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El silencio de narrar

Adelanto de un texto del escritor chileno Alejandro Zambra, cuyo libro No leer será publicado en nuestro país por la nueva editorial Excursiones.

Mientras leía Lost City Radio recordé con persistencia “Los silencios del Dr. Murke”, un relato de Heinrich Böll que, al igual que la novela de Daniel Alarcón, está ambientado en una radio. No es raro que una novela ambientada en una radio recuerde a un relato ambientado en una radio. Y tampoco es raro que yo piense en este cuento de Heinrich Böll, que recuerdo bastante seguido pues probablemente es uno de los dos o tres mejores cuentos que he leído. Pero desde luego hay más que una mera coincidencia de escenarios.

“Los silencios del Dr. Murke” es la historia de Peter Murke, un funcionario de una radio alemana que, mientras todo el mundo discute sobre la esencia del arte o el sentido de la existencia, dedica sus ratos libres a coleccionar silencios. El técnico que edita las grabaciones recorta pedazos de cinta que contienen las pausas demasiado largas que los locutores han hecho entre palabra y palabra, y en vez de botar esos pedazos se los obsequia a Murke, que poco a poco va armando una cinta de respiración entrecortada. La imagen es certera: es 1945, Alemania se debate entre el dolor y la imprecisa convicción de que la vida sigue; algunos vociferan sin pudor y sin memoria sus opiniones vacías, pero por suerte hay otros que, como Murke, prefieren coleccionar silencios.

No sé si Daniel Alarcón ha leído este relato de Heinrich Böll, pero estoy seguro de que le gustaría, de que le gustará, pues la fuerza o la entereza de Lost City Radio proviene de una ética similar. Para Alarcón, contar bien una historia no es hacerla entendible sino más bien respetar la materia de que está hecha. Alarcón prefiere el silencio de narrar: evita el ruido literario a través del simple procedimiento de escribir nada más que las palabras necesarias. Así, la novela hace visible el silencio de los que estaban y ya no están. Y el silencio de las respuestas que no llegan. La radio es el lugar de la voz y del silencio. Escuchamos más que los locutores y que los auditores. Escuchamos, también, lo que no se oye, lo que no sale al aire –lo que los auditores no saben o lo que saben pero prefieren callar–. Lo que los locutores prefieren no decir, o sólo dicen a medias. El silencio de los silenciados. El silencio de las víctimas y de los victimarios.

En más de una entrevista Alarcón ha recordado una observación de Borges sobre la mala costumbre de exagerar las diferencias entre los países. Si exageramos las diferencias, el país de Lost City Radio es el Perú. Pero Alarcón ha preferido no llamar Perú al país de su novela. Tal vez porque el país de su novela es y no es Perú, del mismo modo que es y no es Chile. Lo digo pensando en que para un chileno es imposible leer esta novela sin recordar a los desaparecidos propios. Sin ir más lejos, después de leer Lost City Radio releí Cartas de petición, el libro de Leonidas Morales que recupera los mensajes que, a manera de último recurso, los familiares de detenidos desaparecidos enviaban a autoridades que por toda respuesta archivaban las cartas o las delegaban o las respondían a punta de decepcionantes y retóricas respuestas. Siempre es urgente repasar esas cartas en que los familiares apelan a los gobernantes como si verdaderamente confiaran, como si ignoraran que el destinatario es el culpable de la desaparición de sus hermanos o padres hijos. Incluso a veces explicitan su adhesión al régimen y piden perdón por la conducta de los desaparecidos. Mi hijo tenía ideas locas que nosotros no compartimos. Pero ayúdenos a encontrarlo. Díganos dónde está.

¿De qué sirve, entonces, ante el gemido de la realidad, ante la indiscutible autoridad de los documentos, una novela? ¿Para qué escribir novelas? El lugar común dice que a veces la realidad supera a la ficción. Tal vez justamente ahí, en esa frase de sobremesa, está el sentido de narrar. Quizás narramos para confirmar esa derrota de la ficción. Para demostrar que la ficción no basta, no alcanza. Que sólo sirve para interrumpir la vida durante el tiempo de la lectura.

