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Silencios en movimiento

Presentamos la primera versión digital del comentario de Alejandra Pizarnik sobre el libro de H. A. Murena El demonio de la armonía (poesía). Este escrito pertenece al Nº 294 (año 1965) de la revista Sur.

Los veintitrés poemas de este libro[1] tienen la misma estructura fragmentaria: series de frases breves proseguidas por silencios que intervienen con la frecuencia de las frases; disolución de temas −fragmentos de realidades e irrealidades que vienen y van en curvas muy rápidas−. Esta fugacidad musical de los significados es la trama de cada poema: conceptos metafísicos, objetos solitarios, imágenes líricas, se intercalan, se enlazan un instante, para dar paso a un pequeño silencio que, a su vez, da paso a una nueva serie de frases o a una sola frase.

Poemas alusivos, reticentes, desconfiados, sigilosos. En ellos hay un perpetuo decir acerca de algo que parece estar diciéndose en otra parte. Esa otra parte es el invisible pero presentido interior del poema, y se diría que el poema “visible” está formado por algunas briznas recogidas de ese otro poema interior. Es como si se ejecutara, digamos al piano, una melodía de sonidos y silencios perfectamente separados que, simultáneamente, está siendo ejecutada, pero sin silencios, dentro del piano. Encuentro un ejemplo más eficaz que éste en el poema “La vida hacia todo”: en el ciprés / nuestra mano toca / el ciprés insomne / debajo del ciprés.

De esta forma se suceden metáforas, preguntas que nadie responde, paisajes mentales, definiciones, lamentaciones, execraciones, alabanzas, formulados por un yo que a veces es tú o nosotros. Poemas hechos de significados y silencios en movimiento; su ritmo evoca, alternativamente, dos gestos fundamentales: el acuerdo y la separación. Pero de esto trata, precisamente, El demonio de la armonía.

El poema “Trabajo central” poetiza un instante soberano, un instante privilegiado. Una suerte de energía primordial fundamenta ese instante en el que cesa toda oposición. Lo posible irrumpe como un sol y las palabras vuelven a ser las genuinas, aquellas “no perdidas en lo extraño”. Del mismo modo, el doloroso límite de las cosas es anulado y, en consecuencia, la libertad del poeta se torna ilimitada. Por eso el poema finaliza así: Que se entienda / esta dicha terrible / que es cualquier barco / hacia todo naufragio. Estos versos dicen de la alegría más alta, invocan a la muerte, pero aquí la muerte ya no es más lo ajeno que produce miedo, no es más lo contrario de la vida, y se comprende que su fascinación sea irresistible.

Si bien Murena expresa estas cosas con palabras justas, su tono es sigiloso como si temiera −y con razón− que las palabras petrificasen ese instante soberano que sus palabras consagran. Además, para él cada vocablo / es oportunidad / de vida o muerte. Luego, será preciso cuidarlo y también al silencio de donde emerge (no lo llenes / no lo vacíes) pues al esperarlo todo de las palabras es probable que sólo llegue la fe en el silencio: Calla aquel / que sabe / y aquel / que no sabe / habla. Es muy terrible que un poeta diga una cosa como ésta. ¿Y por qué la dice? La respuesta perfecta es la de Diotima a Hiperión: “Desearías un mundo, por eso lo tienes todo y no tienes nada”. (De paso, esta maravillosa frase ayuda a comprender la dicha terrible / que es cualquier barco / hacia todo naufragio). También nos acerca a Hölderlin el poema “Respiración celeste”, en el cual hay una referencia a un lenguaje total −el del ciprés insomne; el de la melodía no fragmentada− que sin duda fue nuestro en un pasado más verdadero que el que cuentan los libros de historia: hablar con silencio / una pérdida sagrada. Ese lenguaje es rescatado en los instantes soberanos. Pero Murena sabe que no sólo es imposible buscar esos instantes −pues la búsqueda implica medios y fines− sino que hay enemigos que hasta impiden desearlos. No aquellos famosos enemigos del alma sino éstos: el murmullo caótico y el silencio estéril (o sea lo que en general nos constituye día tras día y que solemos denominar, abusivamente, “vida interior”). La revelación de que todo es otra cosa es la sola eficaz para destruir a esos enemigos. Distinta dimensión o revés de la trama, lo otro nos ingresa en un instante en donde ahora es siempre (nunca hubo un antes) y a un espacio que es sinónimo de la fuente / que está en el centro. Una melodía, una criatura que se ha vuelto presencia amada, un gesto de ternura o de piedad, un paisaje privilegiado: tantas cosas pueden llegar a ser los intercesores de un renacer inesperado, de un retorno a un primer día en donde nada ha de ser más simple que descubrir “el infinito en un grano de arena”. Asimismo, un cuerpo amado será capaz de cambiar el mundo: La mujer desnuda / reclinada, / con un río / de rosas / entre las piernas / la fabulosa garza / que al posarse / cambia el bosque…

El acto del amor −y todo instante soberano− no tienen nombre, / conservan / canto de diamante. Es significativo que Murena apele a una piedra para calificar la “expresión” de los instantes más altos. Con ello afirma que nunca, ninguna palabra podrá traducir ese canto. Y en verdad, ¿cómo llamar a lo que no tiene nombre y nos llama de un modo tan misterioso e imprevisto? En otro poema dice: contra el negro jardín / terrenal / resplandece / el secreto último. Descubrir −nombrándolo− ese secreto, parece ser lo propio de la poesía. Y ni siquiera descubrir ese secreto sino intentar descubrirlo. Aún si es imposible. Sobre todo si es imposible.

