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Humanismo poético

En el presente escrito se indaga sobre el umbral de la fuga del humanismo, al tiempo que se propone el espacio poético como el horizonte infinito de su despliegue.

La premisa irrenunciable de todo humanismo consecuente debiera sostener que toda vida humana es absoluta en su singularidad, irreductible a las equivalencias predicables. El último refugio de esta pretendida resistencia a la normatividad global en la que vivimos, como en una Matrix donde nada puede sustraerse al intercambio perfecto de valor, a la distribución cuanti y cualitativa de lo traducible, programable y, en última instancia, siempre prescindible, –excepto para las virtualidades económicas del mecanismo totalizador–, ese punto de resistencia requiere de la inconsistencia del fantasmagórico sujeto, ya no discernible, ni asignable a ninguna experiencia.

Pero resuelto el sujeto en nadas y ausencias, se verifica su insignificancia para el funcionamiento de la experiencia, ya definitivamente expurgada de toda presencia. Porque esto es lo que requeriría un punto real de resistencia: una presencia, una visibilidad absoluta, sin equivalencias.

Si aún subsiste una promesa de presencia, se hurgará entre lo que genéricamente llamamos obras de arte. Claro que hay un régimen y una economía de las obras de arte, pertenezcan al registro que sea: la plástica, la música, el drama o la literatura. Sin embargo, se invoca legítimamente el aura que ya Benjamin supo echar de menos, aunque más no sea como coartada de prestigio, mascarada con la que las operaciones consumistas y consumidoras del mercado no evitan contar.

Por desesperación o aburrimiento podemos entrar al sótano o al altillo de los trastos viejos y revolver en busca de ese absoluto prometido: un espejo en que el rostro de lo humano se discierna; al menos un “fantasma en la máquina”. En nuestro propio revoltijo seguimos reencontrando al poema. Lo que sigue es esbozo de una explicación.

¿En qué momento la Humanidad comenzó su incontenible retirada? Cuando perdió Lo DivinoImago trascendente que con el proceso de secularización o mundialización de la modernidad se quedó sin sustento.

Pero Dios o “los dioses” no podían perdurar porque en cualquier caso contaban con la impotencia del Hombre, que debía volverse la de ellos mismos, tarde o temprano. Es decir, cuando Dios calla, es que el Hombre no se escucha: lo que ocurre en el cielo, repercute en la tierra.

Una vez que la presencia de lo divino dejó de asegurar la de lo humano, todo se hizo Mundo y cuando la mundialización acabó, el Mundo mismo sucumbió engullido por la referida experiencia sin experiencia –sin su quien y sin su “vida”–. ¿Puede todavía ofrecernos el Poema esa presencia regeneradora de lo Humano, tal vez sin Dios y sin Mundo?

Digo “todavía” porque siempre constituyó un espacio excepcional para celebrar esa presencia: no es que nosotros hacemos poemas sino que éstos nos hacen a nosotros –hacen en nosotros lo humano que puede ser creado y recreado a través de su testimonio único–. Desde los tiempos míticos hasta la textualidad despojada de esta contemporaneidad, pasando por las diversas eras imaginarias –al decir de Lezama Lima–, con características cambiantes según las transformaciones históricas, el poema sigue siendo esa especial dimensión en la que participamos del cielo en la tierra, con la que hacemos sitio a esa verdad que nos trabaja silenciosamente en el tiempo de nuestra vida, a través de la cual estamos conectados con los elementos mismos con los que ésta se conforma y expande.

Crear un poema es crearse, porque el sentido adquiere su máxima articulación y transparencia cuando la palabra concretiza la imagen en la que está contenida y abierta la Humanidad. Sin esa dimensión de la imagen la conciencia es burocracia o delirio, pues es en ella como la conciencia puede hallar su parte de libertad y potencia en la historia.

No se piense que las mayúsculas y la evocación del cielo inducen una jerarquización espiritualista del poema, pues cuando digo cielo digo aire, espacio, movimiento, insumos necesarios del cuerpo para ejercer sus glorias y sus miserias. Finalmente, cuando digo “Humanidad” digo humanidá –como la escribiría nuestro poeta Luis O. Tedesco–, pues el humanismo poético exige la minúscula y la voz de un cualquiera, que es lo propio de lo humano: ser cualquiera, como cualquiera, ponerse en el lugar de cada quien cuando hay riesgo, fragilidad, zozobra, es decir, cuando puede perderse el límite o peor aún, ni siquiera se lo presintió.

Porque en definitiva ese es el espacio del Poema, el del límite que hace posible habitar el desierto, que nos da el reparo de la sombra de un árbol ante la tiranía de la luz, que dibuja el borde del ojo para que haya mirada, en fin, que compone los estertores de la materia para que el sentido aloje alguna orientación.

El humanismo poético propicia la disponibilidad para una orientación en la historia que consienta recuperar la eternidad capturada –pero no encerrada– en la cáscara del tiempo: raspar esa cáscara hasta romperla es una y otra vez reescribir el Poema de lo que somos, y desplegar así el horizonte infinito de lo humano, infinito mientras dure.

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