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Borges: la eternidad en la historia

A partir de la célebre paradoja de “Aquiles y la tortuga”, el autor analiza la relevancia que los conceptos de realidad, historia y relato adquieren en la obra de Jorge Luis Borges.

En “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga” de Discusión (1932)[1], Borges escribe “No sé de mejor calificación para la paradoja de Aquiles, tan indiferente a las decisivas refutaciones que desde más de veintitrés siglos la derogan, que ya podemos saludarla como inmortal. [...] Es sabido que su inventor fue Zenón de Elea, discípulo de Parménides, negador de que pudiera suceder algo en el universo” (p. 244).

Esta segunda aporía de Zenón habla de una persecución, esto es, del arquetipo de carrera más dramática porque en ella se pretende alcanzar una meta que está en continuo movimiento. Su víctima más estruendosa fue Aquiles quien, habiendo cometido el error de ofrecerle una ventaja a la tortuga, primero debía pasar por los puntos que la tortuga ya había abandonado para recién, después, pretender alcanzar la nueva posición del animal.

Borges recurre a Bergson, delicado experto en cuestiones vinculadas con el tiempo y nos cuenta que éste, en su Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, había planteado que el verdadero error de Zenón consistía en atribuirle al movimiento la divisibilidad del espacio. Bergson acusa a Zenón de omitir el hecho de que ningún acto puede fraccionarse ya que, en palabras de Borges “cada uno de los pasos de Aquiles es un indivisible acto simple [...] de suerte que no tardará en darse la suma para el espacio recorrido por Aquiles [...] como una longitud superior a la suma del espacio recorrido por la tortuga” (p. 246). Para Bergson, un acto unívoco es equivalente a un presente representado por lo que se registra desde el inicio hasta el cierre de una melodía: un presente único e indivisible.

Sin embargo a Borges estos embates de Bergson al planteo del eleata no lo satisfacen. Le reprocha la arbitraria aceptación de que el espacio sea infinitamente divisible y no el tiempo, y escribe: “Arribo, por eliminación, a la única refutación que conozco, a la única de inspiración condigna del original, virtud que la estética de la inteligencia está reclamando. Es la formulada por Russell” (p. 246). Se basa en el simple hecho de suponer que “la cantidad precisa de puntos que hay en el universo es la que hay en un metro de universo, o en un decímetro, o en la más honda trayectoria estelar” (p. 247). Entonces, la única solución a la paradoja de Zenón que Borges tolera consiste en admitir que Aquiles y la tortuga recorren la misma e infinita cantidad de puntos, pero que debido a sus diferentes velocidades, la medida de lo que recorre Aquiles es mayor que la medida que recorre la tortuga en el mismo tiempo. A un mismo intervalo temporal para Aquiles y la tortuga, les corresponde diferentes intervalos espaciales, todos con la misma cantidad infinita de puntos e instantes.

Ahora bien, ¿por qué Borges en el título de su ensayo invoca una perpetua carrera de Aquiles y la tortuga? ¿Será que en última instancia la paradoja es capaz de sobrevivir a todos los embates? ¿No estaremos tentados a resolverla afirmando, simplemente, que la contradicción se manifiesta entre el movimiento pensado y el movimiento percibido? Borges –intentando mediar entre la carrera intelectual de un cansado Aquiles sembrada de obstáculos por Zenón, y la carrera percibida en la que un relajado Aquiles, sin mayores esfuerzos, no sólo alcanza sino que sobrepasa a la tortuga– concluye su ensayo diciendo: “Mi opinión, después de las calificadísimas que he presentado, corre el doble riesgo de parecer impertinente y trivial. La formularé, sin embargo: Zenón es incontestable, salvo que confesemos la idealidad del espacio y del tiempo” (p. 248).

