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Sobre Las mellizas del bardo

Inscripta dentro del género pulp, la última novela de Hernán Vanoli recorre el vértigo y la violencia de un mundo dominado por mujeres.

Las mellizas del bardo
Hernán Vanoli
Clase Turista, 2012
80 páginas

 

 

 

 

 

Plot. En un futuro en el que todavía hay clubes de fútbol, euros y dólares, pero casi ningún hombre, Naty y Vicky, dos aspirantes a barrabravas de Boca (agrupación íntegramente femenina y dominada con mano firme por la dupla conformada por la Gorda Ibáñez / la Torda), se ven envueltas en el alquiler –por izquierda– del cyborg de Lionel Messi a un grupo de futbolísticas brasileras. En el transcurso de la transacción, estas Thelma & Louise vernáculas liquidan a la Torda, conocen a Lucio (rara avis) y convencen a un grupo de motoqueras (otro colectivo íntegramente femenino) para que las ayuden y protejan en las tumultuosas derivas vitales que deben afrontar. Vicky y Lucio se emparejan, Naty muere en el tiroteo final, Messi se injerta una cortadora láser en uno de sus brazos. La historia, sin embargo, tiene (un provisorio) happy ending: gracias a un rápido movimiento de joystick por parte de su amiga –que no se resigna a dejarla ir–, Naty termina convertida en un cyborg similar a Messi y parte (sola) en busca de su destino, que resulta encontrar en el reparto de ropa a domicilio hasta que el cyborg injertado, ex estrella de fútbol actualmente líder de una pandilla de piratas del asfalto, vuelve a cruzarse en su camino. En consonancia con la propuesta de la colección que la ampara, Las mellizas del bardo termina allí, con lo que parece –o el lector quiere que sea– una promesa tácita de “continuará”.

Pulp. Género fuertemente determinado por condiciones extraliterarias (pulp es apócope de wood pulp paper, es decir, del nombre del papel –de bajísima calidad– utilizado para imprimir estas historias), el pulp es decantación vigésima (se publicó, en EE.UU., sobre todo entre 1896 y 1950) de las populares historias –vendidas a centavos– por entregas en el auge del siglo XVIII, de las cuales Buenos Aires conoció muchas y buenas, y que concitaron la atención de Beatriz Sarlo, que en su ya mitológico El imperio de los sentimientos se ocupó de ellas, y de la crítica Margarita Pierini (UNQ), entre otros. Las novelas por entregas eran un muy buen negocio para los autores que, a comienzos del siglo XX, pugnaban por profesionalizarse (tal como apuntó Eduardo Romano en su conocido fascículo del CEAL), al punto de que escritores como el excelente y muy injustamente olvidado Roberto Mariani se lanzaron a la aventura, en su caso con Culpas ajenas…, de 1922, en el que la política se cruza con naturalidad y soltura, con el mal de amor. En la actualidad, esta tradición resiste en las “novelitas rosas” que ofrece Ediciones B o las vernáculas y muy cuidadas ediciones de la joven editorial Vestales (www.vestales.com.ar). Hasta ahora. Porque desde hace unos meses, Clase Turista propone e inaugura para el lector argentino una nueva vertiente de esta tradición, que encauza en su colección “Saqueos de Greiscol”, en cuyo título reverberan los ecos del tímido príncipe Adam y, por supuesto, también de su alter ego: el excesivo He-man.

