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El lodo histórico

El autor se interroga sobre el sentido y esencia de la Historia, no para determinar su finalidad, sino para pensar su estatuto en relación al presente/futuro de los hombres.

Si la realidad presente es por naturaleza turbia, viscosa, lo suficientemente difusa como para no ofrecer certezas, para colmo construida con versiones a veces encontradas y de variado origen, cuánto más el pasado, que suele habitar la memoria interesada de unos pocos, para derramarse luego en la credulidad colectiva.

Entender la Historia exige diseccionar el tiempo, integrado por dos ámbitos en cada extremo: futuro y pasado, y entre ellos un presente escurridizo que adquiere carácter de frontera técnica, un vertedero inaccesible a la conciencia humana que conecta ambas magnitudes. El pasado constituye siempre una sospecha, una obcecación auspiciada por la experiencia. Atrapar la realidad que está sucediendo resulta inútil, el inconstante presente lo expulsa hacia atrás, es decir, lo sucedido es la ineluctable consecuencia del por-venir. Lo único predicable del tiempo es un formato de su flujo, el contenido es siempre interpretable.

Lo acaecido constituye entonces un fenómeno que además de inasible en términos de veracidad, resulta una buena forma de escapar a la realidad presente, esa inveterada costumbre del hombre para no reconocerse un juguete del tiempo, tenue hoja entre la brisa. Aun tratándose de un rompecabezas del devenir, cuya inestabilidad auspicia un aire de sospecha, rige la versión, acaso intencionada, que para entender el presente es necesario conocer el pasado, única dimensión cierta al fin, aunque sólo porque ha sucedido, no por sus vastas lecturas.

La Historia resulta materia de sesudas investigaciones en razón de abundar en episodios que significan mucho y generalmente explican poco. Se la hurga sin cesar por ser una de las dos cosas que el hombre puede hacer con el tiempo: evocarlo. La otra, esperar que suceda. Como disciplina constituye un intento de unificar el recuerdo, propósito nada cuestionable en sí, salvo que suele esconder velados intentos de arrebañar multitudes en torno a próceres comunes, episodios y fechas, que nada tienen que ver con la vida de cada individuo. Siendo ésta cada vez más ajena a uno mismo, aquella vendría a ser buen recurso para evitar esa extrañeza. Una historia común reúne, construye nación e ideario colectivo. Allí está el ejemplo norteamericano, afanado en difundir una historia de la libertad cuyo derecho de autor reclaman, ficción útil para ignorar que no pueden –ellos ni nadie–, eludir el destino transnacional de la especie: la temporalidad. Y en nombre de ese ideario no ahorran guerras. Será que la ilusión de infligir muerte exorciza la propia.

Hay versiones más aliviadoras, por ejemplo creer que la construcción, estudio y análisis de la Historia, permite comprender al hombre, su pensamiento, la cultura, la conducta de los grupos humanos, su derrotero, y aún pergeñar el porvenir en base a las enseñanzas que deja; ambición teleológica que explicaría el sentido de la vida. De ser posible, alcanzaría para justificarla. Pero es también probable que acabe siendo una ilusión, si no más confiable, menos fantástica que la religión. Aparentemente.

Una sociedad sin Historia es como un hombre huérfano, por eso las naciones buscan afanosamente padres de la patria, aunque no siempre cumplan idóneamente su rol. Los argentinos tenemos un padre de la patria y una madre patria. Mirándonos en ese espejo deberíamos poder explicar muchas cosas que nos pasan. Claro, su ejercicio también podría convertirnos en malos hijos.

Dentro de la Historia grande transcurren historias chiquitas, las de cada hombre, cuya sumatoria configuraría aquélla. Junto a la aritmética, el discurso político contribuye a abonar la idea de un hombre protagonista de la historia. Pero, ¿lo es, o simplemente está reducido al papel de espectador? Ciertas preguntas conviene formularlas en voz baja para evitar suspicacias e irritaciones. Esta parece filosa pero es inocua, no aspira a dividir la orquesta en directores y ejecutantes, sólo intenta plantear una realidad aparentemente inadvertida por la historia oficial. No es posible hallar en los libros de historia a Juan Olvido, caído en Huaqui o Vilcapugio, ni al ranquel que regó con su sangre la gloria de Roca. También ignoramos quién afrentó la pacatería porteña lavándose los pies en la fuente de Plaza de Mayo, quién apedreó la terminal de Constitución cuando no pudo regresar a su hogar por un paro sorpresivo, y al que se suicidó anoche por no tolerar más la vida.

