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El café

Este breve ensayo traza una “geografía espiritual del café” en la cual el silencio y el sentimiento religioso se destacan como modos locales de habitar dicho espacio. El texto que publicamos en formato digital pertenece al diario La Nación del día 4 de junio de 1950.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El café es el ágora. O sea, el campo más humano de la ciudad, porque en él se dirimen cuestiones comunitarias, económicas, estéticas, morales, deportivas, filosóficas, en suma, las abstractas, las que distinguen al hombre como animal político. Porque con el simple hecho de estar allí el hombre ha rebasado ya el círculo de las funciones animales de la familia, se ha atrevido a ese precario y seductor mundo nuevo que le fue dado: la inteligencia. Y también es el más humano porque, a la inversa, en el ámbito intelectualizado de la ciudad, entre el pernicioso afán cotidiano de las reuniones de hombres especializados, en el café el azar asegura siempre la espontaneidad, la instintiva vivacidad del diálogo. A un club deportivo, a una reunión de negociantes o artistas, se va a hablar de temas convenidos, y esas convenciones, como se sabe, acaban por enrarecer, por pervertir todo impulso. Pero a un café no se va a hablar de nada, sino que se va a hablar de todo, y cada uno puede hacerlo de lo que más le apremia, con la certidumbre de que será seguido mientras toque una cuerda también tensa en los otros. Claro que no más, pues la verdad de los intereses naturales sigue rigiendo en la vida mental del café. ¿Y qué manifiesta esa verdad entre nosotros? Porque nosotros vamos al ágora, pero, precisamente, no hablamos. Los cafés son aquí, salvo en raros momentos, la negación del café tal como se lo entiende en sus lugares de origen, entre los franceses, los españoles, los italianos. Entre los argentinos –los únicos americanos que hemos prolongado realmente ese hábito europeo– sentarse a la mesa de un café es apartarse del río de la vida concreta, pero no para iniciar el diálogo, el espíritu. Entramos en el café para quedarnos en silencio. Podemos cambiar algunas palabras con nuestros acompañantes, pero el cariz de esas mismas palabras viene a confirmar que lo que hacemos es permanecer en silencio. ¿Desprecio por la vida? ¿Escepticismo? ¿Agotamiento? Son actitudes en las que a veces llegamos a creer, que incluso ostentamos como si fueran profundas, y que permitimos que nos enrostren como las faltas más ciertas. Pero son ciertas sólo en cuanto sirven a la curiosa necesidad de ocultar lo opuesto: un sentimiento religioso. Porque el silencio, aun cuando nos amordaza leve y trivialmente en el quehacer de cada día, traduce siempre el sentimiento religioso, revela contemplación de lo no natural, la paralización que imponen lo misterioso, la muerte, el dios, aquello de lo que no se habla y que es de lo que nosotros menos hablamos. Es que muchas fuerzas desconocidas se agolpan en este mundo nuevo de América, y la vieja sangre siente el renacer del miedo a las cosas sin nombre, de la religión. La mente europea que tenemos ve sus esquemas sutil pero fuertemente trastornados por este orbe todavía demasiado ajeno, y no podemos arriesgarnos a juzgar con libertad, a entrar con certeza en la palabra. Necesitamos alejarnos de la familia, porque nuestro espíritu quiere levantarse sobre ese plano rudimentario, pero el diálogo nos está vedado porque las palabras de otras tierras caducaron y aún no hemos intentado nuestros nombres para las fuerzas que nos circundan. Que el café, con lo profano de su mercantilismo, constituya aquí el templo es la pauta de nuestro problema de tener que acomodar nuestros impulsos primarios a un mundo cuya complejidad histórica resulta sobremanera lesiva. Porque: ¿acaso el silencio del hombre del café no sería por cierto mucho más congruente en un templo? Y, sin embargo, una frase así le parecería un absurdo o una broma. La época le ha cerrado los oídos para esa comprensión, porque la época ha carcomido los templos. De ahí que ese hombre tenga que rebajar su religiosidad a un café, y perturbar el café con su religiosidad, De ahí que sea un místico sin objeto de adoración, una religiosidad lanzada al vacío. Pero ese sentimiento terminará por encontrar su objeto, por morder el mundo. Lo dice la misma geografía espiritual del café. Porque lo que todos buscamos es la periferia ventanal, a donde arrastra la nostalgia de esa vida que transcurre al borde, el ansia de comprenderla para poder penetrar en ella sin ser rechazados. La calle es así lo que realmente da sentido al estar en el café, y ese estar existe y se prolonga en función de la calle, de la vida. No hay que confundirse con la región mediterránea; parece contradecir la necesidad de ventanas, pero la verdad es que se la habita únicamente por mala suerte y para mirar aún con mayor nostalgia hacia la calle, desde atrás de los que han llegado antes. La imagen ideal del café no la incluye. Y sólo no la esquivan los negociantes y aquellos a quienes urge el hambre repentina, pero ésos son los que el café tolera sin que le pertenezcan. La otra zona real es la del juego, la de los billares, el dominó y la baraja: el infierno. En ella recalan los réprobos, los que no tienen fuerza para esperar junto a las ventanas, y se sumen en el círculo cerrado y sin esperanzas de la diversión; los engañados por la experiencia y los adolescentes que esgrimen la experiencia en su forma más drástica como modo de protesta. Es el infierno porque es el café encerrado en sí mismo, un orden clausurado a todo, sin vida, una especie de mundo sin dios. O la ventana o el juego; no hay términos medios: eso dice la geografía del café. Los dos extremos son religiosos –el uno positivo, el otro negativo–, y enuncian una noble materia, una religiosidad sustancial que aunque se invierta no cede, no se debilita. Una materia que acabará por fructificar. Cuando hayamos forjado nuestras palabras para las cosas que laten en la calle, para la vida, cuando empecemos a comprender a las fuerzas que nos rodean, a confiar en ellas.

 

* La Nación, 4 de junio de 1950.

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