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Vida de Julia Sonne

“Vida de Julia Sonne” es la historia de un destino sutilmente descripto por Sandra De Falco, narradora porteña que maneja con asombrosa naturalidad los mecanismos del cuento.

Como quien se tira por un tobogán, un acto desenfrenado y con olor a naturaleza, así recordaba Guillermo Sonne el nacimiento de su hija. La madre recordaba el grito bestial de miedo y curiosidad que dio Julia al nacer; como un llamado de guerra que arrastraba el vacío y enfrentaba a su hija, ciega y sin plan, al vértigo. Julia, por su parte, dice recordar –aunque nunca nadie le creyó– algo de aquel día. Dice recordar la cara del médico, que entró a la sala de parto cuando ella ya había nacido; dice que tenía el barbijo a medio poner. Todo esto fue cierto, pero bien se lo pudieron haber contado o ella pudo haberse apropiado de un recuerdo de otro.

Los padres de Julia habían llegado a Argentina cuatro años antes. Vinieron recién terminada la Guerra; otra vez la guerra que dejaba una Europa agónica y baldía y un joven matrimonio sin saber qué hacer con tanta muerte alrededor, con tanta ruina. La madre, Carola, era maestra, y don Guillermo, con su carrera técnica y algunos contactos, podía asegurarse cierto bienestar. Se instalaron en un barrio en la zona norte del Gran Buenos Aires, en una casita con jardín y techo a dos aguas.

En esa familia creció Julia Sonne, primogénita y dueña absoluta de las desvivencias de sus padres, hasta que un día, a los cinco años de edad, decidió que ese todo que le daban era demasiado. Puso sus muñecas en una bolsa de plástico y confrontó a sus padres, que estaban hablando en el living. La madre se acariciaba la panza y el padre la miraba hacerlo. Julia apoyó la bolsa en el suelo, a los pies de Carola, y les dijo:

– Lo que yo quiero es un hermano.

Los padres, que no habían sabido cómo explicarle y les quedaban apenas tres meses por delante para encontrar la manera, se sintieron aliviados. Le contestaron que si ella quería un hermano, pronto lo iba a tener.

Fueron tiempos apacibles y de tierna convivencia hasta que Tomás, el hermanito, empezó a caminar, a hablar, a gritar, a reducir hasta lo insoportable los límites de la libertad de Julia e incluso a tirarle por la cabeza una llave que, a dios gracias, no le arrancó un ojo, pero sí le abrió un pequeño surco en la sien, al final de la ceja color bronce. Julia, al sentir el hilo de sangre que bajaba por su mejilla, le dio un fuerte empujón a su hermano, golpeándole en el pecho. Tomás cayó de espaldas y se echó a llorar como lo hacía siempre, de una manera tan exagerada que nunca se sabía con certeza cuál era la medida de su pena.

Después Tomás le iba a dejar a Julia otra cicatriz; esta vez imborrable y profunda. A días del hecho de la llave en la sien, Tomás se despertó con fiebre. Cuando la madre entró a su cuarto para darle algo de comer encontró a Julia sentada en la cama del hermano, abrazándolo por el cuello tan fuerte que apenas le dejaba espacio para respirar.

– ¿Qué pasa? –preguntó la madre–.

– No quiero que se vaya. –Julia lloraba–.

La enfermedad (la fiebre, el dolor y el sudor, los pulmones cansados) también fue una exageración y pocos meses más tarde se llevaba a Tomás. Luego, durante muchos años, cada vez que Julia se paraba frente al espejo sólo vería su cicatriz y en ella a su hermano y reprimiría el impulso penitente de despellejarse la cara, arrancársela a pedazos o al menos agrandarse la cicatriz con un cuchillo, con la uña, con una llave o con lo que fuera.

Cuando tenía trece años, en un día de mucho calor, recuerda Julia, su nueva vecina Florencia la invitó a su casa. Estaban construyendo una cabina para las garrafas de gas, y con la montaña de arena y la manguera podían jugar a que estaban en la playa. Ahí conoció a Pedro, el hermano mellizo de Florencia. Julia le dijo que se uniera al juego, pero él no hacía estupideces (así dijo: estupideces) y salió a la calle a jugar a la pelota. En ese momento Julia Sonne descubrió el amor.

