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Borges, lector nacional

Alejandro Boverio, ensayista y filósofo, aborda la ética de la lectura que Borges emprende en torno a lo nacional, en particular la crítica que desarrolla del libro nacional argentino en dos relatos: “El fin” y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quisiera comenzar estas breves anotaciones aventurando que una obra literaria sólo adquiere valor a partir de las pasiones que ella moviliza. Es escrita a partir de algunas emociones, al tiempo que precipita otras en su lectura. La literatura que valoramos se funda, entonces, gracias a ciertas pasiones que la atraviesan desde su génesis hasta su acogimiento. En este sentido, el acto de lectura y el acto de escritura reposan en un mismo y misterioso impulso. Acaso el mayor mérito de Borges haya residido en señalar de una manera exquisita este vínculo profundo, llegando a la provocación de diluir los límites entre la escritura y la lectura.

Las obsesiones que llevan a un escritor a crear una obra se encuentran en los temas que se abordan finalmente en ella. Son conocidos los temas sobre los que Borges ha vuelto una y otra vez en su obra. Acaso las grandes obras se funden en no más de dos o tres obsesiones. Y quien leyendo pierda de vista esas emociones que atraviesan los textos, y se deshaga en un análisis meramente estilístico, no hace más que anularse como lector. Es lo que el joven Borges llamó una “supersticiosa ética del lector” frente a la avanzada de una crítica fetichista e inhibidora, que lamentablemente parece haberse afincado en la cultura argentina.

La otra superstición que denunciaba Borges, en esa misma época, era la del culto del color local. Es célebre la afirmación de “El escritor argentino y la tradición” que dice que el hecho de que en el Corán no haya camellos prueba que lo verdaderamente nativo suele y puede prescindir del color local. La apelación era, entonces, la de tomar los temas europeos con irreverencia para dar lugar a la mejor literatura argentina.

No parece inoportuno entonces, volver sobre la lectura que Borges hace del Martín Fierro para ver cómo, en ella, se ponen en movimiento estos principios que hacen a una verdadera ética de la lectura. Reclamado como el libro nacional de los argentinos por Lugones en sus conferencias en el teatro Odeón, sabemos que el Martín Fierro se consolidó como tal con la subsiguiente canonización que realizó Ricardo Rojas. Borges intentó mostrar que existe una diferencia fundamental entre la poesía de los gauchos y la poética gauchesca, para apuntar luego que derivar una de la otra, en todo caso, no es más que un error, acaso el hábil error de Rojas. Señaló, a su vez, que la gauchesca exageró la importancia del gaucho. Y, finalmente, renegó que haya sido canonizado como el libro ejemplar a expensas del Facundo de Sarmiento. Diría que hubiéramos tenido una mejor historia con el Facundo como libro nacional. E incluso, atravesado por la experiencia peronista, escribiría que “sub specie aeternitatis, el Facundo es aún la mejor historia argentina”.

Ahora bien, al margen de los ensayos referidos directa o indirectamente al Martín Fierro, es en dos relatos en donde Borges ejerce con mayor radicalidad el gesto crítico y pone en movimiento los principios éticos de la lectura que resaltábamos. Nos referimos a Biografía de Tadeo Isidoro Cruz y a El fin. Allí, la lectura del libro de Hernández asume la forma paradójica de una metafísica del texto. Lo notable del juego borgeano consiste en que es a través del cuerpo de ambos relatos que se sostiene que un texto es texto para ser pervertido y la tradición es tradición en tanto puede ser traicionada. El modo en que se ejerce la batalla crítica no es, entonces, a partir del ensayo crítico, sino desde la propia literatura. ¿Qué mejor modo de mostrar la necesaria ausencia en la que reposa todo texto que difiriendo su sentido literariamente? ¿Acaso hay otra forma de revelar que no hay una verdad nacional última, única y desnuda, sobre la que pueda asentarse o a la que pueda referir el texto?

En Biografía, Borges presenta al Martín Fierro como un libro “capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones”. Lo que así quiere dejar sentado es que no existe ni existirá nunca una interpretación unívoca del libro de Hernández. “En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos” nos dice de Cruz en la Biografía. Es a partir de esos hiatos o ausencias sobre los que se construye el poema de Hernández –como sucede con cualquier texto–, que Borges va a erigir sus dos relatos. Y son esos vacíos constitutivos, justamente, los que hacen de la escritura y la lectura un mismo proceso.

Veamos qué sucede en El fin. Un cuento con un título que nos desconcierta: ¿No es que las perversiones textuales no tenían fin? ¿No eran casi inagotables? En efecto, como alguna vez con razón señaló Piglia, deberíamos entender el título de este relato como la necesidad de cerrar el ciclo de la gauchesca más que como la finalización de las interpretaciones en torno al Martín Fierro. Allí Borges ensaya un nuevo final para el poema, en donde Fierro es finalmente muerto en duelo. Un duelo signado por el destino. Precisamente el destino es esa nota que Borges subraya en sus dos relatos sobre Fierro y que los aúna aún más. “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es” leemos en la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz. Y es en la lúcida noche fundamental en que pasa a pelear junto a Martín Fierro que Cruz comprendió “que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro”.

Para Borges, el Martín Fierro no puede ni debe entrañar una verdad exclusivamente nacional. Su mejor manera de decirlo fue a través de un énfasis, en su lectura, de sus propias obsesiones y, entre ellas, la del destino, la fatalidad y la muerte. Por eso mismo el Martín Fierro tampoco puede ser, para Borges, una épica. Si, como apunta Borges, al “pobre” Fierro lo encontramos “en el coraje que no ignora que el hombre ha nacido para sufrir”, ¿cómo pensarlo como un héroe épico? No, al menos, en el modo en que se lo propone Lugones. Tal vez sí en el que lo hace L. Lamborghini: “Una épica de la antiépica con un antihéroe como héroe. Los paisanos payasos de Hidalgo, de Ascasubi, de Del Campo, y ese clown desgarrado que los resume a todos: Martín Fierro”.

El Martín Fierro es una tragedia en tanto advenimiento de un cúmulo de peripecias de las que no puede huirse, y al que se está fatalmente destinado. Al que uno, en un momento determinado, se sabe destinado: he ahí la anagnórisis. Aun cuando Martínez Estrada, en Muerte y Transfiguración del Martín Fierro, lo lea como la expresión de la verdad de una época y de un mundo, no puede sino coincidir con Borges en esta dimensión trágica: “Padece, combate y recupera la libertad, desertando, cuando ya es tarde. Él mismo lo dice: Después que uno está perdido no lo salvan ni los santos. Y todo lo que sigue a esa certeza de que el destino ha decidido ya por él es el cumplimiento de esa fuerza de perdición que será ilustrada con episodios dramáticos que se enhebran por su propia necesidad serial”. Un conocimiento de la propia destinación que viene seguido, como sabemos, de episodios dramáticos y sangrientos.

Borges resalta ese mismo elemento trágico en su lectura de Hernández, ya que, en El fin, Fierro se entrega al duelo en la comprensión meridiana de un destino, tal como lo escuchamos decir de su propia boca: “Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano”. Y ese destino, lo sabemos, está signado por la muerte. ¿Hubiera sido mejor la historia argentina si el Facundo hubiera ocupado el lugar del Martín Fierro? Seguramente hubiera sido distinta, pero el impulso trágico que habita en ambos libros parece inevitable, a su vez, para cualquier historia política. Sea ésta argentina o universal.

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