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Celebración de la literatura

En ocasión del Día del Lector, el autor reflexiona a partir de “Pierre Menard, autor del Quijote” y sostiene que, para Borges, leer un texto es, inexorablemente, transformar la obra que en él se sustenta.

Resistamos la fácil tentación de interpretar como simple ironía la declarada autocelebración de Borges como lector antes que como escritor. Ensayemos tomarla en serio, aunque el camino para lograrlo requiera la complejidad de la crítica que la propia obra borgeana nos dispensa: la realización de la literatura como un infinito textual inalcanzable en su necesidad, gozado en su contingencia.

Una misma metáfora se inscribe por caminos tan bifurcados como los senderos del jardín, la parodia del lenguaje perfecto de Wilkins, el mapa-territorio que homenajea secretamente aquel zapallo en expansión universal de Macedonio o el imposible libro de arena entre otras variaciones: la metáfora del lector como un escritor de inconmensurables escrituras.

Metáfora que encuentra su personificación ejemplar en Pierre Menard, autor del Quijote, desarticulando por anticipado todo intento de encerrar a la literatura misma en los márgenes de una crítica que no se deje desbordar por el texto. El ensayo-ficción de Borges evoca en nosotros una secuencia de ideas ya bien conocidas: concebir que el certero Autor del mundo y el Mundo mismo se hayan dado a la fuga, quizás tan solo para darle gusto a tanta deflación ontológica generalizada, no suscita ya ni una ligera vacilación.

Y qué decir de nosotros mismos, condenados entre esas dos nadas a una inevitable anorexia metafísica. Pero que se ponga en riesgo la seguridad de la Obra, sustituto omnipresente que supimos conseguir, sí es cosa seria, pues a diferencia del evanescente Mundo y del Eterno Ausente, la presencia de la Obra y el culto a la Autoría, aseguraban un espacio claro para el tercer miembro de una renovada Trinidad: no más Dios, Mundo, Hombre, sino Autor, Obra, Lector.

Esta última Trinidad no habría de durar. Así, el Autor se volvió incierto, sospechoso, marginal, y la Obra cedió ante la deriva incontenible del Texto, que poco a poco convirtió a la idea misma de Obra en un imposible. Todo fue entonces lecturas de lecturas de lecturas… Pero así como el Hombre sucumbió ante la disolución de Dios y del Mundo, así también el Lector devino un movimiento más del despliegue del Texto que, ya sin límites, sólo alcanza a sobrevivir en la eterna parodia de sí mismo.

La anécdota es conocida: Pierre Menard, escritor francés del siglo XX, se propone escribir de nuevo Don Quijote, no otro Quijote sino exactamente el mismo que escribiera Cervantes, el gran escritor español del siglo XVII. Lo hace en forma fragmentaria, pero esos fragmentos son literalmente idénticos a los correspondientes pasajes del texto escrito por Cervantes. Supongamos incluso que Menard completara su tarea: al cabo de ella obtendríamos una nueva inscripción del texto original. Tendríamos entonces dos inscripciones de un sólo texto, pero ¿tendríamos también dos ejemplares de la misma obra? La respuesta sugerida por Borges es que no, que ambos Quijotes difieren entre sí de diversas maneras. Pero, cabe preguntar, ¿cómo pueden dos inscripciones de un mismo texto dar lugar a dos obras diferentes?

La única respuesta que parece plausible es que Borges pone a Pierre Menard en la situación del lector. Hay indicios textuales en el cuento de Borges que habilitan esta interpretación. En el cuento hay dos relatores: Menard y el narrador, digamos Borges mismo. El testimonio de Menard es el del punto de vista del autor que pretende dar consistencia a tan extraña, y tal vez, imposible empresa; el de Borges, en cambio, es el del lector de ambos textos, el escrito por Cervantes y los fragmentos escritos por Menard.

Dice Borges: “Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI –no ensayado nunca por él (Menard)– reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco”. Este pasaje deja en claro que, en el planteo de Borges, las identidades del texto y del autor son al menos insuficientes, y quizá inútiles, a efectos de determinar la identidad de la obra, pues aun un texto que sabemos no fue escrito por Menard y sí lo fue por Cervantes, no puede sino ser leído como si lo hubiera escrito Menard, pero no por ninguna particularidad del estilo de Menard, sino por ser la obra de un contemporáneo del lector. En otras palabras, lo que se insinúa es que el texto de Cervantes –cualquier texto– constituye distintas obras según varíen las lecturas que se hagan de él.

Pero sin duda la prueba más contundente en favor de interpretar el texto de Borges desde la situación del lector, es el párrafo final del cuento, que dice: “Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esta técnica de aplicación infinita…”. ¿Y cómo ha hecho Menard este prodigio del equívoco sistemático e infinito? Paradójicamente, con una máxima fidelidad al texto: reproduciéndolo literalmente. A través de su artilugio, Borges instala la tesis de que leer un texto es, inexorablemente, transformar la obra que en él se sustenta.

Si la identidad de la obra depende de una interpretación, y cada interpretación diferente transforma el significado del texto, se da lugar a que la obra vea su identidad pulverizada por la diseminación de la interpretación. Un mismo fragmento del Quijote cambia de significado, según Borges, por el solo hecho de que haya sido escrito por Cervantes o por Menard. O mejor aún, esos fragmentos son interpretados de una forma en la época de Cervantes y de otra en la época de Menard. Por ejemplo, el predicado “estar escrito en estilo arcaizante” no es aplicable para un lector contemporáneo de Cervantes y sí lo es para un lector contemporáneo de Menard. (Sin embargo, no es la situación de todo predicado, pues “estar escrito en el idioma español del siglo xvii” se aplica al texto en cualquier tiempo y lugar).

Las diferencias entre los Quijotes de Cervantes y de Menard se dan en el plano de la realización, pues estas obras funcionan estéticamente de distintas maneras, dando lugar a diversas interpretaciones de su significación literaria. Borges tiene toda la razón en establecer un contraste entre ambos Quijotes en el plano estético. Y no creo que haya mayor controversia acerca de que la lectura es el factor más importante en la realización de una obra literaria.

Finalmente vemos que, en todo caso, cuando Borges se designa lector antes que escritor, no hace sino llamarnos la atención sobre el hecho inexorable de que todo escritor se obliga a pagar el precio de su osadía: ser leído y, con ello, exponerse al devenir anónimo de la literatura.

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