Con distintas excusas y con la mayor asiduidad posible, Julia volvía a la casa de Florencia. Pedro se mostraba tan interesado que incluso una vez le pegó en el brazo, dejándole un moretón: ¡qué tarada!, le dijo y ella sintió cosquillas en todo el cuerpo. Sin embargo, una tarde Julia se dio cuenta de que el amor es eterno sólo mientras dura. No habían llegado a superar el estado lúdico y primerizo de inocente seducción cuando Pedro se decidió a conquistarla. Florencia y Julia estaban sentadas sobre una lona en el pasto, en plena merienda: galletitas y jugo de naranja. Él se acercó y les tiró en el medio de las dos un sapo que había encontrado en el jardín. Ellas se sobresaltaron. Florencia sintió tanta repugnancia que quiso vomitar. Julia, en cambio, se echó a reír. Pedro volvió a atrapar el sapo y lo arrojó sobre la cabina de gas. Como el techo era muy pronunciado, el sapo resbalaba, Pedro lo atajaba y lo volvía a tirar, hasta que lo tiró tan alto que pasó por arriba de la cabina y fue a parar al jardín del vecino. A Pedro le dio mucha rabia, pero Julia (que un buen rato antes había dejado de reír) se puso contenta por el sapo y tuvo dos revelaciones definitivas: no se casaría nunca y Pedro era un imbécil. De todas maneras, no se desilusionó ni sintió que se le acabó el mundo; al contrario, Julia Sonne dijo comprender que el amor en ella recién se desperezaba y que sería una forma cardinal de resistencia en su vida.

Carola Sonne seguía de cerca a su hija. Era como una constante mirada de soslayo, como si vigilara un jarrón de porcelana dispuesta a atraparlo pero solo un segundo antes de que tocara el suelo. La madre la veía crecer, madurar lentamente; sentía en ella esa fuerza incontenible que crecía más rápido que su cuerpo, como si el alma se le escapara por la boca por falta de espacio (Julia era delgada y flexible, como su madre, como su abuela); sentía ese ímpetu con el que su hija había nacido y que fue como si la hubiera marcado para siempre. Guillermo Sonne también seguía de cerca a su hija, pero más de cerca. Era el que ponía los límites a su atolondramiento y el que pretendía encausar esa manera de ser tan ensoñadora que tenía. Cuando cursaba el último año del secundario, recuerda Julia, su padre decidió que era indispensable una decisión sobre el camino a seguir. Don Guillermo llamó a su hija y siguió el ritual que solía hacer cuando tenían una conversación seria: mantel limpio, té servido y, apenas audible, algún disco de música clásica para vestir la atmósfera. Julia se ponía seria (por dentro le daba mucha risa, pero no quería herir los sentimientos de su padre), y se sentaba frente a él, con la espalda bien erguida. Don Guillermo, luego de un preludio solemne sobre los objetivos en la vida, le preguntó si ya sabía qué quería ser, qué quería hacer cuando terminara el colegio. Julia no contestó de inmediato y ese silencio dio lugar a la arremetida del padre:

– Podés ser arquitecta –sugirió con cierto fervor Guillermo Sonne mientras sacaba unos folletos de distintas universidades–. – Incluso –agregó– podrías viajar y seguir tus estudios en Europa.

Esto desencadenó un monólogo intrincado y vehemente sobre los ahorros que habían juntado con tanto esfuerzo y los planes, lo que él nunca pudo llegar a ser y la posibilidad que tenía ahora su hija, pero todo se volvió tan confuso que Julia escuchó sólo palabras sueltas: ahorros, vocación, futuro, universidad, título, padres, futuro, arquitectura, sueños, Europa, futuro…

Julia estaba mareada. Demasiado futuro junto y el binomio Arquitecta-Europa no la terminaba de seducir. ¿Qué quería ser, qué quería hacer? Ella, que soñaba con ser La Maga y viajar a Bolivia; ella, que en un primer piso sufría de vértigo y odiaba dibujar; ella, que no podía estar quieta un instante. Definitivamente no, ella no podía ser arquitecta. Y así fue como al año siguiente ingresó a la escuela de enfermería.

