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Antonio Requeni y el fervor de la poesía

Presentamos un recorrido por la biografía y la obra del poeta Antonio Requeni: sus publicaciones en los cincuenta, su amistad con Alejandra Pizarnik y sus lúcidas consideraciones en torno a la poesía contemporánea.

Augusto Munaro: ¿Cuáles fueron sus primeras influencias literarias y poéticas?

Antonio Requeni: En el colegio secundario estudiábamos literatura y mis compañeros se aburrían con Garcilaso de la Vega, Quevedo y Lope de Vega. A mí me fascinaban… En el último año nuestro profesor fue el poeta González Carbalho, que había sido amigo de García Lorca y de Neruda. Yo no lo había oído nombrar, pero cuando supe que era poeta fui a la librería “El Ateneo”, compré uno de sus libros y su poesía me deslumbró. Influyó mucho en los versos que entonces escribía.

AM: En los años cincuenta, usted publicó cuatro libros: Luz de sueño, Camino de canciones, El alba en las manos y La soledad y el canto; ¿puede decirse que fue un período especialmente prolífico?


AR
: Sí, en la década de los cincuenta publiqué cuatro libros de cuyos nombres no quiero acordarme. Son perfectamente olvidables. Entonces escribía torrencialmente, pero ya sabemos que cantidad y calidad no guardan relación. Lo mejor de aquella época fue haber hecho amistad con algunos escritores mayores como −aparte de González Carbalho− Raúl González Tuñón, Roberto Ledesma, Vicente Barbieri, José Luis Lanuza, Abelardo Arias, Joaquín Gómez Bas, Conrado Nalé Roxlo, Córdoba Iturburu, Fermín Estrella Gutiérrez, Bernardo Canal Feijóo, Luis Emilio Soto, María Alicia Domínguez, Ulises Petit de Murat, Nicolás Olivari, Luis Franco (que me dedicó un poema en su último libro), Luisa Mercedes Levinson, Beatriz Guido, Horacio Esteban Ratti y Bernardo Verbitsky. Fueron muchos… Además tuve grandes amigos entre los jóvenes: Oscar Hermes Villordo, Amelia Biagioni, Héctor Miguel Angeli, Tomás Eloy Martínez, Máximo Simpson, Alejandro Nicotra, Horacio Armani, Alfredo Veiravé, María Elena Walsh, Alejandra Pizarnik…

AM: ¿Cómo fue su amistad con Alejandra Pizarnik?

AR: A Alejandra me la presentó Arturo Cuadrado, pintoresco director de Botella de Mar, sello editorial con el que apareció su primer libro. En realidad, ya la conocía desde niña, aunque sólo de vista; éramos vecinos y me había cruzado con ella más de una vez. Los dos vivíamos entonces en Avellaneda. Después de la presentación la visité en su casa de la calle Lambaré; conocí a su madre, con la que ella tenía una relación conflictiva, y a su padre, un polaco alto, buen mozo, que murió joven, al poco tiempo. Fue un duro golpe para Alejandra. Ella se parecía físicamente a la madre: menuda y algo rellenita; al hablar tenía una manera extraña de arrastrar las palabras. Entonces le gustaban los muchachos y me hizo alguna confidencia. Tanto ella como la madre me tenían bastante confianza. Nos reuníamos en su casa (también en el departamento de Montes de Oca, donde después se mudó) y en el bar Florida, frente a la Facultad de Filosofía y Letras. Yo tenía seis años más que ella y nuestras predilecciones poéticas eran diferentes, pero igualmente nos llevábamos muy bien. Tenía sentido del humor, era ocurrente y le gustaban los juegos de palabras (a Avellaneda la llamaba “Villa Neda”). Muchas veces me leyó versos que acababa de escribir. También nos prestábamos libros. Recuerdo que le impresionó mucho un libro que le presté: El alma romántica y el sueño, de Albert Béguin. Nos contábamos chismes de escritores y jamás hablamos de política. Era un tema que no le interesaba en absoluto. Cuando regresé de Europa, en 1959, mis relatos avivaron seguramente su antiguo deseo de vivir en París. Lo logró el año siguiente y me envió varias cartas que figuran en el libro Correspondencia Pizarnik, recopilado por Ivonne Bordelois. En sus últimos años nos vimos menos asiduamente. Ella frecuentaba ambientes y amigos con los que yo no me sentía cómodo. Además, había cambiado, hasta físicamente; sus rasgos se habían endurecido y se había vuelto algo sombría, como torturada. La graciosa chiquilina a la que acompañaba a veces a su casa, por la noche, al regreso de alguna reunión, y nos sentábamos en el zaguán a recitarnos versos, se había vuelto una mujer distante. Pero nunca dejamos de ser amigos. Cuando me dijeron por teléfono que se había matado me dolió pero no me extrañó. Antes ya lo había intentado. Alejandra era carne de suicidio. Siempre fue una poeta muy obsesiva, parecía que la poesía era lo único que le importaba, pero su última obra tiene un tono exasperado que hacía prever el fin. En uno de sus últimos poemas había dicho: “Basta de hacer cola para morir”.

