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Lo impropio

Fragmento de “Experiencia, subjetividad y memoria”, uno de los diez ensayos del libro Lo impropio (editorial Excursiones).

¿Cómo se ven las cosas con los ojos de los que ya no ven? ¿Qué podría aportarnos un paciente diálogo con muertos? ¿Qué tienen los muertos para decir de nuestro presente desquiciado? ¿Cómo intervienen los muertos en nuestra experiencia? ¿Existe ese diálogo de algún modo? ¿Qué otra cosa es la lectura de libros olvidados?

Se da cierta proximidad extraña entre un cementerio y una biblioteca, pues ante todo nos preexisten los muertos y las palabras –tal vez esa preexistencia sea la condición para que haya comunidad–. Como el gusto improductivo por la comprensión, el luto, la conmemoración y un constante diálogo con muertos resisten el encadenamiento al reino de los fines, se sustraen al destino instrumental que se abate sobre las ideas, enseñan que nuestra manera de vivir no es natural ni necesaria.

Por el contrario, el mundo virtual en el que hemos entrado al parecer sin retorno es analfabeto y sin cementerio (por lo mismo, sin política): prescinde de la interlocución con los que ya no están y de las palabras que nos han sido legadas. Se pierde para siempre la mediación entre los vivos y los muertos, para acceder a una condición que el filósofo Alain Finkielkraut llama de “ingratitud”.

La transmisión de los otros –vivos o muertos– es una transmisión de hechos y de ideas que constituyen la materia misma de la historia y reclaman la prudencia de quienes la reciben, tanto para hacer ciencia como para valerse de ella para la vida –aunque se trata aquí de dos prudencias diferentes–. Esa transmisión presupone siempre lo que la hermenéutica denomina Horizontverschmekzung, es decir la finitud, la inscripción en el propio tiempo de quien lee, escucha o se apropia de un testimonio, un documento, un monumento. Estamos cautivos de una precomprensión de lo que nos es transmitido, y es esa la manera en la que las cosas del pasado intervienen en las cosas del presente y viceversa –y es por ello, podríamos decir, que la memoria del mundo se ve afectada por la experiencia y la experiencia por esa memoria–. Dicho de una manera más simple, nada de lo que se nos presenta (incluso lo que se presenta como recuerdo) está exento de interpretación –salvo, como veremos, el hecho mismo de la presentación–.

Esa encrucijada de experiencia y legado que designa la condición elemental de los seres humanos, fue articulada por las generaciones recientes a la idea de futuro implícita en la aspiración revolucionaria –que será finalmente desplazada por lo que Jacques Rancière llama el viraje ético de la política–. Cuando ese giro se produce, la orientación de la historia se revierte y el acontecimiento radical que la ordena no es ya el de la revolución por venir sino el del genocidio como catástrofe consumada. Entiendo que es bajo la condición intelectual e histórica instituida por esta reversión que la memoria adquiere relevancia como significado estrictamente político. Ante todo, es la portación de un daño lo que distingue a la memoria de la historia, en cuanto formas de relación con el pasado.

En un pasaje de su intervención durante el Juicio a las Juntas en 1985, tras el alegato pronunciado por su abogado defensor, Massera afirmó: “…alguien me dijo que era intolerable que se jugara al sarcasmo sobre nuestros muertos, pero…, ¿quiénes son nuestros muertos? ¿De quiénes son los muertos? Terminado el fragor de la guerra todos los muertos son de todos y nadie tiene el derecho de hablar de ellos, de ninguno de ellos, sin el respeto que debe inspirarle a todo hombre, moral y civilizado, la dignidad intrínseca de la muerte, aunque más no sea porque cada muerto es un testimonio tangible de la eternidad, pero si no ha habido serenidad para hablar de nuestros muertos, quién sería tan candoroso de esperar un proceso objetivo para juzgar a los que están vivos…”.

¿Todos los muertos son de todos? La afirmación busca establecer la única condición posible para una “reconciliación” –o al menos para una transformación de la memoria en historia–, sólo que es la cifra misma de su imposibilidad. Los muertos, por ahora, no son ni pueden ser de todos. Dueño de la vida de quienes asesinó, la aspiración de Massera a serlo también de sus muertes se derrumba en sí misma, aunque haya ocultado sus cuerpos y les haya escamoteado sus identidades, pues la muerte –y sólo de ella podemos decir esto con certeza– está siempre más allá de todo poder humano. Los muertos no son de todos. Ese cementerio inapropiable, real y simbólico a la vez, es lo que funda una memoria. Por ello –tal vez podamos establecer aquí una segunda distinción provisoria–, a diferencia del recuerdo que es siempre individual, psicológico e intransferible (puedo recordar un episodio de mi infancia, un sabor, un rostro, un dolor físico), la memoria es colectiva, política y transmisible (estar inscripto en una memoria significa volverse portador de un daño que de un modo u otro persiste aún, y de significados específicos nacidos de él). Una experiencia y un recuerdo están en el origen de la memoria pero son sobrevividos por ella. De manera que, incluso cuando ya no queda nadie para recordar, aún persiste la memoria. Hasta que deja de hacerlo y entonces lo que era una memoria se transforma en historia, momento a partir del cual los muertos ya no son de nadie.

 

* Fragmento del ensayo “Experiencia, subjetividad y memoria”, perteneciente al libro de Diego Tatián Lo impropio (Excursiones, 2012). La presentación del mismo tuvo lugar el día viernes 30 de noviembre a las 19:30 horas en la Casa de la Lectura (Lavalleja 924, Villa Crespo, Ciudad de Buenos Aires).

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