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Rusos, la calle y un africano

Presentamos un fragmento del aún inédito Diario del BAFICI 2012, en donde el narrador y crítico se sumerge en el universo fílmico de Nous, les enfants du XXème siècle de V. Kanevski y L´Afrance de A. Gomis.


Escena de Nous, les enfants du XXème siècle de Vitali Kanevski

La sala de la Alianza Francesa está bien, aunque la pantalla sobre el fondo de un escenario de caja italiana aleja un poco la imagen. Hay unas veinte personas para ver Nous, les enfants du XXème siècle del siberiano Vitali Kanevski. ¿Tema? Pibes de la calle rusos. La ciudad es, creo, San Petersburgo. Pero podría ser cualquier ciudad eslava de gran tamaño. Los más chicos recogen botellas vacías. Los más grandes lavan coches, eventualmente roban algo. Kanevski los para y los entrevista desde atrás de la cámara. Los chicos tienen de seis a doce años. Escupen. Se pelean. Juegan de manos. También cuentan anécdotas de robos, de cómo se escaparon de la policía. Se los presenta simpáticos y lo son como parte de una picaresca contemporánea. Pero, ¿en qué momento se está rodando la película? ¿Es hoy? ¿Cuándo si no? La ropa de los pibes es rara, casi soviética. Las preguntas de Kanevski son directas. Las respuestas salen de a poco. “Sí, claro que tenemos padres, por eso tenemos problemas” le contestan en un momento. Kanevski prefiere entrevistar en grupo y crea un personaje coral. Los rusitos andan por los techos, se emancipan muy temprano de sus padres borrachos y ellos mismos se vuelven alcohólicos. De la vida en la calle, marcando cierta cronología natural, pasamos al interior de una comisaría. Un nene cuenta a cámara como el día de su cumpleaños mataron a su padre con un hacha. Después, un centro de jóvenes delincuentes. Todos rapados. Son muchos. Esta vez de tres a doce años. Habla uno de ocho años. Kanevski le pregunta por qué está ahí. El nene le responde que mató a otro chico. ¿Cómo? ¿De qué manera?, quiere saber Kanevski. La respuesta es simple, tragicómica: “Decía que era un campeón de natación, así que lo empujé al agua y se ahogó”. Otro tiene doce años y vio como mataban al padre a martillazos. Una chica de catorce años dice que la madre la vendió por un vaso de vodka. El título de la película remite a una canción que cantan en uno de los momentos del film. También hay una orquesta de balalaikas que musicalizan un plano fijo de los internos trabajando en un taller. Kanevski les pide que canten y filma los cuerpos flacos, las caras angulosas, de piel nueva y la mirada que, pese a todo, brilla y es fresca. Estos ojos y esas expresiones vitales contrastan con las texturas y la opacidad general con la que está hecha Nous, les enfants du XXème siècle. Por los colores y la definición del 35 mm que utiliza da la sensación de ser una película de la década del 70 o del 80.

Entonces la narración da un salto. Pasamos a los adultos. Jóvenes, sí, pero ya adultos. Ahora con más claridad entiendo que las entrevistas se hacen con la excusa de una película, una película que no se va a hacer, una película que en realidad se está haciendo. Por momentos las locaciones parecen salidas de Vigilar y castigar, o de algún otro trabajo de Foucault sobre el siglo XVIII. Cárceles sin colores, grises, verdosas, barrotes de acero, interiores mal iluminados, camas cuchetas. La mayoría confiesa delitos menores. Robos a casas, robos de autos. Uso de drogas blandas. De apoco van empezando a aparecer los homicidas adolescentes. Hombres y mujeres de veinte años que confiesan haber matado a sangre fría, porque estaban borrachos, diciendo que no entendían lo que hacían. Kanevski los entrevista y los filma con los barrotes de por medio.

– ¿Era linda la chica que mataste?

– Sí.

– ¿Y vos? ¿Sos linda?

– Bueno, no sé, no lo tengo que decir yo.

Se ríe. Un guardia hace pasar a otra chica a la celda de visitas.

– Maté a dos mujeres –dice un pibe de unos veinte años–.

– Yo maté a un tipo –dice otro–.

– ¿Cómo? –pregunta Kanevski–.

– De un puñalada.

– ¿Una sola?

– Sí, en el hígado.

– ¿Por qué?

– No sé, estaba borracho, no sé.

– ¿Alguien probó la carne humana? –pregunta de golpe Kanevski–.

Hay risas. El director también se ríe. Todos dicen que no. Uno se anima.

– Yo sí –dice–.

– ¿Y cómo es?

– Es dulce.

Las preguntas siguen, sin pudores, sin remilgos. ¿Por qué estás acá? ¿Qué hiciste? ¿Por qué lo hiciste? En un momento el director les pide que canten. Pero ninguno sabe o no se animan. Un ladrón de autos saca a bailar a una de las chicas. ¿Cómo puede ser que estén mezclados, hombres y mujeres jóvenes, en la misma institución? La pareja baila en la celda. Corte. Otro plano fijo de un grupo de chicos. Nos damos cuenta muy rápido que son retardados y mogólicos. Kaneski los hace aplaudir. Los chicos ríen. Corte. En un muelle mercantil, con barcos y veleros y un cielo gris de fondo, la cámara, que es al mismo tiempo nuestra mirada y la mirada de Kaneski, intenta detener a tres jóvenes de unos veinte años. Son serios, intimidan. No se detienen. El director dice que está haciendo una película sobre la juventud. La escena es clave.