AM: Nos encontramos ya en los albores de 1960. Da la sensación que con Umbral del horizonte su poesía comienza a madurar progresivamente. ¿De qué modo cree que su viaje a Europa en 1959 haya influenciado su poética?

AR: Mi viaje de 1959 abarcó prácticamente todo el año −de febrero a diciembre− y estuve no sólo en España sino también en Francia, Bélgica, Holanda, Italia y Marruecos. El mayor impacto emocional y cultural fue el de Italia. Admiración y cariño que me han durado toda la vida. Seguramente algún antepasado español hizo alguna travesura en Italia. Cumplí 29 años en París y lo festejé con un amigo en el Moulin Rouge, convertido entonces en restaurante. Un año antes había muerto González Carbalho, a quién había imitado hasta el plagio, y aquel viaje iniciático me ayudó a liberarme de su gravitación, a ver la realidad de otra manera y, desde el punto de vista literario, a buscar una expresión más personal, que creo, logré en Umbral del horizonte, publicado en 1960.

AM: Umbral del horizonte, es un libro que explicita sitios geográficos: el Mar de Capri, Roma, París, Otterlo, Valencia… Sus libros posteriores se fueron desvinculando de los lugares físicos, para abocarse a una poesía paulatinamente más abstracta.

AR: Umbral del horizonte es, en efecto, un cuaderno de viaje escrito en verso. No sé si los libros posteriores son más abstractos. Los viajes, que seguí realizando gracias al periodismo, siempre me estimularon para escribir, y después de ese libro escribí otros poemas sobre lugares geográficos que, por uno o por otro motivo me conmovieron. Pero, además, escribí poemas sobre temas cotidianos, hasta domésticos, sin desechar, por supuesto, los que usted seguramente denomina abstractos, pero siempre vinculados con la propia experiencia vital o con la intuición, que es también otra experiencia: la sensación del tiempo que pasa, la vejez, los sueños, la nostalgia, la misma poesía…

AM: El tiempo es uno de los temas recurrentes en su poética. Lo efímero como sustancia de lo finito. La memoria como provisoria tregua a ese sentimiento.

AR: El tiempo es uno de los temas fundamentales de la poesía de todas las épocas, muy presente, por ejemplo, en los versos de Quevedo: “Huye sin percibirse lento el día / y la hora secreta y recatada…”. El tiempo para mí no es una abstracción; todos estamos hechos de tiempo, la vida de cada uno es tiempo que un día se acabará para siempre. Esa sensación de finitud siempre me obsesionó, más aún ahora que mi edad llega, como dicen los franceses, a los cuatro veces veinte (por no decir ochenta). Amo la vida y me perturba y estremece la idea de tener que abandonarla.

AM: ¿Por qué cree que la poesía es el “lenguaje del sentimiento”? ¿Qué lugar ocuparía el razonamiento en la poesía?

AR: Ahora se habla de poesía del pensamiento o del conocimiento, una variante de lo que antes llamábamos poesía metafísica. Cuando yo hablo de poesía me refiero a la poesía lírica, la que revela no tanto ideas como estados de ánimo, sentimientos. Esto no significa que la poesía no piensa, pero más que pensar intuye, y esa intuición se expresa no con conceptos, con ideas, sino con imágenes y metáforas, que cumplen una función estética y reveladora. Pueden cambiar los gustos pero no los sentimientos y los eternos interrogantes: el misterio de la vida, la incógnita de la muerte, la finitud del tiempo, son temas encarados también por la filosofía y la ciencia, pero sólo la poesía puede hacerlos “sentir” con un temblor o intensidad que supera todo mecanismo mental. Creo que para aproximarse al sentido de la vida, la lectura del monólogo de Hamlet es más reveladora que la ciencia o la especulación filosófica. Buñuel, aunque bastante injusto, decía: “La ciencia no me interesa. Me parece presuntuosa, analítica y superficial. Ignora los sueños, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que me son preciosas”. Ahora se escribe más con la razón que con el corazón pero, como dijo alguien: “La razón se hace adulta y vieja; sólo el corazón permanece siempre niño”. La poesía nos introduce en más profundas dimensiones del espíritu; y en todo caso, el conocimiento que puede llegar a alcanzar es siempre conocimiento emocional. La poesía, para conquistar al público que ha perdido, debería volver a una estética del sentimiento.

