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Política y retórica en la Grecia Antigua

En La palabra y la ciudad, obra colectiva que acaba de ser editada por La Bestia Equilátera, se explora la mutua implicación entre la ciudad-Estado y la palabra en la Grecia clásica. Ofrecemos a nuestros lectores, como adelanto, el prólogo del libro.

 

  La palabra y la ciudad
  AA. VV.
  La Bestia Equilátera, 2012
  352 páginas

 

 

 

 

 

 

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Si a partir de la segunda mitad del siglo XX la filosofía conoce una suerte de cambio de paradigma que desde la tradición anglosajona se bautizó con el nombre de giro lingüístico, ello coincide con un movimiento de escala mayor, más allá de la filosofía y más allá de la tradición anglosajona, que apunta a una reconsideración general del rol constituyente del lenguaje en las distintas ramas del saber y del hacer humanos. En este marco debe situarse la rehabilitación contemporánea de la retórica, cuya magnitud y alcance para las más variadas disciplinas justifican que, correlativamente, se hable de un auténtico giro retórico. La expresión linguistic turn nombra un desplazamiento del centro de gravedad del discurso filosófico. Adquiere preponderancia una consideración del lenguaje como objeto, método y forma del pensar, a partir del cual se pueden replantear y resolver los problemas tradicionales. A pesar de que es a fines de la década del sesenta del siglo XX cuando Richard Rorty popularizó la expresión, el giro lingüístico en filosofía se fue preparando desde el siglo XVIII y, especialmente, desde la segunda mitad del XIX, para volverse dominante en el curso del siglo XX[1].

El enfoque que le otorga preeminencia al lenguaje se afirma definitivamente en la filosofía con Nietzsche, Wittgenstein y Heidegger. Nietzsche confiere al lenguaje y a la retórica cartas de legitimidad definitivas en el discurso filosófico: incluso los conceptos más abstractos son originariamente metáforas. Wittgenstein, por su parte, suele ser estudiado en dos períodos escindidos que en realidad son uno solo si se tiene en cuenta que para él la filosofía no debe teorizar acerca del mundo sino estudiar el discurso a partir del cual el mundo tiene sentido para el ser humano (tanto en sí mismo, pretendiendo clarificar sus presupuestos, como en la multiplicidad de juegos de lenguaje en que se articula socialmente). Heidegger, por último, analiza la constitución de la existencia humana a través del prisma del lenguaje, enfatizando que existir en el mundo es para los seres humanos interpretar, y nuestra realidad depende del sistema de significaciones por las cuales nosotros la interpretamos. Para Heidegger, así como para la filosofía del siglo XX, el lenguaje es la casa del ser.

De estas perspectivas han abrevado diversos pensadores contemporáneos de las más diversas procedencias y tradiciones que comparten un interés común en los constituyentes lingüísticos del fenómeno humano[2]. Actualmente no podemos dejar de ver en el lenguaje el elemento determinante de nuestras formas de pensamiento y de acción; lo consideramos clave en la conformación de nuestra personalidad y en nuestro proceso de socialización y convivencia con otros desde las más tempranas fases de la existencia. El discurso lejos está de ser considerado un mero medio de expresar pensamientos y es concebido precisamente como aquello que les da forma. En nuestras sociedades de la información y de la comunicación en red se torna cada vez más transparente el hecho de que la identidad personal, el pensamiento, la conciencia, el lazo intersubjetivo, la autoridad y la política se forman y proliferan a través de mediaciones discursivas.

