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Una dramaturgia minimalista

En La de Vicente López y otros textos teatrales (Colihue, 2012), Julio Chávez narra de forma minimalista una realidad en la que, a la vez, nos reconocemos y nos desconocemos.

 

La de Vicente López y otros textos teatrales
Julio Chávez
Colihue, 2012
158 páginas

 

 

 

 

En La de Vicente López y otros textos teatrales, basta un espacio y un objeto cualquiera para crear situación, situaciones. Chávez no inventa nada: detiene. Se detiene, por ejemplo, en una cena de Año Nuevo, en el caso de la obra que da título al libro, y nos invita a entrar allí como se llega a las propias: cómodos por saber lo que va a pasar, previendo los temas de las conversaciones, con sus acostumbradas derivas grotescas, y las peleas sin sentido que, aunque intenten evitarse, se sucederán siempre.

Algo de ese costumbrismo, de la caricatura, parece ligar a Chávez con el sainete criollo. Los estereotipos y las tribus están presentes continuamente en sus obras, y estos grupos, además, se encuentran siempre incomunicados, no porque no hablen entre sí (hablan mucho) sino porque, en el fondo, no se entienden. En una de esas tribus nos reconocemos de inmediato. Pero, más que nada, reconocemos la situación en general, situaciones que hemos vivido tantas veces que, en verdad, parecerían no decirnos nada.

Y nada dicen, en realidad, si por decir entendemos grandes discursos o enseñanzas que, por ejemplo, nos indicaran cómo comportarnos para, desde ahora, tener reuniones familiares más felices que La de Vicente López.  Pero minimalista, Chávez reduce la carga simbólica de sus textos al máximo, prácticamente anula todo discurso de ideas y permite, así, la aparición activa del espectador, puesto a prueba.

Hay que poner mucho de uno para que sus textos nos digan algo. Pero lo que nos regala Chávez es un momento privilegiado. Se detiene en una situación sencilla. Esa detención, sin embargo, nada tiene de ingenua, y habilita gradualmente la apertura: los pequeños roces intrafamiliares, las peleas, alguna que otra muestra de cariño. Pero no termina allí. Luego del aparente realismo de un mundo iniciado pero nunca clausurado en la contigüidad con nuestro entorno social, Chávez introduce una amenaza de violencia que va creciendo, o actos absurdos que nos sorprenden. Es por eso que continuamente nos reconocemos y nos desconocemos. Gracias a su exquisita escucha oral, Chávez consigue que los personajes se comporten y hablen como nosotros, pero de pronto nos encontramos con los mismos personajes en situaciones en las que, querríamos creer, nosotros no nos comportaríamos así. El elemento de humor nos resguarda a veces. Pero hay una fibra trágica latiendo. Queremos correr los ojos de ese inconsciente colectivo que se nos está mostrando, pero no podemos dejar de ver. Porque, en verdad, resulta que somos demasiado parecidos a ellos.

En sus obras no hay discursos asfixiantes, no hay verdades que proclamar a los gritos. Heredero de Chejóv, de Carver, Chávez intuye que la realidad no está hecha de sucesos extraordinarios sino, si escuchamos bien, de balbuceos. Idas y venidas en nuestras pequeñas creencias, maltratos, amores y peleas de cada día. Los pequeños sucesos en los que, sin embargo, parece jugarse la vida entera.

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