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El viaje en el viaje

La gran escritora mexicana comparte con nosotros este fragmento que forma parte de un libro de viajes todavía inédito, en donde se mixtura la experiencia vital, la reflexión y el relato.

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Soy una viajera obstinada, impenitente, quejosa. Viajo como si fuera mi único destino, un destino impuesto por los hados (adversos); por ello intento hacer una operación contradictoria aunque literaria: además de viajar hacia fuera, visitar países, ciudades, playas, inicio un viaje mujer adentro para tratar de explicarme las causas de esa agitada circularidad que cuando vivía en París, en mis ya lejanas épocas de estudiante, dibujaba una extraña figura en el territorio de los transcursos, pero común en el de la retórica, el oxímoron, y el movimiento perpetuo que entraña todo viaje se transformaba de pronto,  gracias a un estado de conciencia singular, en el regreso: antes de haber viajado ya estaba de vuelta  cancelando el viaje y nulificando su sentido.

Recuerdo alguna vez, cuando llegamos por primera vez a Istambul, la legendaria Constantinopla, dirigirnos a nuestro hotel –por cuestiones económicas situado en un suburbio no muy elegante de la ciudad–, y tener la sensación de no haber salido de la Ciudad de México y recorrer incesantemente calles idénticas a las del barrio de la Lagunilla; las callejuelas de repente se abrieron y se transformaron en el Cuerno de Oro, una enorme perspectiva, la vista soberbia, el sol iluminando apenas el mar y entre el fondo brumoso del cielo la silueta de los innúmeros minaretes y las cúpulas de las mezquitas de la vieja ciudad; la visión me dejó suspensa, maravillada, y sin embargo en un acto malabar y súbito de conciencia ya estaba de regreso en París, llorando desesperada porque iba a dejar de ver el Cuerno de Oro, cosa que en verdad me sucedió como sucede en cualquier viaje, a pesar de que seguía contemplándolo, absorta, extasiada, en ese preciso instante, desde un recodo milagroso de la ciudad. No sé si me explico, pero lo que sí sé es que mis viajes se hacen pero al mismo tiempo se deshacen: apenas empezados los anulo en el pensamiento y de manera inexorable regreso al punto de partida.

Evidentemente he viajado en tren, en avión, en autobús, en barco o he levantado la mano pidiendo aventón en las carreteras europeas o hasta en un coche Hillman que alguna vez compramos y que nos llevó por la antigua Yugoslavia en tiempos aparentes de prosperidad (en México) para visitar la costa Dálmata, entonces totalmente virgen, apenas tenía carreteras y tan barata que nos alojábamos en hoteles principescos cerca de las antiguas ruinas romanas y comprábamos por una bicoca unas monedas de plata con la efigie de la emperatriz María Teresa de Austria. Pero, me interrumpo ¿qué importancia puede tener que una mujer cualquiera haga viajes interiores o exteriores que parecen resolverse en la más absoluta inactividad? ¿Será porque había yo leído siendo adolescente El judío errante de Eugenio Süe? ¿O será que he de seguir inexorablemente el destino que mi padre me impuso cuando terminada la Segunda Guerra Mundial empezó a viajar interminablemente para conseguir fondos para ayudar o enviar a Israel a los judíos sobrevivientes de los campos de exterminio?

Y sus viajes empezaban y terminaban siempre en el muy pequeño aeropuerto de nuestra ciudad todavía transparente. Por desgracia pensaba solamente y con ansiedad en los regalos que mi padre nos traía, regalos de regiones entonces muy prósperas: collares de plata del Perú, bolsas de caucho de Panamá, artesanías de Guatemala, mariposas disecadas de Brasil, objetos de cuero de Buenos Aires, algunas piedras del Congo belga o bálsamo del tigre de la China, y no advertía que en ese movimiento pendular que nos hacía ir y venir a o del aeropuerto se estaba forjando mi destino.

Vuelvo a hacerme la pregunta, ¿a quién le importa que yo dé vueltas como trompo y que mi movimiento sea sólo una ilusión furtiva? ¿Mis viajes prefiguraban el internet? ¿Eran solamente navegaciones virtuales, como la que me llevó por dos días a Huatulco con una de mis hijas, tratando de resolver algunos asuntos familiares, viaje que ni siquiera nos dejó la piel tostada por el sol, aunque, eso sí, nos permitió ver la terrible desolación de nuestras playas que, como las de Haití, sólo pueden ser gozadas en su plenitud por los turistas extranjeros?

