de Nicolás Guillén, Lezama fue uno de sus vicepresidentes. Tomó parte destacada en numerosas labores de varias instituciones culturales. Súmese a eso, en lugar primordial, sus publicaciones personales: el poemario Dador (1961), la Órbita, antología de su labor (1966), la novela Paradiso (1966), los ensayos de La cantidad hechizada (1970), su Poesía completa (1970), la Valoración múltiple de su obra (1970). Sin embargo, a partir de 1971 comenzó lo que Ambrosio Fornet llamó el «Quinquenio Gris» y, más allá de una u otra denominación, supuso un torpísimo estrechamiento de la vida intelectual cubana. Cuando, paradójicamente, sus obras conocían una amplia repercusión internacional, Lezama fue uno de los afectados, entre quienes se encontraron no pocos de nuestros escritores, pensadores y artistas valiosos, cuya reivindicación se iniciaría en la segunda mitad de la década del setenta. Vuelvo al tema de esta charla. Y lo hago, en primer lugar, recordando unas palabras que Lezama le dijo a Ciro Bianchi en su entrevista:

he sido un autodidacto formado en la lectura. No he podido viajar, no he tenido grandes profesores, de manera que culturalmente me he hecho tratando de domeñar mi caos que a veces me jugaba una mala partida, como mi cosmos que era tan secreto para mí como los retos de aquel caos.(34)

También la condición calibanesca de Lezama se revela en rasgos de esa formación autodidacta. Julio Cortázar ha abordado con franqueza esos rasgos al referirse a

las incorrecciones formales que abundan en su prosa y que, por contraste con la sutileza y la hondura del contenido, suscitan en el lector superficialmente refinado un movimiento de escándalo e impaciencia que casi nunca es capaz de superar ; [y también] [e]l hecho incontrovertible de que Lezama parezca decidido a no escribir jamás correctamente un nombre propio inglés, francés o ruso, y que sus citas en idiomas extranjeros estén consteladas de fantasías ortográficas, [lo que] induciría a un intelectual rioplatense típico a ver en él un no menos típico autodidacto de país subdesarrollado, lo que es muy exacto, y a encontrar en eso una justificación para no penetrar en su verdadera dimensión, lo que es muy lamentable.(35)

Cortázar alude luego a cubanos que se comportan como el rioplatense típico, y deben añadirse muchos otros que forman parte de lo que Lezama, con su altivo desdén, llamaba el bachillerismo internacional. Contra este escribió siempre Lezama, y lo hizo incorporándose la cultura mundial, la occidental y la oriental, con la conciencia plena, que tuvo desde temprano, de que pertenecía a una comarca no hegemónica, a pesar de lo cual rechazó la estéril repetición. Martí advirtió: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.»(36) En el fuerte tronco propio injertó Lezama el mundo. Lejos de ser un pleonasmo, su obra genial es un nacimiento perpetuo, un enriquecedor y deslumbrante viaje a los orígenes.

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Notas:

1. Julio Cortázar: «Para llegar a Lezama Lima», La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo Veintiuno, 1967, p. 137.

2. J. L. L.: «Respuesta y nuevas interrogantes. Carta abierta a Jorge Mañach» (1949), en J. L. L.: Imagen y posibilidad, selección, prólogo y notas de Ciro Bianchi Ross, La Habana, Letras Cubanas, 1981, p. 189.

3. En Recopilación de textos sobre José Lezama Lima, Serie Valoración múltiple, Casa de las Américas, selección y notas de Pedro Simón, 1970, p. 314.

4. En Ensayo de otro mundo, La Habana, Instituto del Libro, 1967, p. 12.

5. En Poesía reunida 1948-1965, La Habana, Unión, 1966, pp. 261-263.

6. En Recuerdo a, La Habana, Unión, 1998.

7. Virgilio Piñera: «Opciones de Lezama», en Recopilación de textos…, cit. en nota 3, p. 297.

8. Reynaldo González: Lezama revisitado, La Habana, Letras Cubanas, 2009, p. 101.

9. J. L. L.: «Coloquio con Juan Ramón Jiménez» (1937), Analecta del reloj, La Habana, Orígenes, 1953, pp. 40 y 61.

10. Oscar Hurtado: «Sobre ruiseñores», en Recopilación de textos…, cit. en nota 3.

11. George Santayana: Tres poetas filósofos. Lucrecio, Dante, Goethe, trad. por José Ferrater Mora, Buenos Aires. Losada, 1943.

