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Gerardo y Mercedes

Ofrecemos a nuestros lectores, a modo de adelanto, fragmentos de la novela Gerardo y Mercedes del escritor Ricardo Strafacce, de próxima aparición en la editorial Wu Wei.

*

Gerardo y Mercedes se llevaban de maravillas. Eran, como quien dice, una pareja feliz. “Nos llevamos bárbaro”, decía Gerardo cada vez que se le preguntaba sobre el asunto, y Mercedes no lo contradecía: “Nos llevamos genial, ge-ni-al”, ratificaba separando las sílabas a su antojo. Habían comenzado su flirteo cuando él tenía dieciocho años y ella no más de quince. Es decir: todavía no se asomaban a lo largo y complicado de la vida y ya se andaban buscando. Primero con miraditas llenas de rubor, después con saludos timoratos y más tarde –un año más tarde– una salida al cine y un picnic en los bosques de Palermo fueron territorio y ocasión para que, no sin timidez, se empezaran a comunicar el uno al otro esa intención que los gobernaba. Como no podía ser de otra manera, bastaron un momento propicio y un rincón oscuro para que se trenzaran en declarado noviazgo.

Seis años después se casaron. Para ese entonces, Gerardo (Gofiego) ya era todo un Licenciado en Ciencias de la Educación y Mercedes (López Pagiola) una pimpante morocha que le gustaba a todos. El nombre completo de él, Gerardo Froilán; el de ella, Mercedes a secas. Pero se habían puesto apodos: Mercedes, con rara inventiva, llamaba a su marido “Juancho”; Gerardo, más tradicionalista, a ella le decía simplemente  “Mecha”.

Y acá entra a tallar el Licenciado Federico “Fredy” Tortolo, terapeuta de Gerardo. Visitemos su consultorio:

Tortolo: ¿Está seguro, Gerardo, de que se llevan tan pero taaaaan bien?

Gerardo: Nos llevamos bárbaro, Fredy. Mecha siempre dice que nos llevamos genial.

Tortolo: Yo tengo mis dudas.

Gerardo: ¡¿Pero por qué, Fredy, por qué?!

Tortolo: En primer lugar, Gerardo, bájeme el tonito. Y en segundo, acá el que hace las preguntas soy yo.

Es difícil adivinar por qué motivo Tortolo ponía en cuestión esa felicidad conyugal que le relataba Gerardo. Una hipótesis: Gerardo como paciente era un fiasco y Tortolo se aburría. Por eso le tomaba el pelo:

Gerardo: Está bien, Fredy, no le levanto la voz ni le pregunto nada. Pero dígame por qué duda de que nos llevamos bárbaro, sea bueno…

Tortolo: El tonito lo bajó, es cierto. Pero sigue preguntando. Disfraza las preguntas para colmo. De ruego las disfraza. Típico de usted, por otra parte, eso de rogar.

Gerardo: Si me contesta esta pregunta le juro que nunca más le pregunto nada. Palabra de honor.

Tortolo: ¿Ah, sí? Y si no se la contesto, ¿qué? No me diga que me amenaza con seguir preguntando.

Gerardo: Bueno, tanto como amenazar no, pero…

Tortolo: Pregunte, pregunte nomás, haga sus preguntitas. Yo no se las contesto y chau.

Silencio en el consultorio. Silencio casi absoluto, apenas interrumpido por carraspeos de Tortolo y suspiros de Gerardo. Al rato:

Gerardo (Con un hilo de voz): Si no me llevara bárbaro con Mecha hace tiempo que me habría pegado un tiro…

Tortolo (Tarareando los versos finales del tango “Afiches”): ¡Dan ganas de balearse en un rincón! ¡Chan-Chan!

Con ese chan-chan se terminaba el tango y también la sesión. El Licenciado Tortolo se puso de pie y extendió la diestra a su paciente quien, preocupado pero orgulloso, se dijo para sus adentros: Yo no soy menos licenciado que éste. Y se dijo también: ¡Pero si con Mecha nos llevamos bárbaro!

Esa tarde, como de costumbre, apenas regresó del consultorio Gerardo relató a su mujer el desarrollo de la sesión. Mercedes le dijo entonces, como tantas otras veces, que debía cambiar de terapeuta. Ella, que había expuesto esa convicción en rueda de amigas, se encontraba en condiciones de recomendarle no uno sino dos y hasta tres profesionales. Recomendados por las tales amigas los profesionales estos, es decir: garantizados.