Las rehabilitaciones que el arte de la palabra ha recibido en el curso del así llamado giro retórico se expresan, por un lado, en el notable crecimiento de su campo de aplicación. La inmensa multiplicación de los modos de la comunicación pública que se ha producido desde los últimos decenios del siglo XX –radio, cine, televisión, Internet, telefonía celular, redes sociales, blogs– se encuentra estrechamente ligada a dicho crecimiento. En ese sentido, la proliferación contemporánea de diversas modalidades de cursos de retórica y oratoria ha extendido y diversificado insospechadamente el alcance de la disciplina. El núcleo que comparten todos estos cursos es la oferta de criterios para comunicar bien, para vencer las resistencias del interlocutor, para convencer: “buscan desarrollar estrategias y habilidades cuya finalidad es capturar y orientar la atención, estimular el interés y producir el consenso, es decir, una concepción absolutamente clásica de la retórica, concebida como arte orientada a la persuasión, tékhne rhetoriké entendida como artífice de la persuasión (peithoûs demiourgós)”[3].

Por otro lado, el explosivo resurgimiento de las retóricas contemporáneas se expresó a través de la ruptura con la concepción restrictiva de una retórica meramente literaria, confinada al análisis de la literatura o al manual de estilo. La disciplina excedió los estrechos límites que los parámetros de cientificidad de la modernidad le habían trazado, y a partir de la segunda mitad del siglo XX se fue integrando funcionalmente con las más diversas áreas del saber, para las que se volvió cada vez más relevante el fenómeno de la comunicación dirigida a persuadir. Así, los movimientos de apropiación de las herramientas de la retórica han excedido en mucho el alcance de la filosofía, involucrando las más variadas áreas del saber, desde la física y la biología hasta la sociología, la economía y la antropología, pasando por el derecho, la psicología, la medicina, la lingüística, el marketing, la ciencia política, la crítica literaria, las ciencias de la educación, los estudios comunicacionales y las neurociencias.

El giro retórico en el ámbito específico de la filosofía y las ciencias humanas se ha forjado al calor de la idea de que todo discurso constituye una prâxis y, como tal, un acontecimiento que se inserta siempre en un determinado marco espacial y temporal. Se fuerza así una apertura del concepto de racionalidad al reivindicar el papel de los tropos (analogías y metáforas, sinécdoques, etc.), la importancia de los aspectos pragmáticos del discurso, de las normas que rigen las interacciones, de los tópicos argumentativos puestos en juego y de otros recursos discursivos estrechamente vinculados a la persuasión en las diversas ramas del saber. Lejos de ir reñidos con la razón, tales recursos surgirían de una comprensión integrada de todas sus aristas. La nueva retórica apunta así a un estudio de las reglas para alcanzar un discurso persuasivo atendiendo a las situaciones particulares y a las motivaciones de los agentes. De ahí que “los modos de decir” sean considerados elementos de primer orden en la construcción del discurso. En este sentido, el giro retórico ha puesto en primer plano las insuficiencias del modelo deductivo y de una idea estrecha de conocimiento. Mientras que la argumentación es concebida por la lógica como una cadena de enunciados conectados entre sí que constituye una estructura abstracta, sin relación o dependencia con respecto al contexto, la retórica, en cambio, asume el lenguaje en toda su complejidad al suponerlo como un acto concreto que se inserta en una contingencia en la que la palabra se entreteje con la historia y con la política. Todas las verdades aparecen hoy situadas en el tiempo y condicionadas política e históricamente. A partir del rechazo de las clásicas oposiciones entre razón y persuasión, por un lado, y pensamiento y expresión, por otro, el conocimiento ha pasado a ser considerado más bien como constituido poética y políticamente, como el producto de una acción comunicativa incrustada en la historia. La performatividad del lenguaje implicada en las conceptualizaciones contemporáneas de “lo político” es una clara expresión de la fuerte imbricación entre retórica y política en el contexto actual: “detrás de esta insistencia topológica está la convicción de que la retórica habrá de jugar un papel cada vez más crucial en las ciencias humanas, una vez que estas se inclinen –como ya lo están haciendo– a reconocer la centralidad de los procesos discursivos en la construcción de los vínculos sociales”[4].

Este reposicionamiento de la retórica condujo a la eliminación de fronteras rígidas entre tipos de lenguaje o géneros discursivos y a poner en primer plano el marco social y político en que se ofrecen los argumentos: la razón está social y políticamente construida.