Pow. En el centro huracanado de Las mellizas del bardo anida la violencia, dentro de la cual se destaca especialmente la escena del comienzo, en la que Naty y Vicky atacan a un grupo de cuervas para quitarles “el trapo”. Muertas, heridas y un par de hectolitros de sangre es el saldo de este lance del que salen absurdamente indemnes. En este mundo de mujeres (las únicas excepciones son Lucio y Lionel, personajes, y Marcos / el marido de la Gorda Ibáñez, meras comparsas mencionadas al pasar), las relaciones que éstas establecen entre ellas, la violencia que moldea su mundo es masculina. “Femenino”, entonces, alude más a una mera cuestión de aparato reproductor que de Weltanschauung. Podríamos decir que el mundo –futuro– de esta novela está poblado por mujeres que escapan a los dictados de género (pequeñoburgués) por medio de una masculinización brutal. Se trata de un universo travestido que entronca, justamente por eso, con la esencia pulp que la colección requiere de él: “En la pared de enfrente, un póster muy viejo de una Ferrari Testarossa y otro con un pelirrojo re gato que chupa un helado de frutilla. Estalló el verano, dice en letras tipo de neón” (40). Uma Thurman en Kill Bill es apenas una delicada muñequita de porcelana al lado de las personajas de esta novela: fuertes, seguras, bestiales.

En este contexto, no sorprende que la voz narrativa (de una mujer) sea performativa y autoritaria. Naty, encargada de la narración, hace ingresar al lector en su universo, indicándole constantemente, no lo que debe hacer, sino lo que está haciendo: “Ahora lo ven desde arriba: un plato de madera, con base de migas de pan y de jugo de tomate asado” (17). Es, en este sentido, una narradora-escenógrafa, directora de cine, que además no pierde oportunidad de interpelarnos –a los lectores– usando un “ustedes” en el que apoya justamente la performatividad de su narración. Y en este punto, por más que el pulp tenga una tradición literaria que, en el Río de la Plata, podríamos remontar –para seguir agregando datos a los ya enumerados– a la Editorial Tor (cuya labor ha sido revalorizada hace muy poco por el excelente libro de Carlos Abraham, Los libros de Tor: medio siglo de ediciones populares, de la editorial Tren en Movimiento: www.trenenmovimiento.com.ar), en el cerebro del lector de hoy Las mellizas del bardo interactúa más con las películas de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino (El mariachi, Desde el crepúsculo al amanecer, Machete y largo etcétera) que con otros libros. Porque es literatura que uno se imagina sin ninguna dificultad con banda sonora de fondo, constantemente golpeando, bombeando, sin silencios ni pausas.

Wow. En el subvertido mundo de este libro, en el que las mujeres parecen haber conquistado todos los espacios tradicionalmente detentados por varones, resulta llamativo el recatado final que tiene la historia de amor entre Vicky y Lucio que, a pesar de la inseparabilidad de las amigas, no se desliza –ni siquiera por un momento, ni siquiera como tenue alusión– hacia el número tres, el lugar hacia el que parecería encaminarse durante la mayor parte de la novela. Lo novedoso de la trasposición genérica no derrama en la construcción de nuevos matices para el núcleo íntimo de la sociedad –la pareja–, que sigue moldeado por tradiciones inamovibles. Otro toque inesperado (¿anacrónico?) es el monumental esfuerzo de verosimilización que realiza Naty, expresado en la continua exposición de los mecanismos causa-consecuencia que hacen posible la acción. Sólo un ejemplo: “Una de las motoqueras tenía un tío fanático de Boca que trabaja en un laboratorio de transplantes. El tío le debía un gran favor. Así que reemplazó mis pulmones por dos válvulas de nafta. Me llevaron hasta Mar del Plata la mañana siguiente, al laboratorio. Y me salvaron la vida” (76). Es un tono didáctico que no hubiéramos sospechado, más llamativo porque contorneado de un “delirio” atractivo y zumbón, que no parece necesitarlo.

Ok! Párrafo aparte merece el tono en que está narrada la historia, capaz de enhebrar imágenes poderosas sin descanso, planeando sobre el humor, la exageración gozosa, la tomadura de pelo. Imágenes como ésta, por ejemplo: “Estamos a unos pocos metros del estanque de acrílico transparente donde la gente se para a ver a Doris, la orca. Doris está suspendida en formol, con la boca abierta y una lengua rosa y algo pútrida que se asoma para un costado. Los dientes son triángulos blancos. Se me ocurre que no son los dientes originales” (66).

De todo esto desciende que Las mellizas del bardo es una novela ágil y entretenida, delirante, divertida, digna de las horas de cualquier lector.

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