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Pequeña teoría del fraude

El ensayista comparte con nosotros estos fragmentos que forman parte de un proyecto más vasto, que recién se encuentra en la etapa de producción y ensamblaje.

El presente ensayo nació de un conflicto existencial, o laboral –existencial–, digamos, si algo así fuera factible aun. Soy docente universitario desde hace muchos años, doy textos que leí quince o veinte veces, tomo examen, evalúo o hago de cuenta que evalúo. Es decir, poseo un poder y un saber, por lo menos el saber que proviene de lo que dicen todos estos textos leídos por anticipado, reiteradamente. Más todo lo que leí por fuera de este conjunto abigarrado de libros. Hablo desde ese saber, y los otros escuchan. Entonces, ¿cómo entablar un diálogo desde ese tono, esa suave y culposa prepotencia de decidir quién alcanzó el saber y quién no, quién no rindió lo suficiente y quién sí? Para colmo, el saber impartido es uno que supuestamente trasciende el aula, porque se propone pensar nada más y nada menos que las formas de vida que encarnamos, y cómo éstas están formateadas por la sociedad disciplinaria o la sociedad del espectáculo o como pretendamos llamarla. Lo cierto es que afuera del aula la magia de ese saber se deshace en el mismo aire del que están hechas las palabras. Para colmo, se juega con una triquiñuela: porque el saber que poseo es un saber que desconfía de sí mismo, un saber que no sabe, que no sabe bien cómo ni del todo lo que es, ni cuánto vale, entonces. Un saber femenino. Lo que deseo, como un Sócrates contemporáneo, es infectar a otros con esa duda que a la larga (o a la corta) carcome cualquier alternativa. Un saber de iniciados. A los docentes que no somos burócratas del cargo nos encanta este tipo de saber porque establece otras jerarquías, otros requisitos: se pertenecería a la cofradía de los que participan del secreto que emana de ese saber. Pero como justamente es un secreto, no se sabe a ciencia cierta quién lo comparte, descontando que nadie o pocos de los mortales comunes están iniciados en él. Nada mejor que detentar un secreto, o presumir de hacerlo, para despertar el misterio. ¿Y para qué sirve el misterio? Primero, el misterio descalifica al otro, el otro no lo conoce o no lo entiende, lo que resulta peor. Es más, el otro no sabe si hay o no hay misterio pero por las dudas, como no sabe, cree que lo hay y que en algún momento lo alcanzará (esta duda también afecta al iniciado, porque no sólo cree que hay otros que saben más o saben lo correcto, lo que hay que saber en un momento y en un lugar determinado, avalado por la cucarda que entrega el conicet o alguna institución semejante; también porque no sabe si él realmente, auténticamente, sabe el misterio o se inventó un misterio para hacer de cuenta que comparte con otros esa clandestinidad). Segundo, permite que me mueva en la ambigüedad: como el significado auténtico no puede revelarse, la ambigüedad sirve como una especie de canto de sirena: algunos hasta se zambullen en ella de motu proprio. Suelen ser jóvenes. Además, la crisis se origina porque afuera del aula no hay misterio, y nadie tiene ganas de escuchar el abracadabra del pensamiento: hay una realidad brutal que no quiere interrogarse sobre su ser material, sabe a hierro candente lo que es. Afuera del aula uno no es docente. Ahora bien, ¿dónde concluye el aula, la tarea, el saber que rebota de mesa en mesa en los bares? ¿Cuándo se sale del aula, cuando se atraviesa la puerta, cuando se cuelga la chaqueta en el perchero de su casa, cuando se acoda en el bar y pide un whisky? ¿Cuándo se leyó veinte veces el mismo texto, y sin embargo se tiene el tupé de pararse delante del curso y hacer de cuenta que se está pensando? Hay gente que se deja convencer por la secta. Pero a la larga, como no son docentes, terminan descubriendo la verdad. El secreto está en hacer como si e ignorar un poco las reacciones. Porque todo, a ese nivel, depende de un tono.

J. Ludmer: “Todo depende de cómo se lea la literatura hoy. O desde dónde se la lea. O se lee este proceso de transformación de las esferas y se cambia de lectura, o se sigue sosteniendo una lectura interior a la literatura autónoma y a la ‘literaturidad’, y entonces aparece el ‘valor literario’ en primer plano. Dicho de otro modo: o se ve el cambio en el estatuto de la literatura, y entonces aparece otra episteme y otros modos de leer. O no se lo ve o se lo niega, y entonces seguiría habiendo literatura y no literatura, o mala y buena literatura” (“Literaturas Postautónomas2.0”).

