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La 31 (una novela precaria)

Presentamos aquí, como adelanto, los primeros cinco capítulos de La 31 (una novela precaria), próxima novela del escritor argentino Ariel Magnus, que será publicada en breve por la editorial Interzona.

1. Agustina (o La fortuna de la maldad)

Cuando Agustina se dio vuelta notó que ya no había nadie. O sea gente había mucha, una densidad de shopping los días de lluvia, pero eran todos villeros, sus colegas de la ONG “La villa en la vida” se habían esfumado sin dejar rastros, como abducidos por un plato volador. Primero se había distraído por hablar con el chico de las rastas, al que le había dado la tarjeta de la agencia de su marido, donde buscaban una persona con aspecto de músico jamaiquino para una publicidad. Pero lo que realmente la había hecho olvidarse por completo del grupo con que había entrado en la villa 31 de Retiro fue la imagen de una nena de unos cinco años que pasó cargando en brazos a otra nena menor, prácticamente un bebé, pero que de cuerpo era casi más grande que ella misma. A la cabeza de Agustina acudió la imagen de una hormiga transportando una hoja que la dobla en tamaño, acompañada de un pensamiento menos inquietante que absurdo, y por absurdo doblemente inquietante: esa nena se estaba robando al bebé. Descalza y semidesnuda, la nena fue balanceándose junto a lo que seguramente no fuera más que el hermanito que le habían dejado a cargo hasta alcanzar al grupo de chicos en el lado opuesto de la esquina, o de la plaza, o como se llamara ese rectángulo irregular, oblongo, que por cierto también tenían los shoppings, en el que confluían varios pasillos, en este caso con sus riachos de agua podrida. El tercer y último factor de distracción, estos jóvenes en shorts y torso descubierto, con cadenitas colgando del cuello y zapatillas vistosas, estaban parados alrededor de un enorme equipo de música a todo volumen, una especie de ovni plateado y lleno de luces que había caído en ese lugar tan terrícola vaya uno a saber cómo. Agustina supuso que debía valer más que la casa de su dueño, si es que el aparato tenía dueño y este a su vez una casa, y si es que se podía llamar casa a esos habitáculos. Del ovni salía a todo volumen un remix cumbiero de “Macarena”, una de sus canciones preferidas de los noventa, aunque en los noventa ella aún era una niña (ahora ya era una vieja de 25, como le decía su esposo), y por un momento estuvo tentada de plegarse al sutil bamboleo de caderas con que los chicos de cuerpos morenos y fibrosos acompañaban el ritmo de aquel viejo hit español. Cuando bailaba, bamboleando su cuerpo también joven y fibroso, aunque rubio, un cuerpo que estaba para darle alegría y cosa buena, Agustina se perdía por completo, se autoabducía del lugar, fuera cual fuera, y a su alrededor no quedaba nadie. En ese sentido inofensivo de la expresión fue que al girar sobre sus zapatillas de lona, especialmente elegidas para visitar la villa, Agustina, al no ver a sus colegas de la ONG (¿los habrían secuestrado?, ¿o la secuestrada, por exclusión, era ella?), sintió que no había nadie, por más de que ese era el peor insulto que se le podía hacer a toda esa gente, entre ellos los chicos de caras angulosas y ojos negros. Que no eran tan chicos, pensó Agustina, ahora que volvía a girar sobre sus zapatillas baratas (ese otro insulto subrepticio) y volvía a mirarlos, y ellos de pronto a ella. Instintivamente presionó hacia abajo la cartera que llevaba cruzada sobre el pecho, buscando que tapase la zona pélvica que hacía un segundo hubiera querido poner ostentosamente a bambolear. Su marido no le había dejado llevar celular por miedo a que se lo robasen (“Entre llevar algo a la villa y tirarlo a la basura no hay diferencia, y entre meterte ahí y autoviolarte con un palo de escoba la verdad es que tampoco”, le había dado su parecer cuando ella le anunció que empezaría a colaborar con la ONG), pero ahora lo hubiera donado con gusto, y hasta con crédito vitalicio, a cambio de que la dejaran usarlo por última vez. El único ovni ahí era ella, pensó Agustina, y no se le ocurrió ninguna cosa en toda la galaxia que no habría dado por teletransportarse de inmediato a la nave nodriza.

