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Claudio Uriarte. Un dandismo de izquierda

El ensayista aborda aquí trazos de la escritura y la vida de Claudio Uriarte, autor de Almirante Cero, en donde se imbrican marxismo, erudición, pornografía y política.

 Massera desarrolló desde temprano una intensa relación con
las cosas, y se fue volviendo un personaje fuertemente posesivo
y acaparador que identificaba la posesión física con el poder,
y el poder con la posesión física. La asociación entre sexo
y poder quedará subrayada más tarde hasta el absurdo.

Claudio Uriarte, Almirante Cero

 

1. Marxista de derecha

Claudio Uriarte (Buenos Aires, 1959-2007) sólo publicó un libro que edificó su propio mito: Almirante Cero (1992, Editorial Planeta). Y, como es remanido en ciertas obras maestras, fue por encargo. Autor de una obra, en rigor, fue, como muchos grandes, su personificación literaria. Refinado, irónico, vestido completamente de negro, acompañado siempre de una hermosa mujer, melómano, fumador y enófilo, la pluma de Uriarte atravesó numerosos medios: Tiempo Argentino, Convicción, Confirmado, Noticias, Clarín, y diez años en Página/12, donde pasó de redactor a editor. Al final de de su vida trabajó en el diario Ámbito Financiero y también, en el pasado, en medios internacionales. Sobre música clásica, en tanto, escribió en dos revistas especializadas: Cultura y Clásica.

Hijo de Mabel Mármol y de David José Kohon, director de cine icónico del nuevo cine argentino de los sesentas, Uriarte formó parte de varias agrupaciones políticas, hasta recalar en la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO), donde se vinculó con Alejandro Horowicz, quien luego prologó y reeditó en 2011 por pedido de Nacho Iraola, director editorial de Planeta, su solitario opus, dando cuenta de la coyuntura a raíz del affaire y la causa judicial de Emilio Eduardo Massera con la vedette y modelo Graciela Alfano.

Uriarte leía y escribía desde los tres años y había hecho lo propio con El Quijote a los siete. Uriarte decía: “les robé a todos”, en alusión a la escritura de su único libro édito, donde, efectivamente, no citó ninguna fuente ni bibliografía ni tuvo notas a pie de página.

Uriarte falleció de un accidente doméstico, a los 48 años, producto de un golpe luego de tropezar en una escalera. El golpe fue certero y la muerte instantánea. La pasiones de Uriarte (política internacional, música clásica, mujeres, erotismo) eran sólidas y elegantes. Se dice que era capaz de permanecer en una redacción sin pronunciar palabra si le parecía que no había algún interlocutor interesante.

En la revista de ensayo La Caja, dirigida por Tomás Abraham, Uriarte publicó grandes textos dentro del que se puede enmarcar ”Contribución a la crítica de la verdad periodística” (abril-mayo de 1993), artículo liminar, entre explosivo y agudo, que Gustavo Noriega en su recuerdo en el medio digital Hipercrítico, dirigido por Luis Majul, cita con mucho tino: “El hecho que hay que reprocharle al periodismo no es su frivolidad, su inconsistencia o sus faltas a la verdad, sino que él mismo, por su propia dinámica, es una falta a la verdad, es la versión degenerada de la historia de una sociedad que ha renunciado al concepto de verdad. Al periodismo hay que reprocharle que exista”.

Uriarte en sus años en Página/12, durante el menemismo y el incipiente kirchnerismo, viró hacia una posición de derecha (“marxista de derecha”, decía de sí mismo) que, en rigor, parecía buscar de modo exquisito la irritación de los compañeros, redactores y editores progresistas del medio. Precisamente, en su “Contribución…”, Uriarte plantea el concepto de “izquierdismo profesional” del periodismo que describía de modo inapelable y paradojalmente desde textos de Marx:

Iluminista primero, el periodismo se volvió izquierdista a los ritmos de la historia del socialismo, el marxismo, la socialdemocracia y el revolucionarismo leninista. Anarquistas, contestatarios y socialistas primitivos tuvieron a la palabra escrita en el mismo lugar de trascendencia social que el iluminismo burgués; Marx y Engels, como lo prueban en El 18 Brumario de Luis Bonaparte o el Manifiesto Comunista, no desdeñaron formas periodísticas o semiperiodísticas; la socialdemocracia alemana era notable por su erudición, sus periódicos, sus bibliotecas y sus archivos; la teoría revolucionaria de Lenin proponía que el “organizador colectivo del Partido” fuera nada menos que un diario, aptamente llamado Iskra (La chispa) −el incendio revolucionario iluminaría la oscuridad rusa− y Trotsky relata en sus memorias con estremecimientos casi sensuales el placer que le causaba abrir el diario del día. El periodismo, de hecho, fue a menudo la ocupación “burguesa” del revolucionario profesional, tanto un vector de agitación como un medio de vida.