¿Y no sucede también que mis viajes se contaminan de los viajes de algunos de mis amigos más cercanos? En varias ocasiones he asistido a diversos espectáculos operísticos, he visto en París la Medea de Cherubini, ópera de finales del siglo XVIII, y en Houston la Norma de Bellini. Y una amiga me cuenta, mientras oigo una versión de una de esas operas interpretadas por María Callas, que ella también estuvo en Dallas hace varios años y la vio,  ¿cuál ópera? ¿Medea o Norma?, le pregunto: Medea, contesta.  Entonces vuelvo a ponerla en el tocadiscos –Medea–, una producción de una disquera menor Arkadia, en vivo, representada en 1959 (dirigía la orquesta Nicola Rescigno), carece de la sofisticación tecnológica actual, con fallas técnicas, ruidos intermitentes, toses, chirridos, golpes de instrumentos sobre la madera, tarareos, el sonido de la partitura cuando los músicos dan  vuelta a las hojas y la voz de la Callas, gloriosa, en dúo con Jon Vickers (o con Franco Corelli que era muy guapo y acaba de morir, ya muy viejo), quien interpretaba al Polllione de la Norma en otra de las versiones donde la Callas aparece (1960, coro y orquesta del Teatro alla Scala di Milano, dirigida por Tullio Serafín) la voz de ella más dramática, aunque ya no sostuviera bien los agudos y su voz trepidara, vacilante, quebrada, en dúo con Christa Ludwig, ella sí en plena forma y actuando como si fuera su rival amorosa, en realidad y aunque contralto, su rival operística. Volvía a dirigir la orquesta Nicola Rescigno. Entre los aplausos creo oír el de mi amiga, muy joven, vestida –como los demás espectadores– de gran gala, sentada junto a su madre, lleva con un traje largo de seda clara, el cabello largo y rubio, bien peinado; se levanta entusiasmada en el entreacto y empieza a aplaudir, y en ese instante mismo distingo, entre los aplausos grabados, los de ella y también estoy allí de pronto gritando vivas, aplaudiendo histéricamente, desordenando un poco mi vestido largo,  tafeta de seda roja, tirando a escarlata, como debe de ser, ¿acaso no se trata de una ópera donde la sangre inocente se derrama? Y a lo mejor llevo aretes largos de oro y perlas ¿o son granates? y un collar haciendo juego ¿un abanico? quizá no, sería demasiado, pero al verme con abanico ya soy una de las espectadoras que acompañan a Livia-Alida Valli en la película de Visconti, donde ella conspira contra los austriacos y se enamora de un militar enemigo, el guapo Farley Granger; Livia, sí, vestida, ¿cómo no? de gala, con sus joyas soberbias y su cintura melodramática, oyendo una ópera de Verdi en un escenario auténticamente operístico, el decimonónico.

Unos días después desayuno con otra amiga en el Club Libanés y se lo cuento, le relato mi experiencia operística con la Callas, la Callas que ha interpretado en el teatro una actriz mexicana y la Norma de Callas y la Medea de Cherubini que ha visto mi otra amiga en Dallas y la Popea de Monteverdi que yo he visto en Londres en 1988, en una vieja iglesia y también la Lucía de Lamermoore, en París, con otros amigos, para lo cual he tomado un taxi desde Saint Germain a la Bastilla, el taxista es de una isla del Caribe ¿Guadeloupe? nos cuenta que quiere juntar dinero para volver a su isla y construir una casita de palmeras y alimentarse exclusivamente de plátanos, sentado en una silla de playa bajo los árboles, al mismo tiempo que nos habla de su odio a los franceses (aunque hayan pasado casi cuarenta años de su vida en Francia) y del seguro que les dejó a sus cuatro hijos sin reservar nada para sí, porque en las islas se puede vivir en la playa con unas cuantas palmeras como sombra y muchos plátanos como alimento: un verdadero exótico, víctima de su propio exotismo.

