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Cómo orientarse en la realidad

En el presente trabajo, el psicoanalista reflexiona sobre los alcances del psicoanálisis para orientarse en la realidad, confrontando con la posición neurocientífica.

¿Qué nos orienta a los analistas en la realidad que nos ocupa, en el lazo social de nuestra práctica?

En un intercambio de ideas con una mujer dedicada al estudio de la memoria, gran lectora de Kandel, aquel médico que abandonó el psicoanálisis para abocarse al estudio neurocientífico de la memoria y que obtuviera el Premio Nobel de Medicina, me decía: “Entre S. Freud y C. Jung, me quedo con S. Freud porque aunque ambos tienen una concepción popular del inconsciente y sus desarrollos son preteóricos, S. Freud al menos tiene un método”. ¿Cuál es ese método?, le pregunté. Y rápidamente con cara de “deberías saberlo”, me contestó: La “asociación libre”. ¡Qué barbaridad! Y yo que pensaba, que la asociación libre para S. Freud no era el método sino más bien un recurso del método.

En efecto, S. Freud sabía muy bien que la llamada asociación libre, dada la determinación inconsciente no tenía nada de libre. Entendía a su vez que, ese discurrir iba inventando y creando recuerdos a los que llamará encubridores. A esas creaciones en la pantalla de la asociación era preciso sumarle, el arte interpretativo. Un arte interpretativo evoca más a un “saber hacer” que a una técnica a aplicar. Mal le pese a los mentores del ADD, (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad) la “comprensión” en el análisis se produce en ese chispazo entre los dos inconscientes que S. Freud llamó “atención flotante”. ¿No es la atención flotante un relajamiento de la conciencia que en el hombre opera como conciencia moral? Es en esa apertura, entre percepción-conciencia, donde los fonemas (bo, elli, herr, sig) queman esas dimensiones que tiene el decir, a saber, la pantalla (recuerdos encubridores), los velos (juegos de presencia-ausencia) y las escenas (alternancia vacío-lleno)[1]. Son ellos, las huellas que llevan a S. Freud al recuerdo de Signorelli y a J. Lacan al nombre de Sigmund Freud.

Asociar libremente entonces, es una actividad perceptiva que va creando en la pantalla recuerdos encubridores. Recordar en el análisis, es una actividad creativa y no reproductiva. Ella le permitirá al que asocia, encontrarse diciendo como sujeto aquello que como objeto sufrió en el traumatismo. El que habla, se hace autor de las frases que pronuncia a nombre propio, y en ese devenir, queda implicado como sujeto del habla siempre de forma retroactiva.

Dice G. Deleuze en su libro Diferencia y repetición: “La repetición es, en verdad, lo que se disfraza a medida que se constituye, lo que no se constituye más que disfrazándose…”. No repito porque reprimo. Reprimo porque repito, olvido porque repito. Reprimo porque en primer lugar no puedo vivir algunas cosas o algunas experiencias más que bajo las formas de la repetición. Estoy determinado a reprimir lo que me impediría vivirlas así[2].

Un devenir que muestra y no demuestra en forma exhaustiva, ¿alcanza para definir un método? ¿Qué nos orienta en la realidad que se abre entre percepción y conciencia en la asociación llamada libre así como en el sueño, el chiste y el acto fallido? ¿Cómo se entra a esa caverna a la que se golpea de afuera pero se abre de adentro, si el sujeto que está afuera es el mismo que el que está adentro?

Hay más de realidad en el mensaje: “Padre, ¿no ves que estoy ardiendo?” que se da en el interior del ya canónico sueño de los Cirios que en los estímulos del mundo exterior que lo provocan. ¿Por qué esa realidad del mensaje no se responde en el interior del dormir? Algo inasimilable en el reproche del hijo despierta al padre, como el llanto de su cría despierta a la madre al no poder integrar ese llanto al sueño para seguir durmiendo. ¿En la realidad sexual del inconsciente la orientación no es a lo Real, a lo inasimilable en el campo del sentido? Esa orientación nos lleva a obviar lo que se devela como interpretación del sentido, aunque esa interpretación la realice el inconsciente a través de su formación. Esa interpretación sólo amplía el sentido.

¿No es como asegura Bárbara Cassin que: “Aún tiemble el ombligo del sueño” S. Freud no excede el campo del sentido propuesto por Aristóteles?

“Aún tiemble el ombligo del sueño”. En 1975, Marcel Ritter traduce muy bien el término unerkannt usado por S. Freud al hablar del “ombligo del sueño” por no-reconocido en lugar de desconocido. Y le pregunta a J. Lacan si se trata de lo Real pulsional. Quien le contesta que ese das unerkannt indicado por un ovillo de pensamientos, lugar en el que parece haber fallado la condensación, nos orienta hacia lo Real del inconsciente, que S. Freud mismo definió como represión primaria. Es un límite de la interpretación, que debemos respetar como límite.

