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El muro

En este relato el autor propone una historia que gira en torno a un enigmático muro, y nos plantea interrogantes sociales y existenciales inherentes a la condición humana.

Yo era muy chico cuando sucedió el estallido al otro lado del muro. Recuerdo el estupor, sobre todo la preocupación de la gente por la devastación que debió causar; mi padre y mi abuelo entre ellos. Sabíamos que no era posible pasar al otro lado, pero la solidaridad, la inquietud, el afán de ayuda, el desvelo por el prójimo, alentaron la búsqueda de algún auxilio. Todos, hombres y mujeres, de uno u otro modo participaron del intento.

Tratándose de un límite espacial, franquear el muro ofrecía cuatro alternativas posibles, hacerlo por arriba, por abajo, o por cualquiera de ambos extremos. No pierdo tiempo en detallar otros modos como penetrarlo o derribarlo, insensatez destinada al fracaso; la misma asistencia de los más prudentes derrumbaba esos afanes, fuera por la persuasión o por la fuerza, imprescindible cuando la locura aparecía. Algunos casos quedaron grabados en mis retinas, por el arrojo y al mismo tiempo por la necedad, caso de los apasionados; espíritus listos para la acción, ellos reaccionaron antes que nadie. No bien producida la explosión, guiados por el sentimiento, de inmediato pusieron manos a la obra sin detenerse a pensar en las consecuencias de un acto tan irracional. Impulsados por la necesidad de hacer algo, no descubrían qué, y cargaron contra el muro golpeándolo con objetos de todo tipo, incluso manos, pies, y otras partes de sus cuerpos. La mayoría acabó con laceraciones penosas e irreversibles, incluso algunos ofrendaron su vida en el intento.

Los hombres del aire y de las minas acometieron desde cada uno desde sus propios territorios; los expedicionarios, en cambio, partieron hacia ambos confines por tierra, unos convencidos que el oriente era la dirección adecuada; según ellos, en el origen estaba el secreto de las cosas. Otros marcharon en sentido opuesto, seguros de su destino teleológico: el final del muro además de permitir acceder al otro lado, también mostraría su razón de ser, al fin estaba allí desde siempre sin que nadie jamás lo hubiera explicado.

Luego del estruendo, al otro lado no se oyó nada más. Pero sin duda ahí estaban, si no los hombres moribundos, los cadáveres esperando sepultura.

Unos aparejos tipo canasta unidos a grandes globos aerostáticos constituyeron el primer intento de superarlo. La parte más alta estaba naturalmente fuera del campo visual. Tenían el valor agregado de que una vez alcanzada la cúspide, podría advertirse el grosor del muro, permitiendo entonces calcular el modo de penetrarlo para evitar vuelos, vaya a saber qué tan lentos y arduos. Otra ventaja del aire, además de la rapidez con que se fabricaban aparejos, en relación a los túneles y a la enorme distancia hacia cualquier extremo del muro, era el rápido regreso en caso de fracasar: la misma ley de gravedad ponía fin a la aventura. Claro que nadie lo supo hasta que cayó el primer globo. Una sensación de angustia sobrecogió a la gente al observar los despojos del primer aparato destruido, y al mismo tiempo una serena alegría al ver que el tripulante no había regresado. Los sucesivos también cayeron sin sus héroes del aire, creando la ilusión de que quizás hubieran sorteado el muro, y aunque nadie podía asegurar que el descenso fuera exitoso, la mera posibilidad permitía al menos ser optimista. Tal vez incluso habían logrado asistir a los sobrevivientes.

Menos auspiciosa resultaron las marchas por tierra, fueran por la superficie o penetrando sus entrañas.

Los mineros construyeron varias vías de acceso a distinta distancia, en función de las cuales se determinó al ángulo de penetración en cada boca. Mientras más lejos del muro, menor declive, de modo que quienes partieron desde más cerca, más rápido regresaron al topar con los cimientos, cuya profundidad era tan ignorada como la altura y largo del paredón. Los primeros fracasos alejaron las nuevas bocas de acceso hasta una distancia que, en caso de haber sido efectiva, ya no permitió el regreso de los hombres. Junto a ese último contingente tampoco regresó el que cavó verticalmente junto al muro, con idea de girar noventa grados cada tanto hasta superarlo. A pesar del tiempo transcurrido, ambos grupos nos mantienen la esperanza en pie.

Los que marcharon al poniente, en cambio, regresaron exhaustos, salvo el hombre de pelo rojo. Llegaron desperdigados en pequeños grupos más o menos numerosos, de a pares a veces, incluso hubo quienes volvieron solos. Varias legiones fueron enviadas muy bien pertrechadas para el auxilio, pero todos trajeron sus cuerpos mutilados por la escabrosa marcha. En algunos, la erosión llegó a limar parte de las piernas, unas veces hasta los tobillos, otras hasta las rodillas, aun los muslos. De un puñado de ellos solamente regresaron los torsos, incluso con varias costillas carcomidas por el roce. A pesar del desagradable espectáculo, tres casos de acefalia no impresionaron tanto como el regreso de la cabellera roja sin su cráneo, cierto que tampoco resultó confiable; el color podía deberse a las tierras ferrosas del poniente. La cabellera aún espera el regreso de su dueño, o bien confirmar una fatalidad para llorarlo como merece.

Hacia el oriente fueron los más entusiastas, convencidos que el muro comenzaba junto al arco iris, fábula que permitió acometer la aventura con entusiasmo. Todos ellos están aún a mitad de camino o quizás ya hayan alcanzado el objetivo, quién sabe. También pudieron haber muerto, idea que secretamente todos conciben pero nadie se atreve a expresar en voz alta, para no convertir el heroísmo en algo inútil. Más aún, mucha gente los ha investido de cierta impronta santa, usándolos como ejemplo de abnegación.

Han pasado varias generaciones. Hoy tengo nietos y del mismo modo que a mis hijos, no he podido responder por qué vivimos de este lado del muro sin poder cruzarlo. Menos aún explicar en qué consiste, por qué está allí, quién lo puso. Desde pequeño intenté develar el misterio, con la única arma que contaba, mi curiosidad; pero las respuestas fueron siempre confusas, poco convincentes, diálogos sincopados que por las muchas y cortas explicaciones semejan un vasto rizoma, que sigue creciendo como testimonio de lo que se dice para no decir lo que debe decirse.

Mi afán por no mentir me ha enfrentado a dos problemas: desmentir a los que conjeturan explicaciones acerca de un constructor previo, que lo habría erigido para ponernos a prueba y al que deifican, o batallar contra los que niegan sin argumentos esa misma versión. En ambos casos he ganado enemigos, convirtiéndome en un solitario incapaz de tomar partido por alguna de ambas conjeturas. A lo largo del tiempo esa dicotomía ha polarizado al mundo de un modo violento. Ambas facciones, además de pensar lo contrario, han desarrollado una temible escalada de crueldad y muerte.

El lado de acá ha pasado a ser un infierno, el mismo que abona la ilusión de un edén al otro lado, razón que justificaría la existencia del muro, precisamente esta es la versión de los que sostienen al desconocido constructor; los otros arguyen que la verdadera intención es crear una fábula para dominar al resto. La polaridad ha derivado en un estado de beligerancia con mal pronóstico, un mundo pronto a empuñar armas.

Violencia de todo tipo sucede a diario tratando de imponer posturas. Yo ya estoy viejo para esa tontería. Confío al menos que no sea cierta mi propia conjetura de que en algún momento, suceda un estallido que acabe con nosotros. Mi temor, sobre todo, es por los sobrevivientes, no quedaría más remedio que esperar asistencia del otro lado.

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