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Bienvenida

Un relato inédito de Sergio Bizzio, autor de Rabia (Interzona, 2005) y Aiwa (Mansalva, 2009), entre otras obras.

No fumo nunca caminando, excepto si estoy fuera del país. En el extranjero, además, levanto la vista. Y no demasiado: apenas por encima de la cabeza. Así que, a dos o tres cuadras de distancia desde el punto en el que me encuentro, la perspectiva hace que mis ojos se posen sin esfuerzo en las cúpulas nevadas. ¿Qué es esto? ¿Rusia?

Recibo en la cara el impacto de miles de gotas de hielo en las que se reflejan los templos y catedrales que me rodean. No sé más. Sé que estaba caminando y que me detuve a prender un cigarrillo… ¿Cómo es posible? Me digo que es un extravío momentáneo y, por las dudas, me palpo la cara y el cuerpo. (Estoy, estoy). Busco refugio. A lo lejos veo el ángulo de una ventana iluminada.

Me da mucho trabajo caminar: mis piernas se entierran en la nieve hasta las rodillas. Sacar una pierna, alzarla y depositarla medio metro adelante es una tarea enorme, pero lo hago una y otra vez. Por fin resbalo en el umbral de piedra de una puerta. Me incorporo y me sacudo los pantalones. Entro.

Entro. Es un bar o un restaurante, o las dos cosas a la vez. Un hombre toca el violín sobre una tarima al fondo del salón. Una mujer de largas pestañas rojas, muy llamativas, acodada al mostrador, lo observa con ojos de foca, sin parpadear. Todas las mesas están vacías. Saludo con un gesto que ninguno de los dos devuelve y ocupo un lugar al lado de la ventana, pero enseguida me levanto y voy al encuentro de la mujer. Le pregunto si habla inglés. (Se lo pregunto en español). Ella usa la cabeza para decir que no. Me llama la atención que sus pestañas nieguen mejor y más eficazmente que su cabeza. Le pregunto si a lo mejor el violinista… No, es inútil: no me entiende. Niega con la cabeza, niega con las pestañas, niega con cansancio, como si mis preguntas la agobiaran. Vuelvo a sentarme. Miro por la ventana. Afuera, suspendida todavía en el aire, flota la última voluta de vapor que solté antes de entrar. El aire en el restaurante es espeso y tan denso como el de afuera y –no puedo menos que notarlo– el violinista toca sin pasión. Más que tocar, parece estar afinando. Termina un tema y empieza otro (o el mismo tema, que retoma en una versión apenas un poco más ligera que la anterior). Decido esperar a que amaine la tormenta y caminar (pero: ¿hacia dónde?) o buscar un taxi. Puedo hacer las dos cosas a la vez: caminar y buscar un taxi. Espero –sin impaciencia– a que la cantinera salga del ensueño en el que parece sumergida y venga a atenderme. Quiero café (bien caliente) y una copa de whisky. Tengo las manos heladas. Las froto, me las paso por la cabeza como una mosca.

Por encima de la mujer un reloj indica las diez en punto de la mañana. Estaba seguro de que eran las cinco o las seis de la tarde. Asumo que soy presa de un extravío y me mantengo quieto, callado y a la espera.

Sigue nevando. En algún momento, en lugar de cesar, seguirá nevando.

Eso me asusta. Meto los dedos en los bolsillos con ganas de fumar. Recuerdo haber hecho ese mismo gesto unos minutos atrás, en la calle… El violinista arranca una melodía alegre, más apropiada para tocar ante decenas de borrachos que solo para mí, aunque es evidente que no toca para mí. Quizá ensaya lo que efectivamente tocará esa noche para decenas de borrachos, todos quemados por el hielo y el alcohol. ¿Morí? ¿Cuánto tiempo duran las melodías, los ensayos del violinista? Ahora toca una nota aguda, larga y apenas tolerable. Pienso: “Es mejor que me muestre sereno, además de mantener la calma”. Sospecho que el hombre del violín y la cantinera, e incluso la nieve, por supuesto, son residuos de una pesadilla que se prolonga, así que debo pensar bien lo que voy a hacer, cómo y en qué momento; no quisiera que una brusca disolución del sueño me succione. ¿Y si quedara para siempre de este lado?

