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Sobre Lacan y el Barroco

La aparición de Lacan y el barroco. Hacia una estética de la mirada de Luciano Lutereau (Letra Viva, 2012), constituye un aporte significativo para pensar los vínculos entre el psicoanálisis lacaniano y la estética.

 

Lacan y el barroco. Hacia una estética de la mirada
Luciano Lutereau
Letra Viva, 2012 (2da edición)
Colección Animalia. Director: Alejandro Boverio

 

 

 

 

 

 

 

Lacan y el barroco. Hacia una estética de la mirada, del psicoanalista y filósofo Luciano Lutereau, propone una reconstrucción del psicoanálisis lacaniano a través de ciertas categorías de la estética barroca, donde el concepto de objeto a funciona como articulador, ya que dicha noción se formaliza de acuerdo a un modelo extraído de la hermenéutica de imágenes. Se presenta así una elucidación concisa y rigurosa, cuya preocupación por la pregunta por el régimen metodológico en la construcción de argumentos en psicoanálisis se evidencia desde el inicio. Para Lutereau la referencia en el Seminario a las obras de arte visuales tiene un lugar no anecdótico sino argumental: lo que importa es explicitar la dimensión estética incorporada a la formalización del psicoanálisis.

El desarrollo exhibe una gran documentación respecto del tópico del Barroco, y las variadas referencias a diversos teóricos del arte y de la estética constituyen una novedad para la literatura psicoanalítica. La imagen barroca toma su modelo del pliegue: la dirección al infinito actualizada en la presencia de una ausencia, la escenificación del infinito en la representación, un interior que se despliega en el interior y un exterior en el exterior, un resto al que sólo se accede por la vía significante. Así, la lógica del Barroco se pone de manifiesto en el análisis lacaniano de las obras de arte visual entre los Seminarios 8 y 13 y proporciona la pauta de construcción del objeto a: “la oposición barroca no es la de los contrarios sino la de una tensión generadora y reservada a un límite irreductible [...] no todo en la estructura es significante, sino que hay un resto, aunque de ese resto sólo puede decirse algo a través del significante”.

La referencia a la estética encuentra su complemento en la formación en fenomenología del autor. Lutereau se aboca a una recensión de los antecedentes e interlocutores provenientes de la fenomenología que determinan el modo en que Lacan se dispuso a la lectura de imágenes en el período de la obra. Encontramos una reconstrucción de las influencias de la fenomenología husserliana y la teoría de la Gestalt en la temprana conceptualización lacaniana de lo imaginario del estadio del espejo y los esquemas ópticos, complementada más adelante con la teoría de Sartre acerca de la imagen. El desarrollo llevará desde la función del vacío como la imaginarización de una falta a partir del falo negativizado (situado en el cuadro Eros y psique de Zucchi) hacia la presencia del falo simbólico en el intervalo sólo formalizable de acuerdo a una topología de superficies y agujeros.

Así, topología y barroco se entrecruzan con claridad y sencillez: “el objeto a es ese agujero que porta la estructura [...] la imagen negativizada recubre (y esta es una operación topológica) el agujero de la estructura haciendo de éste un vacío [...] el pliegue que atraviesa ambos niveles [vacío y agujero, o deseo y goce] es la operación de inscripción simbólica del falo”. El Barroco, en su afán paradojal de representar lo infinito a partir de lo finito, encuentra su máximo exponente en el objeto a: “es a condición de que este agujero no se manifieste que la estructura formal del velo –presencia / ausencia– puede desplegar su pliegue infinito”. El análisis de las dos versiones del Sacrificio de Isaac de Caravaggio y la referencia a Heidegger complementan este desarrollo.

Entonces, el mundo de lo visible deberá organizarse en torno a un punto ciego, la invisibilidad de la mancha. A partir de la introducción del objeto a se pasa del uso de los elementos compositivos de la representación a la interrogación de la imagen, no por lo que muestra, sino por lo que dándose a ver permanece invisible. “La invisibilidad es una categoría legítima de la hermenéutica lacaniana de las imágenes” cuya inspiración inequívoca son los trabajos de Merleau-Ponty, consignados por Lutereau: “la función de la mancha, el punto luminoso, todos los componentes de la estructura del dar-a-ver, dan cuenta del arraigo de la obra de arte en la carne del cuerpo, habitando un mismo agujero”.

El estudio de la mirada ocupa un lugar central y, junto con el análisis de la anamorfosis de inspiración barroca (en el célebre cuadro de Holbein, Los embajadores), da lugar al último punto del recorrido: la representación. Aquí el análisis que efectúa Foucault de Las meninas de Velásquez se complementa con la elucidación lacaniana de dicho cuadro que busca develar no tanto la estructura del campo de la visión, sino la del sujeto escópico, es decir, aislar “la función del sujeto en la mirada [...] en tanto ‘habitante del cuadro’”. De este modo, el Barroco se ubica como una formación de compromiso en el límite entre la episteme de la semejanza y el pensamiento clásico. Precisamente, “el psicoanálisis, al igual que el Barroco, se despliega en el límite de la semejanza y de la representación, buscando la positivización de una falta en una topología del agujero”.

Balance crítico

Lacan y el barroco presenta una serie de articulaciones entre múltiples campos del saber: la fenomenología, la estética, el psicoanálisis, y asimismo la topología, se entrecruzan con una claridad y sencillez poco usuales. Vemos sucederse referencias puntuales y precisas a Deleuze, Benjamin, Barthes, Husserl, pero también a Dufrenne, Gombrich y Panofsky, de modo tal que la lógica de la argumentación no funciona por “analogía” o “semejanza”, sino que se vale de estructuras formales. La rigurosidad de la exposición sólo se compara con la concisión y sencillez del estilo de esta breve obra, que presenta y deja abiertas múltiples líneas de estudio poco incursionadas anteriormente.

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