Y si no conocemos a los protagonistas, ¿podemos conocer la historia?

Hay otra mirada posible a partir de la clásica sentencia: “La Historia es la maestra de la vida”. Aceptando su validez, y sin considerar finamente el sentido y alcance de la maestría aludida, sería conveniente –aunque peligroso– ahondar su significado, porque de ser así, la pedagogía resultaría una disciplina inútil. O el hombre es muy mal alumno.

Suele asimilarse la Historia a una criatura mitológica distinta a la suma de sus componentes, algo así como un monstruo feroz visible a la mirada retrospectiva. Luce apocalíptica la visión de Walter Benjamin sobre el Angelus Novus de Paul Klee, un ángel cuyos ojos miran fijamente con su boca abierta y las alas extendidas. Así imagina al ángel de la historia: la cara vuelta hacia el pasado donde sucede una cadena de acontecimientos, cuya consecuencia catastrófica amontona restos lanzándolos delante de sus pies. El ángel quisiera permanecer en ese espanto, despertar a los muertos y recomponer todo lo que ha sido roto, pero una tormenta del Paraíso empuja sus alas hacia atrás con tal violencia que no puede cerrarlas; en ese impulso irresistible que lo arrastra hacia el futuro –a su espalda–, la pila de restos y escombros crece por el cielo. Esa tormenta sería el progreso.

Más allá de la trágica visión, la Historia acepta interpretaciones menos fatales, como la que avizora en su entretejido una multitud de historias individuales, una suerte de haz de varas que en su unión atesora la fuerza. La suma de estos haces configuraría la gran Historia. El planteo se inscribe en la reflexión de Manuel Scorza: “La realidad histórica no debe ser entendida como una copia de esa realidad, sino como una visión más exacta de la misma”, idea que al distinguir copia de original, abisma el gran problema de la verdad, conflicto presente en toda expresión humana pero más críticamente en la Historia. La construcción histórica incluye hechos más o menos fidedignos –más menos y menos más–, e interpretaciones contextuales tendenciosas, que suelen ir por la mala copia cuando no por el espejismo. Pocas veces por la verdad.

El 25 de mayo, cumpleaños de la patria según la tradición escolar, no suele incluir datos estadísticos, a veces esclarecedores, o que al menos deberían mover a reflexión. Aquel 1810, menos del uno por ciento de la población porteña se reunió en la Plaza para saber de qué se trataba, el resto andaba por la vida atendiendo tareas laborales vinculadas al mundo cotidiano, real; a la naturaleza, esa terca que no sabe de discursos, y que tampoco allí respetaba remilgos de levita y miriñaque; porque clima, mediodías, pariciones y semillas no saben de libertades e independencias, puros saberes de tertulia y escritorio. Pero tampoco aquel promocionado interrogante fue la causa de la convocatoria, sino el afán de destituir al virrey, aprovechando el marasmo de la metrópoli a causa de la invasión napoleónica. Tampoco la fidelidad al rey explica cabalmente la movida vecinal. Si en asuntos del alma el amor suele encender pasiones y propiciar desencantos de un momento a otro, cuánto podía durar un sentimiento político. ¿O económico?

Otra duda nace en ciertas crónicas sobre barrios porteños que abona la pregunta: ¿Por qué siempre sus célebres fundadores han sido previamente propietarios de esas tierras? Sin desvelarnos sobre cómo obtuvieran la propiedad, estos notables afortunados son objeto de encomios y palabras laudatorias, mecanismo que alienta a imaginar entre los futuros próceres a las actuales viudas del cemento y la noticia, a destacados capitanes de la industria automotriz, la construcción, el petróleo y el espectáculo, cuyas fortunas reconocen una sorprendente generación espontánea nunca bien explicada; cuando no también a hombres de uniforme –no siempre sobrios–, alentando guerras inútiles y desapariciones misteriosas. Si acaso la Historia habrá de mencionarlos como notables forjadores de futuro, ese mismo futuro ya aparece genéticamente oscurecido por tales artesanos. Más ardua aún será la mensura ética.