 

2. Villusa

– Ovni doce reportando a madre nodriza.

– Acá madre nodriza, adelante.

Al Lungo le resultaba un poco embarazoso hacer uso de ese código de película de ciencia ficción, pero lo cierto es que había surgido de una imagen propuesta por él mismo para explicar cómo funcionaría el operativo, que por cierto le seguía pareciendo de un futurismo casi utópico, aun cuando ya se estaba llevando a cabo. Lo inquietaba sobre todo el temor de que la irónica imagen, aprovechando que ya dominaba sus comunicaciones, acabara por instalarse en el mundo real, un poco como la expresión “villa miseria” se había convertido en un término neutro, en el que ya ni se oía lo irónico de la imagen. Inconfesablemente el Lungo temía que la 31 despegase hacia el más allá cuando todos los ovnis (camiones de caudales) arribaran en breve a su seno, un temor no mucho más absurdo que el plan del que había nacido, pues entre proponer que la revolución debe surgir en la villa y creer que no estamos solos en el universo no había tanta distancia, ni en lo incuestionable del razonamiento, ni en la dificultad de probarlo. Por lo demás, no solo ellos se llamaban extraterrestres entre sí, sino que también lo eran, al menos en el sentido de que en la ciudad se los trataba como si vinieran de otro mundo y estuvieran invadiendo la Tierra. Lo único que lo consolaba al Lungo era que no eran de tipo burgués, ni la metáfora que había elegido, ni el miedo a que se le tornara literal.

– Tenemo un problemita…

– ¿Jiuston ahora?

– ¿Eh?

– Nada, una cita al cohete. ¿Qué problemita?

Uno de comunicación, por lo pronto, pues tras algunos chisporroteos la voz dejó de escucharse. La pregunta incontestada le trajo a la memoria el último chiste del paragua Ríos, el opositor más férreo que había tenido su idea de fundar los Estados Unidos de la Miseria. Tiempo atrás, cuando el plan estaba en sus inicios, Ríos había preguntado al comité reunido en el bar de Roque si alguno sabía cuál era la diferencia entre un revolucionario y un boludo. Los otros giraron las cabezas, menos curiosos por conocer la distinción que concentrados en no dejarse tentar por el ingenio que aplicara Ríos para negarla, pero tentado él mismo por su chiste Ríos empezó a reírse a carcajada limpia, si es que algo en el bar de Roque podía arrogarse esa cualidad, hasta que le agarró un ataque de tos que recién se le pasó cuando sobrevino uno de vómitos, que al fin pudo superar cuando cayó de la silla y quedó inconsciente sobre la tierra.

Por esa época las ambulancias habían dejado de entrar hasta el fondo de la 31, al igual que la policía y cualquier otro vehículo oficial, incluidos los que hubiesen podido asfaltar e iluminar las calles para dejar a los otros sin excusa para no hacerlo. Este inconveniente habría sido dramático si al menos hubieran tenido un teléfono desde donde solicitar su presencia, pero también las líneas llevaban cortadas más tiempo del que habían estado en funcionamiento. Curiosamente, la imposibilidad incluso hipotética de acceder a los servicios sociales básicos no había favorecido sino más bien disminuido la ansiedad y la angustia de sus defraudados usuarios. Mejor una línea rota que una activa donde nadie atiende o da siempre ocupado, se consolaban. Fue así que el Lungo aprendió que agudizar las contradicciones fomentaba menos la revolución que la resignación, y a esa falla teórica del marxismo adjudicaba el fracaso de la lucha anticapitalista.

Ríos murió allí mismo, por falta de atención médica y en general por falta de una revolución que mejorara las condiciones de vida para todos, entre las que el Lungo incluía el empeoramiento de las de aquellos que tenían demasiado, pues quien nada en la abundancia, como contradictoriamente se dice, corre peligro de ahogarse, creía el Lungo. La incógnita irresuelta, por su parte, siguió sobrevolando las reuniones del comité, como si la respuesta fuera precisamente esa duda eterna acerca de cuál era la diferencia entre un idealista y un idiota, si la había. Por eso cuando alguien decía que Ríos se había llevado el secreto a la tumba, el Lungo retrucaba que en todo caso había sido el secreto quien se lo llevó a él. Así como los ideales no mueren con el líder de la revolución, declamaba, tampoco el deceso físico marca el fin de su peor enemigo, el cinismo.