Pero Gerardo dudaba. Por una parte, sentía que al menos en esto debía mostrar carácter ante su mujer (en todo lo demás, lo admitía, se hacía siempre lo que quería ella). Por otra, Tortolo era un excelente profesional, de eso no cabían dudas. Sin contar que el terapeuta lo había reprendido con inusual severidad cuando él le comunicó estas cavilaciones:

Tortolo: Dele, pollerudo. Vaya nomás con el psicólogo que le recomienda ella.

Gerardo: No, Fredy, yo no quería decir eso…

Tortolo: ¡Plántesele firme a esa yegua! ¡Siga conmigo! ¡Sea varón!

Con todos los años de terapia que Gerardo cargaba en las espaldas ya se había ido haciendo medio psicólogo también él, así que se daba el lujo de interpretarlo a Tortolo. Para mí que éste me tiene envidia, se decía, por lo linda que es Mecha (A poco de iniciado el tratamiento, Gerardo le había exhibido a Tortolo una fotografía de su mujer, que el licenciado retuvo consigo). Me tiene envidia por lo linda que es Mecha y por la plata de la familia.

Nada más cierto. La familia López Pagiola era totalmente millonaria. Gerardo y Mercedes, sin ir más lejos, vivían en un palacete, regalo de bodas de sus suegros (También obraba en poder de Tortolo una fotografía del dúplex). Podían viajar a cada rato a donde se les antojara, se daban todos los gustos. Si no gastaban más era porque no se les ocurría en qué.

El tema económico era asunto de frecuente conversación en el consultorio:

Tortolo: Usted es un mantenido, Gerardo.

Gerardo: Bueno, le acepto que…

Tortolo: Los cheques a su suegro le acepta, a mí no me la va a contar…

Gerardo (con dignidad): ¡Pero la terapia me la pago yo!

Tortolo (con desprecio): Pero todo lo demás se lo paga la familia de ella.

Gerardo: No es para tanto…

Tortolo: ¿Ah, no? Seré curioso: el dúplex donde vive y cohabita con su mujer, ¿lo compró usted?

Gerardo: No, no… Es regalo de los padres de Mecha.

Tortolo: Mecha, Mecha… Y digamé: ¿está a nombre suyo, de los dos o de ella?

Gerardo: Mis suegros lo pusieron a nombre de Mecha, pero no entiendo qué tiene que ver…

Tortolo: Mecha, Mecha. ¿Se puede saber por qué le dice “Mecha” en lugar de Mercedes?

Gerardo: ¿Y qué? Ella a mí en lugar de Gerardo me dice Juancho.

Tortolo: Mecha, Mecha. Mecha me echa ¿De dónde lo echa Mecha, Don Juancho?

Gerardo: No entiendo.

Tortolo: No me sorprende. ¡Del dúplex! ¡Del dúplex! ¡Del dúplex lo echa! En cualquier momento usted se queda en la calle. Después no diga que no le avisé.

Tal vez Gerardo se mereciera estos descomedimientos: a escondidas de Tortolo, había empezado a visitar a un terapeuta recomendado por su mujer.

 

**

La bonanza de la familia López Pagiola tenía su origen en la industria textil, Pilar de la Nación, Pionera con Perón y Abrigo de la Patria, tal el lema ideológico-empresarial que figuraba al pie de toda la papelería de la firma y en el frontis del edificio donde funcionaba su administración. Fortuna de no muy vieja data, se había ido acrecentando centavo a centavo desde que Bienvenido López y Filomena Pagiola, el uno inmigrante emprendedor, la otra inclaudicable señorita de costumbres serenas, unieran sus destinos allá por la década del ’40. Alentado por Filomena, el viejo López, tras empezar con un tallercito modesto, poco a poco, a fuerza de privaciones, ahorros, intuiciones brillantes y pequeños desfalcos, había erigido un emporio –o un imperio– que para la época en que Mercedes, única hija del matrimonio, casó con Gerardo Gofiego ya estaba ultraespecializado en lencería erótica “económica”.

La empresa poseía cinco talleres propios y una estructura de comercialización piramidal, a la norteamericana, indiscutido motor de su éxito. Las prendas, “económicas” como quedó dicho, eran de discutible diseño y calidad. Los precios a los que salían de fábrica, además, no resultaban especialmente favorables.  Pero el sistema de venta directa a crédito en las oficinas públicas, en el que el viejo López se adelantó a la mayoría de sus colegas, y una agresiva política de comunicación (López no tenía pelos en la lengua y a la hora de promocionar sus productos no vacilaba en llamarle bombacha a la bombacha y corpiño al corpiño) pronto le granjearon el favor del público.