En este contexto, resulta por demás fecundo volver sobre las huellas que los filósofos, oradores, historiadores y poetas de la Antigua Grecia imprimieron en el subsuelo de nuestras ideas, palabras y mentalidades contemporáneas. En esta dirección se mueve el presente libro, que ofrece un recorrido de conjunto a través de la relación entre palabra, persuasión y poder en los pensadores griegos que contribuyeron –desde Homero hasta Aristóteles– a forjar los cánones de la cultura occidental y que, hoy en día, nos brindan prismas mediante los cuales es posible comprender y actualizar las formas en que concebimos y practicamos las disciplinas científicas, artísticas y filosóficas, no menos que los modos en que nos relacionamos con la palabra dentro de nuestras instituciones políticas contemporáneas.

La obra colectiva que presentamos, fruto de una investigación conjunta realizada durante 2008-2011 en el marco de un proyecto subsidiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (PICT 2006-00083, “Lógos, persuasión y poder en Platón y Aristóteles”), se concibe a partir de la idea de que palabra, persuasión y política participan de un vínculo íntimo y originario a lo largo de la historia. A la luz de esta tesis, el presente libro se propone investigar específicamente los modos en que los griegos tipificaron dicho nexo y sellaron así una continuidad entre política palabra que condicionaría el léxico político de Occidente y que no deja de ser objeto de las más variadas rehabilitaciones.

Nos proponemos encuadrar y caracterizar la escena de emergencia, afirmación y discusión de la retórica griega principalmente a través de la lente del discurso filosófico. Nos interesa focalizar especialmente esta contribución en el panorama del debate de los siglos V y IV a. C., provocado en Atenas por el auge de una técnica de la palabra estrechamente vinculada al movimiento sofístico, que constituyó el blanco predilecto de ataque de los grandes filósofos del siglo IV, Platón y Aristóteles. De modo que el libro pretende en primer término recorrer el hilo polémico que en torno del nudo palabra-persuasión-poder enfrentó en la Antigua Grecia a dos formas del discurso filosófico, sofistas vs. filósofos “sistemáticos” (secciones II y III). Con todo, dado que en ámbitos del saber ajenos al de la filosofía se ilumina la co-implicación entre palabra y pólis, esta investigación se proyecta hacia otros aspectos de la cultura griega clásica (sección I): por un lado, reconstruye en la epopeya y en la lírica griegas una proto-retórica que va configurando una concepción de la palabra persuasiva que desembocará en la idea de que el discurso constituye por sí mismo un hecho político; por otro lado, rastrea en movimientos culturales contemporáneos a la filosofía, tales como el teatro (tragedia y comedia), la historiografía y la oratoria, una reflexión explícita sobre la relación entre palabra y pólis.

El criterio que ha orientado el trabajo colectivo que se cristalizó en la producción de este libro coincide principalmente con la pretensión de evitar la lógica de la recopilación de artículos específicos sobre temas excesivamente puntuales y sin conexión entre sí. Fomentamos desde el primer momento una concepción orgánica de la obra, en la que los diferentes autores desarrollaran capítulos que dentro de sus intereses específicos no se escindieran del enfoque de conjunto que unifica el libro. A su vez, y si bien somos conscientes de haber mantenido en general un tono y un rigor de matriz académica, pretendimos evitar el tecnicismo que muchas veces hace de los estudios de filosofía antigua artefactos culturales tan sofisticados y complejos que solo terminan siendo consultados por especialistas. Desde un comienzo encaramos la producción de este escrito pensando en un lector medio interesado en las humanidades, aunque no necesariamente dotado de conocimientos previos en el área de la cultura clásica.