AM: ¿Y la experimentación, qué lugar ocuparía en su poética?

AR: Bueno, creo que el poeta siempre experimenta; cada borrador es un experimento. Lo que importa es el resultado. Hay poetas que, obsesionados por el afán de una rabiosa originalidad, creen en la experimentación como un fin en sí mismo; yo la concibo como un medio. La experimentación es una búsqueda, una búsqueda legítima, pero lo que importa es el resultado al que esa búsqueda llega.

AM: ¿De qué modo repercutió en su poética sus tres décadas de experiencia periodística en la redacción de La Prensa?

AR: El periodismo influyó benéficamente en mi poesía. Mi problema, cuando empecé a trabajar como redactor, era que las crónicas me salían en endecasílabos. En aquella época pensaba en endecasílabos. El trabajo posterior consistía en destruir esa métrica. Debí adaptarme al estilo de La Prensa, que era muy llano y sobrio. Los periodistas debíamos informar sin opinar, de modo escueto y sin adjetivos. Ese estilo influyó en mi poesía, que se fue despojando de preciosismos para lograr mayor síntesis. El periodismos y los viajes me ayudaron a mirar con mayor atención la realidad exterior. Pero mi pasión ha sido siempre la poesía. Por eso no extraño demasiado las salas de redacción después de haberme jubilado.

AM: ¿Es cierto que cubrió la Masacre de Ezeiza?

AR: Con Jorge Calvetti, un poeta que todavía espera que se le haga la justicia que se merece, trabajé en La Prensa, uno al lado del otro, durante más de treinta años. Entre otras tareas, nos encargábamos de lo que en la jerga periodística se denomina “notas de color”, así que nos mandaban a todas las manifestaciones políticas de Plaza de Mayo para contar los detalles, las pequeñas anécdotas, pancartas, estribillos, etc. Estuvimos prácticamente en todas, incluida aquella en la que Perón echó a los “jóvenes imberbes”. Me tocó también −esta vez sin Calvetti− cubrir en Ezeiza el acto que terminó en masacre. Resultó una nota de color negro. Todo el tiempo en la plataforma del palco, cuerpo a tierra, mientras silbaban las balas, y detrás del violoncello, pues habían mandado a los músicos del Colón para tocar La Marcha Peronista. Mientras tanto escribía lo que veía. En un momento se me terminó la tinta de la birome y me fui arrastrando hasta el otro extremo, donde estaba Marta Lynch, que había sido enviada por Clarín, y ella me prestó un lápiz.

AM: Juan Gelman sostiene la divisa de “escribir mucho, publicar poco, tirar mucho”. ¿Usted cuenta con abundante material inédito?

AR: La divisa de Gelman me parece acertada, sobre todo para aplicar en estos tiempos, cuando debido a la proliferación de los talleres literarios se escribe y se publica demasiado. Tengo muy poco material inédito y no creo que esté en condiciones de publicar un nuevo libro. Lo que podría hacer ya está hecho y no quiero repetirme.

AM: ¿Considera que existe una idea de “misión” en la mente del poeta?

AR: No soy amigo de las sentencias y los juicios contundentes. Habrá poetas que crean tener una misión (Almafuerte, por ejemplo) y otros que se despreocupan de esa idea. Para mí, la misión del poeta (preferiría llamarle la “función”) es, fundamentalmente, hacer buena poesía, crear una forma estética del lenguaje que exprese o trate de expresar cosas esenciales. Todo lo demás es opinable.

AM: A casi sesenta años de la publicación de su primer poemario, ¿se aprende a ser poeta?

AR: Creo que poeta se nace, pero también se hace. Desde el momento que uno siente el impulso de escribir en verso, que se conmueve leyendo poesía e intente expresarse de este modo, puede decirse que ha nacido poeta. Pero después viene el trabajo, el aprendizaje, la lectura como enriquecimiento literario y espiritual, la escritura y la corrección, la constante búsqueda de excelencia verbal. El poeta también se hace.

AM: Cuando escribe, ¿llega primero el tema, luego la música del poema, o todo junto? ¿De qué modo se genera este proceso?

AR: La gestación del poema es azarosa. A veces escribí partiendo de una experiencia o sensación, de una anécdota que me motivó, de una frase, de una imagen. La música o el ritmo del poema se imponen sin haberlo decidido previamente. Rilke decía que el primer verso lo dictan los ángeles. Yo creo que todos.