Dejó el teléfono con un suspiro aliviado. Aunque ahora eran inalámbricos y estaban al alcance de cualquiera (“Bienestar con secuelas” llamaba el Lungo a este tipo de progresos tecnológicos que se colaban en el resto de la sociedad a pesar de que estaban pensados solo para los nadadores, también en el sentido, siempre según el Lungo, de que nunca dan nada), comunicarse con ellos le seguía pareciendo una tortura, como mantener una conversación en la cocina de un restaurante con varias sartenes fritando papas al fondo. Cada vez que cortaba no solo le dolían los tímpanos, sino que creía sentir el olor de la fritanga auditiva impregnado en su ropa. Un reclamo por demás llamativo, proviniendo de alguien cuya indumentaria era más vieja que el aceite del peor comedero, sin ir más lejos el del mismo Roque, que debía haber comprado su último litro en recipiente de lata, y no por ecologismo sino porque todavía no se había inventado el plástico; un reclamo llamativo si se desconocía que el Lungo nunca perdía oportunidad de quejarse, ni de eso ni de la lentitud de Internet o de que DirectTV se cortara cada vez que había tormenta. “Si los pobres no aprenden a quejarse incluso de las nimiedades, nunca van a salir de pobres”, se quejaba el Lungo del conformismo de sus semejantes, sobre todo el de los impertérritos bolivianos, que parecían haberse creído que rico es realmente quien poco necesita, como si un buen nadador fuera aquel que nunca se mete al mar (por decisión propia, y no porque le birlaron el acceso).

El teléfono volvió a llorar y el Lungo lo miró como a un bebé que suena, asociación de ideas que no estaba muy lejos de convertirse en una mera tautología en países como Japón (que por cierto estaban muy lejos de estar cerca de la villa 31, y no solo en kilómetros, pero cuyas vicisitudes tecnológicas y aun socioculturales el Lungo seguía con sumo interés, convencido de que el tercer mundo debía aprender del primero todo lo que no quería llegar a ser cuando fuera grande). Si continuaban interrumpiéndolo jamás iba a poder redactar el manifiesto que planeaba difundir al día siguiente, cuando Buenos Aires amaneciera escindida de su villa más célebre y todos se preguntaran cómo y por qué, o en todo caso para que Buenos Aires se enterara por los medios de lo que tal vez nunca llegaría a percibir de forma directa. Pocas cosas le causaban mayor espanto al Lungo que la imagen de una revolución que nadie distinguiera como tal, una revolución secreta, una revolución fantasma, que lo mismo podría haber ocurrido en la villa de Retiro que en Villa Canter.

– Ovni doce repor…

– Sí, sí, qué meteoritos pasó.

– Se afanaron el camión, jefe.

El Lungo se dejó fritar el tímpano durante unos segundos antes de responder. Por encima de su cuaderno cruzó una pequeña araña. En el cielo rugió un avión.

– La idea era afanarlo nosotros.

– Sí, pero se ve que nos ganaron de mano. Para mí que fueron los de Ríos.
En lugar de los facinerosos que se habían autoexcluido del comité tras la muerte de su líder, el Lungo pensó en el dúo de cantantes españoles Los del Río, por lo que la canción Macarena se activó en su cabeza como si le hubieran dado play. Dale alegría a tu cuerpo, Macarena / que tu cuerpo es pa darle alegría y cosa buena. Luego pensó que lanzar una sospecha sin ser consultado era por demás sospechoso, aunque prefirió descartar posibles traiciones generalizadas y creer simplemente que se trataba de la necesidad innata en el hombre de hacer hipótesis frente a los hechos enigmáticos. Y no tan enigmáticos, en rigor, pues no se necesitaba un Elías Contreras para entender que robarse un camión de caudales y quedarse con el botín era una tentación natural, aun cuando el objetivo primigenio hubiese sido que financiara un mundo mejor para todos. Por algo el Lungo había organizado el asalto de varios camiones en simultáneo, para que este no fuera más que uno de ellos, si bien parecía recomendable tomar ahora las medidas necesarias a fin de que no terminara siendo el primero de ninguno.

 

3. Chicos sin futuro

– Por ejemplo cuando se habla de platos voladores –se le ocurrió probar a la señorita Gisella–, ¿de cuándo estamos hablando?