N. Elias acuñó un nombre para una nueva disciplina, la llamó psicohistoria, y él se autodenominaba como psicohistoriador: trabajar con la dimensión inconsciente de los hechos, con el Súper Yo de la historia. De allí en más se volvió lugar común: ¡si se trata tan sólo de interpretaciones! La interpretación, un diagnóstico. Ahora bien, para pensar ciertas cuestiones elementales del mundo contemporáneo podríamos también acuñar un neologismo. Si la Science Fiction se ganó un lugar en la liga mayor de la literatura, llegó la hora de que aparezca una Philosophy Fiction, un pensamiento serio hasta lo risible sin alcanzar la agudeza patafísica. Una vez que se me había ocurrido esta especie de nuevo género literario me enteré que el Dr. Samuel Monder había escrito un libro con el título Ficciones filosóficas. Entre las cuestiones loables del libro resalta el pasado fecundo que le brinda a la disciplina, con Dostoievski, Kundera y lugares preeminentes para J. L. Borges y M. Fernández: los precursores, pensadores irrespetuosos que franquean con comodidad los límites entre los discursos narrativos y los discursos filosóficos, considerando a estos últimos –como lo hace Monder— un “discurso absoluto… un discurso autoritario, no muy diferente de cualquier otro discurso autoritario, sólo que sofisticado e inteligente”. De estos discursos filosóficos se había burlado M. Heidegger cuando planteaba que a él no se lo considerara filósofo sino pensador, y reintrodujo, entonces, al bagaje filosófico, al mejor estilo de los contrabandistas, los conceptos vulgares de la calle, hasta el punto que terminó inventando una jerga difícil de entender, la “jerga de la autenticidad” (T. Adorno). No se trataría de buscar antecedentes ni de practicar una crítica literaria ampliada, o sí, pero en verdad no importa esto. La Philosophy Fiction borraría los límites del campo filosófico hacia el lado de la literatura pero fundamentalmente con el objetivo de alcanzar fenómenos que quizás no la filosofía en sí misma pero sí la tradición, la costumbre y por supuesto las instituciones académicas han decretado como temas indignos de la magna disciplina. Recuperar el doble sentido de las banalidades, detenerse en las frases superficiales, copiar las frases idénticas que acaban de ser expelidas como enunciados trascendentales por la radio o la tv. Expresar todo no sólo con claridad y evitando cualquier malentendido; hay que repetirlo por lo menos dos veces, por las dudas. La distancia que separa Desayuno en Tiffany’s de Mad Men.

Trataré de poner un ejemplo, quizás así se entienda de una vez por todas a qué me refiero cuando hablo de fraude en sentido positivo. Alguna vez, hace unos años, Charly García dijo que le gustaría hacer una obra frente a la cual la gente no fuera capaz de discernir si era genial o era una bazofia, un nuevo punto de Arquímedes, y ¿por qué no?, talón de Aquiles de la subjetividad tardocapitalista. No hacer pasar una bazofia por una genialidad –en lo que consistiría el fraude en su sentido tradicional–, ni tampoco valerse de los prejuicios y los honores conseguidos, el clamor de los fans o las dificultades que tiene el público para juzgar lo que escucha, sino otra cosa, una cosa barroca, compleja, indistinguible, estructuralmente dual, bazofia y genialidad en el mismo acorde, al mismo tiempo. Buena parte de la mercancía circulante como de los armazones teóricos en boga producen este efecto indeseado, ¿es una bazofia? ¿Es una genialidad? Un duelo entre W. Allen y S. Zizek.

“Tu foto de Facebook no te sirve afuera de Facebook. Las cosas como son”.

La inversión con la que Platón inauguró la tradición metafísica considera que lo que tomamos cotidianamente como real –la almohada en la que nos despertamos, las paredes que nos cobijan, la calle y los árboles, etc., cosas todas que cambian y que a la larga desaparecerán, cosas cambiantes y aparentes– en verdad es falso, pues lo verdadero no cambia, es inmutable, se halla por encima de toda dimensión mundana, finita y aparente. Lo verdadero, así, se convierte en ideal, esencial y puro, lo que permanece idéntico porque tiene el poder de no aparecer nunca. Ahora bien, la batalla que libró la filosofía impuso lo espiritual por sobre lo carnal, lo eterno por sobre lo mutable. Se basaba en un consuelo: lo que no tengas aquí te será recompensado más allá; y en una actitud: no sólo actuar como si se fuera propietario de una verdad, sino creerse íntegramente propietario de ella. El campo de la contienda no era el mero pensamiento, actividad espiritual por excelencia, recóndita y circular, sino la moral, donde lo abstracto y lo concreto, el deber, el deber-ser y lo que se es se conjugan o con-juegan. El giro que le dio Nietzsche a este problema metafísico condujo al pensamiento a su propio límite: más allá de cualquier contenido y enunciado, cuando los filósofos pretenden hablar en nombre de la verdad no hacen más que hablar de sí mismos (hasta los nietzscheanos nos olvidamos de este enunciado). La filosofía –recordemos– se irguió sobre la reinterpretación de las aporías socráticas, de su poder disolutivo, ruin, para convertirse en una nueva religión, de la que los filósofos se presentarían como profetas y los anunciantes de un nuevo mundo, un mundo ideal, totalmente inconscientes de la falsedad que comporta la enunciación de cualquier verdad, incluida la pronunciada por ellos.

Notas relacionadas

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Dos poemas del último libro de Cristian De Nápoli, Antes de abrir un club (Zindo & Gafuri, 2018), y un inédito del libro El pájaro rodante.

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Tres poemas inéditos de Valeria Cervero, autora de Madrecitas (Barnacle, 2017) y Seres pequeños (HD, 2018), entre otros libros.

Pía Bouzas, narradora y autora de Un largo río (Gárgola, 2016), y Una fuga en casa (Club Hem Editores, 2018), entre otros libros, comparte con nosotros este relato inédito, tenso y grave, sobre la enfermedad de un hijo y la mirada de su madre.

Florencia Fragasso, autora de Extranjeras (Gog y Magog, 2005) y Melliza (Gog y Magog, 2018), entre otras obras, nos adelanta poemas de su próximo libro Veinte Sillas (Mágicas naranjas), ilustrado por Julieta Dolinsky. Se trata de poemas escritos a partir de ciertas resonancias de la infancia.

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Jonás Gómez, autor de Equilibrio en las tablas (Mansalva, 2010) y Una percepción binaria del color (EMR, 2018), entre otras obras, comparte con nosotros tres poemas inéditos.