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A propósito de Falso contacto

La escritora lee Falso contacto (Milena Caserola, 2012) de Ana Ojeda, un libro abundante en tiempos diversos y personajes indóciles y absurdos.

 

   Falso contacto
   Ana Ojeda
   Milena Caserola, 2012
   160 páginas

 

 

 

 

 

 

Lo primero que uno encuentra al abrir Falso contacto es una estructura teatral de tres actos. Pero sabemos que no estamos frente a una pieza teatral. Enseguida encontramos un prólogo y vislumbramos un epílogo. ¿Serán paratextos sesudos, discursos periféricos escritos por un tercero para vendernos las bondades de la novela? No, iniciada la lectura descubrimos que el prólogo da cuenta de las vicisitudes de uno de los personajes centrales frente a la apetencia. La madre de Quimey, una nenita con facilidad para el desborde, la entrena en el arte de dominar el deseo, posponer el presente con la idea de un futuro pleno de beneficios concretos. El que resiste, es recompensado. Un paragüitas de chocolate se puede duplicar, siempre y cuando, se consiga oprimir el llanto, sujetar el tiempo y domesticar la avidez golosa.

A la manera de un leitmotiv o musiquita reiterada, Ana Ojeda plantea en este prólogo lo que será el eje de Falso contacto: la naturaleza tragicómica del goce y la fractura del pasado y el presente. “Quimey –escribe Ojeda– vivió a partir de entonces dividida en dos… Nunca más supo de la potencia de una vida declinada en un ahora sin orillas, puro presente sin proyección ni consecuencias”.

Uno de los disfrutes que depara la lectura de Falso contacto es la profusión. Hay abundancia de personajes y de tiempos: arrancamos en el 83′, viajamos a principios de siglo, patinamos el 2001, visitamos nalgas antiguas, coitos presentes, gozamos asistiendo a la rabia de un orgasmo solitario en un puticlub inmundo o las deformaciones faciales insólitas de Quimey en un hospital europeo. Leemos en un italiano algo torcido, seguimos a un nipón becado en París, o asistimos a las peleas de Montescos y Capuletos del barrio de San Cristóbal, rebautizados como Moliternos y Maranos.

Con detalle, pero también con cuerpos sucios, desbordantes, patéticos, Ojeda logra instalar un paisaje muy porteño, un aguafuerte en el que se cruzan Arlt y Lugones con la debacle financiera de principios de este siglo. La migración convive con la roña del desempleo. No hay ahora sin atrás.

Muy irrespetuosa de la experiencia vivida, cerca de la imaginación, grotesca o histórica, Ojeda no se priva de nada. Salta por encima del minimalismo, de la verosimilitud, y hace nido en el exceso. Pero cae siempre bien parada, cual minino callejero.

Un acto es cada uno de las fragmentos en las que se divide una obra teatral, más o menos clásica. Solían estar separados por un oscuro, una pausa, por la caída del telón o un intermedio. Los personajes de Falso contacto viven con esa oscuridad a cuestas, con el telón a medias, pero con tal inquietud de futuro, que el lector estará a salvo de nostalgias, chicanas o tercas vanidades literarias.

Tironeados por lo que los precedió, esclavos de gestos familiares que los prefijaron, los personajes de Falso contacto no logran hacer conexión. Son piezas en corto circuito. Igual de indóciles y absurdos que cualquiera de nosotros.

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