El análisis que ofrecemos procede no solo de manera diacrónica sino también sincrónicamente. Además de una línea expositiva histórica que pone de manifiesto las formas en que los diversos géneros discursivos de la Grecia clásica van dialogando con el fenómeno de la retórica (y sus antecedentes) entre los siglos VIII y IV a. C., el análisis se halla atravesado por ciertos núcleos conceptuales recurrentes en todos los capítulos: persuasión (peithó), verdad (alétheia), palabra/discurso/razón (lógos), refutación (élenchos), acuerdo (homónoiahomología), opinión (dóxa) y poder (dúnamisarché). Se potencia así un abordaje interdisciplinario, que articula los diferentes aspectos (gnoseológicos, metodológicos, estéticos, metafísicos, jurídicos y ético-políticos) de la problemática apuntada.

Hemos dividido nuestra exposición en trece capítulos dispuestos en tres secciones. Los capítulos se encuentran antecedidos por una introducción, a cargo de Gabriel Livov y Pilar Spangenberg, que reconstruye el contexto histórico-conceptual en que retórica y política se anudaron y condicionaron recíprocamente en los siglos V y IV a. C. en Grecia. La sección I (“Retórica en contexto”) refiere al modo en que la retórica impactó en diversos aspectos de la cultura griega: épica y lírica (cap. I), historiografía (cap. II), tragedia (cap. III), comedia (cap. IV) y oratoria (cap. V).

En el capítulo I de la sección I, Martín Forciniti y Pilar Spangenberg abordan textos de Homero, Hesíodo, Píndaro y Simónides con el objeto de reconstruir el mapa en que se insertan las nociones de lógos y persuasión antes de la conceptualización teórica y el intento de sistematización y “tecnificación” representado por los oradores del siglo V. El capítulo se introduce en un campo conceptual delimitado por las nociones de lógos, persuasión, verdad, falsedad y engaño, a partir de cuya relación podremos percibir de qué manera se va configurando una proto-retórica que concibe la palabra persuasiva como un don divino. Se examina, asimismo, el modo en que la lírica, a través de la figura de Simónides, sellaría lo que se conoce como proceso de secularización de la palabra.

El capítulo II, a cargo de Gastón Basile, propone una articulación entre los presupuestos inherentes a las doctrinas y a las prácticas retóricas de mediados del siglo V desplegados por la sofística, por un lado, y, por el otro, el surgimiento de un nuevo género discursivo, la historiografía, cuyos testimonios son la obra de Heródoto y de su sucesor, Tucídides. Las Historias de Heródoto son abordadas para estudiar la incidencia de la sofística en la operación historiográfica a través de la cual las “opiniones” de los otros, independientemente de su procedencia o extracción, se constituyen como “fuentes” históricas. El examen de la obra de Tucídides, por otra parte, revela una concepción del discurso de clara inspiración sofística. Su obra, según se propone, resulta incomprensible si se prescinde del ambiente sofístico-retórico en el que se gestó. Y esto se exhibe con claridad tanto en la técnica compositiva de las célebres antilogías como en el dispositivo enunciativo del texto en su conjunto.

Con el fin de exhibir la relevancia que el uso de la palabra tuvo en la tragedia griega, Esteban Bieda, en el capítulo III, analiza una serie de pasajes de la obra de los tres grandes trágicos atenienses –Esquilo, Sófocles y Eurípides– para mostrar el modo en que retórica y tragedia configuran campos de mutua influencia: por un lado, la retórica impactó sobre el campo de la dramaturgia trágica; por otro, se nutrió de recursos poéticos y aportó instrumentos expresivos para emplazar el discurso en una dimensión pública. Así, se busca mostrar no solo la relación bilateral entre ellas, sino también la importancia de leer a los tres grandes trágicos atenienses sobre el trasfondo de la pólis y sus instituciones.

