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Murena y el mundo hermético

En julio de 1975, en el suplemento literario de La Nación, Vogelmann exploró las “antiguas huellas alquimistas” presentes en los últimos trazos de la obra mureniana. He aquí su versión digital.

Cuando en los años de su temprana madurez su luz interior adquirió la esperada intensidad, encontró Héctor Murena en su camino huellas de textos de antiguas tradiciones que aludían a la esencia de la alta alquimia. Supo entonces −esto se traslucía en su asombro al referir su aventura− que había nacido alquimista, que era un medieval de todos los tiempos, que ejercía desde siempre este conocimiento, que en su quehacer laborioso y a menudo desesperado administraba −a veces subrepticiamenmente− el oficio soberano y humilde de la transmutación de lo vil. Que había sido llamado para ejercerlo en un mundo abismal y lóbrego en el cual sin embargo, como en el de la parábola de Platón, entraba allá por lo alto la luz; en el cual también, como en la cueva platónica, era vano tratar de discernir entre la realidad y sus sombras. En esas mismas someras, gracias a su vocación e intuición de alquimista, logró de pronto ver la real realidad. Puso entonces el fruto de su aprendizaje, su maestría de voz apocalíptica, al servicio de la contra-apocalíptica transmutación. Alimentó con el “error de escribir”, con el verbo visible e irreal de la literatura, el fuego del Verbo invisible, real, el Verbo que crea y sostiene el mundo. Así, en un proceso en el cual apostó su vida, su alma y su cuerpo, comenzó y concluyó en Murena su fáustica temporalidad.

Leemos claramente esta versión, esta metáfora de su biografía, en los dos veneros complementarios de su escritura de los últimos años, dos polos de un único movimiento, centrado en el combate contra la vileza, contra el mal, y el combate arquetípico, bíblico, con el ángel transmutante: su serie de novelas de horrores goyescos; su en extremo decantada poesía. Las vías del sí y del no, del alquímico solve et coagula. En los momentos postreros da a luz la más atroz de sus parábolas noveladas y el más sublime conjunto de poemas[1].

¿Refleja esta breve descripción de su camino, la visión esencial que tenía de sí mismo Murena en los últimos diez o quince años?

Las constantes incursiones directas de Murena en el mundo místico religioso, el mundo do lo esotérico, de lo hermético, quedan minuciosamente documentadas en la mayoría de sus densos ensayos[2]. Pero quienes lo frecuentábamos sentíamos casi siempre, aun en la conversación cotidiana, su constante inmersión en aquellas esferas.

Esta presencia se manifestaba a menudo inesperadamente. No había nada a lo que en cierto momento no aplicase esas pautas de una última instancia espiritual.

Por un extraño destino, una serie de diálogos de esta índole se registraron en cinta magnetofónica[3] y así algunas de sus profundas y vehementes convicciones expresadas con toda espontaneidad, extraídas como fragmentos de esos diálogos, pueden ahora aportar un testimonio vivo de esta pasión que atraviesa sin pausa su obra y su vida.

Con casi obsesiva insistencia volvía su pensamiento a la parábola bíblica de la Caída en la que encontraba la raíz de todos los males. Sus glosas son muy personales y notables, como ésta:

“En el Génesis, el Señor muestra a Adán todas las criaturas, todos los animales, antes de que Adán decida comer el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. O sea: Adán conoce, conoce la esencia, lo sustantivo de todo lo creado. En realidad, el Árbol está allí, puesto como una suprema ironía, o sea, está allí para que Adán busque o no busque en el Árbol aquello que ya tiene. Si lo vuelve a buscar en el Árbol, como lo hace al probar el fruto, quiere decir que ha dejado de creer, que no cree que tenga lo que ya tiene, que esté tentado por la curiosidad. Y entonces adquiere el lenguaje adjetivo que presta el Árbol, el lenguaje que sirve para separar, para dividir, que está contra el conocimiento de la esencia, el lenguaje de una razón emancipada en forma titánica, un lenguaje que cumple su ironía al hacerle pagar con ese conocimiento falso la expulsión hacia un mundo en el cual Adán cultivará la falsedad…”.

En otro fragmento de estos diálogos absolutamente improvisados, indirectamente referido a la lucha por el retorno al estado anterior a la Caída, Murena expresa:

“Los mayores peligros están en los senderos superiores, y aquél que se esfuerza por ser santo encuentra, tal vez no como peligro más grave, pero encuentra el espejismo de creer que su lucha por la santidad es lo más importante. Su lucha por la santidad es la lucha de la voluntad, es su voluntad, y así ignora que su voluntad es el último espejismo de su yo…”.

Algo sobre la alquimia literaria. Hablábamos del famoso “sermón de la flor” del Buda, en el cual el Iluminado sólo muestra, en silencio, una flor…

“Los seres humanos −dice Murena− tenemos otra flor que es la palabra. La palabra bien usada puede ser una flor, tal como lo prueba la poesía que intenta convertir a las palabras en flores. Con esto quiero decir: me preocupa… tanto el silencio como la palabra… y hago lo que puedo. ¿Debo hacer más de lo que puedo? ¿Debo permanecer en silencio cuando no tengo la flor y estoy encarnado?”.

