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Humpty Dumpty y Pierre Menard

Los célebres personajes de Lewis Carroll y Jorge Luis Borges son convocados en este ensayo a propósito de la reflexividad y exégesis filosófica que ambos posibilitan.

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Ningún problema tan consustancial con
las letras y con su modesto misterio
como el que propone una traducción.

Jorge Luis Borges

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The ability to understand is a fundamental endowment of man, one that sustains his communal life with others and, above all, one that takes place by way of language and the partnership
of conversation. On the other hand, however, the
linguisticality of the event of agreement in understanding [Verstiindigungsgeschehen], which is in play between people, signifies nothing less than an insurmountable barrier…

 H. G. Gadamer[1]

 

 

Según consta en cierta observación de G. Steiner en After Babel, con Lewis Carroll se pasa de un modelo de transición a un modelo exploratorio de la inocencia infantil expresada en el lenguaje, Alicia en el país de las maravillas es el descubrimiento del universo lingüístico y de la lógica infantil. Un poco más adelante, en el mismo texto observa Steiner que: “‘Pierre Menard, autor del Quijote‘ (1939) es probablemente el más agudo y denso comentario que se haya dedicado al tema de la traducción. Podría decirse, en el estilo de Borges, que los estudios sobre la traducción de que disponemos, no son más que comentarios de comentarios”[2].

Acorde a estas dos observaciones y formando parte de una larga y prolifera reflexión sobre el lenguaje, Steiner sostiene y defiende una concepción traductiva de la comprensión lingüística, comprender es traducir. En tal contexto, considera que:

cualquier modelo de comunicación es al mismo tiempo un modelo de traducción (trans-lation), de transferencia vertical u horizontal de significado. No existen dos épocas históricas, dos clases sociales, dos localidades que empleen las palabras y la sintaxis para significar exactamente lo mismo, para enviar señales idénticas de valoración e inferencias. Tampoco dos seres humanos. Cada persona viva dispone, deliberadamente o por la fuerza del hábito, de dos fuentes de suministro lingüístico: la vulgata corriente que se corresponde con su nivel de cultura personal y un thesaurus privado. Este último se relaciona de manera inextricable con su subconsciente, con su memoria en la medida en que pueda ser verbalizada, y con el conjunto singular e irreductible que componen la personalidad psicológica y somática… El concepto de un idioma normal o estándar no es más que una ficción fundada en la estadística (aunque, como veremos, pueda tener existencia real, en las traducciones hechas por máquinas). Por uniforme que sea su contorno social, el lenguaje de una comunidad es un acumulado inagotable de múltiples partículas lingüísticas, en última instancia de irreductibles significados personales[3].

En lo que sigue propondré un análisis de los dos relatos de ficción mencionados arriba que, en sus propios términos, se plantean como problemas de lenguaje y comunicación. A partir del capítulo sobre Humpty Dumpty de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (Lewis Carroll) y “Pierre Menard, autor del Quijote” (J. L. Borges) discutiré tales problemas y propondré una perspectiva de la comunicación que puede extraerse de ellos; en la clave expuesta por G. Steiner y otros (J. Lotman y D. Davidson) que se han ocupado de problemas similares, defenderé una propuesta traductiva/interpretativa de la comunicación. Confrontaré brevemente tal postura con una concepción transmisiva y que llamaré “de la transparencia de la comunicación”, mostrando la superioridad de la propuesta que defiendo.

 

Humpty Dumpty

En la lectura de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí[4]de Lewis Carroll, en el capítulo sobre el encuentro de Alicia con Humpty Dumpty puede encontrarse, con el tono característicamente irónico y paródico de Carroll, ciertas dificultades que afligen al lenguaje y la comunicación. Todo el encuentro parece reflejar mediante el absurdo las vicisitudes del lenguaje y la comprensión comunicativa. Parece claro que Humpty Dumpty y Alicia juegan a distintos juegos comunicativos; en principio Alicia remite al uso cotidiano y regular de las palabras mientras por otro lado Humpty Dumpty toma el dialogo como un juego de adivinanzas y usos literales de las palabras, lo que conduce a graciosos y sagaces equívocos entre los interlocutores.