Julia Sonne conoció a Martín Frattini cuando tenía veinte años y muchas contradicciones. Él era un médico recién recibido y hacía la residencia en el mismo hospital donde, en aquel agosto, a Julia le asignaron las prácticas. Ella, que solía ir como un bólido hacia todas partes, un día abrió una puerta vaivén sin advertir la sombra del otro lado del vidrio esmerilado, y dejó a Martín sentado en el suelo con un fuerte golpe. Julia lo llevó de inmediato a una habitación desocupada, lo sentó sobre una camilla y buscó hielo. Se lo sostenía en la frente mientras él se recobraba de a poco. Martín sintió primero la cercanía de su cuerpo y su perfume. Si bien maldijo el golpe, agradeció tener los ojos cerrados para dejarse envolver sin resistencia por ese aroma tan nítido y reconfortante. Después los abrió y se encontró con el escote de Julia y en la solapa del uniforme un prendedor con su identificación. Martín le tomó la mano que sostenía el hielo para bajarla y poder verle la cara:

– Hola, Julia Sonne.

Julia recuerda cómo se estremeció cuando él pronunció su nombre. Aunque en ese momento aún no lo sabía, Martín iba a ser el hombre más importante de su vida, y a lo largo de muchos años ella aprendería a vivir con él, sin él y a pesar de él. Los dos eran jóvenes –él cuatro años mayor que ella– y por eso en los primeros tiempos el amor era inevitablemente belicoso, era una cuestión territorial. Se trataba de la guerra necesaria para consumar la paz, una paz inexperta, exploradora y, como ellos, desordenada.

Julia recuerda el día en que Martín la llamó al hospital para pedirle que a la salida pasara por su casa. Fue el primero de junio del año siguiente al que se conocieron y hacía frío. Julia recuerda el impacto que le causó cuando Martín le abrió la puerta de su departamento y vio la valija hecha.

– Me voy a Perú. El vuelo sale en unas horas.

Julia no reaccionaba. Martín la llevó de la mano, la sentó en un sillón y le explicó todo. Se había ofrecido como voluntario en la Cruz Roja y tenía que viajar urgente a Yungai para ayudar a las víctimas del terremoto. No sabía por cuánto tiempo, pero calculaba uno o dos meses. Pasan rápido, le dijo.

Julia seguía sin reaccionar, pero de todas maneras no quedaba mucho más por decir. Martín la acompañó hasta la esquina más cercana para que ella se tomara un taxi. Tardaron en conseguirlo, y cuando finalmente detuvieron a uno, como si los astros se alinearan a su favor, el semáforo en rojo les dio otra excusa para demorar unos segundos la despedida.

Martín le escribió una sola carta desde Perú, donde le avisaba que se iba a la región de Biafra. Era una carta breve, y aunque le dijo que la quería, era otra despedida más. No le pedía que lo esperase, escribió, no tenía derecho a eso, pero confiaba en que se iban a volver a encontrar.

Así fue como los pocos meses de separación que le prometió Martín, resultaron años. Mientras tanto, Julia se graduó, pasó a enfermera de planta en el hospital y cambió la casa de sus padres por un departamento alquilado. Y, sobre todo, conoció a John. Julia había empezado a estudiar fotografía y la invitaron a una muestra en una galería sobre la calle Florida. Se puso su vestido preferido, un vestido de gasa azul, por las rodillas. Con los tacos altos y su andar como ausente, deslumbró a John, un periodista de cuarenta años que había llegado al país unos meses atrás. Él tenía mundo y acento extranjero y Julia se rindió sin condiciones. Al poco tiempo él había dejado su cuarto de hotel para mudarse al departamento de ella.

Su relación con John, recuerda Julia, era como la de una pared con su enredadera. Al principio era un universo nuevo en expansión, la certeza de ser el uno para el otro o de que el uno sin el otro dejaba un vacío irreemplazable. Con el tiempo, Julia sintió que la enredadera se transformaba en una especie de capullo que la anidaba y la encerraba, como un insecto que se convierte en crisálida: la vida en retroceso. Una mañana, mientras Julia miraba a John tomar su café, se preguntó qué le seguía gustando de él; se preguntó por qué las cosas que le habían encantado al principio, ahora la irritaban: sus erres y sus carcajadas, y esa particular manera de exagerarlo todo; finalmente también se preguntó por qué una persona, así nomás, deja de querer a otra.

Esa misma tarde, Julia le dijo a John que todo se había acabado. Retomó la soberanía sobre su departamento y él volvió a un hotel, pero por poco tiempo: John iniciaría una relación con una colega del trabajo y se mudaría con ella. Así era John, piensa Julia, esa clase de hombres que no puede estar sin una mujer a su lado.

