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El rapto de Europa y la vuelta del malón

El ensayista acomete dos obras pictóricas clásicas, El rapto de Europa y La vuelta del malón, y las enlaza para interrogar el vínculo entre la cultura latinoamericana y la europea.


Rembrandt, El rapto de Europa, 1632.

¿Qué es una imagen de la comunidad sino una puesta en escena de aquello que la constituye como tal? ¿No busca la comunidad una imagen de sí misma en donde reconocerse y así, finalmente, abrazarse consigo? La historia del arte y de la literatura es generosa en mitos, vasta en imágenes que le dicen, o mejor, que le muestran a la comunidad, lo que ella es. O bien, lo que ella debe ser. Y son los museos los espacios en donde nos encontramos con aquellas imágenes fundamentales, en donde la comunidad se encuentra con su historia, aquella que la marca, que la condena, o que la eleva a su destino. Acaso la que la hace ser quien es.

Hay dos imágenes a las que me interesa referirme aquí. Dos imágenes que, considero, hacen a la comunidad que quiero pensar. A un lazo de comunidades, a un vínculo que nos constituye como comunidad. Un vínculo que, lamentablemente muchas veces apareció como una brecha insalvable, como aquello que debíamos ser y no alcanzábamos, como aquello a lo que debíamos elevarnos pero con lo que siempre estábamos en falta. Me refiero al vínculo de nuestra comunidad con Europa. América y Europa, de eso hablamos. ¿Desde dónde pensar ese lazo? Siempre ese lazo tuvo que ver con la mirada, desde el estrabismo de Echeverría, quien con los “dos ojos del romanticismo”, miraba allá y acá al mismo tiempo.

Pues bien, hay una imagen fundamental que quiero acometer primero, una imagen que originalmente es un mito. Me refiero a El rapto de Europa. Ovidio cuenta, en Las metamorfosis, que Europa era una princesa fenicia a la que Zeus raptó en forma de toro blanco y la llevó hasta la isla de Creta. Ese mito está representado en enormes pinturas: la de Tiziano, la de Rubens, la Rembrandt. Europa, esa bella cautiva blanca, es raptada por el toro que la lleva a través del mar, en la noche, hacia nuevas costas. Lezama Lima reescribió ese mito, en un bello texto: “Europa arrastraba su cuerpo hacia el lomo sin agua, aunque pudiera caerse. Y Europa comenzó a gritar. El toro, antiguo amante de su blancura, de su abstracción, siguió hacia el mar con noche, y Europa fue lanzada sobre los arenales, hinchada con un tatuaje en su lomo sin tacha: tened cuidado, he hecho la cultura”.

¿Qué es la cultura sino aquello de lo debemos apropiarnos sin cuidado? El parricidio, si hemos de entenderlo de alguna manera, es justamente el de tachar ese mandato que dice que con la cultura europea hemos de tener cuidado. Que es algo que nos está vedado, algo extrínseco que no nos pertenece y a lo que debemos guardar servidumbre. Un mandato alocado al que hemos, tristemente, comparecido de manera incansable a lo largo de nuestra historia latinoamericana.

Entonces, otra imagen, una imagen que a mi juicio es la continuación de El rapto de Europa, y que arma una secuencia necesaria con aquella, en el horizonte de nuestra historia, la historia argentina y americana. Es el comienzo de ese parricidio el que fulgura como una estampa privilegiada en nuestro Museo Nacional de Bellas Artes. Me refiero a La vuelta del malón de Ángel Della Valle. La vitalidad que experimentamos con esta obra, una fuerza arrolladora que está viniendo, que no deja de venir, al punto que parece salirse del marco, se encuentra en el núcleo de esa vuelta. Muy posiblemente la vida, la propia vitalidad, no deba ser entendida más que como la expresión de una vuelta constitutiva. Un malón que vuelve por el desierto llevando la cautiva a cuestas, llevando a Europa, con su blancura, a caballo. Una cautiva que no está horrorizada ni asustada, por el contrario, parece dulcemente adormecida, abrazada a un nuevo sueño: el sueño latinoamericano.

¿Qué dice esta imagen de nosotros? ¿Qué puede decir sino que, efectivamente, podemos abrazar la cultura universal y llevarla a cuestas hacia nuevos destinos, hacia nuevos horizontes, abriéndonos camino sin pedir permiso a nadie? En ello consiste el desafío que nos enseña una de las imágenes, la imagen de nuestra comunidad.


Ángel Della Valle, La vuelta del malón, 1892.

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