Muchas veces surge el conflicto suscitado por el tema de la encarnación:

“No creo posible una espiritualidad dentro de la encarnación, dentro de la manifestación. Vale decir: no creo posible una espiritualidad que no tenga en cuenta la manifestación y su destino, o sea, yo incurriría en un acto de titanismo si creyese que puedo prescindir de mi encarnación. Además es el espejo, el espejo, el vidrio a través del cual puedo considerar las cosas…”.

Hablábamos sobre verdad o falsedad en religiones, en sectas. Murena define:

“Ortodoxia. Con ortodoxia quiero decir la renovación viva del buen camino. No quiero decir el restablecimiento de una tradición muerta. La tradición, como cosa muerta, no existe. Es un fantasma. Únicamente existe en la medida en que tradición es traer, y es reactivar, hacer, hacer viva otra vez una cosa con la propia vida”.

Comentábamos unas palabras de un maestro Zen inspiradas en un poeta japonés, un poeta Zen, sobre la vida en el presente: “cada día es sagrado y jamás puede repetirse…”. Murena pareció transformarse en un tercer eslabón de esa cofradía:

“…para definir negativamente esto que nos aconseja este maestro a través de una poesía, quiero decir que hoy el presente está contra el presente. Y que todo lo que nos rodea tiende a hacer que podamos vivir menos el presente en cada uno de nuestros días presentes… Coinciden las tradiciones en que el presente es el punto de la temporalidad en el cual se refleja Dios. Como el presente es inaferrable, debemos entregarnos totalmente a él… o es inaferrable porque si nos entregamos totalmente a él dejamos de percibirlo como tal. En general tendemos a dejarnos confundir por el pasado y el futuro, o sea por quejas respecto a lo que no tuvimos y lamentos por aquello que queremos tener. Es decir, que nos convertimos en irreales, no podemos vivir el presente porque nos estamos prestando al juego de la temporalidad, al juego del tiempo. Nos extraviamos respecto a la posibilidad de sumergirnos en esa imagen de Dios, reflejada en el presente, por nuestra codicia, porque nos falta algo en el pasado o en el futuro. Ahora, esto está claramente explicado en símbolos muy conocidos. Jano es un dios que tiene dos caras, una que mira hacia el futuro, otra que mira hacia el pasado. Pero hay muchas representaciones de Jano con dos caras y además una mano que levanta otra cara, y esa cara, ese presente, esa tercera cara, es el Mesías en el judaísmo, es Cristo en el cristianismo, es el decimosegundo Imán invisible en la tradición islámica, o sea, que ese punto de este dios de dos caras que además tiene una tercera, es el punto en el cual podemos entrar si nos volvemos puros. Si nos volvemos puros quiere decir si liquidamos toda premeditación… Porque no se trata de una sumersión animal en el instante. Premeditar… es una cosa puramente cerebral que nos impide, y que en general se llama miedo y en su raíz es apartamiento respecto del origen… del misterio de por qué nacemos y morimos… y entonces nos impide vivir este momento presente”.

Ante las lícitas barreras que erige la amistad frente a esta difícil tarea, este ritual diríamos, de nombrar a Murena, de llamarlo, acude a mi mente, desde un vago más allá de la mente, la inesperada presencia de un poema de aquel habitante interior de Murena tan querido por él, F. G. −¡quién supiera imaginar qué diría Flavio Gómez sobre Murena!−, un poema que habla del “error de escribir”, de la profesión del error de escribir:

Muy joven aposté
la vida
al error de escribir…

…comienza F. G., el habitante, y H. A. M. explica: “…descubrió que escribir era nada”; pero “el recto escribir era el progresivo aprendizaje de que escribir era nada” y “así el error de escribir era un camino, una actividad iniciática…”[4].

No es poco lo que la literatura, lo que la vida del espíritu de esta oscurecida ciudad le debe al error de escribir −esa actividad iniciática− de H. A. Murena.

 


La Nación, 6 de julio de 1975 [este ensayo fue escrito por D. J. Vogelmann poco tiempo después de la muerte de H. A. Murena (el 5 de mayo de 1975). D. J. Vogelmann (1901 – 1976) fue un estudioso de las filosofías orientales y publicó, entre otros títulos, El zen y la crisis del hombre (Paidós, 1967). Asimismo, ha escrito varios artículos en el suplemento literario del diario La Nación y en las revistas Sur y Cuadernos Americanos; Nota de Espacio Murena].

[1] Los poemas acaban de aparecer bajo el título El águila que desaparece, Editorial Alfa Argentina, 1975. La novela inédita se titula Folisofía [Monte Ávila Editores publicó por primera vez este libro en el año 1976 mientras que la segunda edición fue realizada por EUDEBA en 1998; Nota de Espacio Murena].

[2] La carcel de la mente, Emecé, 1971. La metáfora y lo sagrado, Tiempo Nuevo, 1973.

[3] Estos diálogos que con el título de “Imagen, voz y silencio” improvisábamos Murena y yo ante el micrófono, se transmitieron hace algunos años gracias a la adhesión de un amigo de inclinaciones afines y director entonces de programaciones radiofónicas, Ricardo Constantino. A la amable diligencia de Celia Zaragoza se debe la transcripción de las cintas grabadas [la edición de estos “diálogos” entre Murena y Vogelmann fue realizada por la Editorial Fraterna en 1978 bajo el título El secreto claro (diálogos)Nota de Espacio Murena].

[4] Flavio Gómez y H. A. Murena, F. G., un bárbaro entre la belleza, Editorial Tiempo Nuevo, 1972.

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