En el capítulo IV, María Jimena Schere analiza la imagen que la comedia de Aristófanes construye de la retórica y su relación con la política. A pesar de la visión ampliamente extendida según la cual el comediógrafo ateniense es adverso a la práctica de la retórica, tan estrechamente vinculada en Atenas a la democracia objeto de sus críticas, se defiende aquí una visión más compleja de la imagen aristofánica de la retórica, a partir del estudio de la figura del demagogo Cleón y de los usos que adquiere el término rhétor (“orador”) en Caballeros. Se propone entonces una lectura según la cual Aristófanes, por un lado, advertiría a su público del peligro que el mal uso de la retórica conlleva para la vida política, y, por otro, contemplaría a su vez la posibilidad de una práctica de la palabra beneficiosa para la pólis.

El capítulo V, a cargo de Marisa Divenosa, explora ciertas líneas de pensamiento comunes a los diez oradores canónicos atenienses de los siglos V y IV a. C. La autora analiza allí el modo en que las reflexiones sofísticas y filosóficas sobre la relación entre discurso y realidad impactarán en el conjunto de los oradores áticos. Para ello se enfoca en un primer momento el pensamiento de Isócrates, cuando aparece más nítidamente el esfuerzo por hacer compatible el trabajo de la persuasión con un compromiso intelectual y político. En un segundo término, y para avanzar sobre la propuesta de representatividad de Isócrates respecto de los otros oradores áticos, se examinan ciertos discursos de Lisias y Demóstenes para exhibir los rasgos comunes respecto de las estrategias persuasivas isocrateas. Luego de presentar el marco en que la relación entre retórica y política se caracterizó en diferentes géneros discursivos del campo del saber griego, pasamos a las siguientes secciones del presente libro (II y III), que se centran sobre el discurso filosófico en torno a los escritos de Parménides, Gorgias, Protágoras, Critias, Antifonte, Hipias, Platón y Aristóteles.

La sección II (“La retórica en el discurso filosófico”) analiza el modo en que el pensamiento de los filósofos griegos clásicos relaciona la palabra, la persuasión y el poder estrechamente con el par conceptual verdad (alétheia)/opinión (dóxa). La sección se despliega en tres momentos fundamentales. El primer momento (cap. VI) refiere a Parménides, quien configura la escena a partir de la cual comienza la reflexión filosófica acerca de estos temas. El eléata estructura las relaciones entre la palabra, el pensamiento, el discurso persuasivo y la acción sobre la base de una antítesis fundante entre verdad y opinión. El segundo momento corresponde al pensamiento sofístico. Allí emerge claramente una tematización explícita de la palabra persuasiva, en las figuras centrales de Protágoras y Gorgias (capítulos VII y VIII). La inflexión que los sofistas introducen en la articulación parmenídea entre verdad y falsedad consiste en la disolución de la distinción (krísis), así como en la inversión de la relación de sujeción entre palabras y cosas: no es el ser el que determina la palabra, sino a la inversa, la palabra (y la opinión) determinan al ser. El tercer momento abarca el pensamiento filosófico del siglo IV a. C. en sus exponentes principales, Platón (GorgiasFedro en el cap. IX) y Aristóteles (RetóricaPolítica en el cap. X). Ambos comparten el horizonte polémico antisofístico expresado en una misma voluntad de rehabilitación del concepto de verdad de Parménides (ese padre venerable y terrible, según Teet. 183e)[5]. Ambos buscan anclar la verdad a un soporte de realidad firme y constante independiente de la errática confrontación de pareceres y apareceres entre los mortales, y ponen en acto una común voluntad de subordinación de la retórica a la filosofía. Así, los tres momentos en que se subdivide la sección II –Parménides, sofistas y filósofos– pueden leerse en sucesión cronológica y problemática, bajo el hilo conductor de un sistema metafórico que los enlaza a través de las figuras del padre, los hijos y la herencia en disputa.

