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El griterío de las inocentes

Un recuerdo vívido produce en Rembrandt la ilusión de comprender el verdadero origen de su universo pictórico.


Rembrandt, La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, óleo s/lienzo, 1632.

Esposa, hijos, padres. Todos los parientes de Rembrandt Harmenszoon van Rijn abandonaron este mundo víctimas de la tuberculosis. Las curas de la época abundaban en derramamientos de sangre a cargo de navajas y sanguijuelas, envenenamientos con mercurio, trazados con tinta de los secretos nombres de Dios sobre brazos, pecho y piernas del moribundo y aspiración de vapores, por lo que la tarea del médico de la familia, doctor Jan Van Loon, se limitaba al suministro de esos recursos y a la contemplación de los escupitajos.

En el curso de aquellas agonías, médico y pintor sobreviviente tuvieron ocasión de conversar; algunas de estas charlas amenas se transcriben en la biografía de su paciente más célebre, que Van Loon publicó a fines del siglo XVII. Entre otras menudencias, Rembrandt le confesó que su tratamiento del claroscuro se debía menos al influjo de Caravaggio que a sus incursiones infantiles en el molino propiedad de Harmen Gerritszoon van Rijn, su padre. El molino, una torre circular, tenía en lo alto una claraboya pequeñísima. La luz entraba allí como un lanzazo, como un chorro fino y compacto, restallaba sobre las paredes de argamasa colorada y sobre las bolsas de lienzo que contenían la harina y sobre las montañas de harina blanca aún sin embolsar, pero sobre todo trazaba sus rectas y se abría sobre el polvo de harina que, pese al tiempo de aposentamiento, seguía flotando en el aire. Allí, en el centro del molino, Rembrandt alzaba la mirada y veía ese esplendor. No era un vehículo para distinguir los objetos cuyos contornos recortaba, sino una materia en sí misma.

Larga trayectoria tienen las primeras impresiones. De adulto, cuando adoptó el oficio de la pintura, Rembrandt decidió que su misión no sería la de retratar objetos o personas en la luz sino los caminos de la luz entre personas y objetos. La vida del artista fue un disparate, un derroche de sinsentidos. Ganó y dilapidó fortunas, acumuló objetos suntuarios y debió entregarlos a remate para costearse el pan de cada día. El modo en que alguien malbarata su existencia no es harina de otro costal. La crítica tradicional señala que es el propio Rembrandt quien se presenta como objeto de disección en La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, por lo que la obra puede ser interpretada como una velada autobiografía. Su asunto más verdadero era entonces el desgarro, el modo en que los dientes de la vida trabajan la carne humana para encontrar el órgano más sufriente. Son particularmente conmovedores los dibujos de su esposa Saskia en su lecho de muerte. En el fiel esfumado de su lápiz se encuentran el rasgo justo, la marca de la actualidad, y a la vez la anticipación de los trabajos del tiempo: las etapas en que un cuerpo se convierte en festín de gusanos, mortaja de cuero, colección de huesos, manojo de polvo encerrado en una tumba olvidada.

Jan Van Loon atendió al pintor durante años. En algún momento, contratado por el Ayuntamiento de Ámsterdam, viajó junto a un grupo de científicos, religiosos y filósofos a las tierras salvajes de New Ámsterdam (hoy Nueva York). Durante la permanencia en aquellas tierras, Van Loon aprovechó los enfrentamientos rituales entre nativos para realizar algunas venesecciones; allí comprobó que la sangre no permanecía quieta. Fruto de esa experiencia es su libro La medicina entre los pieles rojas. Volvió a Holanda cansado, al borde del retiro. Un día recibió la visita de un viejo gotoso que se desplazaba con ayuda de un bastón. Era Rembrandt. No iba a hablarle de su salud sino a precisar un recuerdo: había permanecido oculto en algún rincón de su mente durante tantos años, que dudaba de su realidad. A veces lo tenía por un sueño. Sin embargo, ese sueño insistía, y a cada aparición se presentaba con mayor detalle. Era algo, eran cosas o seres que vibraban o chillaban dentro de su encierro. “Yo me veía envuelto por esos sonidos como si fueran una materia espesa, bajamente espiritual”, dijo Rembrandt. “Mi padre cazaba las ratas que invadían el molino para comerse la harina y los granos. Rata que atrapaba, rata que iba a parar a una de aquellas jaulas que colgaban a distintas alturas o simplemente permanecían apoyadas en el piso. El creía que la presencia de los animales presos, sus chillidos de advertencia, alejaba a las bestias libres, lo que no era cierto ya que las ratas seguían entrando al molino y mi padre seguía cazándolas. Las jaulas eran pequeñas, por lo que las ratas terminaban devorándose unas a otras en busca de alimento y espacio. Eso es lo que veo”, dijo Rembrandt. “Al filo de mi desaparición, debo reconocer que mi universo pictórico no fue la luz densa ni la penumbra en contraste, sino las emanaciones sombrías de aquellas bestias que hacían asomar sus dientes sobre los belfos, las líneas de los bigotes finas como un pincel chino, el chillido de las ratas que se filtraron en mí y me llevaron a pintar como si yo fuese una de ellas”.

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