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Sobre Que el mundo me conozca

En la segunda novela de Alfred Hayes que publica La Bestia Equilátera, el lector dará con los ambientes y matices de la novela negra, aunque llevados al terreno de las pasiones.


   Que el mundo me conozca
   Alfred Hayes
   Traducción: Martín Schifino
   La Bestia Equilátera (2012)
   160 páginas

 

 

 

 

En un artículo de 1935 llamado “More about the modern novel”, Cyril Conolly exhortaba a los novelistas a eliminar de sus obras una serie de convenciones, entre las cuales figuraba la de no pronunciar –por ningún motivo–, las palabras “te amo”. Alfred Hayes, narrador, poeta y guionista –nacido en Inglaterra en 1911 pero criado en los Estados Unidos–, desatendió con elegancia esa proscripición y escribió una pequeña obra maestra.

Que el mundo me conozca (1958), podría participar genéricamente de lo que conocemos como novela negra, aunque sin el detective ni el crímen de rigor, una especie de novela negra espiritual o amorosa. El narrador, un hombre vinculado al cine que pasa varios meses al año en Hollywood y goza de lo que él llama una “ligera eminencia”, es uno de esos desencantados que miran a sus contemporáneos con una mezcla de cinismo y retraimiento. Hastiado del glamour, las fiestas y la falsedad del mundo del cine, sin demasiada fe en su matrimonio pero sin el coraje o la pasión necesarias para abandonar a su esposa, conoce a una muchacha, una de las miles aspirantes a actrices que vagan por Hollywood con la esperanza de mitigar sus frustraciones y acceder a una mejor vida. En el primer capítulo del libro, la muchacha intenta suicidarse adentrandose en el mar. El narrador acude a ayudarla y la salva. Este hecho activa un fuerte mecanismo psicológico del narrador: su curiosidad.

Ricardo Piglia ha señalado muy bien el modo en que algunos autores (Joyce, por ejemplo) son capaces de cifrar un sentido esencial de sus relatos a través de la reiteración de una palabra. En la novela de Hayes se impone la curiosidad. “Pero ella siempre me daba curiosidad. Era alguien a quien había salvado. Alguien que había hecho algo de lo que yo no me creía capaz, y eso me daba curiosidad”. La curiosidad que el narrador siente por la muchacha nunca llega a volverse del todo explícita, respondiendo en parte a un cierto modelo masculino, cínico y defensivo, que encarna el personaje; sin embargo, es el motor de la historia: el deseo de conocer puede derivar en el patetismo, como de hecho ocurre en el mejor capítulo del libro (XXVII), una especie de cuento perfecto, hecho con lo mejor del estilo de Hayes, y que parece demostrar, por un lado, la incomprensión esencial que existe entre los amantes. Por otro, revela una faceta siniestra de las relaciones humanas: conocer al otro es una tentación válida y casi imposible, pero no necesariamente feliz, y mucho menos redentora. El personaje de Hayes lo sabe, pero su curiosidad es más fuerte que su razón, y su historia con la muchacha acaba de un modo patético.

Hayes demuestra que sabe resolver con destreza algunas de las dificultades que plantea el género. En este sentido, es interesante analizar el punto de vista desde el que se narra la historia: una primera persona que se comporta como una tercera, revistiendo a la voz narrativa de los atributos clásicos de la novela negra: distanciamiento, mordacidad y rapidez. Consecuentemente, al narrador de Hayes le interesa menos confesarse que dirigir su mirada hacia el mundo para exaltarlo o condenarlo. Esto, a nuestro juicio, hace de Que el mundo me conozca una novela extraña y lograda.

Por lo demás, la formación cinematográfica del autor le confiere a su prosa una expresividad innegable, aunque por momentos algo decorativa. Dicho de otro modo, sus detalles visuales pocas veces resultan dinámicos, al contrario de Chandler, autor con quien se lo ha comparado con justicia y que posee un don de la vividez y el dinamismo que en Hayes resulta un tanto mecánico.

La fuerza de Hayes está en su capacidad de analizar, sin emitir juicios de valor, la materia tensa de que están hechas las relaciones humanas. Es un observador que hace honor a la curiosidad que asume: mira y recolecta en el horizonte de su experiencia no sólo la sensualidad y el éxtasis de los cuerpos, sino también la derrota y la imposibilidad de un entendimiento trascendente.

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