En el capítulo VI, el primero de esta segunda sección, Gabriel Livov y Pilar Spangenberg analizan las relaciones entre discurso, persuasión y poder en el poema de Parménides. Se remarcan las rupturas y las continuidades entre el eléata y los “maestros de verdad” de la Grecia clásica. Se constata que Parménides modifica el modelo poético de la ambigüedad y lo complejiza a partir de un esquema disyuntivo que opone como series excluyentes la verdad y la opinión. Se investiga asimismo la filiación del vocabulario filosófico parmenídeo respecto de las formas y conceptos jurídicos de la pólis, mostrando hasta qué punto la palabra y el poder se vinculan con una regularidad cósmica omniabarcativa que los subsume y los sostiene.

El pensamiento de Gorgias constituye el objeto de estudio del capítulo VII, en el que Pilar Spangenberg examina la compleja relación que el pensador y orador de Leontinos establece entre ser, pensamiento y discurso. Se analiza el modo en que Gorgias invierte la ontología parmenídea diseñando una logología que entiende el ser como efecto del decir. Allana así el camino, según se intenta mostrar, para la emergencia del lógos persuasivo todopoderoso, que se sustrae del ámbito de la poesía para volcarse a la política.

El capítulo VIII gira en torno a ciertas doctrinas de Protágoras que pusieron en crisis la noción de verdad y determinaron una manera nueva de concebir la palabra en relación con la política. A partir del análisis de diversos fragmentos Pilar Spangenberg muestra que, sobre la base del pensamiento político del sofista de Abdera, la tesis de la homo mensura asume pleno sentido, pues buscaría en definitiva legitimar y ofrecer una base teórica a la isegoría, institución de la democracia ateniense de fines del siglo V y principios del IV a. C.

En el capítulo IX, Martín Forciniti rastrea la concepción platónica de la retórica y su vinculación con la política a partir de un análisis del Gorgias, diálogo en el cual Platón escenifica un aguerrido combate entre retórica y filosofía. Luego de establecer las características antagónicas con que cada bando –el de los oradores, por un lado, y el de Sócrates, encarnando la filosofía, por otro– concibe el uso de la palabra, se exponen las concepciones contrapuestas acerca del poder sostenidas por los oradores y el filósofo. Frente a la pretensión del personaje de Gorgias de hacer de la retórica la técnica suprema en las ciudades, se exhibe, asimismo, la clara voluntad de subordinar la retórica a la política por parte de Sócrates. A este capítulo se anexa una breve reflexión de Pilar Spangenberg acerca del modo en que se retoma esta concepción en el Fedro, diálogo en el que Platón vuelve sobre la problemática de la retórica.

En el capítulo X, Gabriel Livov explora los modos aristotélicos de definir e integrar la retórica en el marco de su análisis sistemático del saber humano. En primer lugar se abordan las rupturas y continuidades entre el pensador de Estagira y una tradición retórica cuya existencia reconoce y cuyas insuficiencias analiza y, a su modo, intenta superar. En segunda instancia se presentan las diversas caracterizaciones que Aristóteles ofrece de la técnica retórica, principalmente en sus vínculos con la dialéctica, en sus formas de tematizar los medios de persuasión más pertinentes para cada caso y en las diversas clases de prueba. Finalmente, se analiza la relación que el filósofo establece entre la retórica y la filosofía política dentro de su jerarquización de los saberes.

La sección III (“Retórica en acción”) retoma el agón entre los sofistas, Platón y Aristóteles desde una perspectiva en la que la retórica se ve confrontada con la problemática de su eficacia y con el conjunto de condiciones, posibilidades y riesgos que anidan en la dimensión de su puesta en práctica. En esta última sección de la obra pasan a un primer plano cuestiones vinculadas a la eficacia de la palabra a la hora de conformar un orden político y a la conflictiva relación entre política, retórica y verdad. Para los sofistas, el lógos se convierte en el sostén decisivo de una ley concebida no como verdad sino como fruto del acuerdo intersubjetivo de los individuos a través de la figura del contrato (cap. XI). Para los filósofos, el orador que pretende persuadir a auditorios públicos no puede limitarse meramente a decir la verdad, y debe preocuparse por apelar a los medios discursivos necesarios para que dicha verdad se imponga y determine el curso de acción pretendido (caps. XII y XIII).