 

2. Cero

“Su destino real, como el de los muchos secuestradores, torturadores y asesinos a los que había dado órdenes, sólo hubiera podido resultar, si la justicia poética tuviera facultades ejecutivas, el de escuchar para siempre los gritos de todos los que habían muerto bajo sus manos. Sin embargo, en la práctica, todos ellos meramente se disolvían en la vida de todos los días, en la cotidianidad más básica y −en el fondo− en la pura fisiología. Se volvían, de pronto, hombres auténticamente más sólos y anónimos, y en ese permanecer en la prisión perpetua de su propia historia puede residir el involuntario y terrible castigo simbólico al que los condenó el indulto de Menem”, dice Claudio Uriarte en Almirante Cero: obra maestra que puede reversarse como un Facundo sarmientino de los noventas, sobre un caudillo infame y criminal, que el autor mira con cierta fascinación ominosa.

Almirante Cero, como todo gran libro, puede ser leído en muchas claves. A veces lo más propio es negar lo mostrado: no es un libro de investigación periodística. Almirante Cero es una novela con ramalazos ensayísticos, pero también una biografía que dibuja el contorno de un individuo cuyo poder extremo al interior de su institución −la Armada− fue proporcional a su impericia e incapacidad para construir un proyecto político. Debilidad externa marcada por el signo de su procedencia: la marina aristocratizante y antiperonista.

Almirante Cero, como bien señala Alejandro Horowicz en el prólogo a la reedición, no es “la peripecia personal de un marino amoral”, sino la historia del Proceso. Historia narrada con extremo rigor y esteticismo: relato de espanto irónico, que no oculta asco y risa por igual. La pluma de Uriarte deja en evidencia su refinamiento y cierto talante burlón al retratar su “Quiroga” como un individuo en búsqueda de un poder a veces en situaciones absurdas y despreciables: un arribista, megalómano y miserable no exento de inteligencia y agudeza. Uriarte describe a Massera −“el negro”− como un transgresor constante, alguien en fuga perpetua: un marino que se parecía a un militar, pero, a la vez, un militar con alta dosis de intelectualidad evidente; lector de Ezequiel Martínez Estrada, por caso.

No ocultable, sino todo lo contrario, es su vida íntima: su aspecto moreno, cetrino, sus baños de sol, su afición al whisky con salamines, sus romances con Graciela Alfano y Marta Lynch, su machismo rudimentario, su don de latin lover, que se resumía en la frase dicha por uno de sus allegados: “El poder es en él un instinto sexual”. Quizá ese poder libidinal lo haya colocado en un lugar diferencial de sus otros adláteres: el militante católico de Videla −que carecía por completo de ambiciones políticas personales− o la ebriedad de Galtieri.

¿Y cero? La pluralidad de sentidos la marca Uriarte como signo de sus cualidades: es nulidad, vacío, supresión, clandestinidad y negación. Pero su otro apodo (“negro”) es ausencia de color. Cero y negro, nombres de guerra de Massera, operaban como muestra de su ilegalidad permanente. Cero era el Almirante que hacía de la ilegalidad su obra de espanto. Efectivamente, marca Uriarte, la dialectica “legalidad e ilegalidad” representa el punto ciego de la trayectoria de Massera en su búsqueda del proyecto político propio.

A través de Convicción −diario y boletín político del masserismo dirigido por Hugo Ezequiel Lezama− se instaban a ciertas fórmulas de alguna filosofía pedestre: “la guerra entre el materialismo dialéctico y el humanismo idealista”, por ejemplo. El objetivo político de Massera se comenzó a evidenciar en 1978 –ya con la masacre terminada− dónde los contactos Marina-Montoneros se hacen más asiduos. Massera pretendía quitarse su mote de “gorila” y peronizar su movimiento. Secretamente, envidiaba a Perón. Para ello, Convicción operó como plataforma política para el lanzamiento de su carrera. Diario definido como de “extremo centro”, empleaba a un nutrido grupo de periodistas de izquierda. Pero la “moderación” de Massera se dio de forma simultánea con sus ataques a la política económica de Martínez de Hoz, y ya para 1979 se encaminaba hacia un enfrentamiento directo contra Videla y Viola.

