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A propósito de Jerusalén de Gonçalo Tavares

En la tercera novela de la tetralogía “El reino” (Jerusalén, Letranómada, 2010), Gonçalo Tavares explora los excesos de un mundo dominado por la Razón, la locura y la violencia.

   Jerusalén
   Gonçalo Tavares
   Editorial Letranómada, 2010
   276 páginas

 

 

 

 

 

 

 

 

En Jerusalén, del portugués Gonçalo Tavares, tercera novela de la saga “El reino”, tetralogía que gira en torno a la idea del mal, cuatro historias centrales se cruzan en una madrugada de mayo, y construyen, como ladrillos en apariencia desvinculados pero interrelacionados genialmente después, un tipo particular de “Muro de los lamentos”. Es, también, lo que queda en un mundo que ha sido dominado por la Razón: la dureza del horror, y la locura.

Es la Razón la que produce monstruos, un exceso de razón por el que se terminan cometiendo los peores crímenes y surgen esas historias de brutalidad y violencia y no, como podría creerse, por efecto de un mundo que se ha vuelto “irracional”. El mundo ha perdido su razón de ser por la razón. Y es por esa paradoja que surge Jerusalén, sosteniéndose a través de sus páginas por medio de la creación, o reconstrucción, de un infierno hiperracional en el que historias de violencia se entrelazan sin sentido aparente.

Ni aparente ni oculto. Las grandes obras nunca nos dan mensajes. Exponen, y es mediante esa exposición, si es efectiva, que se termina generando una experiencia. La novela de Tavares, como sus obras anteriores, nos sumerge en una experiencia de un mundo que, si bien el nuestro, vuelve más tangible las contradicciones terribles de este mundo sin Dios en el que “la iglesia está cerrada de noche”. Pero no nos da respuestas, sólo intuiciones. Latidos leves de algo que vive, que puede vivir aun, en ese mundo terrible.

De la magistral exploración del autor por los límites –razón y locura, absurdo y sentido, bondad y maldad– surge, por ejemplo, el tema de la memoria, y, ligado a él, el de la libertad. La historia es la narración de personajes alienados que, a su manera, pretenden recordar para poder buscar.

Puede haber búsquedas más nobles o menos nobles; los límites no son claros y en realidad no importan. Lo principal parece ser, para Tavares, plasmar la dificultad de la libertad en ese mundo violento marcado a fuego por relaciones de poder –”Soy esquizofrénica, dijo ella, sin dejar que el médico Theodor Busbeck abriera la boca. Lo he leído en los libros. Sé de sobra que lo soy. Soy una esquizofrénica, una loca. Veo cosas que no existen y soy peligrosa. ¿Quiere usted curarme?”– y en el que –como se lee en el catálogo de varias páginas incluido en la novela– ”Quien comete un error es excluido; encerrado dentro de una caja”.

Mezclando a Kafka, a Nietzsche, y a Foucault, todo desde una prosa exquisita y un sutil humor, Jerusalén se vuelve una reflexión profunda que nos increpa. Abordando audazmente temas como la violencia y la locura, el bien y el mal, la muerte y el amor, la obra de Tavares nos llama, nos reclama. No puede sino hacerlo con temas que son los nuestros y nos siguen, nos seguirán, perturbando. Su texto es ineludible: nos lleva a reflexionar sobre nuestras vidas y, sobre todo, sobre la posibilidad de libertad en un mundo en el que, sabemos, es complicado encontrarla. No hay muros mágicos a los que podamos pedir respuestas. Pero buscarlas sigue siendo nuestra labor y, tal vez, nuestro gran milagro humano.

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