¿La Historia es falsa o cierta?, ¿buena o mala?, ¿es objeto de dicotomías o sólo es, en cuyo caso sólo bastaría saber cuál es? Tanto interrogante reclama discurrir sobre el sentido y esencia de la Historia antes de abordar los episodios que la constituyen. O será tal como expresa Walter Benjamin que la Historia –al menos hasta ahora–, viene aureolada de triunfo. Pero tampoco hay triunfos sin derrota ni derrotas sin porqué. ¿A quién debe su condición el vencedor si no al vencido?

Desdeñando el fatalismo que asigna causalidad trágica a la vida, aparece más razonable adherir a la idea de una Historia construida por el hombre. Pero ¿qué hombre: el protagonista, el espectador, el que la reconstruye? Aquí se abre otro atajo en el umbrío árbol de las especulaciones, porque también el historiador es figura emergente del proceso histórico. Del mismo modo que el lenguaje media entre los hombres, o que la idea lo hace entre percepción y enunciado, el historiador integra la sinapsis entre objeto y sujeto de la historia, entre actor presente y espectador futuro. La verdad exige prescindir del cronista negando toda valoración al suceso, pero nadie dice cómo lograrlo. Imposible ser sujeto y objeto de la misma relación. Un buen guiso está vedado a sus componentes, privados de saborearlo consigo mismo adentro.

También el caudal de recursos tecnológicos que permite el atesoramiento de información amenaza reducir la Historia a la mera acumulación de datos. En estos mismos términos, también el conocimiento está a disposición del hombre en diversos materiales y soporte informativo –aun Internet, vastísima enciclopedia, vaya a saber si confiable–, claro que eso no educa ni configura un proceso de aprendizaje, en el mejor de los casos supone un vacuo trasvase de información que reclama la presencia del maestro. Quizás en este sentido se concibió a la Historia como maestra de la vida, asignando al historiador el trascendente rol de intérprete. La realidad debería primero comprenderse, luego volcarse a su destinatario: el porvenir. Esta traducción emboza sesgos y recodos por donde escurre la verdad histórica. Si las sagradas escrituras en manos de exégetas apropiados pudieron vincular la filosofía griega con la revelación divina, qué no debe esperarse de hombres puestos al servicio de ideologías. Así las cosas, también la Historia parece integrar la interminable galería de fábulas que, lejos de aportar certezas, auspicia dudas. Será que el hombre, su constructor, está estructuralmente privado de alcanzar la verdad tan anhelada.

Una alternativa sería considerar objetivos menos ambiciosos, incluso buscarlos por vías más elípticas. Claro que llegar al corazón de un cuerpo humano es más sencillo por los grandes vasos sanguíneos, pero también los capilares integran el sistema, si bien más lejos del corazón también más epidérmicos. La mirada microscópica sobre la cotidianeidad constituye una vía de acceso a la realidad –ergo al pasado–, no contaminada por dudosos intermediarios como el poder de los medios, las ideologías reinantes, o los intereses que gobiernan el mundo de un modo cada vez más causal. El pequeño grano de arena no amenaza la vastedad de la playa, más bien la integra, de paso constituye una forma económica de buscar la verdad sin riesgo de espurios mecanismos ostentados a discreción. El documento que muestra el impacto de la nave partiendo al medio una de las Torres Gemelas no explica la angustia de sus tripulantes, la intención del piloto, ni las genuinas causas que auspiciaron la tragedia. ¿La Historia es el hecho en sí o sus componentes emocionales, el suceso o la trama previa, el crimen o la intriga palaciega?

Como fuere, la importancia de la Historia como almacén de memoria colectiva puede sustentarse en algunos ejemplos que ofrece la literatura, arte al fin pero también útil auxiliar en mano de lúcidos pensadores como Umberto Eco. Allí está su Giambattista Bodoni batallando contra la amnesia, clamando por un remedio que a diferencia de la droga o el alcohol lo rescate del olvido. Es que aun conservando su memoria intelectual, no poder reconocerse a sí mismo propicia una despersonalización trágica, que lo convierte en un extraño dentro de su propia familia, un extranjero en su tierra, un muerto en vida –tengo una memoria de humanidad, no de persona–. Basta asimilar la experiencia de un hombre a la de un pueblo para colegir que el olvido –o su sucedáneo: el engaño histórico–, arrojan al hombre al infierno de la soledad.