En la misma ocasión, J. Lacan afirma: “Leía un pequeño libro de Kant: ¿Cómo orientarse en el pensamiento? No está ahí la cuestión. No se trata de orientarse en el pensamiento. Se trata de orientarse en el lenguaje”[3] y [4].

Orientarse en el lenguaje a lo Real, al inasimilable, en la realidad sexual del inconsciente no es tomar la vía del sentido, de la lectura literal sino de aquello que resulta incomprensible no por desconocido sino por no-reconocido. Un resto libidinal que no paso a la imagen del cuerpo[5].

En una oportunidad, discutiendo acerca de “Memoria e Inconsciente”, le decía a un representante de la Psicología Cognitiva, que el concepto que ellos tienen del inconsciente freudiano no excede lo que S. Freud ha descripto como lo pre-consciente, aquello que se alcanza en un esfuerzo de recordar.

Una mujer me contó que al pasar por una confitería la invadió un olor muy característico de su infancia. Ese olor le trajo como un relámpago una escena que ella rápidamente intentó alejar de la conciencia. La escena en cuestión resultaba ser la de su madre practicándole una felatio a un hombre que ella suponía coincidía con su padre. A la noche, irrumpió en ella un tremendo “dolor de cara”. Ese dolor, no cedió hasta que las series del decir agotaron la posibilidad del representar. Una serie que se abrió, conducía a su deseo de practicarle esa felatio a su padre para elevar así su figura y con ello afirmar su filiación. Otra serie se abrió en la línea de la identificación con la madre a fin de retenerla como objeto. Éstas son series convergentes que rodean un agujero ante el cual se agota la capacidad de representar. Todo el asunto estriba para nosotros, le decía a mi compañero de mesa, en que esta mujer, por ejemplo, pueda hablar de eso esta vez como sujeto. Es decir, en forma activa.

Mi interlocutor cambió su mirada atenta, por otra que denotaba felicidad de triunfo. Se irguió en el asiento y muy orondo me dijo: “Yo podría explicar ese fenómeno perfectamente, por ejemplo si yo veo a mi padre practicándole una felatio a mi madre, entonces…”. La frase cayó como un rayo, al no tratarse de un análisis, le gasté un pequeño chiste que le permitió seguir con su explicación científica. El destello iluminó para volver a apagarse, mi interlocutor pudo ser consciente un instante antes de volver a dormirse. Eso demuestra la fugacidad de nuestra conciencia como función de lo psíquico. La incomodidad nos invadió a todos, como una vergüenza ajena. El psicólogo cognitivo mantuvo el sonrojo de sus mejillas hasta el final de su exposición y más. Un psicolingüista podría haber explicado el “error” de nuestro compañero, pero ¿podría explicar nuestras vergüenzas?

S. Freud cita a Meringer y Meyer, científicos de la lengua (lingüistas de la época) que explicaban los actos fallidos como fenómenos neurofisiológicos[6]. Pero, no explicaban por qué el que tiene el equívoco no lo reconoce o no siente vergüenza si no es en presencia de otro, un semejante que sirva de sanción de lo dicho. La función del otro en la formación del inconsciente ha sido bien definida por S. Freud, como la dimensión del orden sexual que tiene como polos de su tensión al Yo ideal y el Ideal del yo.

En el Seminario 24, clase 11, J. Lacan afirmaba: “Estar eventualmente inspirados por algo del orden de la poesía para intervenir en tanto que psicoanalista. Esto es precisamente hacia lo cual es necesario orientarlos, porque la lingüística es una ciencia muy mal orientada”[7]. Si lo sabría él, después del encuentro con Chomsky en Nueva York.

¡Que la inspiración sea del orden de la poesía, no quiere decir que tenemos algo bello que decir! ¡Algo inspirado! La poesía tiene, a diferencia de la novela, por ejemplo que es refractaría a la traducción. La trama no importa mucho, lo que importa es el sonido de los fonemas que tintinean allí. Con la poesía, más que con ninguna otra forma de escritura, ocurre que el sentido viene después de varias lecturas y en cualquier momento. La poesía es una de esas dimensiones del decir en la que la interpretación se apoya. La interpretación en esa orientación es apofántica[8]. No se corresponde a lo modal en la que se apoya la demanda.

“Tú lo has dicho”, le responde Jesús al romano cuando éste le pregunta si es el Rey de los judíos. Nada que explicar. El pez atrapado allí de un golpe de caña. El decir allí es aseverativo. Tú lo has dicho, no te lo dije ni te lo hice decir más que como objeto causa de tu deseo. El decir, crea un mundo, no porque las palabras nombren las cosas, sino que las palabras las crean[9].