En el capítulo XI, Lucas Álvarez examina los primeros esbozos de la teoría política contractualista en los sofistas de la segunda mitad del siglo V a. C. Luego de repasar los razonamientos atribuidos a Hipias y a Licofrón, se detiene en la exposición que Platón le atribuye a Glaucón en el libro II de República, donde se ofrece una serie de variables que, vinculadas a la idea del pacto como origen de la política, se encuentran en todos los planteos sofísticos que lo anteceden. La tensión de los pares invisible/visible y privado/público aparece tanto en el planteo de Critias como en los de Protágoras y Antifonte. Se exhibe el modo en que, en todos estos autores, al franquear los límites del espacio privado –el de la invisibilidad, el del secreto–, los ciudadanos se enfrentan a sus pares y allí, en la arena pública, las instancias en las que se juegan los destinos de la ciudad son el decir persuasivo y el aparecer ante los otros.

El capítulo XII está dedicado al tratamiento de la “noble mentira” en República. De allí surge que Platón no es ajeno al hecho de que la verdad por sí sola puede resultar insuficiente a la hora de persuadir. La implementación de una noble mentira en el contexto de la pólis ideal delataría su interés por desarrollar estrategias argumentativas orientadas a persuadir a través de discursos cuya efectividad depende del ejercicio de la mentira. El capítulo está articulado en dos partes. La primera, a cargo de Graciela Marcos, aborda la resignificación platónica del concepto de falsedad (pseûdos), encaminada a despojarlo de un matiz forzosamente peyorativo. La segunda, escrita por Julián Macías, se ocupa de la aplicación al escenario político de las distinciones conceptuales trazadas en la primera parte, que resultarán claves para la justificación del uso de la mentira por parte de los gobernantes del Estado ideal.

Finalmente, en el capítulo XIII, Gabriel Livov intenta profundizar la comprensión del carácter por naturaleza de la politicidad aristotélica, para lo cual reconstruye la vinculación entre la tesis del ser humano como animal político y su especificidad en tanto ser vivo dotado de lógos, destacando el rol de la persuasión y de la retórica en la conformación de tal vínculo. Asimismo, explora el modo en que el lógos se actualiza según la técnica diseñada en la Retórica para intervenir eficazmente en la ciudad-Estado. Tal actualización supondría eventualmente poner en práctica recursos que apelen a las pasiones y caigan por fuera de una técnica de la palabra racional y pertinente. Esto conduce a una reflexión final en torno al problema de un aparente desajuste entre la teoría y la práctica de la retórica aristotélica.
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[1] Desde Vico y Condillac hasta Hamann, Herder y Von Humboldt, en el siglo XVIII se delineó una alternativa a la moderna filosofía de la conciencia de matriz cartesiana y kantiana, focalizada ya no en las representaciones mentales de un yo pienso sin deudas significativas con el lenguaje sino en el rol constituyente que el discurso juega en la conformación de la vida psíquica –individual y colectiva– de los seres humanos. Con el Curso de lingüística general de De Saussure y con la prolífica obra de Peirce se inaugura el giro semiótico por el cual no se concibe la posibilidad de un pensamiento sin signos y según el cual es el lenguaje el que organiza el pensamiento (y no viceversa): no existen ideas preexistentes a su articulación-expresión lingüística (para esto y para lo que sigue, consultar Rojas Osorio, 2006).

[2] Gadamer, Brunner, Schmitt, Koselleck, Freud, Voloshinov, Benjamin, Scholem, Derrida, Lacan, Levi-Strauss, Perelman, Austin, Searle, Deleuze, Foucault, Lyotard, Apel, Habermas, Rorty, Blumenberg, Skinner, Pocock, Laclau, entre otros.

[3] Rossetti, 2010, p. 69.

[4] Laclau, 2002, p. 8.

[5] Las abreviaturas de las fuentes griegas utilizadas se detallan al final del volumen.

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