Entonces alguien entra al bar. Lo reconozco de inmediato.

– ¡Estévez! –llamo–.

Siento una gran alegría. Y una gran angustia también, porque Estévez frena en seco al verme y amaga irse. Me levanto de un salto y prácticamente corro hacia él. Lo agarro de un brazo.

– ¡Estévez! –le digo–. ¿Qué hacés? ¿Adónde vas? ¿No me conocés?

Es evidente que el encuentro lo incomoda. Acepta sentarse a mi mesa porque no tiene más remedio, o porque no da con una buena excusa, y dice que sí con la cabeza cuando lo invito a tomar un whisky porque es un gran bebedor y porque, seguramente, entró al bar con esa intención.

Estamos tensos los dos. Yo, que lo invité a sentarse, frustrando su huída, me creo en la obligación de compensarlo, así que le hago un millón de preguntas de respuesta fácil. Le pregunto por su esposa (bien), por sus hijos (bien) y por su trabajo, que acaba de perder (no se explaya). Estévez es filósofo. Daba clases enla Facultadde Filosofía y Letras de la ciudad de Córdoba, de la que llegó a ser rector. Quiero saber por qué lo echaron, pero Estévez se escabulle. Gira hacia el mostrador en busca de la cantinera y luego hacia mí, como haciéndome cargo de la mala atención del lugar. Lo comprendo. Hace rato ya que el pobre Estévez está ahí sentado sin tomar nada, en tanto que yo me entretengo de lo más bien con mi whisky. No digo nada para no alarmarlo, no hago ningún gesto ni comentario al respecto, pero ¿quién trajo la copa, y en qué momento? La cantinera, sin duda, quizá cuando fui a hablar con el hombre del violín. ¿Fui a hablar con él? No lo recuerdo. Prefiero volver a Estévez. Lleva puesta una camisa amarilla de hilo, de mangas cortas.

– ¿No tenés frío? –le pregunto–.

Dice que no. Me mira fijo. Advierto que tiene las pupilas dilatadas. Seguramente su plan era ocupar una banqueta en la barra, tomar un par de tragos y seguir camino. Quizá está furioso conmigo, que lo obligué a sentarse y a responder un montón de preguntas, todas triviales, sin que pudiera apagar la sed. Enseguida me doy cuenta de que a él también le pasa algo.

– ¿Te pasa algo, Estévez?

Me doy cuenta de algo más: nos tanteamos con cautela; aunque soy yo el que habla, sentimos los dos la misma confusión y el mismo temor. Lo disimulamos bien, como si además de entendernos estuviéramos de acuerdo. Estévez baja la vista. Se retuerce los dedos, que no suenan, y deja una mano sobre la mesa y la otra sobre una pierna.

– Si no recuerdo mal –le digo–, la última vez que nos vimos fue en…

Me interrumpo. Ni yo, que lo recuerdo, sé dónde. ¿Dónde fue? No importa. Tengo la impresión de que fue un encuentro distinto en todo a éste, así que no vale la pena precisarlo. Le pido un cigarrillo. Por primera vez Estévez dice dos palabras juntas:

– No fumo.

– ¿De dónde venís?

Estévez se echa contra el respaldo, como diciendo: “Ah, qué pregunta”. Toma aire y vuelve a apoyarse en la mesa, ahora con la cara muy adelante, casi pegada a la mía.

– Hoy a la mañana me desperté en un barco –dice–.

Levanto las cejas sorprendido. Estévez asiente largamente. Mientras él asiente yo bajo las cejas y frunzo el ceño.