No debe tomarse definitivo partido en contra de Zenón, salvo que uno esté dispuesto a pagar un precio excesivo: admitir la irrealidad del escenario en el que se lleva a cabo la carrera, admitir la irrealidad del espacio y del tiempo. No aceptar la paradoja sería equivalente a no lograr retener al mundo. ¿Vale eso la pena?, se pregunta Borges. “¿Tocar a nuestro concepto de universo, por ese pedacito de tiniebla griega?, interrogará mi lector” (p. 248). Para Borges satisfacer al lector resolviendo la paradoja, implica promover su angustia: disolver el espacio-tiempo y eliminar de nuestra mente todo vestigio de universo.

¿Qué debemos hacer ante esta inesperada duda borgeana –ya no ante la categórica aseveración eleata– de si las cosas realmente acontecen en nuestro mundo? ¿Existe el movimiento?, ¿existe el cambio? ¿Podremos relatar la mutación de las cosas, su marcha por el mundo? ¿Podemos hablar de “historia” que es hablar de los cambios en las cosas y en los hombres?

Aristóteles decía de la ciencia que era el conocimiento de las causas. Giambattista Vico, veintidós siglos después, interpretó que “conocer las causas” significaba poseer las causas generadoras de las cosas: sólo quien es capaz de ser causa de algo, lo conoce. Lo conocido es lo hecho. Por ejemplo, si el hombre no creó la naturaleza sino Dios, el hombre, no puede conocerla; en cambio, el hombre es el causante de la historia y entonces puede conocerla. La historia de los hechos es indistinguible como relato, de la historia como ciencia, por lo que la ambigüedad del término “historia” –como sucesión de hechos del pasado o bien como relato– parecería superarse en la fusión de dos actividades que, en última instancia, serían la misma. En una única historia, el sujeto conoce y es el objeto conocido.

Croce en su Teoría e historia de la historiografía proclama que toda historia es historia presente, “conocimiento del eterno presente” y no crónica, historia muerta y pasada. El pasado sólo existe como relato en el presente.

¿Cómo opera todo esto en Borges y se relaciona con Zenón?

En “Pierre Menard, autor del Quijote” (Ficciones, 1944), Borges elabora un personaje que, lejos de querer copiar el Quijote, aspiraba a producirlo. Para ello repite el pasaje del Quijote que expresa: “la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir [...]“, y nos dice que, en cambio, Menard escribió: “la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir [...]” (p. 449). El mismo texto… ¿Realmente el mismo texto? Para el juego de Borges, el texto de Menard es infinitamente más rico que el de Cervantes porque mientras que Cervantes hace un mero elogio retórico de la historia, Pierre Menard, empleando las mismas palabras en el mismo orden, lo supera y nos propone una idea asombrosa: definir la historia no como una indagación de la realidad, sino como su origen. La verdad para Menard, no es lo que sucedió sino lo que juzgamos que sucedió.

¿Podríamos decir con rigurosa ironía que, de acuerdo con Borges, Cervantes no ha logrado anticiparse a Vico sino que fue más bien Menard quien logró evocarlo? No nos cabe duda de que la frase del Quijote, a esta altura escrita por el propio Borges, nos remite a Vico, aunque Borges no lo nombre. Sí lo nombra en “El inmortal” (El Aleph, 1949) donde el personaje dice que: “Hacia 1729 discutí el origen de ese poema [por la Ilíada] con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron  irrefutables” (p. 542). Y en una nota a pie de página nos indica lo siguiente: “Ernesto Sabato sugiere que el Giambattista que discutió la formación de la Ilíada con el anticuario Cartaphilus es Giambattista Vico; ese italiano defendía que Homero es un personaje simbólico, a la manera de Plutón o de Aquiles” (p. 543). Si Homero no escribió La Ilíada dado que no existió, podríamos pensar, como nos ha indicado Huxley, que quien la escribió fue alguien con el mismo nombre. ¿Pierre Menard no sería para Borges un personaje simbólico, una idea, tal como lo fue Homero para Vico? Y Aquiles, para Zenón, ¿no sería el mítico corredor de una carrera ilusoria?

