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De cine, rosca política y esclavos. Apuntes sobre Lincoln

Una salida veraniega porteña para ver una película hollywoodense (Lincoln, de S. Spielberg) dispara en la ensayista imágenes y pensamientos en torno a la realpolitik, la teoría política y la ética.

Quien sonambula por Buenos Aires a fines de febrero puede sentir que ir al cine es una especie de imposición foránea. Hay nueve películas argentinas en cartel, aseguran las páginas de atrás del diario, pero nada de eso cuenta a la hora de responder la redundante pregunta de “¿y qué vieron?” que aparece en los reencuentros con amigos post vacaciones, cuando ya las geografías y los relatos de viajes −cada vez más menos arriesgados, según avanza la edad− se agotaron. Lo que cuenta para la respuesta son las películas candidatas al Oscar, que se amontonan sin más sentido que vivir en la periferia, en este mes limbo que es febrero. Dicho sea de paso, propongo que el nuevo Papa (acá no hay temor de errar o discriminar al escribir el género del sustantivo) rearme las jerarquías de tormentos y ponga al recientemente reestablecido limbo bien arriba en el orden del terror. El limbo es mucho más angustiante que el infierno, si pienso en su analogía con febrero. Una especie de tubo que inexorablemente conduce al trajín para el cual no se está ni preparada, ni deseosa, ni expectante. Una fila de check-in cuando no se quiere abordar el avión. Pero hay cine, y eso aliviana algo esta sala de espera que es febrero y permite escribir ensayos con fecha de vencimiento. Como éste.

Veo Lincoln, de Steven Spielberg, que junto con Django, de Tarantino, conforman el binomio sobre la esclavitud en la fresquita tanda de la panadería hollywoodense. Debo hacer una aclaración preliminar: no tengo nada contra los blockbusters de los Estados Unidos. Es más, en general y luego de una muy generosa preselección de directores y temas que excluye lo inmirable, asisto al cine en tiempos prudenciales después del estreno del “tanque” en cuestión y hasta puedo soportar muchas de las prácticas del “cine pochoclero” sin que me causen más escozor que el que me lleva a rogar que se ingrese a tiempo a la sala. O que, al menos, el díscolo o díscola se agachen, si tengo la mala suerte de que pasen frente a mi hilera. O que, si eligen no encorvarse, los susodichos hayan memorizado el número de la butaca antes de dirimirlo en la oscuridad mientras me tapan la pantalla. O que eviten comentar el suceso que originó la tardanza, en los dos minutos posteriores a su entrada. Ni que hablar de la ira que me sube por las entrañas si sacan el celular para ponerlo en silencio, como último movimiento previo a la tan esperada concentración y, ya que están, me encandilan al calmar su ansiedad mirando de refilón los mensajes. El celular encandila en esos casos, sí; no es una exageración neurótica. Pero nada más que eso. Bastante civilizada, si se piensa en cuán popular es el cine pochoclero y cuánto se desprecian sus prácticas entre la gente que circuló por la universidad. Agrego, además, que el pochoclo me parece incluso tolerable si la película es de tiros o de terror (“géneros” que suelo no frecuentar) y que hasta soy compradora de un balde mediano, si se trata de ciencia ficción. Pero que me parece sin más inadmisible −hasta aquí llegó la tolerancia− en dramas o películas como la que voy a tomar de excusa para este ensayo de verano: Lincoln. Pochoclo y Lincoln se excluyen mutuamente, cualquiera sea el tamaño del balde, creo. Al menos, por ahora.

Lincoln deja al espectador periférico en una suerte de estado de envidia con metástasis. Porque por más que uno odie la película −que está en su derecho, pero no es mi caso, como se verá−, o que diga (como me han dicho) que está “plagada de errores históricos” −que tampoco encontré ni busqué, porque ¡qué búsqueda ridícula, esa!−, al salir de la sala una siente ese gustito amargo que advierte que no hay una película semejante sobre ninguna de las personalidades latinoamericanas, algunas de ellas quizá mucho más ricas en su biografía que Lincoln. Pero es estúpido pensar esto, me autoreprimo. “Señalar la falta”, me digo, no es más que la llama que incita al camino de búsqueda de las buenas películas latinoamericanas que sí las hay y de las películas posibles en los imaginarios no traducidos todavía (o no traducibles) en esos formatos del ex-celuloide. Y si, a pesar de estos aceitados esfuerzos, toda esta cháchara autocomplaciente no me conformase y presumiendo que a Spielberg probablemente no haya plata argentina que le alcance, podría repetirme siempre −cual dogma que no por multiplicado deja de ser cierto−, que es imposible encontrar este tipo de películas en países como los nuestros, que no tienen la necesidad de hacer monumentos imperiales a sus héroes en las pantallas de cine.

