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De la democracia o esa sentida libertad

A 29 años del retorno de la democracia, el autor reflexiona sobre la celebración de su nuevo aniversario y se interroga sobre cómo alcanzar su plenitud.

Hagamos un ejercicio de retrospección: recordar el 10 D, aquél de 1983 en el que asumió la Presidencia de la Argentina Raúl Ricardo Alfonsín, para rencontrar, en el que acabamos de celebrar a veintinueve años de ese “retorno de la democracia”, ese acontecimiento que para muchos, más que un retorno fue un descubrimiento, una primera vez.

Aunque la fiesta se había vivido ya el 30 O, cuando votamos, cada quien según su pasión, su entendimiento y su militancia. Pero celebramos esa noche –el 10 D celebraron especialmente los ganadores–.

Con mayor intensidad que lo que puede ofrecernos la reflexión, el argumento o el cálculo, lo que nos hizo vibrar esos idus del ’83 fue la alegría compartida de estar realizando democracia. ¿Qué era la democracia más allá de esa vibración? ¿Cuál su contenido, cuál su forma? En perspectiva, respondo: la libertad más deliciosa y poderosa, la que se siente y comparte como un día de fiesta, en el que en positivo cambalache, como en la homónima “Fiesta” cantada por Serrat, se mezclan el pobre, el rico y el señor cura.

Claro que hubo y hay fin de fiesta, en el que “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas” porque “se despertó el bien y el mal”. Y realizar la democracia en su plenitud, sería superar ese fin de fiesta, al menos en el sentido en que las diferencias momentáneamente anestesiadas no vuelvan a reinar, a reponer un mundo en donde una minoría goza a expensas de la mayoría.

Pero estar aún a apreciable distancia del ideal de democracia que quisiéramos ver realizado, al menos en nuestro país –ya que imaginamos hagámoslo a lo grande y aspiremos a un democracia mundial incluso-, no debe hacernos olvidar ese sentimiento de libertad que es lo que ninguna forma de democracia puede sacrificar sin pervertir su contenido.

Tampoco debe impedir que apreciemos cuánto hemos logrado como sociedad en el camino recorrido desde entonces: justicia frente a los crímenes de la dictadura, progresivo protagonismo popular ganando las calles en muchos pueblos y ciudades del país, continuidad de las instituciones –dificultosa, pero continuidad al fin– y, sobre todo, la permanencia del “nunca más” cuyo reverso positivo es seguir afirmando, mayoritariamente, el deseo de democracia –de más y mejor democracia–.

Claro que hay otra enumeración menos auspiciosa, pero hoy quiero celebrar e invitarlos a celebrar. A recrear, precisamente, ese sentimiento de libertad que no se reduce al ejercicio del voto sino que incluye muchas variaciones, desde la política a la vida civil y a la cultura. Lo común a todas esas expresiones de la libertad democrática es la pérdida del miedo. Eso me parece reconocible entre nosotros: hemos perdido el miedo, no todos los miedos propios de nuestras complejas sociedades sino, en última instancia, el miedo a la libertad.

Alerta siempre hay que estar; activos cotidianamente en el cultivo de la libertad también, porque el autoritarismo y el abuso son un potencial del ser humano, demasiado omnipresente en la sociedad argentina como para “dormirse en los laureles”.

Es cierto que éstos son días de profundas divisiones políticas entre los argentinos, que no deberían cristalizarse sino alimentar a la democracia como un proceso abierto e infinito. Porque la democracia no puede tener una forma fija, ya que su sustancia es el exceso mismo de la vida en común, portadora tanto de concordia como de discordia.

En su expresión más justa, la democracia política coincide con la creación cultural y la vida de la razón como conversación potencialmente universal, es decir, inclusiva de lo humano como tal, más allá de toda idiosincrasia, pero a través de cada idiosincrasia.

Por ello, el camino emprendido en el ’83 es el de construir colectivamente nuestra democracia, darnos nuestras formas, siempre abiertas a su renovación, afianzando la singularidad de una cultura, mestiza como todas, pero también única en la aceptación de sí que debiera habitarla –mucho más de lo que lo hace, por cierto–.

Que vibre en cada argentina y argentino, hayan vivido o no los días del 30 de octubre al 10 de diciembre de 1983, esa sentida libertad de participar en pie de igualdad en el acto de autodeterminarnos y en la práctica política de hacer de la democracia, algo que sin cada quien no existiría, porque le faltaría su esencia, ese coeficiente de libertad singular e irrepetible que toda existencia encarna, porque cada una y cada uno debe saberse valiosa y valioso para todos, para la realización, proyectada más que realizada, de nuestro ser en común.

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