La amiga con quien desayuno lleva también un traje rojo y ha visto muchas veces en su casa a la Callas, no en vivo sino en la inmensa videoteca de su marido, quien tiene absolutamente todas las versiones habidas y por haber de la Callas (yo tengo algunas, una de Lucía de Lamermoore, Il Trovatore, Alceste, Tosca, entre otras) y se sabe de memoria todas las inflexiones de su voz, las fiorituras, las dificultades que vencía como si los obstáculos no existieran, la Callas, me recuerda otro amigo cuando le relato esas aventuras operísticas, la Callas era soprano absoluta, diva que se convirtió en leyenda, la misma Callas que hacia 1959 (época en que fue grabada la Medea, la oigo ahora mientras escribo, grabada en el Covent Garden en Londres –¡no en Dallas, desgraciadamente– tenía aún una voz radiante, única, quizá ya a punto de declinar. En la Norma de 1960 había perfeccionado y vueltos más expresivos los registros medios y bajos: esta interpretación contrasta con sus otras grandes interpretaciones, por ejemplo la de la Norma de 1954, en donde su voz era más amplia, sólida y segura, aunque más delgada e inocente. En 1960 su registro y su timbre eran cada vez expresivos y dramáticos, profundizando en finura, flexibilidad y tensión, aunque en los trinos ya se percibiera una quebradura súbita de la voz.

¿Es que los textos de viaje sólo se legitiman, como dice Francis Wahl al prologar un libro de Barthes –Incidentes–, por el esfuerzo realizado por la escritura para asirse a lo inmediato?  Algunas frases de Barthes podrían resolver quizá algunas de estas dudas, las dudas que nos asaltan a quienes viajamos: “Me pongo, escribe, en la situación de aquel que hace algo, y ya no de aquel que habla sobre algo: no estudio un producto, endoso una producción; elimino el discurso sobre el discurso; el mundo ya no me llega en forma de objeto, sino como escritura, es decir, como práctica, paso a otro tipo de saber”.

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Lo reitero: desde pequeña supe que mi destino sería errante como el del judío de la novela de Eugenio Süe, libro que literalmente devoré en mi adolescencia junto con Los misterios de París del mismo autor, Los tres Mosqueteros de Dumas y Los miserables de Victor Hugo. Ese destino viajero no era manifiesto porque mis primeros viajes nunca me llevaron más lejos de Xochimilco, Tula o Teotihuacan, o, cuando más, a Cuernavaca o Tepoztlán, de donde siempre traían mis padres las tradicionales miniaturas excavadas en madera que evocan a la vez un caserío y las montañas, cuyo máximo atributo, según el poeta Carlos Pellicer, es su nostalgia marina. Cuando cumplí trece años acompañé a mi padre a Veracruz donde por primera vez vi el mar, vestida con un traje sedoso de adecuado fondo azul y  estampado con caracolas. No recuerdo cuál fue el objeto de ese viaje, sin embargo sí me acuerdo de una escala que hizo nuestro transporte en Jalapa,  justo en la hermosa plaza principal, sobre un cerro, húmeda, desbordante de vegetación y veo a mi padre, luego, bañándose en las playas de Veracruz con el cuerpo totalmente enrojecido por el sol. El mar un poco gris me dio miedo y una leve nostalgia.

Más tarde, a mediados de los años cuarenta, viajé con mi madre a los Estados Unidos para comprar  ropa de contrabando y venderla después en la Ciudad de México. Me gusta rememorar mis paseos por las calles de Dallas en épocas de intenso calor y la elegancia de las mujeres con sus grandes sombreros a lo Greta Garbo, sus altos tacones y sus elegantes vestidos de algodón, como si estuviéramos en La rosa del Cairo de Woody Allen, dentro de la película y no mirándola sentados en la sala y conviviendo con personajes desconocidos aunque románticos. A mediados de los setenta fui invitada a dar clases al Instituto de Lenguas de Monterrey, pueblo protagonista de una célebre novela de Steinbeck, situado en la hermosa bahía del mismo nombre, cerca de otros pueblos habitados por gente riquísima, como Carmel o Pacific Grove, mejor conocido como Pacific Grave porque sus habitantes eran multimillonarios de edad provecta.