Sus alumnos la observaban somnolientos, los ojos achatados como platos voladores vistos de perfil. Era el efecto colateral de darles una merienda demasiado opípara, aunque resultaba inevitable si se tenía en cuenta que para muchos sería lo último que comerían hasta la mañana siguiente. En eso la escuela se parecía a un café concert o a un estadio de fútbol americano, era una excusa más o menos entretenida para llenarse la panza.

– ¿O alguno de ustedes vio alguna vez un plato volador? –insistió la señorita Gisella–, pensando que acaso también ella había llegado a esa imagen por haber compartido la mesa.

– Yo vi uno en mi casa –habló Antonio desde la última fila–. Se lo tiró mi papá a mi mamá y le partió la nariz.

Varias risas festejaron el chiste y Gisella tuvo que hacer un esfuerzo para no seguirlos. También tuvo que hacer un esfuerzo para no preguntar si realmente había sido un chiste.

– Estamos hablando de un Ovni, un Ufo.

– Ufa.

– ¡Antonio!

– Mi papá manejaba un ógnibu.

– Ovni, Berenice, con v corta.

– Berenice es con b larga, Seño.

Qué rápido habían hecho de repente la digestión, se sorprendió la señorita Gisella. Lástima que no se mostraran igual de despabilados para entender lo que estaba intentando enseñarles sin éxito hacía ya varios días.

– A ver –volvió a reformular la falsa duda que debía llevarlos hacia la certeza verdadera–, ¿quién puede decirme dónde pasan las películas en las que hay máquinas voladoras?

– En la tele.

– Si vo no tené tele.

– Y vo tampoco, pelotudo.

– ¡La boca, Ramiro! –los calló Gisella–. Lo que yo quiero saber no es en qué lugar, sino en qué momento pasan las películas de platos voladores.

– Y, cuando llegan.

– Muy bien. ¿Y cuándo van a llegar?

La respuesta estaba incluida en la pregunta misma, lo cual de alguna forma la invalidaba, pero ni así logró Gisella que alguien se la respondiera.

– En el futuro, ¿no es cierto? A ver, ¿quién me puede conjugar el verbo “venir” en el tiempo futuro?

– Lo marciano, Señorita.


4. Empacados

y pintó un marciano / ¡sos muy groso mono! / yo paso man / rescatate careta / aguante el vino loco pero esa mierda está dejando sin futuro a la vagancia / es al revé tufo la cosa es que en este paí no hay futuro y por eso la vagancia le da a la porquería / andate a bolivia si no te gusta / lo único que falta es que nos peliemo por ver qué vino primero /eso peliémono por lo que vino después / ¿por qué se le dice marciano? /¿depué de qué? / depué te digo / jajá qué gil / en bolivia la chala está regalada / porque te deja la sabiola hecha un plato volador / no boludo por la merca / dijiste plato y me dio hambre / no te decía bolivia bolivia sino acá al lado en la bis boludo / pero si es por la merca debería ser mercano / eso suena a mersa / y bueno paco suena a cheto / mercano y te lo fumá por el ano jajá / mercano el marciano es una peli / pero no es merca merca sino pasta base / a mi amigo el tano le gusta la pasta se sirve y se sirve y nunca le basta / y vo de dónde sabé de cine tanto eh? / dejen de hablar de morfi que me da hambre / le ayudo al potro haciendo la copia y también la miro / ¿y camina eso de la peli trucha? / qué va caminar loco si acá lo único que camina es el curro chabón / lo gallego al laburo le dicen curro / pero gil si lo de la peli es un curro / pero te digo curro curro boludo / ah ahora es curro curro pero antes era bolivia de acá al lado nomá pero andá a cagar / y a la guita le dicen pasta / ¿quién? / lo gallego quién va a ser pelotudo / qué forro que son lo gallego / qué gallego que son lo forro / jajá qué forro que so forro / callate la concha de tu madre / bueno dame un toque / no careta ahora no te doy ni mierda / mejor porque eso te caga el cerebro / ¿y desde cuándo este wachín tiene cerebro? / yo no creo que haga tan mal como dicen / celebro tenemo todo la cuestión es saber usarlo / se dice cerebro pedazo de descerebrado / celebro significa fiesta loco / vamo a encelebrarnos / mucho celebro te deja sin cerebro jajá / jajá / ah pero son todo pícaros acá la concha sumadre / no loco te estamo ensañando y ademá grati así que agradecé / chupame la pija / no chupámela vo como agradecimiento petero hijo de puta / más petera será tu vieja la cncha tu madre / se dice enseñando boludo ensañar es otra cosa / ah sí y qué cosa é la concha de tu madre? / haceme un pete y te la enseño jajá / jajá / no te la voy a enseñar por petero / jajá qué boludo / rescatémono man y vamo a lastrar algo que me cago de hambre / eso te pasa chabón por no fumanchar / el tufo es nuestro cerebro para cuando ya no tengamo / cagarse de hambre suena raro / si no comés qué vas a cagar jajá / es una forma de decir la cncha tumadre / fumanchate una tuca y se te pasa te digo / el hambre o la cagadera jajá / jajá / son todo pícaro acá la cncha sumadre / andá callate cagón la cncha tumadre / chupame la pija la cncha tumadre / que te la chupe la cncha tumadre la cncha tumadre

