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Segundo centenario de Goethe

En ocasión del segundo centenario del nacimiento de Goethe, el ensayista cuestionaba las interpretaciones en boga que afirmaban que el escritor alemán había traicionado su destino. He aquí su versión digital.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leo el ensayo publicado por Ortega y Gasset en 1932, al cumplirse el otro centenario de Goethe, el de su muerte. Me parece un ensayo sintomático de aquella época, tan próxima y ya tan lejana a la actual. Ortega y Gasset se empeña en presentar a Goethe como “un hombre lleno de dotes maravillosas, con resortes magníficos de entusiasmo, con un carácter espléndido −enérgico, limpio, generoso y jovial−, pero… constantemente infiel a su destino”. El esfuerzo de Ortega se concreta a la enumeración y el análisis de las muchas, “de las demasiadas fugas” que hay en la vida de Goethe. Y ese esfuerzo es, en verdad, el homenaje de Ortega a una época que representa el extremo alejamiento respecto a Goethe. En 1932 culmina, por parte de los intelectuales, la exaltación del destino, de la vitalidad (vitalismo es la doctrina de Ortega). Pero esa exaltación llevada a cabo por filósofos, y que había comenzado tras la primera guerra mundial, convirtió la vida en un absoluto. Era el gran error contemporáneo: por querer ser extremadamente fieles a la vida llegamos a serle infieles. El irracionalismo intelectualista con que se pretende luchar contra el racionalismo sólo sirve, por desdicha, para conducir al summun del racionalismo. Ortega reprocha a Goethe que eluda, que traicione su destino. Pero sólo traicionando nuestro destino nos damos cuenta de lo que somos, y nos ponemos en condiciones de serlo con profundidad. Es el único paso que −secreta u ostensiblemente− no puede dejar de dar el que es fiel a su destino. Destino es capacidad de elegir, esto es, capacidad de equivocarse. Sólo se puede sentir cuál es el propio destino cuando se está padeciendo porque se lo traiciona; sólo se puede volver a él, cumplirlo, cuando se lo ha traicionado. La profundidad de Goethe se debe a sus fugas, porque el hombre que se fuga es el que más profundamente vuelve a su destino. Y, a la recíproca, el que con más profundidad se entrega a su destino experimenta sin remisión espanto por esa entrega, y tiene que huirle. Ortega y los hombres de su época quieren que Goethe sea absolutamente fiel a su destino, o sea que no pueda elegir, que no tenga destino, que sea como una planta que crece sin desviaciones. Una época que por no tener vida había llegado a descubrir que la vida es lo fundamental, y que, en consecuencia, exagerando el valor de la vida, desfiguraba el sentido de la fidelidad al destino, no podía entender a Goethe. Pero Goethe se anticipó a los reproches de Ortega: “Es porque entonces fui loco −escribe− que hoy soy sabio. ¡Oh filósofo que no ves más que lo instantáneo, cuán corta es tu visión! Tu ojo no está hecho para seguir el trabajo subterráneo de las pasiones”.

 

Sur, Nº 179, Buenos Aires, septiembre de 1949.

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