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Ensayo

El crítico y escritor reflexiona sobre las características constitutivas que hacen a la identidad del ensayo como género escriturario.

La palabra “ensayo”, referida a la literatura –no al teatro ni a la interpretación musical, ni tampoco a la medicina ni a la pragmática, ni a las actividades que enarbolan “ensayo y error” como método razonable de resolución de problemas y que siempre da resultados– y, por lo tanto, lo que se reconoce como el objeto “ensayo” propiamente dicho, parece haberse liberado de una acepción primaria, su equivalencia con la noción de “tentativa”, que sigue presente en las otras prácticas mencionadas: en la literatura funciona como sustantivo, en las demás da lugar a un verbo, “ensayar”, que no tiene sentido en la escritura, en cuyo desarrollo actúan otros conceptos, tales como comenzar, corregir, reescribir, concluir.

Pero el hecho de que el “ensayo” mantenga decisiva distancia del “ensayar” no quiere decir que en su ejecución excluya la “experimentación”, en el doble sentido que tiene esta palabra, tanto en lo local, o sea un audaz “ver qué pasa” con una palabra o un grupo de palabras o una situación o una idea o una manera de pensar, como en lo retórico; experimentar, en el primer caso, podría ser un ir más lejos de lo que cada uno de esos núcleos establece y darlos vuelta o revelar sus virtudes o sus falacias o, en el terreno literario, una búsqueda de lo que falta o bien de lo que estaría perdido en los usos del lenguaje; en el segundo, podría ser un incluir en la enunciación rasgos o modalidades de otros discursos también para ver qué pasa mediante una acción en diversos niveles sobre figuras o configuraciones previas. En ambos casos, en ese “ir más allá” o “de otra manera” consistiría la experimentación, sin contar con los efectos que se podrían perseguir, experimentalmente, mediante esas acciones, efectos en algunos casos perseguidos pero siempre imprevisibles si se los compara con un “ya sabido” del que se parte[1].

Todo indica, así como se lo vive y usualmente se presenta, que el “ensayo” literario posee fuerza propia, o sea una identidad tan enérgica que, aunque siempre hay que explicar por qué, logró convertirse en un género, vecino de otros géneros que no requieren de explicación acerca de sus identidades porque se piensa que nacieron ya definidos como tales y en tiempos remotos; que hay que explicarlo, desde afuera, en una perspectiva descriptiva, lo prueban las constantes referencias a Montaigne, el primero que usó la palabra, Essais, para encabezar sus textos, tendientes a consolidar esta condición, y que hacen su aparición apenas se habla del asunto como si por sí solo el llamado “ensayo” no pudiera defender una identidad, que sería, simultáneamente, la del sujeto que se pone a prueba.

Es en este lugar, el del género –concepto que aunque crea muchas dudas casi nadie escapa a la obligación moral de afirmar que en efecto lo es–, que reivindica un perfil discursivo, por más que los textos que se protegen con esta designación, de los de Sarmiento a Alfonso Reyes, por citar sólo dos indiscutidos ensayos y sendos eximios y reconocidos ensayistas, sean muy diferentes tanto en su tono como en su retórica, en el campo temático y en el objetivo que persiguen, o sea la intención, esclarecedora, pedagógica, propositiva, reveladora, que nunca falta; desde ahí, como queriendo ser un género, es fiel a rasgos que lo separarían de conjuntos discursivos aparentemente bien definidos o cuyas múltiples definiciones suelen ser aceptadas, tales como la filosofía, la narrativa y la poesía, que por todas las especies que abarcan –nótese la diferencia que establece este término con el de género– más bien podrían ser considerados como campos discursivos.

Entre tales rasgos, el que más se destacamos es la diversidad de enfoques o actitudes discursivas –aunque tengan en común el gesto o movimiento enunciativo no se podría sostener que son lo mismo los textos de Borges y de Camus, y no sólo por las personales y bien reconocibles escrituras– y, en seguida, la libertad de la argumentación, brillantemente arbitraria en algunos textos, muy sostenida mediante argumentación en otros, que, sin embargo, no va en desmedro del objeto suscitador al que en todos los casos intenta ajustarse, o sea al tema en cuestión; eso lleva a un tercer rasgo, decisivo no sólo en cuanto a la consagración del género sino a la validez de la verdad que afirma: el rigor en el fundamento y en el desarrollo, por más que el alcance del término, que necesita cumplirse en una perspectiva lógica o sintáctica, no sea fácilmente reconocible por más que sea atribuible y exigible, puesto que nada serio puede realizarse sin rigor; en el elenco de tales rasgos figura también el acierto en la revelación a la que intenta todo ensayo se propone llegar; es el reconocimiento de esta cualidad lo que llevó a considerar, con alto grado de universalidad, que, por ejemplo, la lectura de Radiografía de la pampa, un clásico y canónico ensayo de Ezequiel Martínez Estrada, parece imprescindible para entender qué es esa entidad o ese espacio al que se refiere, la “pampa”, su índole y los efectos que ha tenido en la historia argentina. Lo mismo podría decirse no sólo del título de Raúl Scalabrini Ortíz, El hombre que está solo y espera, sino también de sus proposiciones que parecen haberse impuesto como una definición del “ser” argentino o al menos porteño.