Un aspecto interesante de Humpty Dumpty puede observarse en su complacencia en exhibir la capacidad que posee para explicar las “palabras difíciles” en textos tan difíciles como “Jabberwocky”, y con ello mostrar su voluntad de poder sobre las palabras, aunque el ejercicio de este poder pueda resultar deliberadamente oscuro. Ello puede apreciarse en la siguiente afirmación:

Algunas palabras tienen su genio… particularmente los verbos…, son los más creídos…, con los adjetivos se puede hacer lo que se quiera, pero no con los verbos…, sin embargo, ¡yo me las arreglo para tenérselas tiesas a todas ellas! ¡Impenetrabilidad! Eso es lo que yo siempre digo[5].

Asegurando luego que:

Cuando hago que una palabra trabaje tanto como esa [impenetrabilidad] −explicó Humpty Dumpty− siempre le doy una paga extraordinaria[6].

Sin embargo un segundo rasgo parece ser el más llamativo, Humpty Dumpty defiende una perspectiva del uso del lenguaje que parece reducir al absurdo la concepción convencionalista del lenguaje, es decir que las palabras significan lo que ciertas normas convencionales fijan como significado. Humpty Dumpty parece llevar al extremo esta concepción, proponiendo que el significado de una palabra puede reducirse a la regla o norma privada que fija un hablante para sí mismo.

En un pasaje clave, donde el tema es la mayor o menor importancia de los no cumpleaños y los cumpleaños, Humpty Dumpty dice a Alicia:

¡He ahí tu gloria!

− No sé qué es lo que quiere decir con eso de “gloria” −observó Alicia−.

Humpty Dumpty sonrió despectivamente.

− Pues claro que no…, y no lo sabrás hasta que te lo diga. Quiere decir que “he ahí, te he dado con un bello y contundente argumento”.

− Pero “gloria” no significa “un bello y contundente argumento” −objetó Alicia−.

Cuando yo uso una palabra −insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso− ella significa lo que yo elegí que significara…, ni más ni menos.

− La cuestión −insistió Alicia− es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

− La cuestión −zanjó Humpty Dumpty− es saber quién es el que manda…, eso es todo[7].

Por lo menos dos problemas diferentes en términos de lenguaje y comunicación emergen claramente: primero, la clásica concepción convencionalista estipulativa, las palabras dicen lo que dicen en virtud de una regla o norma convencional que fija su significado; segundo, que tal estipulación depende de quién tenga el poder asimétrico para imponer tal significado a otros. Los dos problemas han sido abordados de diferentes maneras, de todos modos y aunque no es mi tema aquí mostrar el detalle, se muestran como fuertemente implausibles. Por un lado se han dado argumentos contundentes contra la posibilidad de un lenguaje privado (es decir, un lenguaje que solo el hablante que lo concibe entiende) y por otro queda completamente en la oscuridad cuáles serían los mecanismos a través de los cuales se impone un lenguaje, en el sentido de que primero habría que explicar cómo es posible generar la regla semántica y luego explicar cómo han de comprender la regla semántica aquellos que han de obedecerla.

De todas manera, para nuestro propósito expositivo será suficiente notar que Alicia y Humpty Dumpty comprenden la escena y el dialogo, al igual que nosotros los lectores, en la medida que el significado de las palabra es captado y funciona a posteriori bajo una definición estipulativa pública: las palabras significan tal y cual cosa, y ello se hace comprensible en una dimensión pública y no meramente recurriendo a un acto interior y privado de los hablantes, es la dimensión dialógica pública lo que permite la comprensión (lo que el texto hace público para el lector) mutua y no el cumplimiento de expectativas sostenidas en el uso convencional de las palabras, tal como se usan en ciertos contextos estándar. El éxito comunicativo, es decir la comprensión mutua debe ser entendida como un ajuste dialógico de las expectativas mutuas de hablante e intérprete, más que el reconocimiento de reglas previamente establecidas y ya compartidas bajo una misma codificación.

Los ejemplos de usos del lenguaje del estilo Humpty Dumpty nos recuerdan que, más allá de las normas estándar que fijan el léxico habitual con el cual utilizamos nuestras palabras en contextos también estándar, siempre pueden darse desviaciones que violan nuestras expectativas de comprensión y que nos llevan a comprender al otro en virtud de una traducción/interpretación, cuyo acuerdo es producto de la propia interacción dialógica y no de compartir previas normas o reglas. De esta manera, se puede sugerir que el éxito comunicativo no tiene como condición necesaria de su realización el que se compartan las mismas reglas o normas. Los casos Humpty Dumpty y similares son mucho más comunes en la vida cotidiana de lo que suele sugerirse, por lo cual encontramos un tanto desencaminado explicar el éxito comunicativo sostenido en compartir un conjunto de reglas o código. De ser así, bastaría conocer las reglas para asegurar la comunicación, y el lenguaje no sería más que un conjunto de previas reglas compartidas y usadas de manera similar por los diferentes hablantes.

