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Diario del Festival: Primera Parte

Presentamos aquí la primera entrega de un recorrido alternativo sobre los primeros cuatro días del 27° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que continúa hasta el domingo 25.

I

Ni el país, ni la época ni la vida se adecuan literalmente a la bucólica ciudad-feliz decía Juan José Sebreli en un ya clásico ensayo, en el que criticaba el ocio alienado del vacacionar en Mar del Plata. Si leemos aquí la cita, despojada de aquel contexto, ella señala algo que puede experimentarse en estos días del Festival. Esta ciudad, cuando no es verano, permanece en una dimensión propia, misteriosa. Ni siquiera el Festival altera del todo ese espíritu bucólico que la habita. Acaso sea el contraste entre las playas vacías, que ahora uno camina con placer, frente a las escenas atestadas de enero, lo que provoque cierto misterio. Sea lo que sea, nos encontramos, en la bucólica ciudad-feliz.

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II

No debe ser casualidad que, para arrancar, hayamos visto, enmarcada en el panorama argentino, una película en que la muerte es sujeto. “Esta película contiene imágenes impresionantes” dice la estampa que abre el film de manera nada pudorosa, para luego agregar: “eso no es una jactancia, es sólo una advertencia”. En El problema con los muertos es que son impuntuales de Oscar Mazú, las imágenes buscan la muerte, como acercándose a ella, mientras un tanatólogo nos guía a través de todo lo que la rodea: desde la elección de un cajón, el maquillaje y preparación del muerto, hasta el proceso técnico para conservar un cadáver. El cinismo con el que esta travesía es mostrada, se debe menos a una posible necesidad narrativa de tomar algo de distancia que a la de señalar una imposibilidad: la de narrar, justamente, la muerte. Y, sin embargo, promediando la película, lo innombrable despunta por unos segundos. Allí es cuando algunas personas del público se tapan la cara, y muchas otras se levantan de sus butacas. El punctum de la película está dado por la imagen de un cuerpo ardiendo en un crematorio. Ese momento límite articula un film irregular que encuentra unidad a través de breves escenas en donde un ataúd deambula, una y otra vez, por diversos espacios: un bosque, un prado, el mar, hasta llegar a la calle Florida. En la tapa de ese ataúd en movimiento, Cristo yace con sus brazos extendidos, pero sin cruz. Llamativamente, parece un Cristo aún más indefenso.

Inmediatamente después, asistimos a Sightseers de Ben Wheatley, película inscripta en la competencia internacional. Una comedia negra cuya historia, en apariencia sencilla, es la de una pareja no tan joven, con personalidad algo introvertida e infantil, que sale a recorrer Inglaterra en una casa rodante. En medio de sublimes paisajes llenos de oscuridad, los protagonistas, Chris y Tina, observan Inglaterra. Eso que observan es el nihilismo que ellos mismos van a encarnar en su recorrido, que incluye improbables visitas al Museo del Tranvía y del Lápiz. El desarrollo es más o menos lineal: cada trivial (y absurdo) inconveniente que se les presenta (o que ellos inventan) se resuelve con un asesinato. El primero parece ser accidental. Pero deviene en una seguidilla de asesinatos que, enmarcada en un contexto “amoroso” (que en realidad parece confundirse con el mero sexo), asume una naturalidad escalofriante. En un momento Chris dice, con real inocencia: “Yo sólo quiero que me teman y me respeten, ¿no es mucho pedir, no?”. Los ingleses saben de ello, basta leer el Leviatán. Su novia, en tono acaramelado, le responde: “Es la manera que tienes de expresarte e innovar”. También llegando a extremos ridículos, las escenas de los asesinatos, de una violencia inusitada, sin embargo asumen una psicodelia sugestiva. Ahora, cuando el nihilismo es completamente interiorizado, el final es imaginable. Y la marca no sólo describe la Inglaterra contemporánea, sino el posible destino de todo el continente europeo. Cuando salimos de la proyección para la prensa, unas señoritas con tablets entre manos nos preguntan si queremos “votar la película”. La calificación va del uno al diez. Dudamos en hacerlo, pero finalmente marcamos el ocho.