Pero febrero me atosiga y no hay ninguna caricia autoinfligida que me saque el sinsabor que dejan estas películas, tan convincentes, tan bien filmadas, tan encarnadas sin culpa en la figura del superhombre del líder político en cuestión, en las que hasta la música parece completar la pincelada que sólo deja ver pequeñísimos, sutiles rasgos de vulnerabilidad en el agasajado por el filme, que no lo mellan en nada y nadie se irrita. Digámoslo con todas las letras: nada quita el gusto ácido que deja haber sido reducida a ser una espectadora minúscula perteneciente a esos minúsculos pueblos sin historia ni comentadores, que sólo se merecen lo que se les regala a quines restringen sus aspiraciones a pagar un 2×1 en un cine de Villa del Parque. Pero epa, epa. Hasta acá llegamos con el masoquismo, eh. Paremos la moto. Febrero me envalentona y qué minúscula, ni ocho cuartos. Un impulso bosteceante pero rebelde al fin me dicta que tengo que combatir este germen de inferioridad contundente que la película me ha desovado en el cuerpo. Los engranajes musculares contrarios reaccionan y le tiran letra a mi conciencia, siempre visiblemente más retardada. ¿Qué fibra muscular o cerebral se adormece −le apuntan a ella−, cuando se vive en los países centrales, que hace que no haya un tendal de críticos airados atestándose en los diarios de la mañana para levantar la voz contra la heroización del líder patriota en las películas? ¿Por qué esa necesidad de generar un efecto de empatía de cualquiera con cualquiera (que ha infectado el arte sobre biografías en los últimos tiempos bajo el mote de “humanizar”), no ha llegado a Lincoln y no se le reclama? Lincoln-película repone a un estadista, a un político, estableciendo las distancias del caso con el público: hay un tono ceremonioso en los diálogos, una cuidadosa pátina señorial en la escenografía y en el vestuario, hay horas de trabajo de imitación del caminar cojo del ex-presidente en la representación de Daniel-Day-Lewis. Nadie del público puede osar ponerse en el lugar de Lincoln, ni siquiera imaginarse en su dolor cuando relata la pérdida del hijo o pretender dilucidar los derroteros de sus estrategias parlamentarias. Lincoln es alguien fuera de lo común y así lo filma Spielberg, quebrando toda posible mundanización del personaje.

Exhausta por el contraefecto ambiguo de estas preguntas retóricas, pienso que tal vez Lincoln no sea un blockbuster. Que quizá ese dejo de anacronismo sea su mayor logro: Lincoln repone un modo olvidado del cine, el de las biografías que se hacen para admirar al personaje. Paradójicamente (o no tanto) es una biografía de alguien que habla de democracia, pero que varias veces se tilda de “tirano” en el filme, como si hubiera una correlación artística entre democracia/mundanización y tiranía/tono ceremonioso. Spielberg retrata a un “tirano” al cual admira y hace admirar y entonces rompe con cualquier estrado igualador entre él y el público. No se trata sólo de los espectadores de los pueblos sin historia, como yo (callate un poco, músculo peleón, callate), sino de todos los espectadores. Quédense en sus butacas y admiren, espeta el director que también filmó a otros dinosaurios. Como si la democracia exigiese un tipo de arte que anulara la admiración y la distancia en política, Spielberg se permite retratar con estos atributos a alguien que −se sabe− tomó para sí prerrogativas de guerra desbalanceando los check-and-balances entre Ejecutivo y Legislativo, para horror republicano. Como si la democracia disolviera toda posibilidad consecuente de liderazgo radical y también las formas artísticas adecuadas a su elogio, aunque no a su repudio, Spielberg envuelve al espectador en un formato de otros tiempos, para hablar de la grandeza de las formas políticas de otros tiempos y de otros personajes, cuyos efectos perdurables sin embargo se perciben hasta hoy en los politizados y personalistas Estados Unidos y a los que el director, sin dudas, llama también democracia, ampliando desde el pasado los bordes del concepto y de la práctica. Quién diría que en los Estados Unidos iba a haber tanta política y en estos tonos.