Cuando hice el viaje, mi hija tenía seis años de edad y su idea de los Estados Unidos era singular, se lo imaginaba como una inmensa tienda donde sin interrupción vendían sólo helados y muñecas barbies, ese artefacto famosísimo que acaba de cumplir cincuenta años de vida y sigue siendo el objeto más codiciado de las niñas, entre ellas mi nieta que cuando iba a cumplir cinco años ya contaba en su haber con doce muñecas de esa marca, algunas de larga cabellera imposible de escarmenar y miles de accesorios y acompañantes, por ejemplo, su novio Ken, para quien existía asimismo un vasto repertorio vestimentario. Era el tiempo de los hippies del Festival de Newport, del pelo largo, de los pantalones acampanados que se apoyaban en las caderas (hip huggers) y mis alumnos y yo cantábamos y bailábamos al son de los Jefferson Airplanes, Los Mammas and los Papas, Johnny Rivers, y, obviamente los Beatles y los Rolling Stones, entonces jóvenes y guapos.

En mis momentos libres solía tomar la carretera #1 para almorzar un sándwich de queso y aceitunas negras en Nepenthe, bello y pequeño restorán situado en lo alto de una montaña muy cercana a Big Sur donde Henry Miller se había retirado del mundanal ruido con una de sus esposas, creo que la quinta, una japonesa. Subía yo la carretera en un coche color verde kaki que había pertenecido en épocas mejores a la Pacific Bell Company, entonces la empresa telefónica más importante del oeste, una carcacha inmensa que ascendía con esfuerzo la angosta carretera por donde circulaban los automóviles último modelo a gran velocidad; yo manejaba con una insegura lentitud que provocaba la desesperación de los automovilistas y varias veces estuve a punto de provocar un accidente.

Entre mis amigos había una muchacha hippie que tenía dos hijos a los que nunca les peinaban el largo y rubio cabello y cuyo novio era un objetor de conciencia que hacía dieta para eximirse del servicio militar en Vietnam, medía cerca de dos metros y era delgadísimo, recuerdo muy bien su cuerpo anoréxico enfundado en un traje de baño negro que lo hacía verse aún más enjuto, tumbado en la arena de una de las maravillosas playas de la costa norte californiana con sus acantilados y su maravilloso mar de agua helada, cumpliendo con su heroica dieta mientras nosotros devorábamos todo tipo de junk food, acompañándola con cerveza. Más tarde, cuando ya había acabado la guerra (la de Vietnam), vino a México en motocicleta y se hospedó en mi casa: en ese tiempo los norteamericanos aún creían en la eficacia de sus conductas. En 1997 volví a California, a Berkeley, donde alguna vez los estudiantes participaron en un histórico movimiento de rebelión. Aún es una universidad muy viva, aunque sus formas y sus métodos se han transformado, tanto sus conductas como su lenguaje están estrictamente codificados y cada grupo se integra en compartimentos verificables y hasta anodinos, en cierto modo los resabios arqueológicos de un exaltante pasado. Quizá verbalice aquí una íntima nostalgia.

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Cuando estaba yo en París, hace más de medio siglo, la vida en Europa era muy barata y los latinoamericanos aún teníamos una moneda fuerte, éramos bien vistos en Europa (hay que recordar que en las películas estadounidenses de fines de los cuarenta las capitales de la moda eran México, Río, Buenos Aires y aún la misma Lima que para sus naturales es una ciudad horrible). Al inicio de nuestra estancia en el viejo continente una beca gigantesca para los estándares de entonces, quinientos dólares mensuales depositados religiosamente en el banco durante largos diez meses  en que viajamos a cuenta de la UNESCO con el fin de que mi marido averiguara cuáles habían sido los impactos de la industrialización en los países del Tercer Mundo. Para ello nos detuvimos seis meses en París, dos en Suiza y los Países Bajos y, por fin, dos en el Medio Oriente, Egipto, Siria, Jordania e Israel, países todavía en esa época –1954– más o menos tranquilos y en los cuales se advertía aún la marca indeleble de las colonizaciones inglesa y francesa.