El azar, hay que señalarlo, también cooperó con los López Pagiola. En el momento en que decidió concentrar todos sus esfuerzos textiles en la lencería erótica “económica”, el viejo López, que así como no tenía pelos en la lengua tampoco albergaba pulgas coquetas en su cerebro trabajador, no se anduvo con vueltas para elegir la denominación de fantasía que llevarían sus creaciones. Reduccionista pero sensato, dispuso que sus prendas responderían al nombre de Bomcorp, un apócope mixto, o combinado, o una abreviatura (a López le daba lo mismo), de “bombacha” y “corpiño”, tal lo que se proponía vender. Y en esto el hombre tuvo la suerte del campeón.

En efecto, por complejos avatares lingüísticos (o neurológicos) las potenciales consumidoras de lo que el viejo López tenía para venderles asociaron desde el principio Bomcorp menos con las prendas que designaba esa marca que con los cuerpos que las tales prendas venían, más que a recubrir, a subrayar y embellecer. Para las chicas, muchachas y hasta señoras grandes que integraban el segmento social al que López se dirigía Bomcorp no significaba, no remitía siquiera, a “bombacha” y “corpiño” sino que quería decir, literalmente (en inglés, francés, latín o rumano: no lo sabían ni se lo preguntaban), buen cuerpo. De ahí a adoptar la marca para toda la vida había un solo paso, paso que muchas dieron convencidas.

Gerardo disfrutaba, como quedó dicho, de la fortuna de sus suegros, quienes, sin otros fervores que Mercedes, su única y querida hija, eran de mano suelta, chequera en blanco y generosidad perenne, aun cuando no dudaban en calificar –a escondidas, entre ellos, cuando estaban solos– a su yerno de perejil y tarambana ni dejaban de prometerse que en cuanto les diera un nieto ellos supervisarían la educación del pequeño. No querían para ese niño que les alegraría la vejez el destino gris de su padre y ya barajaban institutrices, colegios privados y viajes de estudios para quien heredaría el imperio Bomcorp cuando el viejo López se retirara.

Pero pasaba el tiempo y el nieto no llegaba. Cuando Gerardo y Mercedes cumplieron cinco años de casados, Don Bienvenido y Doña Filomena, hartos de mantener, en vano, a ese yerno que no les daba descendencia, hablaron seriamente con la muchacha. No se proponían interrumpir la cornucopia que todos los meses derramaban sobre el hogar de su hija. Tampoco entraba en sus planes morigerarla. Pero pretendían que el Licenciado en Ciencias de la Educación, que no tenía otros ingresos que el modesto sueldo que percibía como bibliotecario de un Centro Cultural de barrio y hacía diez años dedicaba la mitad de su tiempo útil a concluir su tesis de doctorado, ingresara inmediatamente a trabajar de vendedor en la empresa. Y que le metieran con lo del nieto: ¿hasta cuándo iban a esperar? Con el sueldo básico (el mismo que cobraba en la biblioteca) que Bomcorp estaba en condiciones de asegurarle a Gerardo más las comisiones por las ventas no tenían nada que temer. Si además ellos se hacían cargo de casi todos los gastos del matrimonio…

Gerardo y Mercedes mantuvieron entonces, cuando acababan de cumplir cinco años de casados, su primera discusión. El destino de él, le anunció ella, ya no sería gris sino rosa y negro, los colores distintivos de Bomcorp. Entraría a trabajar de vendedor de la firma con sueldo básico y comisiones y, por especial deferencia que el viejo López le dedicaba, reportaría directamente a Marcelo Boncardi, el gerente de Comercialización. Nada de subgerentes, nada de encargados de área, nada de subalternos. Su suegro quería que se sintiera cómodo desde el primer día y por ello había decidido que él, aun cuando recién ingresaba como vendedor, reportara directamente a Boncardi. “¡Boncardi, ¿te das cuenta?!”, exclamó Mercedes tras exponer las novedades. “¿No ves cómo te quiere papá? ¡Lo contento que se va a poner cuando le demos un nieto!”.