La interpretación como las buenas películas o las comidas generosas en condimentos, se repite luego sin intencionalidad de hacerlo. Es necesario que el sujeto pueda partir como objeto (al menos en el caso de la neurosis) y recorra las vueltas necesarias de la demanda y el deseo para encontrarse él mismo en el punto de partida, pero ahora, como sujeto. Este efecto delay de la interpretación, sólo puede producirse si se trata de una enunciación que opera sin enunciado a modo de un enigma o de un enunciado, una cita. Entre el enigma y la cita, opera el despertar, al caer la ficha de una interpretación que está en suspenso. La interpretación que fulmina el síntoma opera en hacerse oír en aquello que se escucha y en hacerse mirar en aquello que se ve.

No hay enunciación animal tampoco del sujeto cibernético. El instinto orienta al animal, la pulsión desorienta al hombre[10]. El animal cuenta con un sistema de percepción directa. La atención, garantiza la conciencia de lo que percibe[11].

Ningún animal puede preferir lo divertido de una anécdota antes que a su veracidad. No sólo porque no puede preferir, sino porque de la estabilidad del signo depende su existencia. Gran parte de la literatura no resulta más que el relato ampliado y deformado de un episodio mínimo, de un átomo intraducible de anécdota como le podría gustar decir a Demócrito.

Muchos divulgadores de las neurociencias y el cognitivismo, herederos acérrimos de la tradición aristotélica mantiene esa unidad entre las palabras y las cosas y entre los significantes y los significados. El ser anterior al decir. La existencia anterior a la atribución. A es A.

A pesar de la Santa Iglesia y su Tomás de Aquino. ¡El acto ateo del psicoanálisis es: desligar aquello que Aristóteles ha ligado! Ése es un conocido juego freudiano entre Eros y Tánatos. La pulsión, concepto límite entre el cuerpo y el lenguaje, desorienta al hombre que se esfuerza en reprimir el valor pulsional que lo inquieta, su conciencia depende de esa represión. El hombre se reconoce en el espejo, su imagen viste el resto libidinal inquietante que ha rechazado. La imagen del cuerpo lo engaña, lo enamora haciendo relación directa entre el goce y el deseo. La imagen se constituye a condición de ese rechazo. Si el espejo es la conciencia humana, esa conciencia es efecto de la represión. De allí que conciencia y complicidad se emparentan.

S. Freud organizó un aparato que en cierta pulsación desliga la percepción de la conciencia. Entre esos dos polos, se inscriben representaciones cosa y representaciones palabra. Son las representaciones palabra, las que reprimen el valor pulsional inquietante y organizan los recuerdos que suelen confundirse con la memoria.

Esa confusión, de memoria por recuerdo, parece ser el centro de una orientación neurocientífica que busca la causa en el interior del cuerpo. Pero, la causa es exterior al sujeto desde antes de su nacimiento. De esa confusión no se extrae un sujeto, sino procesos químicos más o menos registrables. ¿Cómo integrar, en un movimiento dialéctico, la dicotomización entre percepción y conciencia, o entre sentido y Real?[12]. La apertura entre percepción y saber, efectuada por S. Freud, abre la dimensión de una práctica. El marxismo, el psicoanálisis y la poética se revelan, entonces, como tres modos parecidos de practicar con el síntoma, tres modos de ser incautos de lo Real.

 


[1] Conceptos extraídos de dos presentaciones de Luciano Luterau sobre psicoanálisis y estética en el Centro de Lecturas: Debate y Transmisión, septiembre de 2011.

[2] Deleuze, G., Diferencia y Repetición. Anagrama, Barcelona, 1972. Cita de María Ángeles Cuellas.

[3] Lacan, J., “Respuesta de Jacques Lacan a una pregunta de Marcel Ritter (26 de enero de 1975)”, en Suplemento a las Notas Nº 1, EFBA, 1980.

[4] Pensar es poner en acto nuestra bolsita de prejuicios, no es juzgar. A la actividad de juzgar nos empuja lo que no reconocemos. Lo que de la imagen se nos hace opaco. Las representaciones mentales, entre lo Imaginario y lo Real conducen a la inhibición que empuja al acting out.

[5] Lacan, J., El Seminario, Libro 10, La angustia. Paidós, Buenos Aires, 2006.

[6] Freud, S., “Psicopatología de la Vida Cotidiana”, en: Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1973.

[7] Lacan, J., Seminario 24 L’insu que sait de l’une-bevue s’aile a mourre. Inédito.

[8] Lacan, J., “L’Etourdit”, en: Escansión 1. Paidós, Buenos Aires, 1984.

[9] La interpretación ilumina la división subjetiva afirma J. Lacan en su escrito “Posición del inconsciente” y en “L’ Etourdit”. Refuerza el asunto al afirmar que el ser se realiza señaladamente. El ser no es anterior al decir, el decir crea al ser retroactivamente cuando se muestra.

[10] Conversación personal con Germán García.

[11] Pommier, G., Cómo las neurociencias demuestran el psicoanálisis, Letra Viva, Buenos Aires, 2010. Traducción de Luciano Luterau.

[12] Conversación personal con Samuel Cabanchik.

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