 

5. Mercano el marciano

Mercano el marciano, como lo habían apodado debido a que él no tomaba merca, una aversión al vicio que por cierto le había costado su puesto de colectivero, no tanto porque el cuerpo no aguantaba los turnos de dieciocho horas establecidos por la empresa sino porque quien les vendía la droga para que aguantasen era la empresa misma, no por nada llamada Línea, como le había recordado cínicamente su jefe antes de echarlo, y no de esa línea sino de todas las líneas, Yo me voy a encargar personalmente de que vos no vuelvas a manejar nunca más un bondi en toda tu puta vida, le había prometido su empleador y esa fue la primera promesa que también sostuvo; Mercano el marciano, que luego no volvió a conseguir trabajo en lo suyo y perdió todo tratando de hacer otras cosas hasta acabar en la villa 31 (bis), de donde ahora salía como todas las tardes a recolectar cartón con su óvnibus, como le decían sus hijos al carro por los CD y los ojos de gato y las lamparitas con que lo había decorado, y que paradójicamente lo transformaban en el más identificable de todos los objetos no voladores con tracción a extraterrestre que surcaban el espacio urbano; Mercano el marciano encaró para la avenida Libertador. Hoy estrenaba gomas nuevas, naturalmente para él, no para quien las había tirado el día anterior, lo mismo que para otros eran cajas ya inservibles lo que para él eran cartones que daban ganancias, todo era cuestión de cómo se lo mirase, había observado Mercano, y de ahí que no entendiera que a los pobres se los viese como personas sin perspectiva, cuando precisamente eso era lo que les sobraba; hoy estrenaba gomas nuevas y el carro avanzaba ligero, como empujado por su propio peso. De codos sobre la barra delantera de su carro, al que Mercano no tenía en menos que ninguno de los que circulaban junto a él, empezando por los que le disputaban el cordón derecho, los odiosos taxis, eternos enemigos de cualquier colectivero, aun cuando ya hubieran dejado de serlo; de codos sobre el parabrisas inexistente de su falso colectivo Mercano dobló por la avenida Libertador y avanzó hacia el lado de la autopista. Iba menos atento a empujar su ovni que a frenarlo, para lo que parecía valerse no tanto de sus pies como de su boca, con la que emitía el ruido propio de los frenos de aire cada vez que disminuía la velocidad. La misma deformación profesional que lo había inspirado a decorar su bólido lo impulsaba también a no adelantarse a su horario, aunque ya nadie lo controlara ni fuesen a multarlo por llegar con anticipación. Estaba orgulloso de hacer todos los días el mismo recorrido a la misma hora, con tal constancia que los porteros y comerciantes que le reservaban material podían usarlo de parámetro para ajustar sus relojes. De ahí que a su recorrido lo hubiera bautizado Greenwich, y que su carro llevara pintado el 113, en referencia al número de teléfono que da la hora y que él siempre consultaba al llegar a Plaza Once, desde donde emprendía la vuelta todos los días a las nueve y treinta y tres, todos los días menos hoy.

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Dos poemas del último libro de Cristian De Nápoli, Antes de abrir un club (Zindo & Gafuri, 2018), y un inédito del libro El pájaro rodante.

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