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La posibilidad de una isla

La reedición de Cuna de gato (La Bestia Equilátera, 2012), libro fundamental de Kurt Vonnegut, permite confirmarlo como uno de los narradores más actuales de la literatura norteamericana.

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     Cuna de gato
     Kurt Vonnegut
     Traducción: Carlos Gardini
     La Bestia Equilátera, 2012
     248 páginas

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“Nadie quiere deberle nada a sus contemporáneos”, observaba el Doctor Johnson en una de las más certeras sentencias recogidas por el memorioso Boswell. Es probable que Kurt Vonnegut haya padecido esa suerte de fatalidad. No sabemos si se esforzó por ser diferente, pero estamos seguros de que lo logró. Basta repasar los libros de sus contemporáneos −Norman Mailer, Joseph Heller y Gore Vidal−, para comprobar que la obra de Vonnegut no les debe esencialmente nada, y que ha sobrevivido por sí misma a una de las pocas pruebas definitivas a las que puede someterse una obra: el paso del tiempo.

Vonnegut no fue un escritor realista, del mismo modo en que tampoco fue un mero autor de ciencia ficción. En todo caso, Vonnegut se sirvió del realismo hasta donde estimó que el horror y la tragedia podían leerse sin interrupciones. El propio autor explicó que los viajes en el tiempo en Matadero cinco funcionaban para él del mismo modo que los bufones en las obras de Shakespeare, es decir como distracciones, como fragmentos disuasivos de tensión. Y si de algo está libre Vonnegut es del pecado de solemnidad literaria, sobre todo por el modo en que abordó los relatos de su época.

Vonnegut posee un atributo estilístico que ha confundido a algunos de sus lectores: la legibilidad. En sus primeras obras ya puede advertirse el uso de capítulos breves (diríamos fragmentos), redactados en un estilo que hizo emitir a algunos críticos la tópica observación de “superficialidad”. Sin embargo, una de las razones principales por las que leemos a Vonnegut responde precisamente a esa cualidad de su estilo.

No es infrecuente emparentar a Vonnegut con la escritura satírica. Este parentesco nos parece atinado por varias razones. En principio, y por el hecho de que Vonnegut no se situó nunca de modo definitivo en un género u otro, su obra fue derivando hacia las formas híbridas, que le valieron rápidamente la condición de posmoderno. La heterogeneidad de su obra contiene sin embargo elementos nítidos, repeticiones que, lejos de fijarlo en una posición estética, permiten leer esas reiteraciones como fragmentos de una obra que nunca acaba de escribirse. Al igual que cuando nos advierte sobre la falsedad de lo que sucede en sus libros (cuestionando el paradigma científico), de la incorporación de acápites que pertenecen a la obra que está por leerse (la metaficción), el elemento satírico en Vonnegut tiene peso en tanto sostiene, como afirmaba Borges, que “la vituperación y la burla valdrían necesariamente algo más”. Posición que implica en Vonnegut un desplazamiento de la sátira tradicional para señalar la futilidad de establecer dicotomías morales. Este señalamiento se expresa a través de su profundo uso del humor. En 1963 Vonnegut logró una rara alquimia de todos esos elementos, cuyo resultado fue el libro del que pretendemos ocuparnos aquí.

El narrador de Cuna de gato (Jonás o John), se propone escribir un libro −El día en que terminó el mundo− que “narraría lo que habían hecho importantes personajes de los Estados Unidos el día en que se arrojó la primera bomba atómica en Hiroshima”. La investigación sirve de excusa para que el narrador se escriba cartas con los hijos del científico Félix Hoeniker, uno de los padres de la bomba y de un compuesto revolucionario y potencialmente mortífero (el Hielo-9), capaz de congelar el agua al simple contacto. A partir de la correspondencia que el narador establece con dos de los hijos de Hoeniker (Newton y Ángela) la historia se desgrana en una sucesión de fragmentos un tanto mecánicos, aunque siempre nítidos y mordaces. Tras fracasar en el intento de ponerse en contacto con Frank, el mayor de los hermanos Hoeniker, el narrador descrubre a través de la noticia de un diario que éste se desempeña como general de una republica caribeña llamada San Lorenzo, gobernada por un dictador apodado “Papá” Monzano. Vonnegut envía a su narrador a la isla con el propósto de que escriba un artículo que le ha encargado una revista. Allí traba conocimiento con la religión local, llamada bokononismo en alusión a su creador (Bokonon), un inmigrante inglés autor de una serie de libros y calipsos (“mentiras agridulces”, según el narrador) cuyos fragmentos sirven para ilustrar diversos aspectos de la condición humana. Es importante observar que el bokononismo, única fuente de esperanza para los habitantes de San Lorenzo, fue proscripto a instancias del propio Bokonon, con el objeto de infundirle a la doctrina “mayor fervor, mayor sabor”. Instalado el culto, Bokonon pasa a la clandestinidad, desde donde continúa con su prédica.

La invención religiosa es otro de los motivos de la obra de Vonnegut. Consecuentemente, y en línea con su instinto satírico, ninguna de sus doctrinas tiene un fondo moral; se trata, en todo caso, de fragmentos de una antropología delirante, a través de la cual el autor no sólo juega al demiurgo (la “Iglesia del Dios indiferente” en Las sirenas de titán constituye otro ejemplo de lo dicho), sino que pone a nuestro alcance pequeñas mentiras (“foma” o “falsedades inofensivas”, como lo llamarían los habitantes de San Lorenzo) que actúan como el simulacro de una religiosidad especulativa.

No obstante, la preocupación por la posibilidad de una forma religiosa, artística y científica posterior a Auschwitz no es ajena a la obra de Vonnegut, y a su modo resuena en Cuna de gato. Sin embargo, y pese a su extraordinaria destreza para conjugar sin tedio ni solemnidad temas como la deshumanización, las tecnocracias, el apocalipsis, la guerra fría y los viajes en el tiempo, Vonnegut parece dubitativo a la hora de enfrentarse a los problemas concretos del novelista. Por dar un ejemplo: todos sus personajes parecen hablar del mismo modo, poseer una psicología elemental y transitar los sobresaltos de la trama sin experimentar cambios notorios. Si bien Vonnegut no fracasa en su declarado afán por “entretener” a su lector, la naturaleza de su ficción parece excluir la posibilidad de personajes memorables.

Con todo, la obra de Vonnegut persiste con su gracia intacta, su mordacidad y sus horrores a flor de piel, y está legítimamente situada en un lugar incómodo, que nos llevará de paseo −con elegancia y una rara inmutabilidad− por los horrores de la vida en el siglo veinte.

Las razones de su actualidad responden menos a los objetos de su sátira (religión, arte y ciencia) que al uso profundamente subversivo de sus recursos literarios, entre los que destacamos su sentido del humor que −como su obra− no resiste las explicaciones simplificadoras; una prosa legible y hasta amigable, y, por encima de eso, una visión del mundo expresada en sus libros con la precisión, la gracia y la persistencia de los escritores que se atreven a mirar al mundo de un modo lúcido y descarnado a la vez.

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