Las biografías no son objetos comestibles para poder ser calificadas de “ricas” aunque quizá es eso, justamente, lo que debieran ser y lo que el uso común del adjetivo denota: las biografías, como los alimentos, parecen filones de nutrientes, algunos tóxicos, otros salubles, otros según proporciones. Filones del entramado de la naturaleza y la cultura que se anudan a un nombre propio, indisociables del todo entre sí y tampoco por entero singularizables, que componen una vida única e irrepetible. Ninguna película podría hacerse de ese bocado y todo artista debiera renunciar a la pretensión de abarcar una biografía, en cualquiera de las formas del arte. Y sin embargo, qué sería del arte sin esos fracasos que experimenta al medirse con las biografías, si sólo él podría al menos intentar hacer algo con esa singularidad a la que la ciencia renuncia desde el vamos, si es que quiere postular algún saber universalizable. Porque, ¿será la historia, que supuestamente atiende a las biografías, una ciencia? ¿Seguirán importando estas preguntas metodológicas? El caso es que acercarse a una biografía es condenarse a una interpretación sesgada y toda interpretación lo es: imposibilitado de reconstruir el tejido que delinea esa vida, todo decir de ella será un recorte más o menos justo que establecerá también un quién juzga.

Este preciocismo atañe también a las biografías políticas, a las que se cree siempre más vapuleadas, más unilaterales y groseras. De este tipo de biografía-roca, de este tipo de biografía-diamante sin pulir, se trata Lincoln. De acercarse con una cámara-pincel a un personaje político con todo lo que ello involucra, pero sin despreciarlo: de rodear a alguien que centra su vida en una pasión que desbarata cualquier otra jerarquía, cualquier otro interés. Lincoln llega al teatro tarde, porque una reunión porotera lo retiene; quiere a su mujer pero también la internaría en un loquero, cuando su afectividad tiránica se empeña en distraerlo demasiado tiempo; atiende a su hijo pero siempre luego de una reunión con un senador al que intenta convencer de su voto y que resulta más urgente que cualquier lazo familiar. Su cabeza, como la de todo animal así, no ve a quién tiene enfrente desnudo sino investido de las ropas que le caben en ese tablero de ajedrez que él recrea todo el tiempo, sin cesar. Gozar en esos mundillos políticos es una posibilidad compartida sólo por los que, deformado o no, también portan ese tablero en sus cabezas y meten la vida propia y la ajena con forceps en él. La incrustan en él, como si se tratase del lecho de Procusto. Se trata, si se los conoce, de amar u odiar a las biografías políticas de este tipo, muchas veces tan cercanas y otras tan fantasiadas en las sobremesas en las que ninguna intimidad será abordada y la gran política sirve a la civilidad. Y esta película, quizá en desmedro de su público posible, las ama.

Lincoln es un filme sobre la rosca política. Para quien todavía no la vio, no voy a aguarle la sorpresa si resumo que se trata de la rosca que lleva a que el Congreso norteamericano apruebe la enmienda 13, que abolió la esclavitud. Lincoln emprende esta búsqueda febril de votos en pos de la enmienda al culminar su mandato y lo hace con la convicción de que abolir la esclavitud declaraba el fin de la guerra civil y sentaba a los secesionistas sureños a negociar la capitulación. Es decir, abolir la esclavitud no era un clarísimo fin en sí, ni un valor moral, ni un bien intangible, sino aquello que se blandía para llevar a los sureños a una negociación en malos términos −la negociación que deberían hacer para pretender hacer caer la enmienda 13, una vez votada−. La abolición era un instrumento a la hora de discutir las condiciones de la capitulación y por eso, en una escena memorable, los representantes sureños llaman a Lincoln el “conquistador” de lo que ellos pretendían erigir en la nación del sur y él, en tan sólo una región más de los Estados Unidos.

Para lograr que la enmienda se votara, los operadores de Lincoln en el Congreso son informados por él a medias (es decir, engañados), y a su vez, engañan y corrompen a cuanto legislador propio u ajeno ven poroso. Libretita en mano, tienen un punteo de qué votó cada quién en la anterior redada, cuál es su posición ideológica (en general, lábil) y sobre todo, qué pierden, a qué le temen y qué desean: un puestito acá, una recaudación allá. Visitan a esos legisladores porosos en sus lugares de esparcimiento; comparten con ellos cazas, museos, almuerzos y tabernas; los presionan con informaciones; los tantean en sus oficinas; arreglan supuestos abordajes sorpresivos en bancos y pasillos para hablarles. Los charlan. Construcción gramatical que puesta así denota la actitud supuestamente pasiva del charlado y el carácter dominante e instrumentalista del charlador. Pero se sabe que los roles, aquí y en todo campo, suelen ser intercambiables y que esta gramática puede fallar.

