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NN

El escritor reflexiona sobre las implicancias del cambio de la fórmula “soldado desconocido” por aquella que reza “soldado conocido sólo por Dios”.

Tal vez no hemos reparado lo suficiente en un cambio que, llegado el caso, bien podría resultar trascendente para la historia de la humanidad. Me refiero al reemplazo de la fórmula establecida de “soldado desconocido”, utilizada habitualmente para referirse a los caídos en combate que no han podido ser identificados, por la fórmula que en cambio reza “soldado conocido sólo por Dios”. La primera variante persiste por caso en el mausoleo catedralicio de José de San Martín, para designar ese cofre de cenizas inciertas de quien, rodeado de la ebullición nominal de Tomás Guido, de Las Heras y del propio Padre de la Patria, no puede más que acomodarse a la condición paradojal del que goza de una gloria que es anónima.

Si se atiende, en cambio, a los reclamos que el gobierno argentino ha venido dirigiendo últimamente a su par británico con el fin de que se autorice el proceso de identificación de los muertos que yacen como NN en lo hondo de la turba de las islas Malvinas, se notará la preferencia por la expresión “soldado conocido sólo por Dios”. La idea del soldado desconocido procura una imagen más terrible, más feroz, más deprimente de la guerra; la guerra como espacio de absoluta soledad, de muerte ignorada, de irse y deshacerse y no ser nadie, para nadie. La idea del soldado conocido sólo por Dios viene a atenuar tan insoportable desolación, y a procurar eso que es propio de todo consuelo religioso: saber que existe pese a todo un ser superior que nos ve y nos conoce, que nos guarda y nos vela siempre.

Así considerado, el propósito de identificar a esos caídos en combate algo tiene del mito de Prometeo: la ambición de conocer algo que solamente Dios conoce, saber lo mismo que Él sabe, empardarse en cierto modo con Él. Pero una desviación más inaudita y más radical se produce al mismo tiempo, porque la idea de un soldado desconocido es más profunda y definitiva, más eterna y absoluta, más plena y más sin límite que la idea de un soldado conocido al menos por Dios.

La costumbre más extendida consiste en asignar al propio Dios el lugar de lo infinito y lo total, que no exista nada más allá de Dios porque Él mismo, como Dios, es el propio más allá. Pero la figura del desconocido absoluto es más absoluta que la idea del conocido solamente por Dios. Es más profunda y definitiva. Es más duradera y es incluso más amplia. La inconcebible proeza teológica de relativizar nada menos que a Dios podría derivarse acaso de lo que, a primera vista apenas, parecía ser nada más que el cambio de una frase por otra. Pero una palabra nunca da lo mismo que otra. Y una frase mucho menos. Dios queda así repentinamente situado en una dimensión más cercana y restringida, un poco como cuando decimos “mi Dios”, un poco como cuando decimos “Diosito”.

Ya en un plano menos ambicioso, ya en el reino de este mundo, la disposición retórica a suplir al soldado desconocido por el soldado conocido sólo por Dios podría acarrear también algunas consecuencias de importancia. Sabemos bien (León Rozitchner lo señaló prontamente en un libro de inusitada lucidez) que para comprender la guerra de las Malvinas, guerra “limpia”, conviene ponerla en relación con la “guerra sucia” que la precedió, y que estuvo en gran parte al mando de los mismos conductores. Y es que esa guerra sucia, la guerra contra la subversión, no se limitó a producir muertos anónimos en los términos en que toda guerra lo hace. Fue más allá: suplió la muerte por la desaparición forzosa y, con el fin de aterrorizar a la población, cultivó una tenebrosa y premeditada fabricación masiva de NN.

“No son, no están”, dijo Videla en aquel entonces: los hundió en lo desconocido, los hizo caer (y no necesariamente en combate) en la indefinición de lo no sabido. ¿Y Dios, a todo esto? ¿Vio o no vio? ¿Supo o no supo? ¿Conoce o no conoce? La alternativa es crucial. Porque Videla pretende que sí, y que en eso radica justamente su esperanza de salvación, su fe de morir e irse al cielo, su premio por salvar del comunismo a la sociedad occidental y cristiana. Otros en cambio discrepan de él, o hacen a Dios un poco a un lado en todo caso, y le auguran al dictador la justicia de un infierno tan vasto, tan profundo y tan inconmensurable, un infierno tan grandioso y tan para siempre, que hasta Dios, en comparación, se queda corto, que hasta Dios, en proporción, se queda chico.

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