Julia Sonne recuerda cómo luego de su separación de John se reencontró con Martín. Por esas simétricas coincidencias de la vida, estaba en su auto esperando el semáforo en la misma esquina en la que cuatro años atrás se habían despedido. Antes que la luz se pusiera en verde ella sintió una sombra y miró a su derecha. Lo primero que vio fue una cara aplastada contra la ventanilla. Tardó un instante en reconocer a Martín, que evidentemente no había cambiado nada, seguía con sus monerías y con esa suprema habilidad de hacerla reír. Había vuelto pero nunca se animó a buscarla y entonces intervino el destino para que la historia continuara en el mismo lugar donde se había interrumpido. Julia se estiró para abrirle la puerta y, como si fuera el reencuentro después de una pelea mínima y breve, lo invitó a subir y se fueron a un hotel.

Fueron dos años vertiginosos y desprolijos. Se emborrachaban, se amaban hasta desarmarse, discutían, se escapaban a pueblos recónditos para volver a encontrarse y refugiarse en el departamento de ella o de él. Se querían y lo querían todo. En esos años, piensa Julia, consumieron su verdadera juventud. Juventud que comenzaron a perder cuando Martín fue a buscarla a la clínica privada donde en aquel momento Julia trabajaba. En la recepción le pidieron que la esperara ahí, que estaba en la habitación 302 de terapia intensiva. Debe ser la habitación del tal Hernán, pensó Martín, el paciente sobre el que Julia no dejaba de hablar y siempre se lamentaba. Tan joven, repetía, si se pudiera hacer algo, si él hubiera…

Martín no esperó y entró a la habitación sin golpear. Al fin y al cabo quería conocer al hombre que mantenía desvelada a su novia. Y entonces vio a Julia, de espaldas. Se había desabrochado el uniforme de enfermera, una especie de vestido blanco, simple pero ceñido a la cintura, y lo sostenía abierto. A trasluz se advertía su silueta desnuda.

– Sos una puta –le dijo–, y a Julia le dolió más la incomprensión que el insulto. No estaba mendigando amor, y mucho menos era deseo: Hernán se estaba muriendo y ella algo tenía que hacer por él. Y ¿qué puede hacer una mujer cuando ya no queda nada por hacer? Pero Martín Frattini no entendió razones y se volvieron a separar.

A partir de ese momento comenzaron años muy duros. Julia Sonne se obsesionó con el trabajo y con su vocación. En el tiempo libre visitaba a sus padres, iba al cine y hacía el amor indiscriminadamente. Llegaron muchos hombres y de vez en cuando volvía Martín. Y Julia resistía. Resistía al tiempo y al desasosiego, a la soledad y a los hombres que buscaban salvarse en ella y hundirse en ella, apagar su sed y dormirse en unos brazos con olor a mañana. Y Julia Sonne también buscaba salvarse en ellos, renacer cada vez en cada hombre, mitigar el ardor que la envolvía hasta los límites de la locura. Fueron años tumultuosos y sin rumbo, recuerda Julia, años nada respetables y en los que sólo contaba con su cuerpo y su amor, al que dilapidaba sin pretensiones, para mantenerse viva.

Durante el año que Julia Sonne cumplió treinta y cuatro, las cosas parecieron encauzarse de a poco. La vida ya no le dolía con esa ferocidad de los últimos tiempos y volvió con Martín. Fue en una noche de diciembre. Después de hablar, de tomar y de reír, Julia le rogó que se quedara toda la noche. Martín le contestó que sí, que él ya no quería irse. Eran otros. Ahora que somos otros podríamos tener un hijo, propuso entonces Julia mientras apagaba la luz. Luego hicieron el amor de una forma casi inaugural, como dos amantes que al encontrarse por primera vez, se recuerdan.