Todas estas prácticas de “abordaje” político a las que le llamamos, citando, “rosca”, tienen jerarquías estrictas, que se enriquecen en la intensidad de la sobada cuanto más se baja en la tabla de operadores: desde Lincoln a los charladores hay una lista descendiente de operadores, pero es de estos últimos que depende el éxito material, efectivo de la empresa pergeñada en los salones de gobierno. Del poder de convencimiento, es decir, de la rosca de estos operadores de última escala depende que la enmienda de la abolición se vote. Lincoln lo sabe tanto que visita a sus colaboradores más rastreros la noche anterior a la votación y los sorprende jugando cartas y bebiendo y se regocija con ellos. Les demuestra así lo mucho que ellos importan. Los charla, es decir, para convencerlos y convencerse de estar en el mismo barco.

La tarea de la rosca insume un reparto difuso, pero compartido, de puestas de valor: el charlado se valoriza, pone a consideración ese valor y el que lo charla dispone con otros operadores de su mismo bando cuánto se puede bajarle el precio o inflárselo, para sacar otra tajada. No hay nada demasiado objetivo en esto, sólo juegos de espejos, como dijo hace ya más de 500 años el florentino. ¿Qué quiere X por el voto? (esta pregunta suele hacerla el de mayor jerarquía al de menor y en general hay un descalificativo antes del nombre de X). Quiere controlar la repartición de tal impuesto. No, dale un puesto de correos, acaba de perder la banca y no puede pedir tanto. Bueno, dice que acepta. ¿Que no acepta? Cambiáselo por esto que también quiere. O sugerile que sabemos de esto y lo vamos a ayudar. Todo se dirime en secretos a voces, en murmullos a gritos y en bolas de nieve corales en las que suele ganar quién tiene suerte (pero nunca la reconocerá), quién maneja esos muchos tiempos con soberanía y calma o quién es capaz de pensamientos laterales, de esos que son capaces de doblar las normas o de verles su reverso.

Lincoln está llena de rosca. Es un elogio a la rosca, aunque deba hacérselo escudándose en que todo ese sobaje masculino se hace con un fin noble: abolir la esclavitud. Una meta que, como dijimos, no aparece como fin en sí y que tampoco es el leit-motiv de la vida de Lincoln que, al fin y al cabo, también es servido por negros en su residencia. La película es algo así como la versión fílmica del maquiaveliano “el fin justifica los medios”, sólo que ese dogma florentino aparece acá como una moralización de lo que podría ser: la película (como la política) podría ser sólo un elogio de la rosca, es decir, un goce de los medios sin necesitar ningún fin noble que los justifique. Pero Spielberg no puede desmoralizar tanto y entonces, hay que maquiavelizar un poco, atajándose en que se filma a la corrupción como elogio, pero sólo ésta vez y porque estamos hablando de esclavitud. Se produce así lo que el personaje Lincoln no puede producir: se produce por fin empatía con el público, que aplaude que la abolición de la esclavitud (el fin noble) sea aprobado en el Congreso norteamericano de cualquier manera, con o sin corrupción de los legisladores, porque para qué sirve la corrupción si no es en estos casos. Valdría preguntarse qué pasaría con ese tiempo fílmico dedicado a mostrar cómo se convence a los legisladores si en lugar de servir al fin de la abolición sirviera, por ejemplo, para comprar votos para bajar sueldos públicos. Claro, depende de quién lea esta última propuesta.

Pero este tipo de preguntas (las que invalidan la empatía del público con prácticas políticas mundanas) son no ha lugar: por fin una película se anima a decir que no siempre la corrupción ensucia los fines y que no siempre a los fines “buenos” les corresponden medios “buenos” y a los fines “malos”, medios “malos”. Es decir, por fin se dice lo que se tiene atragantado muchas veces, que en política no vale el silogismo que conduce de premisas buenas a medios buenos y su opuesto. Y por fin se muestra esas roscas sin hacer que el espectador se espante y produzca ahí la distancia con los personajes, sino que se lo hace mostrando incluso que ese goce en sobar y ser sobado puede efectivamente ser imprescindible −y para bien−. Una práctica más de las muchas del erotismo que, en general, son incomprendidas si no se las comparte y que tanto mejor se realizan, cuanto más tiempo se les dedica.