– Lo único que recuerdo es que la noche anterior hablé con alguien en Retiro… –dice–. Había ido a Buenos Aires a hacer un trámite. Después fui a Retiro a comprar un pasaje de ómnibus. Faltaban dos horas para la partida, así que me tomé un whiscacho. Tomé dos. En determinado momento se me acerca una mujer. Tomamos uno más. En resumen: tomé mucho. Y cuando yo digo mucho es mucho. A lo mejor no me desmayé ni me dormí. Es difícil saberlo. En determinado momento abro los ojos y descubro que estoy en un barco. Al principio confundo el bamboleo del suelo con las vueltas de mi cabeza. Después miro y veo un camarote. Paredes metálicas pintadas a fuego, cuchetas, olor a óxido y aceite. Me levanto de un salto. Agarro el celular y disco el número de casa, pero corto antes de que alguien atienda. ¿Qué iba a decir, que estaba en un barco?

– ¿Un barco dónde? ¿En el mar? –pregunto–.

Estévez se sacudió.

– El mar… –dijo–. La idea del mar me aterró. ¡Pensé incluso en el espacio exterior! Salí del camarote. Avancé por un pasillo. Subí una escalera. Recorrí otro pasillo, también desierto… El primer pasillo estaba desierto. No había nadie por ninguna parte. Subí escaleras a un lado y a otro de ambos pasillos y finalmente aparecí en cubierta. Era un barco mercante. Debía tener unos cien metros de eslora. Apilados en la proa había decenas de contenedores plateados. Había una grúa, máquinas, herramientas. Era todo hierro, y todo hervía. Me alivió ver que no estaba en el mar sino en el río, un río relativamente angosto…

A esa altura de su relato lo extraño hacía rato ya que había dejado de importarme. Pero sigo escuchando, más que nada porque él sigue adelante. Corrió hacia popa, donde unos marineros enroscaban un cable, etcétera. Estévez se interrumpe de golpe. Los ojos se le llenan de lágrimas.

– ¿Te violaron?

Estévez endereza la espalda, callado. Tan callado que a su silencio le sigue otro silencio.

– Juraría que no –dice acomodándose en la silla–.

Yo, por decir algo (pero escandalizado), le pregunto de qué nacionalidad era el barco. Estévez se encoge de hombros. ¿Qué importa?

– Atracó en el puerto de Rosario –continúa–. Bajé corriendo. Corrí hasta quedar sin aire. Después, resoplando, volví a acercarme, aunque no demasiado, y esperé hasta que por fin bajó la mujer con la que había bebido la noche anterior en Retiro. Tuve la impresión de que no era la misma, pero… Bajaba riendo en compañía de un grupo de marineros rubios de piel oscura. Ninguno hablaba. A lo mejor sí y el viento no me permitió escucharlos. En todo caso, reían como de un chiste anterior al desembarco. Pensé ir tras ella y preguntarle qué había pasado, pero creí que era mejor no enterarme de nada. Me fui. ¿Sabés qué le pasa a la cantinera, por qué no viene?

– Antes de que llegaras la esperé un rato largo –digo como si hubiera dejado de hacerlo–. ¿No es curioso? En determinado momento fui a hablar con el violinista y cuando volví estaba el whisky en la mesa. Voy a probar llamándola…

Levanto un brazo. Ella no lo registra. Lo mantengo en alto. Aprovecho el brazo en alto para contarle a Estévez lo que me ha pasado a mí. Lo hago en tres palabras. Nieve, cúpulas, etcétera. La contradicción, ilustrada por su camisa amarilla de mangas cortas, no hace mella en su ánimo, no al menos con igual intensidad que en el mío. Él debió extraviarse en primavera o verano y estamos en la nieve, es decir en el terreno de mi extravío. Decido no hablar más, mantenerme callado e inmóvil hasta que todo cese. Todo o algo. Un minuto después, dejo caer el brazo.