Consciente del magnífico fracaso que implica esta tentativa, Murena no cesa de querer nombrar al otro ciprés, ni de recordar a la olvidada / canción del todo. Ello se debe a la permanencia en él de una voz natal / a través de una puerta / cerrada. “Y la voz nos conduce a la patria en donde están nuestros orígenes”, dice Heidegger en su poema “La voz del camino”.

En general, Murena no aísla los instantes soberanos sino que éstos se desprenden o se liberan de un contexto de tiempo utilitario −abstracta sucesión temporal de la que emerge el presente puro, la pura presencia−. A ese muro del color de la ceniza en donde alguien a veces logra inscribir el poema de fuego, lo denomina el entretanto, el afuera, lo extraño. Figuras acechantes y hostiles pueblan ese espacio feroz en donde es preciso vigilar, defenderse, resistir. Entretanto, / ironía, mastines… Al nombrar el ámbito de la materia rumorosa y caótica, las palabras de Murena forman una suerte de monólogo del subsuelo: hijo del hombre, / detén lo fluyente, / cúbrete de noche, / más te valdría / no haber nacido, / nunca germinar. Pero en dos oportunidades le acontece caer en la mayor disonancia. (Una voz murmuraba su “teología negativa” mediante lamentos acompasados y, repentinamente, sin saber cómo ni cuándo, fue arrebatada por el demonio de la desarmonía). La voz se crispa y apostrofa: ¡Feto de la tiniebla / arrojado entre lo impar, / tú me entiendes, / edad de plomo! La voz grita: ¡que se aúlle! / ¡que se aúlle más! Estos ejemplos dan cuenta de un Murena excedido por los significados. Ha dicho lo que quiso decir, sí, pero a costa de la poesía, sacrificándola. Nada más lejos de estos ejemplos que aquellas hermosas frases (citadas más arriba) que glorificaban el bosque metamorfoseado por obra y gracia de un cuerpo de mujer. Pero no es un azar que esos versos ineficaces estén dedicados al entretanto, al lugar de la vida para nada o para tan sólo acrecentar el error. Y es la noción del error, precisamente, uno de sus aspectos principales: La historia es / un templo en ruinas / lleno de cadáveres / por error decapitados. Aquel todo es otra cosa que era el signo del ingreso en la verdadera vida, se trueca en irónica comprobación de un miserable escamoteo: Aguardas noche / viene día, / aguardas día, / viene noche.

El poema “La vida hacia todo” conmemora la plenitud / vestida de presente. Cada serie de versos es sostenida por la hermosa partícula inserta en el silencio. Los últimos versos, empero, preguntan: Pero quién, / quién inventó / el corazón humano. Todo tenía color / de siempre y he aquí al corazón humano, el gran impedidor. En el “Poema naciente” hay mención de la sucia memoria y en “EI libro de la tormenta” la psiquis es execrada (y la gesta / de la psiquis / es un garrapateo obsceno / en las paredes de un mingitorio). Un lector apresurado pensará en la sobreentendida escisión yo-mundo (o, lo que es igual, poesía-mundo), y juzgará que nuestro autor aspira a morar entre los ángeles. Nada de eso, pues también ellos son desprestigiados. En un poema se evoca un canto de ángeles / envejecidos y en otro, si bien un ángel enuncia / lo justo, lo hace en un gran reloj rojo / que marca las horas / erradas. Se trata de ángeles envejecidos y desorientados.

Ahora bien: si la psiquis es el aposento de lo obsceno, si la memoria traiciona y el corazón es un obstáculo, si los mismos ángeles han perdido lozanía y lucidez, ¿entonces qué? Entonces queda, no obstante y a pesar de todo, una fuerza que no cesa, / inexorable ternura, la única que sabrá abolir ese nadie enlutado que separa las partes del diálogo (pero en el medio / viene enlutado / a sentarse nadie). Es la posibilidad siempre abierta del amor, esto es: de perderse −de encontrarse− en lo otro. En esta comunión está cifrado, para Murena, el destino de nuestra soledad, la cual será desolada o dichosa de acuerdo con nuestro poder para el amor, ya que ella significa / lo que quieras / entrañablemente. Y más aún, esa comunión no sólo decide acerca de nuestra soledad sino que asegura la más bella permanencia: Pero aquellos / a quienes / una vez / de verdad amamos / para siempre / están en nosotros.

Nada más frecuente en la poesía moderna que esta oscilación −o contradicción− que Baudelaire formuló como nadie: “Horror de la vida, éxtasis de la vida”. En El demonio de la armonía, cuando todo parece cerrarse en silencio y en oscuridad, surge una promesa o un fragmento de promesa. Pero también acontece lo contrario: La ocasión pasó / siempre / ha pasado. Como un Mesías que anunciara Kafka, la ocasión no sólo ya pasó sino que además nunca tuvo lugar. Entre tristes razones vaga el hombre por lo extraño. Pero en este libro se nos dice que la poesía, entre otras cosas, quema las razones −ella, qui sur le néant en sais plus que les morts−.

Cuando el lector más atento ha terminado de leer El demonio de la armonía; cuando ya lo ha descifrado (gran problema de casi toda la poesía moderna: ¿cómo acceder a los símbolos que cada poeta se forja en su soledad?); cuando ha recreado en sí mismo esa contienda entre acuerdo y separación; cuando, en fin, ya puede releer −pero ahora con el corazón, ahora libremente− este libro poco o nada fácil, entonces siente una emoción muy particular ante ciertos versos de forma humilde, como por ejemplo éstos: es la tuya / mi mano…, que de ningún modo sólo significan una declaración de amor, sino que son la perfecta fórmula de una reconciliación, o la dichosa tregua que por fin le ha sido dada a quien contendió con desesperada e ineludible necesidad.

 


Sur, Nº 294, Buenos Aires, mayo-junio de 1965.

[1] H. A. Murena, El demonio de la armonía, Sur, Buenos Aires, 1964.

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