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Invocación a la patria

El autor de Loyola (Paradiso, 2005) explora la pluralidad de significados de la palabra “patria” exponiendo tanto las antinomias que se evocan en su nombre como los lazos de fraternidad que su enunciación propicia.

Vocablo de ambicioso destino, patria resulta una imprecisa construcción inscripta en la eterna antinomia entre lo uno y lo diverso. De todos y de nadie, la idea remite al manto que el joven Sócrates invoca en el Parménides para sostener una porfía condenada al fracaso. Quizás ninguna cultura haya prodigado tanta veneración a la patria como la antigüedad clásica. Aun con límites imprecisos, constituía uno de los bienes más preciados para el griego, al punto que el ostracismo tenía tanto o más peso que la muerte. Sócrates mismo pudiendo huir se inmola en la cicuta por no concebir la vida lejos de ella.

Tan linda la imagen que abre, tan ardua su fonética, suele entenderse como el denominador común que une a quienes integran un mismo territorio, una tradición propia, una historia compartida, y porqué no, un anhelo común; esas mismas cosas que resumía la philia bajo la advocación del dios olímpico local. Claro que puestos a precisar aquellos conceptos corresponde aclarar el criterio para fijar límites a ese territorio, establecer tiempos históricos que distingan culturas superpuestas, diferenciar tradiciones regionales, y definir cuál sería el anhelo común que une a sus integrantes. Claramente, un propósito que excede el contenido de la palabra y admite una multitud de conjuntos beneficiarios dentro de la misma patria.

Como toda polisemia, más aún aquellas que escorzan aspectos culturales, afectivos e ideológicos, la patria acaba provocando significados dispares capaces de enfrentar posiciones y generar litigios. Al mismo tiempo tiene la maravillosa capacidad de atesorar esas disparidades, siempre bajo el mismo patrocinio. Si acaso nos quedáramos con esta amable figura, patria sería aquello que siendo público florece sentimientos de propiedad exclusiva, suficientemente intensos como para reaccionar ante lo que juzgamos un enemigo exterior. Pero, ¿en quién resulta genuino este sentimiento: en los variopintos grupos humanos que comparten un territorio nacional, en una etnia multinacional, en un continente amalgamado por una historia de conquista y expoliación, en un planeta invadido por fuerzas invasoras, en una galaxia amenazada por otra, o incluso en un individuo aislado frente al vecino lindero? Con tanta incertidumbre, el concepto acaba excediendo el mero límite espacial.

Como la amistad, la patria parece no reconocer sitios sino actitudes. El tono del idioma familiar oído en tierras lejanas despierta un espontáneo deseo fraterno con gusto a patria común. Aquel inútil manto socrático que cubría la cabeza de quienes permanecían debajo, equivaldría a ese colectivo único que reconoce cantidades múltiples, suerte de “uno diverso” que no aspira a ir por más, sino que en nuestro caso ofrece cobijo a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, grato sentimiento consignado en el Preámbulo de la Carta Magna. Nuestra patria no sólo no ejerce la deportación sino que acoge fraternalmente al extranjero. Así las cosas, resulta absurdo plantearlo, como ha sucedido con frecuencia, al modo de una dicotomía entre local y foráneo. La patria no enfrenta, incluye; no se arrebata, se ofrece. Nadie sensato puede imaginar que represente aquello que no es propio, a menos que detrás de la invocación se aspire a reimplantarla en cuerpos ajenos, fenómeno frecuente en sociedades prontas a la conquista, dispuestas a utilizar el término para individualizar misiles.

Entre nosotros el concepto patria ha merecido distintas lecturas a lo largo del tiempo, según los pares antinómicos que ocuparon sucesivamente el escenario nacional. Fue el criollo frente al realista, pero antes el nativo frente al conquistador; fue el federal ante el unitario, Facundo versus Martín Fierro, el señorito culto frente al malogrado gaucho; fue ese mismo gaucho rescatado como expresión vernácula frente a la inmigración; también la masa obrera contra la oligarquía terrateniente, y fue la clase media amalgamada en el primer radicalismo sensible al tentáculo inglés; fue el prístino peronismo opuesto al imperialismo crecido y creciente, el sindicalismo frente al empresariado liberal, e incluso la patria socialista junto a la peronista desangrada ante el fusil durante la roja noche del setenta; tampoco olvidemos el pañuelo blanco reclamando apariciones, y los muertos que dejó el primer bostezo del siglo rechazando el ajuste impuesto por la capital del mundo.

Ahora parece haber regresado aquel multitudinario 45, reformulado en el inverso 54, porcentaje electoral que pone sobre el tapete una nueva antinomia: las mayorías del corazón sobre la culta “exageración de la estadística”. Así como la mera inversión numérica apenas tangencia la verdad, también la patria suele invocarse falazmente para encarnar sentimientos veleidosos que sólo tienen aspiración sectorial, filigranas del pensamiento que desdeñan esa totalidad que la patria genuina reclama, y mucho autodenominado patriota se empeña en negar.

Patria… patria…, suena raro, pero lindo. Sería bueno salir en su búsqueda.

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