Tristram Shandy es el personaje de una novela de Laurence Sterne (1713-1768) titulada: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Se trata de una obra contada por el propio personaje en un tono humorístico y desordenado, en el que la narración se torna compleja, repleta de digresiones y anécdotas con vistas a completar el contexto de su vida. La lentitud del relato es pasmosa. Los acontecimientos relatados, en cambio, pueden ser vertiginosos.

La doble cita del Quijote elegida por Borges nos enseña que existen diferentes verdades que, no obstante, pueden ser expresadas con las mismas palabras; distintos pasados construidos desde el presente que pueden conducir a ese mismo presente; diferentes hechos del pasado recortados, al modo de Shandy, escribiendo una de las infinitas autobiografías posibles, recogiendo innumerables hechos de entre los infinitos acontecimientos sucedidos a su alrededor, atendiendo a sólo una de las tantas carreras en el tiempo posible de ser registrada o percibida, para arribar a la meta de su presente de escritor en acto.

La situación de equiparar dos series –la de la vida de Tristram Shandy y la de su escritura, esto es, la historia vivida por Tristram Shandy y la historia escrita por él mismo­– (la historia con la historia), la analizó Russell en Misticismo y Lógica, extendiendo la vida del personaje infinitamente, suponiendo que Shandy jamás moriría; una infinita carrera por la línea de la vida. La pregunta es: si Shandy nunca muere, ¿alcanzará a escribir toda su historia? Esa sería su otra carrera.

Digamos que la paradoja –en este caso la monstruosa aspiración de Shandy por una igualdad de las series entre lo relatado y el relato, que para consumarse presupone la existencia de una historia sin final– nos reabre las puertas del infinito. Lo cierto es que si Shandy vive un tiempo infinito, ninguna parte de su biografía quedará sin escribirse, como bien ha sostenido Russell. Es que en una vida interminable existen tantos días a ser vividos como años a ser vividos, tantos segmentos con la medida de un día como segmentos con la medida de un año. Se trata de poner en marcha la “heroica teoría de conjuntos de Georg Cantor”, denominada así  por Borges. Tristram Shandy siempre tendrá tiempo disponible para escribir cualquier situación vivida, a pesar del paulatino alejamiento producido entre el momento descrito y el momento en que se lo describe.

¿No deberíamos pensar que Aquiles representa la vida de Tristram Shandy y la tortuga a Tristram Shandy escribiéndola con pasmosa lentitud? Aquiles es Tristram Shandy viviendo su vida; la tortuga es Tristram Shandy escribiéndola. ¿Sería muy arriesgado afirmar que Aquiles representaría la historia como sucesión de hechos, y la tortuga a la historia como su narración?

Sin embargo, y como escribe Sartre en La náusea, “hay que escoger: vivir o contar”. Infortunado Shandy: en algún momento de su vida ya no podrá elegir. Comenzará a describir un momento especial. Es aquel en el que comenzó a contar la historia de su vida: inusitada confluencia entre la historia relatada y la historia vivida; la vida como puro relato o el relato como forma de vida. Se trataría de un Tristram Shandy produciendo literalmente su vida y asumiendo para sí una vida casi exclusivamente literaria. ¿La vida más plena para un escritor que se precie? Una unificación de la verdad que proviene de superponer, a ultranza, la historia como hecho, a la historia como relato.

Tristram Shandy también flotaría en su propia historia, sin modificarla, porque en realidad no hay historia en la eternidad, no hay tiempo. ¿No sería esto mismo la anulación del mundo, la anulación del cambio y el movimiento que proclamaba Borges para eludir la aporía de Zenón?

Será por eso que en La perpetua carrera de Aquiles y la tortugaopta por adentrarse en las brumas griegas en las que se desvanece el mundo y reina la eternidad del reposo absoluto y el no-cambio. Allí todo es imposible. Sencillamente no hay movimiento, no hay historia, no hay nada.



* Este trabajo constituye una adaptación de un ensayo inédito escrito en colaboración con Emanuele Leonardi.

[1] Todas las citas de Borges corresponden a Borges, J. L., Obras Completas 1923-1972, Buenos Aires, Emecé Editores, 1974.

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