En este sentido la comprensión mutua se rige menos por reglas prefijadas y más claramente por la actividad de hablante y oyente en la interacción dialógica, ello vale igualmente en el contexto de la lectura, en la cual el lector debe encontrar activamente la manera de comprender al autor y el texto. Esto nos llevará a nuestro próximo punto.

 

Pierre Menard

En general cuando se habla de la relación entre el texto y sus lectores, luego de avanzadas las teorías de la recepción en los años 60 y 70, es frecuente referirse al significado del texto para el lector, como el producto de una negociación que se encuentra implicada entre el significado del texto y el significado atribuido por el lector. Sin embargo, pocas veces se avanza sobre la noción misma de “el significado del texto”; normalmente se acepta como algo trivial que aquello que está expresado en el texto es lo que busca comprenderse y es la norma a partir de la cual toda negociación comienza. Ya sea un lector común o un avezado crítico, todos entienden −se supone− más o menos de la misma manera lo que quiere decir el significado del texto. Creo que quién ha aportado una perspectiva extremadamente sugerente para pensar sobre este punto, ha sido J. L. Borges. En un camino que media ente la literatura y el ensayo filosófico, su genial y algo loco ”Pierre Menard, autor del Quijote[8], es −según nos lo recuerda Steiner− probablemente el más agudo y denso comentario que se haya dedicado al tema de la traducción[9]. De acuerdo a lo expuesto en la introducción, tomaré esta indicación recordando que el propio Steiner sugiere que traducir es comprender.

El problema de cómo vincular un texto con su fuente originaria de significado, es decir comprender las intenciones y elecciones del autor, así como la propia noción de que es “ser un autor” está en el centro de la historia de Pierre Menard que nos relata Borges.

El narrador de la historia de Borges sostiene con confianza que el mayor e ignorado trabajo de Pierre Menard fue el proponerse realizar una exacta recreación, palabra por palabra, de partes del Quijote de Cervantes, no otro Quijote, sino El Quijote. Pero recreación no significa la copia del texto original, se aclara rápidamente que Menard era un genio y no un plagiario, y la narración consiste en proporcionarnos una justificación lógica de tan intrigante y desconcertante proyecto. El narrador, nos relata cómo fue pergeñado el método que condujo a Menard a escribir las páginas de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote y un fragmento del capítulo veintidós. Ellas −como ya dije− no son el producto de una mera copia o transcripción del original, Menard se impone a sí mismo una extraordinaria y difícil tarea de composición: escribir de manera creativa y espontánea en el español de Cervantes, pero para descartar todas aquellas composiciones que no se correspondieran palabra por palabra con las de Cervantes debería tener las razones más irrefutables (tal vez como las del mismo Cervantes) para justificar su elección.

Según el texto:

El método inicial que imaginó [Menard] era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes[10].

Pero muy pronto perdió el interés en este enfoque, ya que solo consistía en recuperar la historia, ser Cervantes y luego simplemente volver a realizar el Quijote; un proceso difícil de ejecutar o algunos dirían imposible, pero de todos los imposibles seguramente el más fácil. Por lo tanto se plantea, la mucho más interesante tarea de llegar al mismo fin a través de una cadena completamente diferente de circunstancias. Por consiguiente, seguir siendo Menard y escribir el Quijote. Es decir, tener las experiencias y la vida de Menard y sin embargo poder construir una lógica narrativa que lo conduzca a escribir el Quijote.

Ahora bien, la elección del Quijote no es casual, ¿por qué su elección? Según confiesa Menard en carta al narrador, por ser el Quijote innecesario. Menard, no puede imaginarse el mundo sin Poe, pero sí sin el Quijote. Esta innecesaridad es el primer punto de una observación sobre la comprensión de un texto. El Quijote es para Menard ajeno a su lengua (la francesa), ajeno a sus intereses y experiencias, por lo cual no cuenta con la colaboración de las inercias del lenguaje y la invención con las que contó el mismo Cervantes. Su obra queda limitada por dos leyes polares: “la primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico, la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación”[11]; además hay que agregarle una dificultad extra, “…comprender el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible”[12].