Tanto el primer rasgo, el concerniente al enfoque, como el segundo, la argumentación, están en el orden de lo objetivo, pueden verificarse; el tercero, el rigor, puede estimarse o apreciarse o menospreciarse, razón por la cual resiste aproximaciones subjetivas o subjetivizantes, hay quien lo reconoce, hay quien no; el cuarto, el acierto, tiene que ver con una posición del exterior, o sea vinculada a las condiciones de la recepción. La concurrencia de estas cuatro categorías contribuiría a la validación de la “ocurrencia”, como inherente al ensayo, en tanto término que habría que colocar en un comienzo de la escritura que le da cuerpo y lugar.

La palabra “ocurrencia”, a su vez, que es corrientemente entendida como un brote, en apariencia inmotivado, puede ser entendida de varias maneras: como el punto de cruce de un saber preliminar, siempre tratando de confirmarse, o con una demanda o provocación de un objeto conocido e incluso nuevo. Sería, entonces, si es un brote, también una interpretación súbita de lo que desde dicho saber es capaz de generar y, en el otro caso, una respuesta igualmente súbita a esa demanda; pero, por otra parte, esta noción podría aplicarse igualmente a cualquier comienzo de escritura, como el instante iluminado previo a la conformación de lo que llegará a ser una compleja red.

En el caso del ensayo, la ocurrencia posee un estatuto singular que puede diferenciarse de las que se registran en escrituras científicas o filosóficas; tampoco sería equiparable a una súbita inspiración, como se le suele atribuir a la poesía, ni a esa actitud estimativa respecto de situaciones que se consideran atractivas y propicias para un desarrollo narrativo; casi siempre, al menos en los ensayos consagrados como tales, la ocurrencia sigue a una observación, por lo general de un objeto particular, un texto o un sistema o un problema, sea social, en cualquiera de sus particularidades, sea simbólico, en toda la gama de sus manifestaciones, religiosas, artísticas, literarias, filosóficas, que estaría pidiendo ser escuchado. No obstante, se puede afirmar que en aquellos a quienes “se les ocurre”, o sea en los “ensayistas”, la ocurrencia, en apariencia fortuita, puede ser emergente de una sistemática propia que suele vincularse con permanencias, continuidades, o a partir de una unidad estilística o de pensamiento. Así, a Radiografía de la pampa sigue La cabeza de Goliath, la megalópolis complementaria y posteriormente Muerte y transfiguración de Martín Fierro: ensayo de interpretación de la vida argentina y tantos otros.

En todos los otros discursos, no reconocidos como ensayos, diferenciados o interferidos unos con y por otros, la decisión de iniciarlos y hacerlos actuar ha solicitado desde siempre alguna razón justificatoria; tal vez las que se esgrimen más corrientemente corresponden a dos esferas.

Una, la de una necesidad individual, vocacional, predisposición o incluso un don que se apoya en un saber del orden en el que se produce, sería lo propio de la literatura y la filosofía y suele dar lugar a una exaltación individualista cuya culminación es la idea del genio en quien tal decisión suele ser proclamada, y así respetada, como una fuerza excepcional. De ahí, quizás, se desprenden otros dos rasgos que si bien no pertenecen a la retórica del género, o presunto género, constituyen, porque son evidentes y se interpenetran, marcas reconocibles, a saber la tendencia a la interpretación y el respaldo autobiográfico; si bien validan el gesto discursivo al mismo tiempo son su flanco débil: la interpretación puede ser refutable por comparación con otras, rechazo al fundamento en el que se apoya o desconsideración del enunciador, intelectual, social, ideológica o política; lo sutobiográfico, no porque permee el discurso –como lo hace con todo tipo de discursos– sino porque puede implicar autorreferencia como sustento de una autoridad enunciativa, puede resultar insuficiente como garantía de una afirmación.

La otra esfera atiende al objeto a discursivizar: en los campos sociales y científicos esta explicación se aplica mejor; dicho de otro modo, el enunciador se hace cargo de un problema, ya sea evidente, que necesita ser encarado, resuelto o no, o de una situación que aún no tiene forma y que sería importante descubrir; como si fuera apelado por tal problema o situación, al mismo tiempo parece movido por un sentimiento de responsabilidad respecto del lugar que en la problemática social ocupa tal problema o situación.