Más que un derecho, la verdad histórica es un deber. Criatura al fin del hombre, pudiendo encarnar un modelo de enseñanza, lejos de hacerlo acaba siendo una distracción más. Víctima de tendencias e intenciones no siempre virtuosas, en lugar de redundar en beneficio propio, se convierte en arma letal. Fue grata a Borges la idea de que Dios no puede corregir el pasado, magnífica concepción que expresa la magnitud de lo antes sucedido. Vedado incluso a la divinidad, parece atrevido entonces asomarse al pasado para develar sus misterios; no obstante allí está el hombre hurgando con atávica curiosidad, si no para hallar la verdad al menos para ir tras ella, al fin lo único a su alcance: la búsqueda, no el hallazgo.

La razón ha sido creada para ignorar y a la vez renegar de ello. Se amplían las fronteras del conocimiento al mismo ritmo que la ignorancia, paradoja que describe su destino circular. Sin embargo la vida ofrece al hombre la posibilidad de la Historia, un modo de redimir su trashumancia en el tiempo. Así, la especie resulta depositaria de la esperanza a la que cada individuo, apretado en sus límites temporales, debe renunciar.

Sucede que la llegada implica el fin del trayecto y el hombre es eterno pasajero del tiempo. Lewis Carrol ha condensado esta visión en una idea amable: Caminar, siempre caminar, ejercicio que en la rígida mente lógica supone algún final esperando. No aclara cuál, pero asegura alguno. Si el porvenir se lee en el pasado, la nobleza de la Historia consiste en ofrecerse como acertijo del destino. Sin perjuicio de ello, el pasado configura al presente, define sus contornos y otorga sentido a todo, evitando hundirnos en la difusa niebla de Giambattista Bodoni, razón de sobra para ir por él.

Otra enseñanza de la Historia reside, paradójicamente, en el histérico coqueteo de la verdad. Sea nuestra civilización un fracaso cuya decadencia nos enfrenta a su exterminio al modo de Sppengler, sea que en la espiritualidad encuentre los recursos para vencer las dificultades al modo de Toynbee, queda siempre a disposición del hombre un recurso heroico: oculta la verdad histórica en ese pasado inaccesible, dispone del porvenir para ir construyendo el presente sobre cimientos legítimos. Esta es la dificultad a vencer: impedir que la realidad sea falazmente construida desde afuera, sino más bien que se alimente en su propio cauce. No disponer de la verdad histórica puede resultar entonces buen auspicio, permite construir el presente desdeñando a los dudosos próceres del siglo XXII. Pero encontrar el camino ya no es recurso de la Historia misma, sino una búsqueda personal de cada hombre, para no quedar como el Ángelus Novus, con sus alas abiertas a merced de la tormenta. En todo caso es posible, al modo de la teología negativa, saber qué no debe aceptar como condición básica para ir en busca de su propio destino. Así las cosas revisar verdades consagradas resulta una obligación tan ineludible como desconfiar del mensaje enlatado y hasta sospechar de la evidencia, generalmente intencional. O mejor aún, advertir que en la cada vez más perfecta escenografía bidimensional del mundo, queda oculta la tercera dimensión que completa la realidad. Reconstruirla es un ejercicio que trasciende la especulación teorética y exige derrumbar falsos ídolos. Sartre señalaba que la vida no es gratuita, debe revalidarse en la acción. Adviértase que los mecanismos de manipulación actuales ofrecen espectáculos de mera contemplación donde la frágil criatura humana es capaz hasta de bailar por un sueño. El hombre arrobado, presa fácil de ilusiones, ha llegado a interpretar la muerte como una dulce pócima de vida, tal como la erótica mística ofrecía siglos atrás.

La Historia, del mismo modo la Filosofía, no construyen respuestas terminales –el fin del camino que sugiere Lewis Carrol–, más bien abre interrogantes sobre los que debe escurrir la duda en principio, la acción luego. En ese quehacer crítico, no en sus resultados, quizás consista la redención del hombre.

A pesar de las múltiples facetas, admitamos al menos que la Historia es sustento del presente y proyección del futuro. Revisarla, entonces, no significa reducirla a meras antinomias maniqueas, claro que evitar esta simplificación exige fatigar pupilas, afinar lecturas, investigar, y sobre todo, en línea con Scorza, cotejar versiones que echen luz sobre las sombras alentando una versión más fidedigna. Quizás no alcancemos a descubrir la verdad histórica, pero advertidos de esta dificultad estamos a tiempo para construirla desde ahora. Una guía para confirmar el buen camino será el nivel de reacciones que genere, tanto la tarea como sus efectos. Mientras más resistencias encontremos más cerca estaremos de la verdad.

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