Una vez constatadas las dificultades de la tarea de Menard, el narrador se place en mostrarnos las sutilezas y profundas innovaciones generadas en la versión de Menard, por ejemplo aquellas que se registran entre la original frase de Cervantes:

…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones…[13].

Y aquella otra producida por Menard e incomparable con la primera:

…la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones…[14].

Ahora el narrador y el propio Borges, podríamos decir, termina de descubrir para nosotros, aquellos lectores pocos sutiles (la mayoría de nosotros) las intenciones de Menard; éste dedicó sus escrúpulos a repetir en un idioma ajeno un libro pre-existente. Una reproducción que se transforma en una especie de palimpsesto en el cual todo hombre es capaz de reconocer y reproducir todas las ideas.

Menard, nos asegura el narrador:

…(acaso sin saberlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas[15].

Esta extraordinaria pieza borgiana, a través de Menard y su intento de reproducir el Quijote en otro tiempo y lugar, a través de otro autor, implica la inquietante suposición de que el significado de una obra al tratar de ser leída y comprendida en contextos históricos y sociales distintos, nos sume a todos nosotros en tanto lectores, en la locura reconstructiva de Menard. La comprensión en general, ya sea de un texto literario, o como ha estado de moda en los últimos tiempos, la comprensión de cualquier clase de textos (la persona, la cultura, las relaciones sociales, que según esta versión no serían otra cosa que textos) sorprendentemente no está asegurada en una identidad de significados que ha quedado atrapado como una norma inmutable en los signos lingüísticos. De ser así, la empresa Menard, aunque difícil, no sería más que una cuestión de tiempo. Con el tiempo adecuado, esa identidad intangible expresable en palabras idénticas volvería completamente transparente las intenciones originales del texto y el autor. Comprender no sería otra cosa que finalmente reconstruir las normas de producción semántica que guiaron su composición.

Es decir, si bien es cierto que por una parte es imposible negar que las palabras, el texto, pueden y deben funcionar como un medio de realización de ciertas intenciones sin las cuales el texto original carecería de toda significatividad, por otra parte sin embargo, nuestra lectura y comprensión se sostiene en la técnica de las atribuciones erróneas y el anacronismo deliberado.

La narración de Borges, proyecta una adecuada luz sobre los procesos generarles de comprensión al cuestionar la viabilidad de los esfuerzos encaminados a identificar completamente un cuerpo de normas que permita reconstruir completa y transparentemente las intenciones origínales del texto y el autor.

En ello no reside, alguna insinuación o indicio de desesperación que nos conmine a abandonar la idea de unidad de significación o la noción de autor e intenciones del mismo; creo que la sugerencia adecuada va por el lado de cuestionar la posibilidad de la perfecta identidad o certeza con la cual asumimos la comprensión del otro ya sea un texto, un autor, o las intenciones en general, para decirlo en términos de Borges aunque en un contexto un tanto distinto, no debemos emprender la supersticiosa ética del lector y buscar la perfección.

Dice Borges:

La página de perfección, la página de la que ninguna palabra puede ser alterada sin daño, es la más precaria de todas. Los cambios del lenguaje borran los sentidos laterales y los matices; la página “perfecta” es la que consta de esos delicados valores y la que con facilidad mayor se desgasta. Inversamente, la página que tiene vocación de inmortalidad puede atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones, sin dejar el alma en la prueba… el Quijote gana póstumas batallas contra sus traductores y sobrevive a toda descuidada versión. Heine, que nunca lo escuchó en español, lo pudo celebrar para siempre. Más vivo es el fantasma alemán o escandinavo o indostánico del Quijote que los ansiosos artificios verbales del estilista[16]. [...] El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio[17].

La búsqueda de una supuesta perfección en la lectura o la traducción de un texto, para Borges, no expresa más que una pura superstición. Al igual que no existe un texto definitivo, salvo en la mitificación y postulación de una unidad significativa completa y accesible universalmente, tampoco existe la identidad absoluta entre hablante e intérprete. La comprensión mutua entre texto y lector, entre quién comunica y quien comprende, subsiste aún a las malas atribuciones, a las erratas o a los artificios verbales de la lengua. Si aceptamos que el problema de la comprensión mutua subyace a cualquier interacción lingüística, al interior de una misma lengua o en la traducción interlingüística, se clarifica la pretensión de Steiner citada al comienzo de esta exposición: “comprender es traducir”.