Aquel Septiembre nació Ema Frattini. Julia tenía a su beba en brazos y se vio reflejada en ella; y vio a su madre y a su abuela. Las estirpes femeninas, piensa Julia, tienen lazos misteriosos. No se trata de la herencia de gestos idénticos o lunares en el mismo lugar. Es algo tan irrefutable y natural que va más allá de la genética. Se trata de cierta circularidad. Se trata, intuye Julia, de que a lo largo de todos estos años vio a Ema padecer y disfrutar los rezagos ancestrales. Porque en los años que siguieron pasaron cosas, que pueden ser insignificantes o memorables, pero en definitiva fueron meses, semanas, días en que Julia vio crecer a su hija; la vio caerse en la plaza y abrirse un pequeño tajo al final de la ceja color bronce; siendo Ema más grande la vio renegar de su madre y alejarse, y cuánto más se alejaba más se parecía, y después la vio volver para diferenciarse definitivamente de ella y poder seguir así su propio camino. Y fueron meses, semanas, días en que Julia vivió con Martín y fueron como dos náufragos. Mientras en su balsa mantuvieran esa disciplina inventada, no importaban las tormentas o el mar desconocido, porque esa era precisamente la contingencia salvadora que los libraba de la confusión y la certidumbre ciega, las sombras y la somnolencia opaca de la realidad. Y fueron años que hoy son un pasado, por momentos borroso para Julia Sonne, pero un pasado que representa la palabra vida.

Para el Bicentenario, recuerda Julia, fue con Martín a la Plaza de Mayo. Se habían organizado grandiosos festejos y ellos se mezclaron entre la muchedumbre. Ya había oscurecido y los faroles de la plaza y las guirnaldas de luz colgadas para la ocasión estaban encendidos. En un momento Julia se apartó un poco para sacar alguna fotografía. Echó una mirada alrededor de ella: la Vía Láctea y las Tres Marías, el escenario, gauchos y granaderos, damas antiguas, folclore y empanadas de humita, el Cabildo y la Catedral, escarapelas y pancartas y leyendas pintadas con aerosol, el campo y la ciudad representados en desfiles coronados con fuegos artificiales. En esa mixtura absurda de historia y carnaval, la gente festejaba. Y Julia los miraba. Habría otros centenarios, bajo esas mismas estrellas, con otras bandas musicales, los eternos gauchos y la Casa Rosada se vestiría de fiesta. Pero ella ya no estaría ahí. Julia recuerda que ese día tuvo una impresión que quizá, aunque en forma súbita y pasajera, tienen todos alguna vez. Julia Sonne descubrió la perentoriedad de la vida y la firme voluntad del tiempo.

Martín murió catorce años después. Por dios, piensa Julia, cómo le costó enfrentar el dolor de esa ausencia implacable y absoluta. Nunca se casaron, es cierto. Martín se lo había propuesto cuando ella quedó embarazada, pero Julia no quiso. Sin arrepentimientos: no pudieron haber sido más felices. La vida sin Martín, se pregunta Julia, cómo pudo. Se pasaba los días caminando y sacando fotografías: cúpulas, flores, esquinas de arrabal. Por dios, invoca Julia otra vez, siete años sin Martín.

Por la ventana que da al jardín, Julia Sonne ve a su hija colgar la ropa recién lavada. Hace ya dos años que vive con Ema y su familia, la acomodaron en la casita al fondo del jardín: un cuarto amplio, con baño, cocina, una gran ventana y un cantero con azaleas. Julia se prepara el desayuno: té con galletitas de agua. Rompe las galletitas y tira los pedazos dentro de la taza. Y revuelve. Ve que Ema termina de colgar la ropa y se acerca a la ventana:

– Mamá, ¿necesitás algo?

Julia niega con la mano, como si la estuviera saludando, y Ema se va. Si algo necesitaba Julia es que la dejaran en paz. Estaba poniendo sus recuerdos en orden, y malditas lagunas, nadie la puede ayudar. Mira a su alrededor. Detrás del cuadro con la foto del casamiento de sus padres se ve el borde de un papel amarillo. Lo busca y lee: “Diosito de mi vida, por favor ayudame”. Ridícula. Era su letra, claro, necesitaba escribirlo. Ridícula no, desesperada. Fue cuando empezó a sentir el olor. Para qué negarlo: la muerte que realmente le aterra es la próxima. Pliega el papel como estaba antes y lo esconde otra vez detrás del cuadro. Ahora es cuando tiene que mantener la sensatez. El té se enfría. Qué importa.

Julia abre el placard: álbumes de fotografías y una caja con cartas. Le quedaban pocas cosas y todo estaba ahí, prolijo como lo había dejado. Comenzó a prepararse cuando murió Martín, cuando la idea de la muerte, cercana, palpable, le horadó el corazón. No es necesario revisar todo, todos los días. Pero no puede evitarlo: nadie debería morirse sin antes dejar sus cosas en orden.

