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Tratado sobre el desorden

El autor de Ficciones filosóficas (Corregidor, 2007) y La invención del deseo (Cuarto propio, 2011), comparte con nosotros este elogio del desorden, texto que pertenece a su libro de próxima aparición en España: El sistema de lo disperso. De la filosofía como proyecto estético.

Consideremos una actividad cotidiana: ordenar el escritorio. Como sueño con ser organizado, a veces compro agendas que nunca uso; lo cierto es que me resulta mucho más cómodo tomar notas en papeles sueltos. Tampoco le doy mucho uso al cuaderno de tapas azules que he adquirido hace ya algún tiempo: es más, a veces le arranco hojas porque no logro encontrar ningún otro sitio en el que escribir un número de teléfono o la lista de tareas que no anoto en la agenda. Así, los papeles comienzan a acumularse en mi escritorio para, poco a poco, ocupar zonas adyacentes; y terminan desparramados por toda la casa. A mi propia producción se le suma un incesante flujo de correspondencia, fotocopias, recordatorios, folletos, catálogos de libros, tarjetas de navidad, ofertas diversas, materiales didácticos, boletas de compra, recibos de pago, resúmenes de cuenta y otros testimonios de mi comercio con el mundo exterior. El momento de comenzar a preocuparme se encuentra claramente marcado: es cuando aparecen papeles sobre mi cama. Entonces me pongo a ordenar.

Convencido de que la belleza vale más que el orden –es más, de que se trata de un orden superior–, mi objetivo no es la eficiencia, sino la estética. Definamos la eficiencia, al menos en este caso, como la capacidad de encontrarlo todo de inmediato, implementando un sistema de archivos, casilleros, agendas, ficheros, etc. Este sistema debe estar gobernado por principios racionales o, al menos, reglas de asociación tales como la similitud de los materiales que se guardan en una misma carpeta. El punto de vista estético/decorativo, en cambio, contempla más bien los colores de las cajas en que se ocultan discretamente los papeles, el atractivo de sus formas, su simétrica disposición en anaqueles siempre inalcanzables, el efecto visual sobre aquél que las contempla desde el sillón naranja, pero de ningún modo la naturaleza de los objetos que se guardan en ellas.

Imaginemos ahora que uno está poseído por el implacable espíritu de la eficiencia y desea guardar todas las cosas en su justo lugar inventando para ellas un espacio propio, un cajoncito, una carpeta con un rótulo adecuado. Esa incesante labor se legitima sólo si la cantidad de carpetas es bastante inferior al número de papeles sueltos. Desde luego, no vale la pena idear un archivo llamado “tarjetas de negocios” para guardar un solo ejemplar de las mismas, de lo que resultaría una simple duplicación de las entidades: más vale estipular una categoría de orden más general para depositar ahí tarjetas de negocios, de navidad, de cumpleaños, de video clubes, de teléfono, de crédito, de identidad, calendarios con forma de tarjeta, señaladores, etiquetas, y toda clase de objetos rectangulares y pequeños.

Así, tener una sola carpeta para todas esas cosas es mucho más razonable que generar una multiplicidad de archivos con el objeto de hacer justicia a las obvias diferencias existentes entre, por ejemplo, señaladores y tarjetas de crédito. Eso está muy bien. Pero notemos que, de este modo, la máxima eficiencia implica un alto grado de arbitrariedad: en su nombre se ponen especies muy diversas en un mismo lugar y se inventan categorías ad hoc para disimular la falta de racionalidad de las decisiones racionales.

Quienes abogamos por las soluciones esteticistas, en cambio, abrazamos por completo la heterogeneidad de lo real poniendo en una misma caja, además de los objetos mencionados, apoyavasos que robamos de las cervecerías, envolturas de chocolatines memorables, figuritas de Boca Juniors, postales veraniegas, programas de cine y demás, sin necesidad de calmar nuestra ansiedad con etiquetas que aplastarían las diferencias que deseamos celebrar. Después de todo, lo que unifica el contenido de lo ahí guardado es el simple hecho de compartir una caja de zapatos, de ningún modo su forzada pertenencia a una misma categoría del pensamiento.

Poner cosas en cajas es, simplemente, esconderlas, claro. Y esconderlas de un modo bonito es la única idea. ¿Qué otra cosa es ordenar? Se trata siempre de sacar las cosas de la vista, de no verlas desparramadas sobre el escritorio, las sillas, la cama. No verlas arriba del televisor. No verlas más. A tales efectos, da lo mismo organizar complejos sistemas de archivo o ponerlo todo a ciegas en una gran caja de embalaje forrada de azul. Ordenar es ocultar.

Quienes inútilmente profesan los estrechos rigores del utilitarismo podrán objetar que de este modo tardo mucho en encontrar las cosas cuando las necesito. La respuesta es simple: sí, tardo un poco en buscarlas; pero seguramente es la mitad del tiempo que ellos emplean en clasificarlas.

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