 

La incoherencia

Otra cosa que la película se anima a mostrar son las paradojas de la acción política: o la disociación entre, por un lado, la biografía y las convicciones, y por el otro, el hacer. Algo que se suele tildar de incoherencia y que sirve para reafirmar a los indignados en su superioridad moral. Como decimos, Lincoln no es exactamente el personaje más proclive a defender a los negros en los Estados Unidos. Al menos, no lo es en la película. Lincoln se embarca en esta empresa abolicionista porque es un pivote que le permite tensar la negociación con los sureños sobre el fin de la guerra civil. Hijo de virginianos que se mudan a Kentucky, Lincoln participa de algún modo de esa estela a la que Edmund Morgan llamó la “paradoja americana” y que aludía a que en esa república (¿en todas?) la disociación entre hacer y discurso era flagrante, ya desde sus inicios. Esa disociación se podía percibir particularmente en la historia de Virginia, un territorio que fue a su vez la primera colonia inglesa en los Estados Unidos (llamada así en honor a la reina virgen Isabel I), la cuna de los republicanos independentistas y el territorio con mayor proporción de esclavos dedicados al tabaco en todo el país del norte. En otras palabras, la disociación entre hechos y discurso permea(ba) la política norteamericana desde su mismo comienzo y se veía en especial en lo que Morgan llama el matrimonio entre republicanismo y esclavitud en los Estados Unidos. Esto es, que los mismos que firmaron la Declaración de Independencia y luego hicieron una Constitución republicana que no sólo afirmaba la igualdad y libertad de todos los ciudadanos sino su derecho a buscar la felicidad (raro, increíble sueño), eran a su vez dueños de esclavos. Ellos mismos. En el caso de Lincoln (que no lo fue), la paradoja se suaviza, pero sigue allí un siglo después y con sus mismos términos. El espectador entonces verá cómo son los republicanos −empezando por él mismo, uno de los fundadores del partido−, los que toman la abolición como parte de su estrategia política y cómo son los demócratas los que se le oponen. Es decir, los conservadores eran pro-abolicionistas y los que hoy llamaríamos liberales eran anti-abolicionistas, como quiera que Spielberg resuma los bandos y pase por encima a las facciones de lo que a priori parece el mundo al revés. Como sea, incluso, que hayan cambiado estos partidos, desde los whig hasta aquí en el caso de los republicanos y desde Jefferson a Obama en el caso de los demócratas. Esas paradojas ponen un pero a toda pretensión de coherencia subjetiva en política: no necesariamente son aquellos de los cuales se esperaría que hiciesen tal cosa los que toman a esa cosa como bandera, por infinitos motivos y por disquisiciones de coyuntura. Estas paradojas, en fin, hacen de la política un escenario donde quizá se dé con groseria lo que en otros ámbitos de la vida se pretende excepcional incoherencia: porque el mundo suele ponerse de revés y con ello, también los actores.

Si se quiere, la película recrea cuánto las convicciones son válidas y respetables, pero cuánto lo son más si se vuelven políticas, esto es, si se las valoriza tanto como para querer que se “hagan realidad”. Como si se tratara de una obra de teatro clásico (o de esas reconstrucciones que hacía el joven Marx cuando tenía frente a sí la transcripción de los debates de la Dieta Renana pero no los nombres de los oradores), los personajes de los legisladores en Lincoln encarnan caracteres universales: está el trosco que no abandonará su maximalismo aún cuando en ese maximalismo la ley se caiga; está el que rompe con ellos porque negocia una versión más moderada y entonces es denostado; está el progre que quiere la igualdad, pero no tanto ni ahora; está el que sostiene la igualdad, pero el año pasado la desigualdad y cuando deba renovar su banca, se desdecirá de ambas posiciones; está la tropa, que votará cualquier cosa mientras se pertenezca; están los que creen y los que creen que creen y los que saben que creen lo que hay que creer. Tener dominio sobre las convicciones (porque siempre es mejor tenerlas) parece ser la llave para realizar algo, si no todo, aquí y ahora: saber moderlarlas, tensionarlas, medirlas, enfrentarlas, abandonarlas, apretarlas, sacarles jugo, hacer que jueguen con el tiempo. Ser bueno y parecerlo, cuando se pueda, pero también lo contrario, si se debe −parafraseando−. A esa suerte de poder sobre la convicción y el tiempo, a esa suerte de desapego se llama hacer política en la película (lo dice al pasar la mujer de Lincoln, desde las gradas de arriba de la sesión legislativa, cuando se sorprende de que uno de los radicalizados pueda mantenerse en su posición moderada cuando la oposición clama por desbocarlo en el debate). Una suerte de mal llamado engaño o mejor, representación; artilugios en los que la misma película entra, en este juego de dobleces. Porque también la película engaña (más que erra) en la reconstrucción histórica. O mejor, interpreta. Y esto es aquello en lo que política y arte se emparentan.

Bastante, para ser febrero…

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