Y si esta descripción es válida para prácticas verbales no consideradas como “ensayos”, en lo que respecta a éstos da la impresión de que constituyen su identidad entre esos dos caminos: en el cruce entre decisión vocacional y demanda del objeto se sitúa la fisonomía de los ensayos que conocemos, con diferente incidencia de la motivación, vinculada con la demanda del objeto, y de la entonación, relacionada con aquella potencia enunciativa. De ahí resultan textos muy diferentes: en los del primer tipo hay una mayor tendencia a la objetivación y a la expresión, y en los del segundo, a la proclama o a la defensa o a la seducción. De ahí la itinerancia de uno a otro de los caminos según la índole del objeto sobre el que va a versar un ensayo; si el tema es del orden de lo social, la subjetividad aparecerá como un complemento cuyo sentido estará en el orden del convencimiento; si se trata de lo literario es frecuente que lo subjetivo, encarnado en un juicio de autoridad o de imaginación, se vea, por el contrario, reducido por una presión verificadora, protegida por un sistema; si es del orden de lo científico lo subjetivo residirá en la ocurrencia que, a su vez, procurará ser justificada como emanando de un saber comprobado; si se trata del orden cultural, campo en el que los ensayos son muy frecuentes y numerosos, la observación y el sistema atenuarán lo personal o individual de una apreciación o el alcance de una conclusión.

Pero lo que más ha solido y suele convocar a la pulsión ensayística es lo que podemos considerar la problemática emergente, sea social, cultural, artístico-literaria, científica, o sea aquellas situaciones que en un momento determinado preocupan o perturban a una sociedad y respecto de las cuales las respuestas canónicas, enmarcadas en cierta competencia, resultan insuficientes. De aquí, otra distinción necesaria: el ensayo, como modo de conformar y dirigir un discurso, entra así en contrapunto con los discursos sistemáticos emanados de disciplinas epistemológicamente fundadas, que se diferencian del gesto ensayístico, que es antagónico, en esa instancia, tanto del rigor enunciativo, tributario de un lenguaje especializado, como de un saber fundado en leyes objetivas, sólidamente implantadas y mediante las cuales se procura un conocimiento igualmente objetivado.

También hay que señalar que si bien el ensayo no renuncia a producir conocimiento y admite en su índole misma que ese conocimiento es de un tipo específico, diferente de aquél, por el otro no entra en competencia con los discursos de sistemas y puede incluso valerse de aquéllos pero lo que predomina es su operación interruptora: en tanto que aquellos procuran instalarse en la continuidad y hacer valer sus afirmaciones o demostraciones con pruebas de diverso tipo, sea experimentales sea argumentales, los ensayos procuran convencer por vía de la seducción y del deslumbramiento, de lo insólito e inesperado, de los efectos de sorpresa intelectual y afectiva al mismo tiempo y, en un plano más secreto, apelando a una recepción identificatoria, o sea un reconocimiento de algo ya sabido que la afirmación hace presente, como modo de consagrar un acierto.

Esto quiere decir que el valor de un ensayo reside en un mecanismo de aceptación por parte de lo externo a él, la recepción con todos sus mecanismos, condicionantes y limitaciones, aunque en el acto receptivo, o de lectura, se admita lo arbitrario o meramente argumental de la afirmación y se la someta, explícita o reservadamente, a una confirmación que puede buscarse en otro discurso; así, si los brillantes enunciados médicos formulados por Iván Illich, en gran medida literatura de gran nivel, han tenido un favorable eco es muy posible que quienes deseen actuar a partir de ellos requieran el saber de los fisiólogos o biólogos o científicos que se hayan encarado con los temas tratados. Es posible, por lo tanto, que no se atengan exclusivamente a sus afirmaciones y que al sacar conclusiones más filosóficas que médicas o, en un extremo, fideístas, necesiten ratificarlas para hacerlas propias mediante la apelación a otros discursos, más sistemáticos y seguros de sí mismos, aunque se considere, desde cierto asentado sentido común, provisorios y aun mal fundados o falaces.

Desde luego, hay una historia del ensayo, así como la hay de la poesía y de la novela. Su nacimiento como posibilidad puede haberse producido en relación con dos circunstancias; la primera, como desprendimiento “laico” de la filosofía, o sea a partir del momento en que la filosofía se ha constituido definitivamente como disciplina y sus objetos ya no están tanto en el exterior, como desencadenantes de su discurso, sino en su interior, en lo que la fundamenta y le da consistencia y le permite, por lo tanto, concentrar su registro epistemológico; el ensayo llega, oportunamente, para registrar, fuera de método, ese exterior abandonado, los múltiples temas que acechan en la vida social y a los que un lenguaje literario podría ser capaz de acercarse, comprenderlos y explicarlos. La segunda, como una natural manifestación de un creciente subjetivismo, vinculado, expansivamente, con una reivindicación de la libertad.

A partir de esas condiciones observar, reflexionar y escribir empiezan a reclamar una forma que no sea tributaria de ninguno de los discursos de los que sin embargo se nutre y que, cada uno a su modo, entregan elementos que lo van constituyendo; de la filosofía extrae, en consecuencia, el modo inquisitivo, de la literatura la posibilidad expresiva y, entre ambos préstamos configura su propia identidad.



[1] Para Theodor Adorno (“El ensayo como forma”, en Notas de literatura, Barcelona, Ariel, 1962), los dos conceptos estarían unidos: “Escribe ensayísticamente el que compone experimentando”.

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