En el Cairo nos alojamos en un hotel de medio pelo: nuestra beca no alcanzaba para que dos personas se alojaran en los grandes circuitos de turistas europeos. El hotel situado en un barrio céntrico tenía una habitación con un enorme balcón que daba a la calle, desde allí se podían ver las películas exhibidas en un enorme cine al aire libre; en el programa de esa semana se veía a Sarita Montiel cantando su último cuplé en español y hablando en árabe con los otros personajes españoles de la película: una experiencia inolvidable, aunque se  trate de un falso recuerdo: lo he verificado ahora que Sarita acaba de morir, la película de la que hablo  –y que estoy segura de haber visto desde mi balcón de un hotel en El Cairo–, se estrenó en 1957. Y entre impacto e impacto de la industrialización que no daba muchas muestras de haber llegado para quedarse, nos dábamos tiempo para visitar las ruinas y montar a camello –con gran terror de mi parte. Las pirámides eran maravillosas pero casi imposibles de gozar por la presencia de limosneros vestidos con pijamas que literalmente se arrojaban sobre nosotros como un enjambre de moscas, de la misma manera en que las moscas literales se posaban sobre los ojos llenos de pus de los bebés cargados por sus madres, cubiertas sus caras por unos velos divididos en dos, gracias a un artefacto de metal que las cegaba o les daba una uniformidad en la mirada que en buen español llamamos bizca, estrábica, torcida.

Desde el Cairo nos fuimos a Luxor y Karnak con el dinero que habíamos ahorrado en comidas (luego me dio escorbuto, y me sentí heroica, como un marinero de Colón, con las encías sangrantes). Éramos estudiantes pobres en un mundo más pobre aún, viajábamos en un tren polvoriento que rodeaba el Nilo y desde la ventana arenosa veíamos a los campesinos, sus vacas flacas y ese famoso limo de bíblico esplendor. En Luxor compartimos un tour con dos norteamericanas, expertas viajeras que llevaban como equipaje dos vestidos de tergal, completa novedad en el mercado y que por lo mismo era también carísimo, ligera ropa que podía lavarse y secarse en un santiamén, con lo que pudimos conocer sin advertirlo el futuro de los viajes, esos viajes masivos que desplazan turistas gordos y sudorosos, contaminando con su mirada y sus atuendos las viejas ciudades italianas, los museos franceses, las catedrales españolas, las ruinas egipcias y romanas o las de Montealbán, Tikal, Chichén o Teotihuacán. Las jóvenes aparecían cada mañana vestidas como puritanas impolutas. No se usaban entonces los blue jeans ni las camisetas, vestimenta reservada aún a los obreros. Yo llevaba una falda de lana y dos camisas rayadas –una azul y otra roja– de manga corta que me hacían sudar la gota gorda en el desierto cuando a la sombra de las columnas del templo de Hapshepsut el sol caía al plomo de los 45 grados Celsius.

No recuerdo muy bien cuáles habían sido los impactos de la industrialización en esos países, en cambio, sí me acuerdo de las ruinas romanas en Jordania, de las antiguas y sonoras ciudades de Tiro y Sidón, de las gigantescas y maravillosas columnas del templo de Baalbeck en Líbano y de un peluquero que le hizo la barba a Paco y le preguntó si le podíamos ayudar a emigrar a México. Líbano era todavía la Suiza del Medio Oriente y aún podían verse los famosos cedros de que habla la Biblia, era un tiempo sereno anterior a la debacle que luego llegó a Centroamérica y que poco a poco ha ido invadiendo también nuestro país con las consecuencias catastróficas con que se aniquiló la antigua Yugoslavia. Ahora, al relatarlo, advierto claramente que el impacto de la industrialización en esas tierras iniciaba su ominoso proceso.

Estuve en Jerusalén dos veces, ciudad dividida entonces por un muro, como más tarde lo estaría Berlín. Me tocó ver a los judíos religiosos lamentarse por la pérdida del reino y por los millones de judíos aniquilados en los campos de concentración nazis. Recorrimos también otros lugares sagrados, las mezquitas de los árabes, el Santo Sepulcro manejado por los católicos y ortodoxos como el mercado de reliquias, la mía fue un simple prendedor de plata y concha nácar que aún conservo. Desde la vieja ciudad podía contemplarse la nueva ciudad construida por los israelíes, una ciudad incipiente, muy distinta a la que ahora se destruye por los miles de fraccionamientos que transforman a Jerusalén en una ciudad norteamericana de pacotilla y engendra terribles y sangrientos conflictos. Para ir al otro lado de la ciudad tuvimos que volar a Chipre, enseñar nuestro salvoconducto antes de  volver a contemplar desde lejos los viejos y sinuosos caminos por donde anduvo Jesús y ver desde el avión literalmente serpentear al Jordán.

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