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Acerca de Monjas chinas

El libro de relatos de Leonardo Novak se destaca por la experimentación con el lenguaje y una narrativa que se propone “no entender siquiera lo que pensamos”.

 

   Monjas chinas
   Leonardo Novak
   Alción Editora, 2012
   162 páginas

 

 

 

 

 

Jürgen Habermas entiende que lo clásico, para ser tal, en algún momento debió ser profundamente moderno, es decir, estar enraizado en el decir de su época. De lo contrario, habría sido una moda pasajera. Monjas chinas (Alción Editora, 2012), el primer libro de relatos de Leonardo Novak (Temperley, 1983), condensa un trabajo de experimentación formal que le permite ver auténticamente su momento y, a su vez, conectar todos los tiempos.

Dos palabras son claves para comprender lo que se propone el libro: intensidad y espesor. Intensidad en el trabajo con el lenguaje para llegar a un efecto poético. Ninguno de los cuentos utiliza un recurso decididamente poético, pero sí logran la intensidad de la poesía a través de historias. Espesor en cuanto a la imposibilidad de asir el mundo en situaciones concretas: en una mujer que está en un hospital (“Monjas chinas”), una actriz que cuida niños en el extranjero (“Escenario Berlín”), un periodista que debe redactar la crónica de un crimen aberrante (“Todas las batallas de la Tierra”), un curador de arte que acaba de sufrir la muerte de sus padres (“El buey”), un hombre que ha dedicado su vida al deseo de la revolución y ahora vive en un contenedor (“Contenedor”). Espesor, entonces, de aquello que no se termina de mostrar, de aquellas cosas que no terminamos de entender en nuestras vidas, muchas de las cuales permanecen tan espesas como el ambiente de los sueños. No hay una zona, una espacialidad definida. Hay más de un escenario: el interior del país, pero también Berlín, Uruguay, Nicaragua. Encontramos un espacio múltiple que reflexiona sobre Argentina y América, pero que no se preocupa por las coordenadas geográficas, sino por la experiencia humana en situaciones concretas.

El libro está estructurado de manera que parte de narraciones sencillas y va hacia cuentos de mayor indagación en el lenguaje. Se viaja desde una sensación de realismo a un clima donde lo que prevalece es la inaprehensión de lo real. Se establece una dialéctica entre lo que está siempre igual, rutinario, y lo que va cambiando permanentemente. La narradora protagonista del primer cuento, sin comprenderlo, lo dice con claridad: “La sala es un lugar adonde se encuentran esas dos cosas, que no sé bien que son, pero que chocan, entonces parece que el mundo se quedara siempre en el mismo lugar, aunque cambiando”. Esta es la temática de Leonardo Novak: no entender siquiera lo que pensamos.

La escritura de Monjas chinas surge de la negatividad o de la incertidumbre que viven los propios personajes. Hay una sensación de asfixia que flota todo el tiempo y que reviste, para la literatura, el desafío más grande: mostrar lo caótico, aquel más allá de la crónica del momento histórico.

Con “El buey” la penúltima narración, el libro muestra su costado más experimental y brillante. Una historia que gira alrededor de El buey desollado, de Rembrandt, cuadro que retrata un animal despanzurrado colgando en un bodegón, pero que tiene como excusa narrativa el vía crucis de un curador de arte que, en la primera escena, se entera de que su padre ha matado a su madre de un escopetazo en la espalda y luego se pega un tiro en la boca. El pensamiento en primera persona entra abruptamente y desborda al narrador. Hay una mezcla de tiempos que va tratando de hilar las anécdotas, que no son nada en comparación con el tratamiento de lenguaje y que, en el último momento, se van a ver caóticamente trabajadas. Es un relato que parece unir la minuciosidad saeriana, la ambigüedad de lo real, y el fluir de la conciencia de Ulises, conciencia que se rompe y empieza a producir un desgarro en todas las cosas que han pasado alrededor. Valga la siguiente cita de ejemplo: “…la vida como un disparo fallido que alguien decidió tirar y nunca impactó en nada, me sigo mintiendo en este lugar, finjo querer algo, no quiero nada, ese es el punto, puedo ver mi vida colgada de un acto mentiroso, la vida es fingir para que te miren que existís sin ninguna razón…”.

El último, “Contenedor”, es una pequeña obra maestra contada con el siguiente orden fragmentario: 1-2-3, 1-2-3, 1-2-3. El título tiene la suficiente ambigüedad como para pensar en historias contenidas dentro de otras historias. Cada fragmento obedece a etapas de vida distintas de un hombre que fue tupamaro, defendió Nicaragua de la contrarrevolución y actualmente vive en un contenedor. La descripción que se hace de toda la vida en la cárcel, sin ser escabrosa ni buscar ningún recurso efectista, tiene una fuerza de realidad que pocas veces he leído. Paradójicamente (o no), el efecto se logra porque la escritura gira en torno a la inaprehensión del mundo. Leemos: “…reconstruía los hechos inmediatos que lo habían depositado en ese lugar y que revestían innumerables posibilidades sobre las cuales él había construido, a cada salto de la camioneta, a cada tirón de la cadena que lo unía a las manos de otros hombres sucios e infelices, destinos de muerte o salvación, sin encontrar razones que avalen una u otra hipótesis más que el poder de una imaginación exacerbada a fuerza de electricidad, agua, golpes y la oscuridad perpetua de una capucha”.

Adentrarse en el último relato, abarcar el libro en su totalidad, evoca lo que Borges dice en Emma Zunz: “un atributo de lo infernal es la irrealidad”.

La marca de las historias es la insistencia en el presente, proustianamente inapresable, sólo recuperado a medias como recuerdo. En definitiva: fragilidad de lo real, opacidad de la experiencia humana, excedente de sentido (intensidad poética), precariedad de la misma conciencia o sobre todo de ella, amenaza de disolución que acecha en el borde o el margen sugerido de las narraciones.

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