La ficción sólo triunfa cuando falla, cuando deja ver las huellas de realidad. Alarcón es consciente de ese desequilibrio esencial, de esa pérdida, y esa consciencia imprime al relato un persistente vuelo elegíaco. Por lo pronto, los personajes y los espacios se resisten al blanco y negro. La existencia del programa Lost City Radio es, en sí misma, problemática: el objetivo es juntar a las personas perdidas con sus familiares, pero el objetivo es, también, conseguir audiencia. La secreta legitimidad de Norma proviene de su condición de víctima que contempla el dolor desde la misma vereda. Su milagrosa voz es un bálsamo que de antemano resguarda y acoge a los auditores. Es la misma voz que da las noticias, la misma voz que, como dice el narrador, lee las buenas noticias con indiferencia y las malas como si escondieran una incierta esperanza. Al escuchar el programa de Norma la gente cede a la ilusión de que es posible reparar las fracturas. Pero no se habla de la guerra. Esa es la regla: limitarse a una idea personal de la historia, o más bien reducir la historia al mínimo: alguien que estaba conmigo ya no está. Y quiero volver a verlo. Las causas y los hechos se disfrazan en un pacto de mutua confianza cuya traición se soluciona sin explicaciones: los impertinentes son, simplemente, sacados del aire. Una música intempestiva y tal vez alegre destruye la comunicación.

Un lenguaje nuevo y deficiente, la neolengua de las cifras y de las siglas, amenaza con invadir el espacio de la intimidad. Pero no lo consigue: si hay un triunfo en esta novela es el de esas historias privadas que a fuerza de honestidad preservan la memoria de un tiempo mejor o menos malo. Contar cualquiera de esas historias es contarlas todas. Daniel Alarcón elige a Norma como protagonista pero lo mismo pudo elegir a Zahir, un personaje secundario que a la larga prevalece en tanto vencedor y vencido, o a Adela, acaso la verdadera mujer abandonada. La precisión, el sentido del detalle, la habilidad para construir imágenes inéditas con los materiales de siempre, están siempre al servicio de la historia; con las mismas virtudes otros escritores practican un exhibicionismo del todo ausente en esta novela sobria y bella que avanza con la desconcertante velocidad de los recuerdos.

Son muchas las escenas, las imágenes que Lost City Radio deja en la retina: camiones verdes que se llevan para siempre a los niños, mapas nuevos que borran un pasado impreciso, una guerra que nadie sabe con certeza cuándo empezó; un dibujante de retratos hablados que las mujeres atesoran con callada desesperanza; una traición amorosa que el tiempo convierte en el agrio desenlace de una historia que ya era lo suficientemente amarga; un hombre que redacta sus informes de espionaje imitando el estilo de la única novela policial que conoce; la violencia circulando a través de una nube de gas lacrimógeno; y una batalla que nadie relata y un viejo que dice estas palabras acaso definitivas: “Hablar no ayuda. Es algo que he aprendido. Por eso nunca hago preguntas”.

Y un rompecabezas, claro. Después de soportar una revelación que los lectores ya intuíamos, Norma y Víctor se suman al peregrino ejercicio de armar un rompecabezas. Es la imagen aurática dela Plazadel Barrio Viejo: “El rompecabezas”, dice el narrador, “los eximía de toda necesidad de hablar, y pronto su ritmo los atrapó: examinar una pieza, sus colores y texturas; echar un vistazo a la caja para ver dónde podría encajar. Su ciudad como había sido alguna vez, la ciudad en la que se había enamorado de Rey”.

Ahora Norma sabe que su larga espera ha sido menos legítima que otras esperas. Aún no está preparada para aceptarlo. Aún no sabe si es posible aceptar el fin de una historia y el comienzo de otra. Y de nuevo el silencio que lo invade todo.

 

* “El silencio de narrar” es uno de los textos que fueron incorporados a la versión argentina, una edición ampliada del libro original chileno.

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