12. Cit. por Reynaldo González en ob. cit. en nota 8, p. 181.

13. V. Javier Fornieles (ed.): Correspondencia José Lezama Lima-María Zambrano, María Zambrano-María Luisa Bautista, Andalucía, Junta de Andalucía, Consejería de Cultura, 2006.

14. María Zambrano: «Liminar», en José Lezama Lima: Paradiso, edición crítica, coordinador: CintioVitier, Madrid, Colección Archivos, 1988, pp. xvii y xvi.

15. En «Rubén Darío», L/L. Boletín del Instituto de Literatura y Lingüística, año 1, núm. 2, abril-dic. de 1967, p. 79.

16. En «Sobre la revista Casa de las Américas», Casa de las Américas, núm. 258, ene.-marzo 2010, p. 6, primera columna.

17. En «Un cuarto de siglo…», cit. en nota 6, p. 39.

18. Se recogió en J. L. L.: Lezama disperso, prólogo, compilación y notas [de] Ciro Bianchi Ross, La Habana, Unión, 2009, p. 97.

19. Jorge Alberto Manrique: «Ariel entre Próspero y Caliban», Revista de la Universidad de México, enero-marzo de 1972, p. [90].

20. En Escritura, Caracas, X, 19-20, enero-diciembre, 1985.

21 J. L. L.: La expresión americana, edición de Irlemar Chiampi con el texto establecido, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

22. Efraín Barradas: «Chesterton, Lezama Lima y la función social del arte», en Unión, 1, 1983.

23. Abel E. Prieto: «Confluencias de Lezama», en José Lezama Lima: Confluencias. Selección de ensayos, selec. y prólogo de A. E. P., La Habana, Letras Cubanas, 1988, pp. xxviii-xxix.

24. En «Brevísima presentación», Martí en Lezama, compilación de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000.

25. C. V.: «La aventura de Orígenes», en Fascinación de la memoria. Textos inéditos de José Lezama Lima, redacción y prólogo de Iván González Cruz, La Habana, Letras Cubanas, 1993, p. 318.

26. Ob. cit. en nota 24, p. 9.

27. En: Secretaría de Cultura de la Federación Estudiantil Universitaria: Operación Cultura, La Habana, Universidad de La Habana, 1959, p. 77. La cita aparece alterada en Imagen y posibilidad, cit. en nota 2, p. 94.

28. En «Sobre poesía», Casa de las Américas, núm. 47, marzo-abril, 1968, p. 107.

29. En «Literatura y revolución: Encuesta», Casa de las Américas, núms. 51-52, nov. 1968- feb. 1969, pp. 131-132.

30. En «A partir de la poesía« (1960), La cantidad hechizada, La Habana, Unión, 1970, pp. 49-50, 52.

31. Ambos textos aparecen en Imagen y posibilidad, cit. en nota 2.

32. Ciro Bianchi Ross: Asedio a José Lezama Lima y otras entrevistas, La Habana, Letras Cubanas, 2009, p. 30.

33. El ciclo en cuestión fue iniciado el 24 de agosto de 1959 por las palabras que leyó Lezama, y con el título «Me gusta saludar…» fueron publicadas en Casa de las Américas, núm. 195, abril-junio de 1993. Dicho texto no fue recogido en Lezama disperso, cit. en nota 18.

34. Ob. cit. en nota 32, pp. 16-17.

35. Ob. cit. en nota 1, p. 139.

36. José Martí: Nuestra América, edición crítica, investigación, presentación y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos/ Casa de las Américas, 1991, p. 18.

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