– En esta época, tan difícil… –argumenta Kanevski–.

– ¿Y qué época es esta? –lo apura uno de los que se niegan a la entrevista–.

– Es el poscomunismo y…

– No, esto es un otoño, el otoño de un final –le responde y sigue caminando–.

Finalmente me fijo en mi programa y leo que esta Oliver Twist descarnada y eslava es de 1994. De vuelta en el penal, una parejita actúa finalmente para la cámara. Cantan. Hacen planes. Ella lo visita a él y en un momento dice: “Antes se decía el gran pueblo ruso, ahora todo es más complejo”. Los pibes rusos y postcomunistas de Kanevski son hermosos, expresivos y tristes como solo la juventud pobre y desgraciada puede serlo.

Cuando la película termina tomo un café en el “bistrot” de la Alianza y leo una vieja entrevista a Kanevski que encuentro en el archivo del diario El País. Kanevski nació en Viadivostok. En 1960 entró la Escuela de Cine de Moscú y quiso hacer una película sobre la criminalidad infantil en la URSS. Le dijeron que en la URSS no había niños delincuentes. Insistió. Quiso entrar con su cámara la cárcel. Terminó ocho años preso. Cuando salió le prohibieron volver a filmar y terminó viviendo de la caridad. Estrenó su primera película a los cincuenta y cinco años. La excusa de la nota de El País es por un viaje del director a España. Kanevski dice: “Si sólo hubiera existido Cervantes, ya estaría justificado este país, pero veo que hay mucho más: ¿Dónde podría ver las cosas que estoy contemplando aquí?”. Es una frase literaria, quizás demasiado, que aun así me produce cierta emoción. “¿Dónde podría ver las cosas que estoy contemplando aquí?”.

Todavía con el mundo creado por Kanevski en la cabeza entró a ver L´Afrance de Alain Gomis. Pero L´Afrance, desde el juego de palabras que propone su título, es otra cosa. Empieza con un primer plano de la cara de un negro. Le cae agua que parecen lágrimas sobre los ojos. Luego, danzas africanas. Corte. Los negros con la Torre Eiffel de fondo. Y muy rápido la historia de El Hadj, el becario senegalés se vuelve terriblemente explicativa. Su integridad moral y sus buenas intenciones son absolutas. Su idea, declamada varias veces, es terminar su tesis sobre “los orígenes del sindicalismo senegalés como parte de la emancipación nacional”, o algo así, y volver a Senegal. Dice que quiere volver para enseñar historia. Está orgulloso de ser senegalés. Lo dice otra vez. Lo da entender. Lo vuelve a decir. Se engancha con una restauradora de arte blanca. Se le vencen los papeles de estadía. La policía lo detiene por la fuerza. Va preso diez días. La pasa mal. Sale libre. Lo van a deportar. Pero claro, así no quiere volver. ¡Tiene que terminar la tesis! Dejo la sala, aburrido, abrumado por la corrección política de la película. Si sobre el final aparece un oscuro ovni tripulado por mutantes africanos del espacio exterior que matan con magia negra a todos los franceses, me lo pierdo. Pero no creo que pase algo así. L´Afrance, un drama moderno, contemporáneo, asordinado, y un obra simple en el peor sentido, en el sentido burdo y bien pensante del término.

Puestas en perspectiva, tanto Nous, les enfants du XXème siècle como L´Afrance son películas de denuncia. La de senegalés víctima de la injusticia está hecha en frío, es un artificio que funciona mal, una ficción que no convence. La otra es un registro, inducido, pero registro al fin, de una realidad desenfocada, deshilachada, sucia. El negro de Gomis es negro pero es universitario, habla bien el francés, quiere mejorar, su gran transgresión es pretender la “emancipación” para su país pero, así y todo, o por eso mismo, no deja de llevar calma a las conciencias blancas. Los rusitos de Kanevski para empezar son muchos, son peligrosos y se los ve abandonados, librados a su suerte.

“Estamos con El Hadj, siempre, todo el tiempo. Porque busca saber quién es, se cuestiona; porque siente que el miedo lo domina, o que le falta valor; porque hay veces en que todo eso le pasa al mismo tiempo, es que se nos parece” escribe Luc Leclerc du Sablon sobre el protagonista de L´Afrance en mi catálogo del BAFICI. Pero miente. El Hadj no se parece a los franceses que lo miran. Por mi parte, los chicos de Kanevski me interpelan, no por mi procedencia de clase, sino de forma estética y vital. Su desesperación es palpable incluso cuando es fingida. También su pelea. La historia de El Hadj la conozco. No me interesa. Las vidas fragmentarias de esos enfants du XXème siècle ­–y la del mismo Kanevski– me resultan mucho menos predecibles, más abrasivas, brutales y dignas de ser narradas.

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