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Entrando al vacío

Gaspar Noé vuelve a sorprendernos con Enter the void, un viaje lisérgico y alucinado hacia la muerte.

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Aparecen los créditos como disparos. Bombardeo de imágenes que anticipa. Toda la película deberá verse así: desde un estado de conciencia alterado. Quien busque en esos primeros créditos datos claros, se esforzará inútilmente y terminará frustrado. Pero los nombres ya no importan, estamos ante un film en el que no hay mensaje oculto ni moraleja.

La historia es simple, los temas no son nuevos: dos hermanos presencian la muerte de sus padres en un accidente automovilístico y hacen un pacto de sangre de no separarse nunca. Pacto roto y postergado hasta muchos años más tarde, cuando la hermana del protagonista logra viajar a Tokio a reencontrarse con su hermano. Ella allí sobrevive como stripper, mientras él vende drogas que consume en exceso. El pacto vuelve a romperse rápidamente, él muere casi al comenzar la película. Y uno se pregunta, ¿cómo puede llegar a interesar una película en la que se sabe de entrada el final?

Es que la historia no es lo fundamental, sino sólo en tanto excusa (con algo de cliché si cometiéramos el error de separar forma de contenido) para probar, mediante imágenes provocativas de todo tipo −sexo explícito, un aborto en detalle y un humanizado feto− los límites de lo tolerable para el que mira. Prueba para el espectador en todo sentido: desde lo controvertido de esas imágenes que, en verdad, parecen separarse de la trama, en un morbo gratuito, no funcional a nada; como, y sobre todo, por un nivel gráfico excepcional que habilita un tipo de violencia “física”: imágenes agotadoras en su brillo, flashes continuos, saturación cromática.

Como si fuéramos nosotros mismos el protagonista en sus viajes psicodélicos, vemos todo lo que le sucede al personaje desde su punto de vista, y de allí la insistencia obsesiva de Noé en la perspectiva subjetiva de la cámara, que muestra apenas su nuca al principio, y que incluso para volverlo más real, sus parpadeos. La cámara al hombro se mixtura con planos cenitales en donde nuestra fusión con el protagonista, ahora muerto, es total. Así nos desplazamos entre las paredes, sobre los techos, y por el cielo de un Tokio de neón, saliendo y entrando de los personajes en espirales que nos dejan mareados. A ese mareo se adhiere el de una trama poco convencional: mientras que el protagonista ve las reacciones de su hermana y amigos por su muerte, por ejemplo, se filtran continuos flashbacks de su niñez: el eterno retorno del momento traumático y el pacto con su hermanita que, de alguna forma, está cumpliendo. Mezcla de presente, pasado y futuro. Y todo como si lo viéramos drogados.

La experiencia trasciende la pantalla. Salimos del cine dementes, embriagados. Queremos hablar de ello para ver si es posible redimir, así, nuestro pecado. Fuimos nosotros mismos los que hicimos un pacto imposible de cumplir, los que nos perdimos en los excesos, los que tuvimos relaciones incestuosas para morir, y volver a nacer, en el proceso. Uno no se sentía tan sucio antes de entrar. Se quiere hablar con alguien, pero se calla. Callamos como esos personajes que, durante dos horas y media, casi no hablan. Callamos mientras nos preguntamos cuándo podremos volver a ser los mismos.

 

// La película se proyectará el próximo sábado 27 de mayo a las 19 hs. en el marco del ciclo #Voluptas, en Caburé Libros (México 620, San Telmo). Entrada libre y gratuita.

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