Julia se vuelve a sentar a la mesa y termina el desayuno. El té está frío y las galletitas se transformaron en una pasta informe. Qué importa. Qué importa nada cuando se perdió el sabor del placer. Una copa de buen vino y el roce de Martín, perdidos para siempre. Julia mira el reloj, es hora de la caminata. ¿Y Ema? ¿Por qué no viene? Las estirpes femeninas son circulares, piensa Julia de nuevo y toma el bastón. Ya vendrán también sus hijas a olvidarse de ella. Hay días en que Julia quisiera que las cosas vuelvan a su lugar, hay días en que se mandaría a mudar. Pero no puede, ya tiene todo ordenado. Julia abre la puerta y despacio, por el camino de baldosas que atraviesa el jardín, va a la casa de Ema. Se acerca a la puerta ventana que da al living, apoya el bastón con cuidado en la pared, no se vaya a caer, y haciendo un semicírculo con las manos, como si tuviera un telescopio, intenta mirar hacia adentro, sin conseguirlo.

– ¿Tu mamá sabe que nosotros sí la podemos ver? Pablo, el marido de Ema, está terminando su desayuno. Ema sonríe y abre la puerta ventana. Ese movimiento repentino casi le hace perder el equilibrio a Julia. Da un paso hacia atrás y toma el bastón.

– Me voy a caminar sola –dice con parquedad–.

– No, mamá. Sola no.

– ¿Por qué? ¿No puedo? ¿Soy inválida?

Los hijos son raros, piensa Julia, siempre le andan recordando a una lo vieja que es.

– No, mamá, nada de eso. Dejame acompañarte.

Dos cuadras ida, dos cuadras vuelta. Julia extraña a Martín. Hay momentos, como ahora, que tiene ganas de decirle ¿Te acordás, amor? ¿Te acordás cuando nos fuimos caminando hasta Costanera Sur y a la vuelta nos agarró la lluvia? Caíste en cama y yo ni un resfrío. Te gustaba dejarte mimar. Hoy no me reconocerías. Con bastón, apenas cuatro cuadras. En realidad ocho, se aclara Julia con vanidad, una vuelta por la mañana y otra por la tarde.

Julia está cansada. Ema la acompaña hasta su casa, pero ella no quiere entrar, ni que Ema entre. Es por el olor. Inconfundible, de mal agüero. Prefiere quedarse sentada un rato en el jardín, a la sombra.

Hay yuyos entre las azaleas, se lo tendría que decir a Ema, piensa Julia. Es mucho para Ema, concede. Si tuviera un hermano, pero Julia no pudo darle uno, no quiso. Un rayo de sol oblicuo se filtra entre los árboles y se asoma, por detrás de un tronco, la cara de su propio hermano. Perdoname Tomás, no quise empujarte, estábamos jugando. Pero no fue por eso, lo sabés ¿no? Estabas enfermo, no fue la caída. A muchos les pasó por aquella época. Estabas enfermo y todo fue un calvario y quise morirme de tu muerte. Te extrañé, Tomás, te extraño. Quise morirme también, pero ahora no quiero. Julia abre los ojos y mira el jardín. ¿Se había quedado dormida? La sombra se estaba retirando y el sol del mediodía casi le toca los pies. Lo ideal es recostarse un rato antes de almorzar.

Julia entra a su casa y cambia de opinión. Mejor se sienta a la mesa. Cierra los ojos, rendida, y apoya su cabeza contra el vidrio de la ventana. Tanto prepararse para esto: para no estar preparada. Tiene un miedo animal a la muerte y lo sabe. Tiene todo ordenado, sólo le faltan algunos recuerdos, pero es demasiado tarde, nadie llena sus lagunas. Julia Sonne nuevamente cree recordar el día que nació, como quien se tira por un tobogán, le dijeron; y recuerda a sus padres, a Guillermo y Carola y se persigna, Padre Nuestro que estás en los cielos. La parroquia. Julia separó algo de ropa para llevarle al Padre Antonio. Tenía que avisarle a Ema, la bolsa es para la parroquia. Julia piensa en Tomás, y la idea de volver a verlo la inquieta, no fue mi culpa te extraño tanto. Abre los ojos y mira el placard. Adivina en su interior las fotografías y las cartas. Todo en orden. Sobre la mesa, la cámara digital. La toma y apunta a una azalea, pero el reflejo del sol en el vidrio de la ventana no la deja enfocar, sólo ve un punto de luz y el fondo borroso. Julia Sonne piensa en Martín, así que esto es todo, amor, dice y aprieta el disparador.

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