En un fin de semana en donde la muerte parece ocupar el centro de la escena, y la lluvia torna a la ciudad todavía más bucólica, seguimos con El fin del amor del norteamericano Mark Webber. Un padre treintañero enfrenta, junto a su pequeño hijo, la inesperada muerte de su mujer. ¿Cómo sobrellevar la vida después de semejante golpe? Con planos muy cerrados que nos ubican en un lugar de cercanía, casi entre el padre y el niño, la película despliega formalmente su vínculo que es, en esencia, un vínculo corporal. ¿Cómo puede un joven padre llevar adelante su vida independiente respondiendo, a su vez, a las demandas de su niño? La narración de un vacío que, por momentos, se torna asfixiante, no alcanza sin embargo a captar la hondura del desafío. A la luz de otra película más o menos reciente que aborda el vacío de la pérdida amorosa de manera notable, como sucede en Canciones de amor (2007) de Christophe Honoré, en El fin del amor la cercanía visual, por momentos, se trastoca en algo superficial.

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III

Nada hay como la vitalidad del mar. Su rumor acaso sea el de ciertas experiencias que, en el reflujo del oleaje, alcanzan todavía a escucharse. No puedo imaginar al pensamiento de otra forma que la de ese enorme magma azul, y menos por su permanente cambio que por su voracidad. Cualquier objeto con el que se encuentre en la orilla no basta para saciar su hambre, y siempre retorna, una y otra vez, por aquello que no era él, pero que al mismo tiempo de alguna manera lo reclamaba. El pensamiento busca en sus orillas aquello que se le aparece como extraño, para albergarlo en su seno, pero nunca para interiorizarlo definitivamente. El oleaje devuelve a la orilla aquello que alguna vez retiró de ella.

Ensayo final para utopía, de Andrés Duque (Venezuela), constituye una experiencia fílmica en la que un entramado utópico de imágenes se muestra, él mismo, como la verdadera posibilidad de conocimiento. Imágenes de la revolución independentista de Mozambique se mixturan con otras de cuerpos danzando en la actualidad de ese país, tomadas en un iphone, que a su vez se componen con otras que muestran los últimos momentos en vida del padre del director, a quien la película está dedicada. El subjetivismo de este experimento, que en verdad no posee una última ratio, sino que le escapa a ella mientras se convierte en un flujo sensible de ensoñaciones, comienza con la propia voz del director, que frente a una pregunta que alguien le hace sobre su estado de ánimo, responde: “Estoy triste porque…” y una saturación de sonido se funde con danzas carnavalescas de Mozambique que, a la luz de su revolución, parecen clamar por una salvación general de toda imagen, entre ellas las de la muerte de su padre, y en donde lo fragmentario encuentra finalmente su unidad en tal redención. A Benjamin le hubiera gustado esta película que, desde ya, es tan original como inclasificable. Termina el fin de semana y, de algún modo, también sus muertes.

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IV

Un poco como sucede con Andrés Duque, no hay un argumento final que nos guíe en nuestro recorrido. No pretendemos privilegiar las películas de las competencias (está la internacional, la latinoamericana y la argentina), sino que, en un recorrido alternativo, zigzagueamos entre películas de directores que nos interesan, o que nos recomiendan críticos amigos (que comienzan a aparecer en las salidas de cada película) y, en algunos casos, simplemente nos dejamos sorprender a partir de un título que insinúa. Del mismo modo, tampoco pretendemos ser aquí exhaustivos acumulando reseñas de todo lo que vamos viendo (para eso está el catálogo del Festival), sino destacar de las que vemos, aquellas que, por un motivo u otro, lo merecen.