 

Traducción, comprensión y comunicación

Como nos lo recuerda H. G. Gadamer en el epígrafe a este trabajo: “La habilidad para comprender es un atributo fundamental del hombre, aquella que sostiene su vida en común con los demás y, sobre todo, la que toma lugar a través del lenguaje y la participación en la conversación. Pero, por otro lado, sin embargo, la lingüísticidad del evento que logra acuerdos en la comprensión [Verstiindigungsgeschehen], que es lo que está en juego entre las personas, significa nada más ni nada a menos de una barrera insuperable…”[18].

Esta barrera insuperable de la que habla Gadamer, ínsita en el propio evento lingüístico, puede interpretarse sin mayores dificultades como la insuperable falta de identidad entre los partícipes de cualquier interacción lingüísticamente mediada. Un ideal predominante de comunicación, que seguramente se remonta hasta el mito de una lengua única pre-babélica, sugiere −contra Gadamer− que estos inconvenientes en la comunicación se resolverán una vez que hayamos remontado la diversidad de lenguas y podamos generar o bien una lengua perfecta y universal, que como código único asegure a toda interacción lingüística como una mera transacción de intercambio de información; o bien generado mecanismos de ajustes y compensación de las distorsiones, lo que en última instancia nuevamente nos remite al caso anterior. Es decir, se pretende asegurar la identidad entre emisores y destinatarios a través de la identidad del código, transformando −al menos por principio− a toda comunicación en transparente, sin residuos significativos. La pre-comprensión del código y la eficiencia en la transmisión que esta perspectiva sostendría, no es algo fácil de negar, seguramente muchas de nuestras interacciones cotidianas se benefician de tal situación. El punto es que ello implica solo interacciones que no aportan ningún tipo de novedad ni transformación de los códigos, por lo que la generalización de este tipo de perspectivas promueve la eficiencia de la interacción al coste de su trivialización. Los casos Humpty Dumpty y los problemas de lectura e interpretación, insuperables, quedarían completamente al margen de la explicación en la que sustentan su noción de éxito comunicativo.

Creo que, sin embargo, como lo he sugerido en toda la exposición, una concepción de la comunicación como traducción, aceptando el esquema de G. Steiner: comprender es traducir, nos presenta una vía no reduccionista de la comprensión que nos hace accesible la comprensión de los casos Humpty Dumpty y las peripecias de P. Menard. En última instancia, el reto de Menard, seguir siendo Menard y comprender −elaborar el Quijote−, sigue siendo nuestro reto.

 


[1] Hans Georg Gadamer, “Text and Interpretation”, trans. Dennis J. Schmidt and Richard E. Palmer, Dialogue and Deconstruction, ed. Diane P. Michelfelder and R.E. Palmer Albany: SUNY Press, 1989, p. 21.

[2] Steiner, G., After Babel. Aspects of Language and Translation, London, Oxford University Press, 3ed., 1998, p. 73; versión en español: Después de Babel. Aspectos del lenguaje y la traducción, México, FCE, 1980, p. 91.

[3] Ídem, p. 47; versión en español: pp. 65-66.

[4] Carroll, Lewis, Through the Looking Glass, Webster’s Spanish Thesaurus Edition USA ICON Classics, 2005.

[5] Ídem, p. 58.

[6] Ídem, p. 59.

[7] Ídem, p 58.

[8] Borges, J. L., Ficciones en Obras Completas Tomo I (1923 – 1972), Bs .As, EMECÉ EDITORES S. A., 1972, pp. 444-450.

[9] Si bien no es mi tema aquí, abundan las referencias en trabajaos académicos recientes sobre la importancia de la práctica y los problemas de traducción en la producción literaria de Borges; ver por ej. Borges and Translation: The Irreverence of the Periphery, de Sergio Gabriel Waisman, Associated University Press, USA, 2007; Invisible work: Borges and translation, de Efraín Kristal, Vanderbilt University Press, USA, 2002.

[10] P. 447.

[11] Ídem, p. 448.

[12] Ídem.

[13] Ídem, p. 449.

[14] Ídem.

[15] Ídem, p. 450.

[16] Borges, J. L. “La supersticiosa ética del lector”, en Obras Completas Tomo I (1923 – 1972), Bs. As, EMECÉ EDITORES  S. A., 1972, p. 204.

[17] Borges, J. L. “Las Versiones Homéricas”, en Obras Completas Tomo I (1923 – 1972); Bs .As, EMECÉ EDITORES S. A., 1972, p. 239.

[18] Ver nota 1.

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