Pero Gerardo no estaba de acuerdo. ¿Cómo iba a salir él a vender las creaciones Bomcorp por las oficinas? Era absurdo. Dejando de lado (o para más tarde) que él no se había quemado las pestañas estudiando a los Grandes Maestros de las Ciencias de la Educación para andar vendiendo bombachas y corpiños, quería concentrarse en un argumento que le parecía decisivo: no iba a vender nada, a las mujeres le daría vergüenza andar eligiendo lencería delante de un vendedor varón. ¿O acaso había otros varones trabajando de vendedores? Que él supiera –ella misma le había proporcionado el dato tiempo atrás– la firma tomaba solamente vendedoras. Él haría el ridículo y además no vendería una sola prenda. ¿De qué comisiones le hablaba? En cuanto a lo del nieto, que el viejo López ni lo soñara: si así se llevaban bárbaro, ge-ni-al, como decía ella, ¿para qué complicarse con un crío?

A pesar de sus protestas, y tras reconsiderar algo ladinamente la cuestión, Gerardo vestiría muy pronto los colores (camisa negra, corbata rosa festoneada –de negro–, saco rosa y pantalón negro) de Bomcorp, menos por presión de Mecha que por pérfido –aunque preciso– cálculo suyo. Si en caso de salir a vender la bombachería económica de Bomcorp –se decía– su suegro le aseguraba el mismo sueldo que hasta entonces percibía en la Biblioteca y si, además, las dádivas que los abuelos de ese nieto siempre demorado derramaban a lo loco sobre su hogar no mermarían siquiera un céntimo a partir de esta nueva situación laboral, nada perdía con mudar la piel de bibliotecario y abrigarse en la del hombre de ventas. Al contrario, ganaba, y ganaba por partida doble. Primero, porque alguna comisión, aunque misérrima, llegaría para robustecer aquel modesto ingreso que, hasta entonces en la Biblioteca, a partir de entonces en la venta de lencería, ya estaba acostumbrado a percibir (¿o acaso era concebible que un vendedor no vendiera nada nunca?). Segundo, y fundamental, porque este empleo, que fingiría aceptar por presión de su mujer y de sus suegros, le proporcionaba una excusa épica y definitiva para no escribir esa tesis de doctorado en la que simulaba trabajar desde una década atrás.

Mercedes, a todo esto, no conforme con haber logrado que su marido dejara el puesto de bibliotecario y la investigación doctoral para ingresar a las filas de Bomcorp, redobló, una vez segura de aquella primera conquista, su asedio con respecto al segundo objetivo, a saber: darle el gusto a los protoabuelos Bienvenido y Filomena. Tanto pensaba en sus padres y tan poco pensaba, al menos en este tema, en ella y su marido que a veces, aburrida tal vez de insistir ante Gerardo, en lugar de decirle “tengamos un hijo” se le escapaba “tengámosle un nieto”.

El Licenciado Tortolo, a pesar de lo desabrido que le resultaba Gerardo como paciente, cuando él lo enteraba de estos deslices se mataba de risa y redoblaba sus pullas:

– Dígame, Gerardo: ¿su suegro todavía es potente?

– ¡Un potentado, ja, ja!

– Hágase el gracioso nomás. Mientras pueda…

– No lo entiendo, Freddy.

– No me extraña, pero deje. Lo que yo pensaba era que si su suegro está tan empecinado con tener un nieto y su mujer, que, por lo que usted me dice, no se entusiasma tanto con lo de tener un hijo como con lo de darle el gusto a su padre, que se muere por ser abuelo, en fin… Si tenemos en cuenta que esa cópula interdicta, que a muchos espanta, no es delito (se lo averigüé para usted, Gerardo), y si, además, cargando la mano, le agregamos que el vástago así concebido sería algo así como una especie de hijo-nieto…

– ¿Qué me quiere insinuar, Freddy?

– Que si usted permite que su suegro y su mujer cohabiten hasta que ella conciba un niño ganamos todos. Su suegro, porque al fin tiene el nieto que usted no le puede, no le quiere o no le sabe dar; su mujer, porque le da el gusto –ese gusto– al viejo; el niño, que se va a hacer famoso en cuanto se sepa el asunto y, además, le van a perdonar todo…

– ¿Y yo qué gano?

– Usted gana más que nadie. Primero, queda como cornudo insuperable, se hace famoso también: corneada con incesto, imagínese, lo van a venir a entrevistar investigadores de afuera, se empiezan a escribir trabajos sobre “El Caso Gerardo”, usted cobra derechos, copyrigth y esas cosas. Quién no le dice que se gana una beca para irse a psicoanalizar a Francia. Si le parece, me lleva para que le controle un poco la cosa. Segundo: se saca de encima este incordio de tener que embarazarla a su mujer.

– Si le llego a contar esto a Mecha nos hace una denuncia, Freddy.

– ¡No le cuente, hombre, no le cuente! Pero semblantee. Explore la posibilidad.

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