Érase una vez yo, Verónica, del brasileño Marcelo Gomes, es una película sobre una bella tristeza. Una joven médica, recién recibida, residente en un hospital público de Recife, encuentra su vida dominada por un trabajo en el que no termina de encontrarse y una relación amorosa que no la satisface. De algún modo es la insatisfacción de no encajar en la madurez. Pero esa insatisfacción es expresión de algo mayor: es vivir en carne propia lo que vive Recife, una ciudad que parece haber perdido algo. Podría ser Buenos Aires, si tuviera mar. ¿Mar del Plata? Tal vez cualquier ciudad latinoamericana. Es Recife y no sólo Verónica la que parece haber perdido su juventud. En el sentido gombrowicziano, aunque el director dice que su película es sartreana. Verónica, yendo irrefrenablemente hacia la madurez, busca la juventud. Y todo el film es, de algún modo, un diario visual de esa búsqueda en donde cierta sensibilidad femenina aparece expuesta a través de los primerísimos planos de Hermila Guédez. Difícil imaginar qué hubiera sido de la película sin ella. Ahora, esa búsqueda es asumida (¿encontrada?) en la imagen del carnaval. “El carnaval es cosa seria” le dice una amiga a Verónica, y he allí la marca del quiebre o de la apertura. Rabelais. El carnaval, un eros verdadero y el mar de Recife se abrazan como cifra de libertad y sueño. Y, en todo caso, de juventud.

A partir de una indagación estética completamente diferente, Gebo y la sombra, la última obra maestra del Manoel de Oliveira, nos enfrenta con el mismo conflicto (¿hay otro?), pero expuesto en términos filosófico-políticos. El conservadurismo versus la rebeldía, en el marco de un debate de una familia portuguesa de fines de siglo XIX que lucha contra la pobreza y la crisis económica, con los ecos ineludibles que ello tiene con la situación europea contemporánea. Basada en una obra teatral de Raul Brandao de 1923, el relato se desarrolla en una sola habitación en donde un padre de familia, contador, intenta ocultarle a su mujer el destino de la sombra de su hijo, que ha devenido un criminal. Con una fotografía excepcional, que convierte algunas escenas en pinturas (en efecto, su estética fotográfica nos recuerda a la de Nightwatching de Peter Greenaway), y diálogos de gran envergadura, teatrales, asistimos a un tratado filosófico que no deja de tener actualidad, en donde dos éticas se enfrentan: la del que calla mintiendo y la del que grita diciendo verdades. Una ética que asume todas las culpas frente a otra que las expía. En fin, la del burgués versus la del libertino.

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V

El cine es la imagen de una ética. Cuando Serge Daney lo definía como “el arte del presente” apuntaba, en cierto sentido, a ello. El cine es un arte desde el presente y en el presente. Y si así ocurre con el cine en general, sucede quizá todavía con más énfasis con el documental. Algo de esto charlábamos hace unas semanas con Nicolás Prividera, director de Tierra de los Padres, una de las películas argentinas ineludibles del año. Interrogando la violencia política en nuestro país a partir de discursos que van de Echeverría a Walsh, Tierra despliega una mirada propia sobre la historia argentina y, con ella, abre un intenso debate. Al ver Evolución de la violencia, en el marco del festival, documental del austríaco Fritz Ofner, no podemos sino recordar la película de Prividera. Y no por su apuesta estética, en la que los films difieren, sino por el sujeto que se pone en juego en ambos. Si en la película de Prividera la violencia política encuentra su expresión a través de los discursos fanáticos que atraviesan nuestra historia, y actualiza su sentido a partir del binarismo reabierto en nuestro país a partir de la célebre 125 (algo que palpita en la película, y en eso consiste su actualidad, aunque este conflicto no sea siquiera nombrado), en Evolución de la violencia la violencia política constituye la marca de la violencia social del presente más inmediato de Guatemala: manifiesta en los asesinatos cotidianos, producto del crimen organizado, el narcotráfico y una cultura en la que parece subsistir un profundo desprecio por la vida. Ahora bien, el film de Ofner apunta hacia el pasado, y he allí su tesis, evocada desde su título: la violencia guatemalteca contemporánea es la actualización (¿evolución?) de otra violencia inscripta en los cuerpos: la terrible violencia política que se instaura a partir de la intervención armada en 1954 y que permanece por tres décadas, generando desapariciones incluso en un volumen mayor al caso argentino. El título del documental en su idioma original, Evolution der Gewalt, y su tesis, nos recuerda el célebre ensayo Zur Kritik der Gewalt y su crítica al “hamacarse dialéctico” de la violencia que, en ese proceso, no cesa de actualizarse. La crítica de esa actualización es, justamente, el desafío de ambas películas. El cine es un arte del presente, pero, a su vez, una crítica de la actualidad.