AM: Respecto a la poesía actual, cree, como dicen sus versos de “Carta a Jorge Calvetti”, que “los poetas no cantan, sus palabras / ya no conmueven, niegan o desprecian / melodía, belleza y emoción”.

AR: A veces, cuando leo los versos que se escriben contemporáneamente, aquí y en el mundo, pienso que soy un náufrago, un sobreviviente de otra época en la que se valoraba la poesía por su “belleza, melodía y emoción”, como digo en la “Carta a Jorge Calvetti”. Hoy son otros los elementos que parecen tenerse en cuenta. Indudablemente, el concepto de lo que es poesía cambia y va a seguir cambiando, inclusive la forma de leerla, como consecuencia del avance de la cibernética. Una gran parte de la poesía actual parece dirigida solamente a los especialistas, a los iniciados. Desde Homero hasta acá, la poesía −salvo algunos breves períodos− fue siempre inteligible. No digo que haya sido y que debe ser para todos (no todos tienen sensibilidad para la poesía, para la música o la pintura), pero antes había personas normalmente cultas y sensibles que leían poesía, aquella “inmensa minoría” de la que hablaba Juan Ramón Jiménez. Hoy eso ya no sucede, o sucede en una mínima proporción. Si una poesía únicamente tiene posibilidad de ser comprendida por los especialistas, a mi no me interesa. Los poetas deberían reflexionar sobre la acepción que se da coloquialmente a la palabra “verso” como sinónimo de cháchara, de macaneo. Eso no podía haber ocurrido en tiempos de Fernández Moreno, Molinari, Bernárdez, González Tuñón o los poetas del cuarenta. Sus versos estaban al alcance de esa “inmensa minoría” que hoy la constituyen únicamente los poetas. Porque los poetas escriben para los poetas. Antes en la poesía pasaban cosas, ahora el poema da la impresión de una especulación mental, de abstracciones muy sutiles; a veces parecen pensamientos que se piensan a sí mismos. No encontramos sujeto ni anécdota. Después están los versos pedestres, llenos de vulgaridades, que algunos escriben con la intención, seguramente, de espantar al burgués. Pero los burgueses no leen, y menos versos. Todo esto es producto de una desesperada búsqueda de originalidad; se olvida que los grandes poetas del pasado −Rimbaud, por ejemplo−, no buscaban la originalidad: eran originales.

AM: En un reportaje reciente afirma que es “incapaz de perseguir editores o de practicar el alpinismo literario”. ¿La buena poesía debe permanecer casi secreta, ajena a los medios? Pienso en Juan L. Ortiz o Ricardo Zelarayán, dos casos en que el reconocimiento les llegó casi de modo póstumo.

AR: Se trata de una cuestión de ética personal. Están los que se desesperan por ser conocidos y reconocidos y los que desesperamos un poco menos. No es bueno que el poema se mantenga secreto, como la maravillosa orquídea en lo más impenetrable de la selva amazónica que nadie puede ver. Un poema guardado en un cajón es como si no existiera. Lo que el poeta debe hacer es, primero, escribir buenos versos, y después, en lo posible, tratar de publicarlos para que circulen, pero lo demás depende del tiempo, del azar, de esos equívocos que generan el éxito o el fracaso. Lamentablemente, las secciones culturales de diarios y revistas y algunos profesores de las facultades de letras con sus “amiguismos” y “ninguneos”, son cómplices de dichos equívocos.

AM: ¿Por qué escribe poco últimamente? ¿Se ha vuelto más autoexigente?

AR: Creo que escribir poesía fue para mí una necesidad y un fervor de juventud que se prolongó hasta cerca de la madurez, pero cada vez con menos fuerza. El amor por la poesía no ha declinado, pero sí la necesidad de escribirla. Mis últimos libros aparecieron espaciadamente, y luego del último −El vaso de agua− escribí poco y nada. No creo que sea por exceso de rigor, de autoexigencia, sino, sencillamente, porque el angelito ya no viene a soplarme al oído como antes. Entonces creo que lo más honesto es optar por el silencio, no seguir escribiendo porque conozco el oficio, aunque no tenga nada que decir.

AM: ¿Continúa leyendo poesía?

AR: Nunca dejé de leer poesía. Es, como la música, mi permanente alimento espiritual. Así como Molière se despidió de la vida sobre el escenario de un teatro, a mi me gustaría morir oyendo un concierto de Mozart y con un libro de versos entre las manos.

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