El retorno de la democracia con el alfonsinismo no genera sino más desprecio en Massera que, desde sus oficinas de la calle Cerrito, veía al radicalismo como un partido de un provincialismo mediocre, de abogados y clase media. Massera era el “vivo”, el cínico, el que fumaba abajo del agua. Y la pluma de Uriarte marca esa tensión −ilegal/legal− como su matriz: fue un hombre inteligente y pleno de recursos en la política de la segunda mitad del siglo XX pero atado de pies y manos por pertenecer a la Marina, arma minoritaria, elitista y antiperonista. Massera como militar en actividad fue un político de fuste, sin embargo, al descender al llano, fue un mediocre que tenía una mirada anacrónica del poder.

 

3. Pornógrafo y erudito

Uriarte tiene dos nouvelles inéditas, una fue elogiada calurosamente por Fogwill: El precio del oro y Los espejos, eran sus títulos. Aún resulta memorable aquella edición de la revista El Amante (n°29, julio de 1994), donde publicó un brillante artículo señalando las virtudes de la pornografía en detrimento del erotismo light y suavizado, bajas calorías. El porno era pensado al modo de Uriarte como una máquinaria de asalto a los sentidos: efecto estético y, sobre todo, rescate del cuerpo que era valorado en términos incluso morales, para el que el erotismo se tornaba su hermano mentiroso y falsario:

El porno, pese a la ajenidad y el anonimato que supone su rol instrumental, es también lugar de gran calidez (lo que debería ser obvio, ya que después de todo su objetivo es provocar la “calentura”). El erotismo, al estilizar y sublimar seudoartísticamente el sexo, le aporta una cuota mortal de frialdad. El erotismo puede excitar, pero solamente lo socialmente autorizado; la pornografía, en cambio, opera en la cloaca de los deseos ocultos e inconfesos, y su mismo consumo se envuelve de una protectora clandestinidad, que de algún modo cumple el papel imprevisto de restaurar lo privado en un mundo donde esto ya es ilusorio. El erotismo es la pornografía de los hipócritas, cuyo miedo no es tanto a la opinión social, sino a los incontrolables fantasmas que la pornografía verdadera podría convocar.

Uriarte no fue de derecha, sino un aristócrata de izquierda que parecía poner en práctica una ética electiva así como un gusto estético y político formado con extrema precisión: erudito y pornógrafo.

Me permito una nota autobiográfica de mi juventud, producto de haber compartido con él algún café y una conversación en un bar de la calle Corrientes a fines de los años noventa. No era un personaje fácil de olvidar, este texto prueba su continuidad testamentaria, su pervivencia: recuerdo, efectivamente, su ropa oscura, sus cigarrillos negros, un anillo, era verano y sudaba. No recuerdo exactamente el eje de la charla, sí, en cambio, los nombres citados, las ideas sueltas. Yo, un pibe con hambre de gloria, un aprendiz ávido de lecturas, no dimensionaba su peso como intelectual, lo hice mucho tiempo después. Quizá este texto ponga en evidencia lo latente que se charló y cierta justicia poética. El impacto de personalidades no debe ser menoscabado, y quizá sea necesario marcar lo que pienso: Claudio Uriarte pertenece al linaje de los grandes ensayistas argentinos, cual Ezequiel Martínez Estrada, Juan José Sebreli o Christian Ferrer. Es la misma sensación al leerlos, verlos, dialogar con sus textos o cara a cara: lo irreductible de su singularidad, la imposibilidad de cerrarse sobre lo faccioso, cierto desdén inviable hacia la política representativa, el desinterés en el elogio angélico de lo “republicano” como mera abstracción, el antipopulismo, la incomodidad, lo plebeyo sarmientino, el epicureísmo autocrático, lo trágico, en el fondo, un hálito libertario que se percibe, la soledad como trinchera. Parece ser la tradición del ensayista , del filósofo, acá es así: francotirador y dandi, una rebelión inútil martinezestradesca, una ética, un gesto, un heroísmo pesimista, un modo de hacer las cosas on my own. En eso Uriarte merece el lugar de dandi de izquierda, lo primero por la rebelión individual, estética más que política; lo segundo, porque no hay en él nada de conservador, sino, por el contrario, subversivo y sarcástico. La figura de Massera, en más de un sentido, era un prisma en el cual Uriarte se veía implantado obsesivamente por el lazo del poder y la sexualidad (sus obsesiones): pornopolítica, según la expresión de Osvaldo Lamborghini. Larga tradición, desde El Matadero de Echeverría: la dominación de unos sobre otros. Es, además, una penetración: “verga y puñal”. En la página 169 de Almirante Cero dice: “los hombres y sus cuerpos físicos tendían a convertirse en los escenarios concretos de esa lucha”.

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