Desde que empecé a publicar me ocurre con cierta regularidad que se me acercan personas a contarme cosas que son “para escribir un libro”. “Para escribir un libro” quiere decir que se trata de cosas increíbles, insólitas y únicas, dignas de ser registradas. Seguramente es algo que les sucede a todos los escritores, en cualquier lugar del mundo; la gente no quiere leer, pero se muere por ser leída. Fue algo que siempre desprecié. La idea de que se va a contar algo que merece ser registrado, más que escrito, ya atenta de por sí contra el interés del relato y siembra las peores sospechas sobre la intención del narrador. Entre la publicación de mi primer libro y el día en que empecé a escribir pasaron más de quince años, y durante ese tiempo (un tiempo lleno de felicidad, de experimentos, de chispas y de dolor) muchas veces se me acercó gente a contarme cosas que eran “para escribir un libro”. Estévez, por ejemplo. Es cierto: él no dijo que la historia del barco fuera “para escribir un libro”, pero tenía ese aire, y lo miro con sospecha. Se da cuenta. No dice nada.

– Estévez, perdoná que insista, aunque no sé si ya lo dije… ¿Me contás lo del barco para que lo escriba?

– ¡De ninguna manera! –protesta él–. Y es más: quiero que eso quede entre nosotros. Estoy casado, tengo un hijo, dos. ¡Ni se te ocurra!

Noto entonces que yo también estoy en mangas de camisa. El dato me aturde. Hubiera jurado que llevaba encima un buen abrigo y un gorro de lana en la cabeza.

– No sé vos –le digo–, pero yo voy poco a poco volviendo a la normalidad… ¿Viste que ahora estoy en mangas de camisa? No digas nada. Me anticipo. Vamos al principio. ¿Qué tenía puesto cuando entraste?

Estévez no responde. Se levanta de golpe y va al mostrador. Sigo su trayecto con la vista y, al pasar, descubro la tarima vacía: el hombre del violín se ha retirado. Escucho a Estévez con toda claridad. Le pide un whisky a la cantinera. En su voz hay enojo, además de sed. La cantinera no lo entiende. Estévez insiste. La cantinera también: no entiende. Estévez se lleva a los labios una copa imaginaria y le da cuatro o cinco tragos a toda velocidad, incluso hace ruido con la lengua. No hay caso. Cuando alguien no quiere entender… Estévez, sin embargo, está decidido a conseguir su trago; estira un brazo y señala el paisaje de botellas a espaldas de la mujer. Señala con vehemencia, irritado, moviendo el brazo a un lado y a otro, como ante un cuadro, en compañía de un lego al que se le escapan los detalles. La mujer se da por vencida. Esa es la impresión que produce: la de haber estado haciéndose la tonta. ¿Quién sabe por lo que ha pasado esta mañana? Agarra una botella.

– No –dice Estévez–. Esa no. La otra. –Y hace en el aire una rayita con el dedo, indicando una botella a la derecha de la botella que la mujer, ahora congelada, sostiene en su mano–.

La cantinera lo mira por el espejo, así que lo ve al revés y agarra la botella de la izquierda. Ahora es Estévez el que se da por vencido. Se acoda al mostrador y deja caer la cabeza entre los hombros.

La mujer sirve un líquido verde en un vaso. Sirve medio vaso, lentamente. Es un líquido brillante y espeso, un líquido lento. Estévez suspira. La mujer aspira y sirve. Sirve medio vaso. Sin cambiar de posición, ya sin fuerzas para hablar, Estévez pone la palma de una mano hacia arriba y mueve espasmódicamente los dedos, como acariciándole el mentón a un niño (“más”), hasta que el vaso está lleno. Después lo bebe de un solo trago (lo vuelca en su boca) y lo deja con un golpe seco en el mostrador. Saca un billete del bolsillo, un billete cualquiera (podría estar pagando de menos o de más), lo mete en el interior del vaso y se va sin saludar. Ni me mira. Me levanto y salgo tras él.

Nieva todavía y no veo a Estévez por ninguna parte. O nieva en todas partes y me voy, por olfato, para allá. No veo nada, pero sé que es para allá. ¿Estará lista la comida? ¿Llegaré a tiempo? ¿Me operarán?

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