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VI

Vamos, entonces, más allá: el verdadero cine es la puesta en abismo del presente. Incluso su eventual repetición de la actualidad supone ya un desfasaje que abre una brecha desde dónde juzgarlo anacrónicamente. De ese modo puede interpretarse la sentencia de Godard: “No es una imagen justa, sino justo una imagen”. La imagen abre una brecha en donde ya no importa la justicia o la injusticia de la imagen, sino justamente su ser imagen, en tanto diferimiento de lo meramente actual. Y esa actualidad puede asumir, hoy, las formas culturales del tardocapitalismo: segregación, individualismo, darwinismo social y competencia exacerbada. De modos diferentes, pero complementarios, Las cosas como son de Fernando Lavanderos (Chile) y Estudiante de Darezhan Omirbayev (Kazajistán), abordan críticamente estas formas que aplastan literalmente la vida comunitaria.

El último film de Lavanderos expone la vida de Jerónimo, un chileno treintañero, soltero y algo osco, que alquila cuartos de su casa en Santiago. Su concepción de la vida parece ser la de miles, incluso la de los “progres” que hospedan a extranjeros en sus casas: su relación con el afuera es de repulsión y desconfianza. No es posible juzgarlo a él individualmente, en él se juzga una época. A partir del momento en que una chica noruega entra en su casa (en su vida), se empiezan a poner en cuestión algunas de sus certidumbres. Ese encuentro es, entonces, el que genera una posible apertura. La narración, de un naturalismo logrado, y que excede en mucho la típica historia de amor, es sin embargo malograda con un final que cruza a Jerónimo con una movilización estudiantil de las que inundaron el año pasado las calles de Chile. El efectismo final no condice con el resto de la película que es inteligente y argumentalmente sólida.

Por su parte, Estudiante aborda, en un sentido semejante, la historia de un joven de Kazajistán aplastado por la violencia y la avidez de riqueza que dominan la ciudad en la que vive, a lo que se suma la soledad que sufre al verse distanciado de su familia para ir la universidad. En una versión libre y contemporánea de Crimen y Castigo, nuestro Raskolnikof kazajistanés mata al dueño de un almacén y a una clienta que ingresa casualmente al lugar, y a partir de allí deviene su confusión y debate interior. La historia es conocida. Sin embargo, el nuevo contexto despierta interés por la forma en que se muestra de qué modo el capitalismo se ha introyectado culturalmente al punto que pareciera que el socialismo nunca hubiera existido en ese país. Por momentos, cierto didactismo vuelve a la película algo ingenua, poniendo en cuestión un desarrollo que, aunque conocido, no deja de resultar atrapante.

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VII

La crítica de la actualidad puede, a su vez, producirse por dislocación. Es lo que ocurre con la notable opera prima de Fernando Boto, La música callada. Primera película argentina estrenada en la competencia latinoamericana, e inscripta en el género documental, aunque lo desborda completamente. Con una fotografía excepcional y casi sin diálogos, el film capta la rutina de los únicos dos monjes católicos bizantinos de Sudamérica. Su música callada. Si bien la historia sucede en la casa en la que ellos viven, que es, a un tiempo, un humilde monasterio, la naturaleza es el verdadero protagonista del film. Con tomas de una extrema belleza, la película es una apuesta mística en donde reina, en palabras de San Juan de la Cruz: “la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora,/ la música callada,/ la soledad sonora”.

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* Puede accederse a la segunda parte del diario clickeando aquí.

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